Todo tiene su precio, y ahora me encuentro solo, como un perro abandonado.
Me escribe un hombre que ha superado los setenta años, y deseo relatar la historia que yo viví, con la esperanza de que sirva de advertencia a los que aún pueden rectificar su camino.
Vivo en la gran ciudad provincial de Valladolid, pero a mi alrededor sólo hay rostros ajenos. Las viejas piedras de mi casa ya no me resultan familiares, y las callejuelas por las que antaño paseaba con paso firme hoy se presentan desiertas y frías. Nadie me espera, nadie se interesa por mí. Así se paga el pasado…
Al mirarme al espejo ya no reconozco al hombre que me devuelve la imagen. El rostro se ha hundido, la melena está encanecida, los hombros se encorvan y la mirada se apaga. ¿Dónde quedó aquel que vivía a todo trapo, que amaba a las mujeres, los juerzos de la sobremesa y la vida voluptuosa? ¿Dónde quedó el bon vivant que creía que el mundo estaba a sus pies? En su lugar quedó un viejo cansado, inútil para cualquiera.
**Los pecados del ayer**
En mi juventud fui un galán, un juguete del destino. Me gustaban las mujeres bellas, las seducía con facilidad y luego las olvidaba con la misma rapidez. «Solo se vive una vez, hay que aprovecharla», me repetía, y entonces creía tener razón.
Tenía una esposa, Almudena, una mujer bondadosa y paciente. Soportó quince años de matrimonio a mi lado, aunque yo nunca le concedía un día de paz. Desaparecía por las noches, volvía ebrio, y a veces traía a casa a alguna muchacha de bajo precio. Almudena callaba, aguantaba, esperando que yo recobrara el sentido.
Yo no pensaba detenerme. Me parecía que ella nunca se iría, que su destino era soportar. ¿Cómo podría marcharse? Yo era carismático, alegre, tenía dinero. Pero un día Almudena me puso frente a una disyuntiva: cambiar o perderla. Yo, con una sonrisa burlona, le respondí: «¿Y a dónde irías, querida?».
Resultó que ella sabía a dónde ir. Un día recogió sus cosas, tomó a los niños, Luis y Ana, y se marchó al otro extremo de la península, sin discusiones, sin rabietas, simplemente se fue para siempre.
Al principio no le di mayor importancia. Continué mi vida como antes, recordando a mi familia de vez en cuando. No pagaba la pensión alimenticia regularmente, y ellos tampoco se hacían oír. Una Navidad decidí sorprenderles y envié regalos. Días después el paquete volvió a mí, sin haber llegado a su destino.
Me encogí de hombros y dije: «Ya veremos». Pero los años pasaron y el teléfono permaneció en silencio.
**La soledad de la vejez, un juicio implacable**
Jamás pensé en la vejez. Cuando era joven, creía que la vida siempre sería así. No me gustaba trabajar con constancia; prefería la fiesta. Cambiaba de ocupación como quien cambia de tabla de embutidos, sin quedarme mucho tiempo en un sitio. Me reía de los que ahorraban, de los que construían casas, de los que se preocupaban por el futuro.
Hoy mi “libertad” se ha convertido en una pensión diminuta, apenas suficiente para cubrir los medicamentos. Hace tiempo que no como una comida caliente. A veces me duermo con el estómago vacío, pero no tengo a quién quejarme.
Recientemente, en la calle, me encontré con un viejo amigo, Juan, que a su vez ha envejecido, pero luce aseado, seguro y sereno. Posee casa, familia y niños. Me dio una palmada en el hombro y dijo:
—José, fuiste rey, ¿y ahora qué eres?…
No supe qué contestar. Un nudo se quedó atrapado en mi garganta. Lo único que me queda son recuerdos y lamentaciones. No quiero que me tengan lástima; todo lo que me ocurrió es culpa mía.
Mientras otros formaban familias, yo bebía en tabernas con amistades de paso.
Mientras otros ahorraban, yo malgastaba en amantes.
Mientras otros pensaban en el mañana, yo solo contemplaba la noche.
Y ahora, cuando necesito a mis hijos, no me atrevo a llamarlos. Tal vez ya tenga nietos, pero moriré sin haber visto sus caritas.
**Consejo tardío para quien aún pueda enmendar**
No repitan mis errores. No crean que la juventud es infinita. No consideren la familia como algo inevitable. Amen a los que están a su lado, cuiden a los suyos.
Porque un día podrían acabar en un apartamento vacío, donde hasta el eco no responda a su «Hola».






