Flor Estéril El marido de Kira trabajaba en la maternidad. Era ginecólogo. La pareja soñaba con tener un hijo, pero la vida nueva no llegaba a Kira. Vitalio (el marido) trató él mismo a su esposa, la llevó a balnearios, a baños de barro medicinal, recurrió a colegas… Todo en vano. El cuerpo de Kira no cambiaba. Cinco años dedicados a cuidar la salud de su mujer. Últimamente, Vitalio empezó a quedarse más tiempo en el trabajo. Estaba más animado, lanzaba bromas sarcásticas a Kira, e incluso usó, como quien no quiere la cosa, la hiriente palabra “flor estéril”. Se esfumó el cariño… Hablaba mucho de la nueva enfermera del hospital. La llamaba “mi enfermerita”. ¿A qué venía eso? Estos cambios en el comportamiento de su propio marido no auguraban nada bueno. Kira sospechó que Vitalio tenía “un plan B”. Así que decidió sorprenderle en el trabajo. Casi nunca iba a la maternidad; el ambiente no la alegraba. Allí, la vida nueva reclamaba sus derechos a cualquier hora. Madres satisfechas; recién nacidos llorando; padres despistados con ramos de flores; parientes ruidosos… Todo aquello era un suplicio para Kira, que sentía que jamás conocería tales alegrías. Kira llamó de forma discreta a la puerta del despacho de su marido. Por si acaso. Escuchó: -Adelante. Entró con cautela. -¿Qué pasa, Kira? – se sorprendió Vitalio. -Nada. Te echaba de menos – fingió Kira. -¿Te ocurre algo? – preguntó Vitalio. -¿A mí? No. ¿Y a ti, amor mío? – Kira insistió. De repente, irrumpió una chica en bata y gorro blanco. Bastante guapa. El despacho se llenó de un aroma seductor de perfume. Ignorando a Kira, la chica le dijo en confianza a Vitalio: -¿Nuestro acuerdo sigue en pie, Víctor? ¿Hoy en mi casa? Él la cortó: -Conoce a mi esposa, Vicky. -Ah, perdón. Pensé que era una paciente. Encantada – se fue apresuradamente. -Lo mismo digo – masculló Kira. Vicky salió volando y el despacho aún olía a su perfume. -¿Qué me cuentas, Vitalio… Víctor? – se aturdió Kira. -Hablamos en casa. Tengo mucho trabajo – zanjó él. -Pues se nota… O sea, ni te vas a molestar en explicar nada – replicó Kira con calma envenenada. Por dentro, rogaba para sí: “¡Miénteme un poco… y lo creeré!” Sonó el teléfono. Vitalio cogió la llamada a la primera. -¡Voy, voy! – dijo deprisa. Kira se fue a casa. No, no lloraba. No le salían lágrimas. Solo vacío. “Ya he visto a la rival: su ‘enfermerita’. Hará lo que sea. Encima es guapa. Mi marido tiene buen gusto. El perfume seguro se lo regaló él. Ella no se lo habría comprado, es caro”. Kira llegó a casa derrotada. Por la noche esperaba una charla difícil. Pero Vitalio volvió casi al amanecer. Kira ni preguntó dónde estuvo. No hacía falta. Dentro de ella todo temblaba y se rompía. “¡Es el fin!”, pensó. Vitalio empezó a hacer su maleta en silencio y con culpa. Cuando la llenó, se acercó por detrás para evitar mirarla a los ojos, la abrazó y dijo: -Kira, perdona. Nuestra vida es tan gris… Los años pasan. Yo aún quiero hijos. -Ya vale de dar vueltas. Sé que soy una “flor estéril”. Te deseo amor y muchos herederos. Adiós, Vitalio. La puerta se cerró de golpe. Kira se asomó a la ventana y vio a Vitalio subirse a un taxi, acompañado… Se marcharon. Kira se hizo café y encendió un cigarro. Intentó justificar a su marido ante sí misma. “Hizo todo lo que pudo. Quería una familia de verdad. Nuestro matrimonio era como arena. Yo nunca podría darle un hijo. ¡Maldita sea! Y aun así…” La felicidad parecía haber volado para siempre. El amor por su marido seguía vivo dentro de ella, nada ni nadie podía matarlo. Con el tiempo, Kira supo por amigos que Vitalio fue padre. La enfermera le dio una hija. “Me imagino lo feliz que estará. Por fin fue padre. Dios, ¡tengo 27 años! ¿No me tocaba sembrar algo en este mundo?”, se lamentaba Kira. Aceptó su infertilidad. ¿Qué hacen las mujeres así? Pues dedicarse a la carrera. Kira era la excepción. Quería adoptar a un niño, pero se lo negaron por “familia incompleta”. Pensó en meterse a monja. Vivió un mes en un convento. Una hermana mayor le aconsejó: -Hija, aún es pronto para ti. Vive en el mundo. ¡La felicidad está muy, muy cerca! Kira la creyó y su corazón volvió a llenarse de esperanza. ¡Oh, tiempo sanador! …Su vida sentimental empezó a cambiar. En el teatro (invitada por una amiga), conoció a un hombre: -Soy Santi – se presentó él, enseguida cayó bien a Kira. Le daban ganas de contarle toda su vida, detalle a detalle, sin esconder nada. Él entendería. Santi se enamoró de Kira nada más conocerla. No hubo largas citas: ambos querían una familia. Kira, con su experiencia, avisó antes de casarse de su… carencia. A Santi no le importó. El día de la boda le susurró: -Todo saldrá bien. Lo verás. ¡Confío en nosotros! En lo bueno y en lo malo, estaré contigo, mi Kirita. …Siete años después, Kira y Santi tenían tres hijos: dos niñas y un niño. Kira bromeaba: -Santi, ¿paramos ya? Santi miraba a su esposa enamorado: -Lo que Dios quiera, mi vida. En esa familia reinaba la felicidad, para siempre. …Un día, paseando Kira con los niños por el parque, vio a Vitalio. Llevaban diez años sin verse. Lo llamó. Él no reconoció a su ex mujer al principio. Luego sonrió. -¿Kira? ¡Cuánto has mejorado! Qué alegría encontrarte. He oído hablar de tu familia… ¡Sois un ejemplo! Veo que tu hijo se parece mucho a ti. Y las niñas, ¿serán a su padre? – preguntó incómodo. -Sí, mi marido es maravilloso. Me adora. Y yo lo venero, ¡con toda mi alma! – respondió orgullosa Kira. -¿Y tú, Vitalio? Tu hija ya habrá crecido, ¿no? – preguntó ella. -No hay ninguna hija, Kirita – la sonrisa se borró de su cara. -¿Nos lo vas a explicar? – se extrañó Kira. -Te fallé, Kira. Como dice el refrán: “Donde hay niebla, hay engaños”. Mi segunda esposa, la enfermera, me la jugó. Tuvo una hija, pero no era mía. De ojos marrones, siendo nosotros azules los dos. Cualquiera lo ve. Al principio no se nota, todos los bebés tienen ojos claros. Pasaron seis meses y todo se aclaró. La niña no era mía. Mi mujer confesó: quería que su futura hija tuviera padre. El biológico no la quiso. Yo andaba cerca y caí en la red. Nos separamos, con engaño no se puede vivir. Volví a casa de mi madre. Se enteró de todo y me consoló. Me confesó que, de pequeño, pasé las paperas y eso me dejó estéril. ¡Toda la vida lamentando tu infertilidad y resulta que el “flor estéril” era yo! -No te preocupes, Vitalio. Como médico, ayudas a otras mujeres a ser madres y a los bebés a llegar al mundo. ¿No es suficiente? – intentó consolar Kira. -Gracias, Kira. Por suerte, tengo familia. En el hospital, una joven tuvo un hijo sin padre. Charlando, nos hicimos amigos. Se llama Olga. Y la verdad, primero quise a su hijo como mío. ¿Por qué? Aún no sé. Era como si fuera propio. Tan indefenso… Ya está, decidimos criar al niño juntos. Le conté mi problema a Olga, y lo aceptó como el destino. Hace poco nos casamos. ¡Ahora somos tres! ¿Lo entiendes? – relataba Vitalio emocionado. -Lo entiendo, Vitalio… Como nadie lo entiendo…

Mira, te tengo que contar la historia de Carmen. Su marido, Ignacio, era ginecólogo en un hospital de Madrid. Llevaban ya años soñando con tener un hijo, pero el embarazo no llegaba y Carmen iba perdiendo la esperanza poco a poco.

Ignacio, como buen médico, no dejaba de buscar soluciones: la llevaba a balnearios en Galicia, a las aguas termales de Ourense, consultas con colegas de confianza, tratamientos de todo tipo… Pero nada, el cuerpo de Carmen no respondía. Así se pasaron cinco años, siempre con la esperanza a cuestas, pero la casa seguía tan silenciosa como siempre.

Y últimamente, Ignacio llegaba cada vez más tarde, traía un humor inusualmente jovial y hasta la miraba de una forma burlona. Lo peor fue cuando soltó medio en broma, medio en serio que ella era como una flor sin fruto. Aquello dolió más de lo que quería reconocer. La calidez entre ellos desapareció y cada vez hablaba más de una enfermera que había llegado nueva al hospital. La llamaba mi enfermerita cada dos por tres. Carmen empezó a sospechar que Ignacio se había buscado otro refugio, así que decidió pasar a la acción e ir a verle al hospital, aunque a ella ese ambiente de partos y bebés le resultara casi insoportable.

Carmen llegó y llamó con discreción a la puerta de Ignacio; nunca quería molestar y menos allí. A la primera, él la hizo pasar, sorprendido.
¿Qué haces aquí, Carmen? le preguntó.
Nada, que te echaba de menos intentó bromear ella.
¿Ha pasado algo?
Nada. ¿Y a ti?
Justo en ese momento, sin llamar, entró una joven de bata y cofia blanca. Era guapa, olía a perfume caro que inundó todo el despacho. Ignorando a Carmen, le dijo a Ignacio en tono de confidencia:
Ignacio, ¿sigues con nuestro plan? ¿Esta noche en mi casa?
Él cortó rápido:
Mira, Lucía, te presento a mi mujer.
¡Ay, perdón, pensé que era una paciente! Encantada replicó ella, esfumándose casi al instante mientras dejaba el rastro de perfume flotando.
¿Ves, Ignacio? preguntó Carmen, dolida Ni siquiera vas a intentar darme una excusa. Aunque sea tonta, ¡miénteme un poco y me lo creeré! gritaba por dentro.

Pero Ignacio no dijo nada. Sonó el teléfono. Se apresuró a contestar: ¡Voy, voy!.

Carmen se fue a casa caminando despacio, sin lágrimas. Solo se sentía vacía. La rival existía, y además era bien guapa. Seguro que esos perfumes caros se los había regalado Ignacio, pensaba, porque no parecían de los baratos.

Esa noche su marido no volvió hasta la madrugada. Ni preguntó dónde había estado. Total, ya estaba todo dicho.

Ignacio recogió sus cosas sin apenas mirarla, metiéndolas en una maleta de forma torpe y silenciosa. Finalmente, se acercó por detrás y la abrazó flojito:
Carmen, lo siento. Nuestra vida se ha quedado sin color y los años pasan. Yo aún quiero ser padre…
Ya está bien, Ignacio, no hace falta que sigas. Sé que para ti soy una flor sin fruto. Ojalá encuentres la felicidad y tengas muchos hijos. Adiós.

Ignacio salió y Carmen vio por la ventana cómo él se subía a un taxi. Allí estaba ella, la enfermera, junto a él. Y se fueron.

Carmen se preparó un café, encendió un cigarro y trató de buscar razones para perdonarle: Él de verdad lo intentó todo. Solo buscaba una familia completa. Quizá nuestro matrimonio nunca tuvo cimientos sólidos. Y la maternidad nunca iba a ser posible para mí… Pero aun así….

Parecía que la felicidad se le habría escapado para siempre. Pero el cariño hacia Ignacio no moría del todo: al contrario, seguía ahí. El tiempo fue pasando y Carmen acabó enterándose por amigos comunes de que Ignacio, por fin, fue padre. Su enfermera tuvo una niña.

Seguro que Ignacio está pletórico. Madre mía, ¿y yo con 27 años? ¿No podrá nacer nada para mí en este mundo?, pensaba Carmen llena de tristeza.

Empezó a conformarse con su destino. La típica historia: centrarse en el trabajo. Pero Carmen no era de esas, quería adoptar un niño, pero en el juzgado no se lo permitieron: familia incompleta. También probó suerte en un convento para hacerse monja y estuvo un mes allí, hasta que una hermana mayor le dijo:
Hijita, aquí no es tu sitio, todavía tienes que vivir en el mundo. Tu suerte está muy cerca y Carmen, sin saber por qué, le creyó.

Y sí, el tiempo lo cura todo. Carmen empezó a renacer poco a poco. Un día, una amiga la convenció para ir al teatro. Allí conoció a un hombre: Sergio. Fue de esas personas con quien te apetece abrir tu vida gota a gota, sin reservas. Sergio se enamoró enseguida, y Carmen, que ya tenía el corazón con cicatrices, antes de casarse fue sincera:
Sergio, tengo que decirte que… no puedo tener hijos.
Pero él, nada, ni se inmutó.

En la boda, le susurró al oído:
Todo irá bien, Carmen, te lo prometo. En lo bueno y en lo malo, siempre contigo.

Y, mira tú por dónde, siete años después tenían tres hijos: dos niñas y un niño.
Sergio, ¿no deberíamos parar ya? le decía Carmen entre risas.
Y Sergio, enamoradísimo, respondía:
¡Como Dios quiera, cariño!

La felicidad se instaló en casa para quedarse.

Un día, paseando por el Retiro con los niños, Carmen vio a Ignacio. Hacía más de diez años que no se encontraban. Ella le llamó, e Ignacio casi no la reconoció de lo bien que la vio.
¿Eres tú, Carmen? ¡Qué guapa estás! He oído hablar de tu familia… ¡Enhorabuena! Tu hijo se parece mucho a ti. Las niñas, ¿serán del padre? dijo algo incómodo.
Sí, tengo un marido maravilloso al que quiero con locura le respondió Carmen con orgullo.
¿Y tú qué tal, Ignacio? ¿Ya está hecha toda una mujer tu hija?
No, Carmen la sonrisa se le apagó de golpe. No es mi hija. Lucía, la enfermera, me engañó. Dio a luz una niña, pero no era mía. Ojazos marrones, cuando los dos somos de ojos claros… Con el tiempo quedó claro que el padre era otro. Ella solo quería un padre para su hija a toda costa y yo, como tonto, caí. Al final, nos separamos. La vida en la mentira no lleva a ningún lado.

Me volví a casa de mi madre y, fíjate, resultó que de pequeño tuve paperas y eso me dejó estéril. ¡Lo descubrirnos después de todo! He sido un imbécil, te hice desgraciada y resulta que… la flor sin fruto era yo.

Mira, Ignacio le respondió Carmen emocionada. Ayudas cada día a otras mujeres a ser madres, a niños a nacer. Eso es mucho más valioso de lo que crees.

Gracias, Carmen. Aún así, encontré mi camino. En el hospital, una joven madre soltera tuvo un niño precioso. Empecé a visitarla, a conocerla… Se llama Paula. Y lo que me pasó fue que, antes que a ella, me enamoré del niño. Noté que tenía que ser parte de su vida. Paula lo aceptó todo… Hace poco, nos casamos. Ahora somos tres y, de verdad, Carmen, somos muy felices.

Te entiendo más de lo que crees, Ignacio.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seventeen − 8 =

Flor Estéril El marido de Kira trabajaba en la maternidad. Era ginecólogo. La pareja soñaba con tener un hijo, pero la vida nueva no llegaba a Kira. Vitalio (el marido) trató él mismo a su esposa, la llevó a balnearios, a baños de barro medicinal, recurrió a colegas… Todo en vano. El cuerpo de Kira no cambiaba. Cinco años dedicados a cuidar la salud de su mujer. Últimamente, Vitalio empezó a quedarse más tiempo en el trabajo. Estaba más animado, lanzaba bromas sarcásticas a Kira, e incluso usó, como quien no quiere la cosa, la hiriente palabra “flor estéril”. Se esfumó el cariño… Hablaba mucho de la nueva enfermera del hospital. La llamaba “mi enfermerita”. ¿A qué venía eso? Estos cambios en el comportamiento de su propio marido no auguraban nada bueno. Kira sospechó que Vitalio tenía “un plan B”. Así que decidió sorprenderle en el trabajo. Casi nunca iba a la maternidad; el ambiente no la alegraba. Allí, la vida nueva reclamaba sus derechos a cualquier hora. Madres satisfechas; recién nacidos llorando; padres despistados con ramos de flores; parientes ruidosos… Todo aquello era un suplicio para Kira, que sentía que jamás conocería tales alegrías. Kira llamó de forma discreta a la puerta del despacho de su marido. Por si acaso. Escuchó: -Adelante. Entró con cautela. -¿Qué pasa, Kira? – se sorprendió Vitalio. -Nada. Te echaba de menos – fingió Kira. -¿Te ocurre algo? – preguntó Vitalio. -¿A mí? No. ¿Y a ti, amor mío? – Kira insistió. De repente, irrumpió una chica en bata y gorro blanco. Bastante guapa. El despacho se llenó de un aroma seductor de perfume. Ignorando a Kira, la chica le dijo en confianza a Vitalio: -¿Nuestro acuerdo sigue en pie, Víctor? ¿Hoy en mi casa? Él la cortó: -Conoce a mi esposa, Vicky. -Ah, perdón. Pensé que era una paciente. Encantada – se fue apresuradamente. -Lo mismo digo – masculló Kira. Vicky salió volando y el despacho aún olía a su perfume. -¿Qué me cuentas, Vitalio… Víctor? – se aturdió Kira. -Hablamos en casa. Tengo mucho trabajo – zanjó él. -Pues se nota… O sea, ni te vas a molestar en explicar nada – replicó Kira con calma envenenada. Por dentro, rogaba para sí: “¡Miénteme un poco… y lo creeré!” Sonó el teléfono. Vitalio cogió la llamada a la primera. -¡Voy, voy! – dijo deprisa. Kira se fue a casa. No, no lloraba. No le salían lágrimas. Solo vacío. “Ya he visto a la rival: su ‘enfermerita’. Hará lo que sea. Encima es guapa. Mi marido tiene buen gusto. El perfume seguro se lo regaló él. Ella no se lo habría comprado, es caro”. Kira llegó a casa derrotada. Por la noche esperaba una charla difícil. Pero Vitalio volvió casi al amanecer. Kira ni preguntó dónde estuvo. No hacía falta. Dentro de ella todo temblaba y se rompía. “¡Es el fin!”, pensó. Vitalio empezó a hacer su maleta en silencio y con culpa. Cuando la llenó, se acercó por detrás para evitar mirarla a los ojos, la abrazó y dijo: -Kira, perdona. Nuestra vida es tan gris… Los años pasan. Yo aún quiero hijos. -Ya vale de dar vueltas. Sé que soy una “flor estéril”. Te deseo amor y muchos herederos. Adiós, Vitalio. La puerta se cerró de golpe. Kira se asomó a la ventana y vio a Vitalio subirse a un taxi, acompañado… Se marcharon. Kira se hizo café y encendió un cigarro. Intentó justificar a su marido ante sí misma. “Hizo todo lo que pudo. Quería una familia de verdad. Nuestro matrimonio era como arena. Yo nunca podría darle un hijo. ¡Maldita sea! Y aun así…” La felicidad parecía haber volado para siempre. El amor por su marido seguía vivo dentro de ella, nada ni nadie podía matarlo. Con el tiempo, Kira supo por amigos que Vitalio fue padre. La enfermera le dio una hija. “Me imagino lo feliz que estará. Por fin fue padre. Dios, ¡tengo 27 años! ¿No me tocaba sembrar algo en este mundo?”, se lamentaba Kira. Aceptó su infertilidad. ¿Qué hacen las mujeres así? Pues dedicarse a la carrera. Kira era la excepción. Quería adoptar a un niño, pero se lo negaron por “familia incompleta”. Pensó en meterse a monja. Vivió un mes en un convento. Una hermana mayor le aconsejó: -Hija, aún es pronto para ti. Vive en el mundo. ¡La felicidad está muy, muy cerca! Kira la creyó y su corazón volvió a llenarse de esperanza. ¡Oh, tiempo sanador! …Su vida sentimental empezó a cambiar. En el teatro (invitada por una amiga), conoció a un hombre: -Soy Santi – se presentó él, enseguida cayó bien a Kira. Le daban ganas de contarle toda su vida, detalle a detalle, sin esconder nada. Él entendería. Santi se enamoró de Kira nada más conocerla. No hubo largas citas: ambos querían una familia. Kira, con su experiencia, avisó antes de casarse de su… carencia. A Santi no le importó. El día de la boda le susurró: -Todo saldrá bien. Lo verás. ¡Confío en nosotros! En lo bueno y en lo malo, estaré contigo, mi Kirita. …Siete años después, Kira y Santi tenían tres hijos: dos niñas y un niño. Kira bromeaba: -Santi, ¿paramos ya? Santi miraba a su esposa enamorado: -Lo que Dios quiera, mi vida. En esa familia reinaba la felicidad, para siempre. …Un día, paseando Kira con los niños por el parque, vio a Vitalio. Llevaban diez años sin verse. Lo llamó. Él no reconoció a su ex mujer al principio. Luego sonrió. -¿Kira? ¡Cuánto has mejorado! Qué alegría encontrarte. He oído hablar de tu familia… ¡Sois un ejemplo! Veo que tu hijo se parece mucho a ti. Y las niñas, ¿serán a su padre? – preguntó incómodo. -Sí, mi marido es maravilloso. Me adora. Y yo lo venero, ¡con toda mi alma! – respondió orgullosa Kira. -¿Y tú, Vitalio? Tu hija ya habrá crecido, ¿no? – preguntó ella. -No hay ninguna hija, Kirita – la sonrisa se borró de su cara. -¿Nos lo vas a explicar? – se extrañó Kira. -Te fallé, Kira. Como dice el refrán: “Donde hay niebla, hay engaños”. Mi segunda esposa, la enfermera, me la jugó. Tuvo una hija, pero no era mía. De ojos marrones, siendo nosotros azules los dos. Cualquiera lo ve. Al principio no se nota, todos los bebés tienen ojos claros. Pasaron seis meses y todo se aclaró. La niña no era mía. Mi mujer confesó: quería que su futura hija tuviera padre. El biológico no la quiso. Yo andaba cerca y caí en la red. Nos separamos, con engaño no se puede vivir. Volví a casa de mi madre. Se enteró de todo y me consoló. Me confesó que, de pequeño, pasé las paperas y eso me dejó estéril. ¡Toda la vida lamentando tu infertilidad y resulta que el “flor estéril” era yo! -No te preocupes, Vitalio. Como médico, ayudas a otras mujeres a ser madres y a los bebés a llegar al mundo. ¿No es suficiente? – intentó consolar Kira. -Gracias, Kira. Por suerte, tengo familia. En el hospital, una joven tuvo un hijo sin padre. Charlando, nos hicimos amigos. Se llama Olga. Y la verdad, primero quise a su hijo como mío. ¿Por qué? Aún no sé. Era como si fuera propio. Tan indefenso… Ya está, decidimos criar al niño juntos. Le conté mi problema a Olga, y lo aceptó como el destino. Hace poco nos casamos. ¡Ahora somos tres! ¿Lo entiendes? – relataba Vitalio emocionado. -Lo entiendo, Vitalio… Como nadie lo entiendo…
Nicolás llegó al pueblo para visitar a su tía. Se acercó a la casa familiar, abrió la verja y en el patio le recibió Galina.