Mi hijo tiene una memoria prodigiosa: en la guardería se sabía de memoria todos los textos de las funciones, así que hasta el último momento nadie sabía qué disfraz le tocaría, ya que cuando algún niño enfermaba, él podía sustituirles en cualquier papel. Para la fiesta de Navidad, a mi hijo de cinco años le tocó ser un pepino. Cuando me enteré, la noche anterior a mi guardia en el hospital, compré una camiseta verde, cartulina de colores y pasé la noche cosiéndole unos pantalones cortos verdes y fabricando, muy inspirada, un gorrito de cartón con un rabito de alambre forrado en tela verde. El padre iba a llevarle a la fiesta, lo cual no me tranquilizaba mucho, así que por la mañana, antes de irme, le di instrucciones precisas sobre cómo vestir al niño y colocarle el gorro. En plena guardia, me llama la profesora con voz temblorosa: el protagonista principal se ha puesto enfermo y, al día siguiente, mi hijo sería… ¡el Rollo de Pan (el “Bolita de pan”)! Medio histérica, pregunté si el Bolita podía ir disfrazado… de pepino, pero solo hubo silencio al otro lado del teléfono. Avisé a mi marido, quien, sorprendentemente feliz (ya entonces debí sospechar algo), me tranquilizó diciendo que no pasaba nada, que se llevaría a casa a dos amigos suyos, ambos cirujanos, y como “súper equipo de tres cirujanos” solucionarían cualquier cosa. Y, que eran muy apañados. A las nueve de la noche, exhausta en el hospital, llamé a casa: cogió el teléfono mi hijo y me contó que habían comprado una camiseta blanca, papá pegaba cartulina amarilla, el “tío Viti” cocinaba y el “tío Lalo” se estaba partiendo de risa. Una hora después, mi hijo me anunció que iba a acostarse, el “tío Lalo” recortaba con mucho esmero un círculo de cartulina amarilla y dibujaba los ojitos, el “tío Viti” abría un bote de pepinillos y papá se partía de risa. A medianoche volví a llamar. Mi marido me informó que los dos amigos estaban tan agotados con el disfraz que ya… dormían. Pero había “matices”: el Bolita estaba, por accidente, pegado con superglue por el “tío Viti” a la camiseta blanca, bastante torcido. Cuando el “tío Lalo” intentó despegar aquello, la camiseta se rompió. Así que terminaron cosiendo el círculo amarillo ¡a la camiseta verde de pepino, con hilo de sutura de hospital! Pero, según él, les quedó precioso. Además, nuestro Bolita lucía una sonrisa colosal con treinta dientes (y solo faltaban dos, porque se quedaron sin cartulina blanca). “Nada grave”, les dije, “con treinta dientes ni se nota”. Así que podía trabajar tranquila: mi hijo tendría el mejor disfraz. ¿Y esos ronquidos? Era el “tío Lalo”, que se había dormido recortando los dientes. Una inquietud me corroía hasta el amanecer. Recién terminada la guardia, monté una escena a la jefa para escaparme al menos una hora y poder ir al festival. Llegué con un poco de retraso. De la sala salían carcajadas, llantos y aullidos. Empujé la puerta… Junto al árbol de Navidad intentaba saltar… ¡el Bolita! Un enorme círculo amarillo desde la barbilla a las rodillas de mi hijo; ojos bizcos de monstruo, tres largas costuras de hilo quirúrgico a modo de arrugas de sabiduría, y, sobre todo, la ausencia de los dos dientes delanteros en una sonrisa gigantesca. Era el Bolita más viejo, vividor y apaleado que nunca vi: parecía un jubilado habitual del bar, recién vuelto de cumplir condena… Por si fuera poco, coronaba la escena el alegre gorro de pepino con rabito verde. Justo entonces, mi hijo empezó a declamar: “¿Dónde más vais a ver a uno como yo?…” (seguía hablando de cuentos y de fiestas escolares, pero ya nadie podía escucharlo: la profesora se sentó en cuclillas con un suspiro, el público lloraba de la risa…).

Mi hijo tiene una memoria prodigiosa. En la escuela infantil se sabía de memoria todos los textos de las funciones, así que hasta el último momento nunca estaba claro qué disfraz le tocaría, ya que, al ponerse enfermos otros niños, él podía sustituir a cualquiera aprendiendo todos los papeles.

Para la función de Navidad, a mi hijo de cinco años le tocó hacer de pepino. Cuando me enteré la víspera, salí corriendo a comprar una camiseta verde, cartulina de colores y, con mucha ilusión, pasé toda la noche cosiendo unos pantalones cortos verdes a juego y pegando un gorro de cartulina color verde claro con una cola hecha de alambre recubierto de tela verde.

Como a la función tenía que ir el padre, que no inspiraba mucha confianza en estos menesteres, le di instrucciones detalladas de cómo vestir al niño y cómo sujetar el gorro, que le recité por la mañana antes de irme a trabajar.

A mitad de mi turno, me llamó la profesora, con voz temblorosa, para avisar de que el protagonista del papel principal se había puesto enfermo y que, al día siguiente, mi hijo tendría que ser… el Roscón. Ante mi pregunta nerviosa de si el Roscón podía ir disfrazado… de pepino, al otro lado del teléfono sólo se oyó un silencio muy significativo.

Llamé a mi marido al trabajo y le expliqué la situación urgente. Con una alegría sospechosa (que debería haberme hecho desconfiar desde el principio), me aseguró que no había ningún problema. Que llevaría dos amigos suyos cirujanos, que tres cirujanos juntos son un equipazo capaz de con cualquier reto, ¡y que estos, de hecho, son muy espabilados y vendrán a casa a solucionarlo! (Mi intuición debía estar gravemente enferma esa tarde).

Agobiado en el hospital, a las nueve de la noche llamé para ver cómo iba todo. Contestó el peque, diciendo que habían comprado una camiseta blanca, que papá estaba pegando cartulina amarilla, el tío Paco cocinando y el tío Javier riéndose.

Una hora después, me contó mi hijo que se iba a la cama, pero que el tío Javier había recortado un gran círculo de cartulina amarilla y le estaba pintando los ojos, el tío Paco abría un bote de pepinillos y papá se moría de la risa.

A medianoche llamé de nuevo. Mi marido informó que el tío Paco y el tío Javier habían acabado agotados de hacer el Roscón y ya dormían… Y había matices: Por accidente, el tío Paco había pegado el círculo del Roscón a la camiseta blanca con pegamento extrafuerte, pero bastante torcido. Así, cuando el tío Javier intentó despegar la obra maestra, la camiseta se rompió. Solución: la cosieron con hilo quirúrgico a la camiseta verde del pepino.

Me aseguraron que, aún así, estaba bonito, aunque me costaba imaginarlo. Y más aún cuando me contaron que le habían hecho treinta dientes al Roscón, y que este ahora sonreía de oreja a oreja, aunque les faltó cartulina blanca para dos colmillos.

(No pasa nada, contesté yo, entre treinta dientes seguro que nadie nota la ausencia de dos).

Así que, me dijeron que podía dejar de preocuparme, trabajar tranquila y que mi hijo llevaría el disfraz más original. Y ese que está roncando allí es el tío Javier, que tanto se empleó en recortar los dientes del Roscón que se quedó dormido en el sillón.

Pasé la noche con un desasosiego indescriptible. Al acabar el turno, monté un pequeño drama con el jefe del hospital para que me dejasen salir, aunque fuera una hora, a la función de mi hijo.

Llegué con algo de retraso… desde el salón se oían carcajadas, sollozos y hasta algunos aullidos. Abrí la puerta un poco…

Junto al árbol de Navidad, intentaba saltar el Roscón. El enorme círculo amarillo, a modo de cara, quedaba desde la barbilla de mi hijo hasta las rodillas. Los ojos bizcos de la criatura miraban cada uno para un lado. Tres largas costuras de hilo quirúrgico atravesando la frente le daban el aspecto de arrugas profundas de sabiduría vital.

Lo más impactante, sin embargo, era la descomunal sonrisa, a la que le faltaban precisamente los dos dientes de arriba… ¡los dos incisivos, nada menos!

Aquel era el Roscón más viejo y desaliñado del mundo, con pinta de haber pasado media vida en una taberna y la otra media en la cárcel… Y para rematar la faena, el conjunto lo adornaba un alegre gorrito de cartulina color verde claro, reciclado del pepino, con su rabito de alambre forrado en tela verde.

En ese instante, mi hijo empezó a recitar su poesía, que comenzaba diciendo: “¿Dónde habéis visto a alguien como yo?…”. (El poema seguía, contando que sólo en los cuentos y en la función de Navidad ocurre algo así, pero a nadie parecía importarle en ese momento…) La profesora, extenuada, se dejó caer en cuclillas, y toda la sala lloraba de risa…

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Mi hijo tiene una memoria prodigiosa: en la guardería se sabía de memoria todos los textos de las funciones, así que hasta el último momento nadie sabía qué disfraz le tocaría, ya que cuando algún niño enfermaba, él podía sustituirles en cualquier papel. Para la fiesta de Navidad, a mi hijo de cinco años le tocó ser un pepino. Cuando me enteré, la noche anterior a mi guardia en el hospital, compré una camiseta verde, cartulina de colores y pasé la noche cosiéndole unos pantalones cortos verdes y fabricando, muy inspirada, un gorrito de cartón con un rabito de alambre forrado en tela verde. El padre iba a llevarle a la fiesta, lo cual no me tranquilizaba mucho, así que por la mañana, antes de irme, le di instrucciones precisas sobre cómo vestir al niño y colocarle el gorro. En plena guardia, me llama la profesora con voz temblorosa: el protagonista principal se ha puesto enfermo y, al día siguiente, mi hijo sería… ¡el Rollo de Pan (el “Bolita de pan”)! Medio histérica, pregunté si el Bolita podía ir disfrazado… de pepino, pero solo hubo silencio al otro lado del teléfono. Avisé a mi marido, quien, sorprendentemente feliz (ya entonces debí sospechar algo), me tranquilizó diciendo que no pasaba nada, que se llevaría a casa a dos amigos suyos, ambos cirujanos, y como “súper equipo de tres cirujanos” solucionarían cualquier cosa. Y, que eran muy apañados. A las nueve de la noche, exhausta en el hospital, llamé a casa: cogió el teléfono mi hijo y me contó que habían comprado una camiseta blanca, papá pegaba cartulina amarilla, el “tío Viti” cocinaba y el “tío Lalo” se estaba partiendo de risa. Una hora después, mi hijo me anunció que iba a acostarse, el “tío Lalo” recortaba con mucho esmero un círculo de cartulina amarilla y dibujaba los ojitos, el “tío Viti” abría un bote de pepinillos y papá se partía de risa. A medianoche volví a llamar. Mi marido me informó que los dos amigos estaban tan agotados con el disfraz que ya… dormían. Pero había “matices”: el Bolita estaba, por accidente, pegado con superglue por el “tío Viti” a la camiseta blanca, bastante torcido. Cuando el “tío Lalo” intentó despegar aquello, la camiseta se rompió. Así que terminaron cosiendo el círculo amarillo ¡a la camiseta verde de pepino, con hilo de sutura de hospital! Pero, según él, les quedó precioso. Además, nuestro Bolita lucía una sonrisa colosal con treinta dientes (y solo faltaban dos, porque se quedaron sin cartulina blanca). “Nada grave”, les dije, “con treinta dientes ni se nota”. Así que podía trabajar tranquila: mi hijo tendría el mejor disfraz. ¿Y esos ronquidos? Era el “tío Lalo”, que se había dormido recortando los dientes. Una inquietud me corroía hasta el amanecer. Recién terminada la guardia, monté una escena a la jefa para escaparme al menos una hora y poder ir al festival. Llegué con un poco de retraso. De la sala salían carcajadas, llantos y aullidos. Empujé la puerta… Junto al árbol de Navidad intentaba saltar… ¡el Bolita! Un enorme círculo amarillo desde la barbilla a las rodillas de mi hijo; ojos bizcos de monstruo, tres largas costuras de hilo quirúrgico a modo de arrugas de sabiduría, y, sobre todo, la ausencia de los dos dientes delanteros en una sonrisa gigantesca. Era el Bolita más viejo, vividor y apaleado que nunca vi: parecía un jubilado habitual del bar, recién vuelto de cumplir condena… Por si fuera poco, coronaba la escena el alegre gorro de pepino con rabito verde. Justo entonces, mi hijo empezó a declamar: “¿Dónde más vais a ver a uno como yo?…” (seguía hablando de cuentos y de fiestas escolares, pero ya nadie podía escucharlo: la profesora se sentó en cuclillas con un suspiro, el público lloraba de la risa…).
– ¡Un momento! ¿Me está diciendo que usted y mi marido sois amantes? – ¡Andrés, despierta! ¡Vas a …