¿Estás ocupada, Inés? preguntó su madre asomando la cabeza por la puerta de la habitación.
Dame un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo replicó la hija, sin despegar los ojos del portátil.
Me he quedado corta de mayonesa para la ensaladilla. No he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Podrías bajar al súper antes de que cierre?
Vale, voy.
Perdona que te moleste, ya te has hecho el peinado para esta noche. Tengo la cabeza como una peonza con todo esto de la Nochevieja suspiró la madre.
Hecho. Inés cerró el ordenador y se giró. ¿Qué decías?
Se calzó las botas, la cazadora y, ni corta ni perezosa, decidió no ponerse gorro para no arruinar el recogido. Total, el súper estaba justo en el bloque de al lado, no le daría tiempo a congelarse. En la calle hacía un frío madrileño de esos que cortan, caía una nieve menuda y seca, bastante inusual en la ciudad, como de postal navideña.
En el supermercado sólo había cuatro gatos: todos, igual que ella, habían olvidado algo indispensable para la cena. El eneldo solo quedaba en un pack junto con perejil y cebollino, y francamente, la pinta era poco apetecible. Inés quiso llamar a su madre para consultarle pero, oh sorpresa, el móvil se lo había dejado sobre la cama.
Refunfuñando un poco, cogió el pack ajado de hierbas, eligió un bote de mayonesa entre los supervivientes de la estantería, pagó en caja y salió.
No llevaba ni diez pasos cuando un coche, saliendo de una curva, la deslumbró con las largas. Inés dio un salto hacia atrás, y su tacón resbaló en ese hielo traicionero cubierto de polvillo de nieve. Notó cómo el tobillo se doblaba y ¡zas!, Inés se estampó contra el suelo. El bolso salió volando.
Intentó incorporarse pero el dolor en el tobillo era tal que se le saltaron las lágrimas. No había un alma en la calle y el móvil, evidentemente, seguía en su habitación. Para colmo, no había oído cómo se cerraba la puerta del coche.
¿Estás bien? Un joven se agachó a su lado¿Puedes ponerte en pie? Deja, te ayudo le ofreció la mano.
Será posible creo que me he roto el tobillo por tu culpa. Vais por aquí con el coche como si esto fuera el circuito de Jerez, y la calle parece una pista de patinaje protestó Inés, desechando su ayuda.
Algo de culpa tienes tú también. ¿Quién te manda salir en tacones a estas horas?
¡Pues vete al cuerno! soltó Inés con un puchero.
¿Vas a quedarte ahí toda la noche, reina? Venga, dime dónde vives.
Allí señaló el bloque de enfrente con cara de pocos amigos.
El chico desapareció unos segundos, pero enseguida escuchó el motor del coche. Dio marcha atrás y se paró a su lado.
Voy a levantarte, pero intenta no apoyar el pie malo. Una, dos, tres… la levantó de golpe antes de que Inés pudiera rechistar y la sostuvo mientras abría la puerta del copiloto.
¡Mi bolso! gritó Inés, ya medio sentada en el coche.
Él recogió el bolso del suelo, lo colocó en el asiento trasero y la ayudó hasta el portal. Allí, ni corto ni perezoso, la cogió en brazos, cerró el maletero de una patadita, y se dirigió hacia el edificio.
¿Las llaves están en el bolso? ¿Hay alguien en casa? preguntó el joven.
Mi madre.
Pues marca el portero automático y que venga a abrir.
Como en su bloque no había ascensor, le tocó subirla a pulso, escalón a escalón, hasta el tercer piso. Inés le colgó los brazos del cuello. Notaba el esfuerzo del chico: sudor perlando su frente bajo esa luz mortecina de la escalera. Te está bien empleado, por andar haciendo rallys delante del supermercado, pensó vengativamente.
Déjame aquí, que ya sigo yo pidió Inés justo ante la puerta.
Él solo bufaba y respiraba hondo del esfuerzo. En ese momento la puerta se abrió de par en par y apareció la madre, con cara de susto.
¿Pero esto qué es? ¿Inés?
Él avanzó, casi arrollándola, y dejó con delicadeza a Inés en el suelo.
Que alguien traiga una silla sugirió con una voz claramente de mando.
La madre obedeció sin rechistar, apretujándose junto al perchero. Inés se dejó caer en la silla extendiendo el tobillo.
El chico se agachó.
Pero, ¿esto qué está pasando? protestó la madre.
Sin mirarla siquiera, el chico sujetó el pie de Inés con una mano mientras, con la otra, le desabrochaba la bota de un tirón.
¡Ay! ¡Eso duele!
Pero, ¿usted qué hace? exclamó la madre, horrorizada de ver cómo el tobillo se inflamaba y se ponía morado ante sus ojos.
Voy a llamar a una ambulancia soltó la madre.
Es solo un esguince. Soy médico. Tráigame hielo, rápido.
La madre desapareció y volvió al momento con un paquete de guisantes congelados.
Póngalo aquí ordenó él, enderezándose y acercándose a la puerta.
¿Se va? preguntó Inés, acojonada.
Bajo al coche a por una venda elástica. De paso traigo su bolso.
La madre no perdió ocasión para cotillear:
¿Le has dejado el bolso en el coche? Inés, ¿quién es ese chico?
Salió con el coche, me deslumbró, me caí y me ha traído a casa. No sé nada más.
Igual es un ladrón, se va a quedar con el bolso, la tarjeta, las llaves… ¿y si llamo a la policía antes de que se vaya muy lejos? musitó la madre.
¡Qué policía ni qué niño muerto, mamá! Si quisiera robarme, me habría dejado tirada en la calle.
No sé, hija contestó ella, insegura.
Sonó el portero automático.
Es él. Mamá, ábrele pidió Inés.
El chico entró, dejó el bolso sobre la cómoda y les señaló que comprobaran si estaba todo.
Miren, todo está en su sitio dijo quitándose la chaqueta, que dejó por el suelo de cualquier forma.
Ahora va a doler. Hay que recolocar el esguince. Agárrate fuerte a la silla, es mejor avisó.
Agarró el pie de Inés con firmeza y lo movió de golpe. Inés pegó tal grito que casi salta la lámpara.
Se está quemando algo advirtió el joven mirando de reojo a la madre, que salió disparada a la cocina.
En un instante, el joven puso el tobillo en su sitio. Inés casi se desmaya del dolor.
Ya está, ahora mejorará murmuró el chico.
La madre apareció de nuevo, con la cara blanca.
No… nada, no pasa nada en la cocina… empezó a decir, pero el chico la interrumpió.
Ya está. Unos días con dolor, nada más. No fuerce el pie.
Muchas gracias. Y perdón, que he pensado de usted Dios sabe qué… ¿Quiere quedarse a cenar? Quedan dos telediarios para las campanadas. No va a llegar a su casa a tiempo, y tengo de todo hecho… propuso la madre deprisa.
Él vaciló.
Si no es molestia…
Qué va. Además, así me ayudas a abrir el cava.
¡Mamá! Inés la miró fulminante.
Ay, hija, pues ¿qué pasa? Señor, usted lleve a Inés al salón, que yo saco el asado.
Inés, agarrada al brazo del joven, saltó hasta el sofá. Probó a apoyar el pie: dolía, pero aguantaba. Y la verdad, no le importaba arrimarse un poquito más a ese físico de quirófano recién licenciado.
Gracias murmuró sentándose.
No hay de qué, la culpa es mía.
Tampoco tanto, la que se tiró en plancha fui yo. ¿Cómo te llamas?
Arcadio. ¿Y tú?
Inés. ¿De verdad eres médico?
Cirujano. Iba al súper por algo de picar… sonrió, sentándose a su lado.
¿Te espera alguien? ¿Tu mujer?
Se fue hace seis meses. Se cansó de que nunca esté en casa, ni fines de semana, ni fiestas. Se llevó a la niña a casa de su madre.
Menuda pinta debo tener ahora… suspiró Inés.
Para nada, estás guapísima.
Y así, los tres juntitos, recibieron el año nuevo. Y ya se sabe: Como lo empiezas, lo sigues.
Cuando Arcadio se fue, Inés y su madre se acostaron. Ella no podía dormir; le quedaba la sensación de la mano de Arcadio rodeándola por la cintura, de cómo la había llevado en volandas. ¿Cómo iba a olvidarlo, si aún le temblaban las piernas? Al día siguiente, aunque el tobillo parecía un botafumeiro de Santiago, podía hasta apoyarlo. Cuando Arcadio volvió a pasar por allí, la revisó y volvió a vendarle el pie.
Todo bien. ¿Ya apoyas?
Claro, ayer quedamos en tutearnos contestó Inés.
¿Un té? ofreció la madre.
La próxima vez. Me toca guardia.
¿Vas a volver? preguntó Inés al vuelo.
Él sonrió.
Dos meses después, Inés hizo la mudanza a casa de Arcadio.
Ni siquiera estás divorciado. Y si vuelve tu mujer, ¿qué? resoplaba su madre.
No va a volver, mamá. Ya tiene a otro.
No sé, hija, me parece precipitado…
Fue un año feliz, aunque ella se moría de celos cada vez que Arcadio iba a ver a la hija y, de paso, a su ex. Había visto una foto de ella: guapa, sí. Empezó a comprender por qué la ex se largó. A Arcadio le tocaban guardias, los fines de semana se iban volando. No faltaban enfermeras jóvenes en el hospital, y Arcadio tenía algo especial. Pero cada vez que estaba en casa, a Inés le brillaban los ojos.
Pasó el año. Aunque Arcadio seguía legalmente casado, el balance era bueno. Lo peor eran las charlas de la madre, que insistía en que le empujara a decidirse, pero Inés posponía la conversación.
La Nochevieja siguiente, Inés bregaba en la cocina. El árbol resplandecía y el vestido nuevo la esperaba en la cama. Mientras remataba el asado, sonó el móvil; Arcadio hablaba junto a la ventana.
Vale, voy enseguida anunció y se giró.
¿Otra vez al hospital? la voz de Inés sonó quebrada.
No. Me ha llamado mi ex. La niña no quiere dormirse sin mí. Voy un segundo, le doy el regalo y vuelvo.
Arcadio, quedan menos de tres horas para las campanadas… su voz tembló.
Vuelvo enseguida, cariño. No te preocupes. Le dio un beso en la mejilla y se marchó.
Inés intentó serenarse, se vistió, preparó la mesa, pero el reloj avanzaba inexorable. Arcadio no volvía, no contestaba a sus mensajes, y prefirió no llamarle por si iba conduciendo. Finalmente, apagó las velas y recogió la mesa, masticando la envidia y los miedos. ¿Y si la ex volvía? ¿Y si su madre tenía razón?
No tenía corazón para seguir esperando, así que recordó a doña Marisa, la vecina del primero, siempre sola en esas fechas. Arcadio le había contado que nunca se había casado ni tuvo hijos. Preparó dos taperwares con ensaladilla y tarta, y bajó a verla.
Al principio, doña Marisa tardó en abrir. Inés le explicó rápidamente lo de la comida.
Pasa la invitó la anciana.
Era chiquitina, frágil pero la casa olía a limpio, y el televisor susurraba de fondo. No había ni árbol, ni uvas, ni nada especial.
Aquí tienes. Traigo ensaladilla y tarta casera puso los tuppers sobre la mesa.
Siéntate, que preparo un té dijo doña Marisa, marchando a la cocina.
¿Tú vives con Arcadio? preguntó luego, mientras preparaban el té.
Sí respondió Inés, algo azorada.
La señora asintió, como si aprobara el fichaje.
Su ex nunca saludaba ni tenía una palabra, solo se ocupaba de sí misma. Tú eres distinta. ¿Otra vez le han llamado del hospital?
No, ha ido a ver a su hija.
Volverá. Es un buen chico, sensato.
Y usted, ¿ha estado siempre sola?
Siempre. Tuve mi oportunidad y la desaproveché. Era joven, me marché a estudiar enfermería a Salamanca, y mi novio se quedó en el pueblo. La Nochevieja que fui a verle, el bus se averió en medio del feldespato Ya era tarde y caía una nevada de las de antes, pero yo, empecinada, seguí a pie. Para cuando llegué, me había congelado la nariz y los dedos. Cuatro días de fiebre y delirio. Cuando me recuperé, mi amiga me dijo que Fede estaba con ella y que estaba embarazada. Le aparté de mi vida y de mi pueblo, pero sólo era una mentira… Supe que él se dio a la bebida y acabó mal, el pobre. De tanto orgullo y tanto callar, me quedé sola suspiró doña Marisa, secándose los ojos.
He visto a Arcadio con vosotras. Nunca le vi tan feliz. No repitas mi error; si le amas, perdónale, no te pongas celosa. O mejor, iros los dos a otro sitio me aconsejó acariciándome la mano.
Inés regresó, guardó la cena y se metió en la cama. Arcadio volvió al día siguiente, con cara de resaca.
Perdona, no sé qué ha pasado. Debió ponerme algo en el té Me he despertado con la cabeza como un bombo.
¿Y por qué no te divorcias?
Por la niña. No hay otra razón. Te quiero, Inés. Ayer no pasó nada con mi ex, te lo juro.
Inés se le quedó mirando, apretada contra su pecho.
Vayámonos, donde sea. Los hospitales sobran.
No tengo fuerzas ahora. Hablamos luego, ¿vale? Te quiero.
Él se quedó dormido y ella, recordando las palabras de doña Marisa, apagó la guirnalda del árbol y se le arrimó, muy pegadita.
«Te quiero». Una y mil veces podía decirlo, pero aún así no era suficiente.
Annie Hall.
«Cuando quieres de verdad, puedes perdonar todo… Menos que dejen de quererte».






