Ya no viviré la vida de otra persona

Ya no viviré la vida de otra
Isabel regresó a casa ya entrada la noche. Las luces de Madrid relucían tras los cristales. Se detuvo en el umbral, con un bolso colgando de la mano, y declaró con una firmeza que nunca antes se le había escuchado:
Quiero el divorcio. Puedes quedarte con el piso, pero me devolverás mi parte. No la necesito. Me voy.
Fernando, su esposo, se desplomó en el sillón, perplejo.
¿Adónde vas? preguntó él, parpadeando, desconcertado.
Ya no es asunto tuyo respondió ella serena, sacando una maleta del armario. Me alojaré un tiempo con mi amiga en el campo. Después decidiré.
Él no comprendía nada. Pero Isabel ya lo tenía todo decidido.
Tres días antes, el médico, tras revisar sus pruebas, le había dicho con voz suave:
En su caso, el pronóstico no es favorable. Ocho meses, como mucho Con tratamiento, quizá un año.
Salió de la consulta como envuelta en niebla. Madrid vibraba bajo el sol radiante. Una frase martilleaba su mente: «Ocho meses ni siquiera llegaré a mi cumpleaños»
En un banco del Parque del Retiro, un anciano se sentó a su lado. Permaneció callado un rato, aprovechando el sol de otoño, y luego, sin avisar, le habló:
Quiero que mi último día sea soleado. Ya no espero gran cosa, pero un rayo de sol es un regalo, ¿no le parece?
Lo sería si supiera que me queda el último año susurró ella.
Entonces no deje nada para después. Yo tuve tantos mañanas que podría haber llenado una vida, y no sirvieron de nada.
Isabel escuchaba y comprendía: su vida siempre fue para los demás. Un trabajo que detestaba, mantenido solo por estabilidad. Un marido extraño desde hacía diez años infidelidades, frialdad, indiferencia. Una hija que solo llamaba para pedir dinero o favores. Para ella, nada. Ni zapatos nuevos, ni vacaciones, ni siquiera un café sola en una terraza.
Había ahorrado todo para luego. Y ahora, ese luego podía no llegar nunca. Algo se rompió en su interior. Regresó a su casa y, por primera vez, dijo no, a todo, de golpe.
Al día siguiente, Isabel pidió la baja, retiró sus ahorros y se fue. Su esposo intentaba entender, su hija llamaba exigiendo, pero ella respondía a todos con calma y determinación: No.
En la casa de campo de su amiga Mercedes, todo era sosiego. Arropada con una manta, pensaba: ¿así iba a terminar todo? No había vivido. Había sobrevivido. Por otros. Pero ahora sería por ella.
Una semana después, Isabel viajó a la Costa Brava. Allí, en una cafetería junto al mar, conoció a Javier. Escritor. Inteligente, amable. Hablaron de libros, de la gente, del sentido de la vida. Por primera vez en años, reía con ganas, sin mirar quién la observaba.
¿Y si nos quedamos aquí a vivir? propuso él un día. Yo puedo escribir en cualquier parte. Y tú, serás mi musa. Te quiero, Isabel.
Ella asintió. ¿Por qué no? Le quedaba tan poco tiempo. Que al menos hubiera felicidad, aunque fuera fugaz.
Transcurrieron dos meses. Se sentía maravillosamente. Reía, paseaba, preparaba el café por las mañanas, inventaba historias para los vecinos de la terraza. Su hija al principio protestó, luego terminó por rendirse. Su marido le pagó su parte. Todo se calmó.
Una mañana sonó el teléfono.
¿Isabel Gutiérrez? preguntó una voz intranquila. Perdone, ha habido un error esas pruebas no eran suyas. Está perfectamente. Es solo agotamiento.
Guardó silencio un instante y luego rompió a reír, alto, de verdad.
Gracias, doctor. Me acaba usted de devolver la vida.
Miró a Javier dormido y fue a la cocina a preparar el café. Porque ahora, ante ella, no tenía solo ocho meses tenía toda una vida.

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