Vecinos peculiares en el piso 222 de la calle de Quevedo: la llegada de una singular pareja de mediana edad revoluciona la vida entre el tictac de los ascensores y las cenas familiares en el bloque 8

VECINOS EXTRAÑOS

En el piso 2B del edificio número 8, en la calle de Quevedo, acaban de mudarse unos nuevos vecinos. Un matrimonio de alrededor de 50 años, ambos bajitos y delgados. Él lleva barba y siempre viste con un abrigo gris. Ella suele llevar faldas largas y una boina de colores llamativos. Son gente educada, sonríen en el ascensor y, si te ven con bolsas pesadas, no dudan en sujetar la puerta.

Y lo más importante, en estos tiempos en los que todo se escucha en los pisos, son callados. O al menos así lo parecía al principio. Porque, al cabo de un par de semanas, los Rubio del 2A y los Torres del 2C empezaron a oír a los nuevos vecinos mucho más de lo deseado.

La cuestión se convirtió en tema habitual durante las cenas familiares. Así hablaban los Rubio, que rondan los cuarenta y llevan media vida compartiendo apellidos.

¿Has visto a los nuevos vecinos?
Sí, ayer coincidimos en el ascensor.
¿Qué te parecen?
Normales, como cualquiera. ¿Por?
Muy apasionados, me da.
¿A qué te refieres?
En cuanto todos os vais durante el día, la casa se queda en silencio… y se oye absolutamente todo. Pues llevan ya tres días seguidos montándose sus jueguecitos. De adultos, vamos.
¿En serio?
Sí, y de lo más imaginativos. Dan para una película, no para la vida real
Jajaja, vaya tela.
Ya verás, ya, lo escucharás tú mismo y verás qué gracia. Pero, entre tú y yo, es un fastidio. Me distraen y no puedo concentrarme en nada.
No seas mojigata, mujer, tienen sus añitos y aún juegan.
No como nosotros, pensó Rubén, pero no se atrevió a decirlo.

El fin de semana, hasta Rubén acabó escuchando involuntariamente una de sus escenas. Aquella vez, representaban la clásica historia del jardinero y la dama de la casa. Los Rubio escuchaban y se sonrojaban.

*****
Mientras tanto, los Torres tenían sus propias tertulias. Era la pareja más joven de la planta. Casi treinta años, cinco casados, esperando a su primer hijo.

David, ¿has visto a los nuevos?
Sí, ayer los crucé en el portal. ¿Por?
Tienen su punto, la verdad. Ella siempre le cocina cosas que huelen de maravilla, como si fuera un restaurante. Y él no para de regalarle cosas: cada día, algo nuevo.
¿Y eso cómo lo sabes?
Porque bajo diariamente a pasear y es impresionante el olor que sale de su casa. Más de una vez me he cruzado con él en el portal, con flores, o con bolsas de regalo. Y siempre sube como si fuera a una cita.
Hmm.
¿No serán ni siquiera matrimonio? ¿Y si son amantes?
No sé Telita si lo fueran, pero viven juntos, ¿no?
Y cuando están en la cocina, si no haces mucho ruido con la vajilla, se les escucha reír como si tuvieran veinte años.
Vale, vale. Empiezan las noticias, voy a ver.

El viernes, David Torres coincidió con el vecino del 2B en el ascensor. Llevaba flores, una botella de Rioja y una sonrisa de quien espera una noche especial.

******
El tiempo pasa. Ya llevan un mes los vecinos singulares en el 2B. En el 2A, los Rubio casi se han acostumbrado a escucharles. Ellos, sin embargo, parece que no se cansan nunca. Cada día, una escena diferente, o simplemente susurros y el característico crujido del colchón. Viven cada instante como si fuera el último, disfrutándose al máximo.

Una tarde, Verónica Rubio, con la mirada esquiva, le comenta a su marido:
Hoy, de compras, me pasé por la sección de lencería. Mira qué me he traído y abre el albornoz.
Los ojos de Rubén Rubio brillan, y se relame los labios inconscientemente.
Y yo el otro día estuve en esa tienda, ya sabes, de cosas de mayores. Mira lo que te he traído, a ver si te animas.
Si no lo probamos, nunca sabremos vergozosa, responde Verónica.

*****
Ha empezado el espectáculo susurra el vecino misterioso del 2B, apoyando la oreja en la pared colindante con los Rubio.

*****
David, del 2C, decide a la hora de comer pasarse por la joyería. Hace siglos que no sorprende a Laura con un detalle. Antes, cada semana sacaba algo de su bolsillo y siempre guardaba una chocolatina de sus favoritas en el maletín.

De repente, reconoce una chaqueta familiar.
Laura, ¿qué haces por aquí? ¡Esto te pilla lejos de casa!
Nada, salí a dar una vuelta contesta ella, algo cortada. ¿Y tú?
Pues mira, te he comprado unos pendientes. Toma.
Laura le sonríe como el primer día:
¡Ay, gracias, cariño! le besa. Yo hoy pensaba preparar carbonara con gambas para cenar. ¿Te acuerdas de la de antes? Aquí tienen las mejores gambas.
¡Cómo para olvidarlo! Ya estoy salivando solo de pensarlo.
No llegues tarde, ¿eh? Lo dejaré listo para las siete, que no me gusta recalentar pasta.
Vale, lo intentaré. Quizá compro unas flores antes

*****
¿Qué tal va la cosa? pregunta el hombre del 2B.
Parece que prepara algo especial se ríe su mujer. Y en el otro piso, ya se han animado también.

*****
Un mes después, los Rubio están irreconocibles. Parecen diez años más jóvenes. No pueden dejar de mirarse, esperan cualquier momento para escaparse juntos. Incluso a veces, se escapan un fin de semana, dejan a los niños con abuelos y no salen de la habitación de hotel, disfrutándose como recién casados. Tienen temas de conversación nuevos y, hasta el día a día, les va mejor.

*****
En casa de los Torres, el bebé está a punto de llegar. Pero ellos han empezado a tener citas como si volvieran a empezar: cine, restaurantes, hasta museos. Laura ha desempolvado su vieja libreta de recetas. David se esmera cada semana en regalarle algo, aunque sólo sea una tableta de chocolate en la mochila. Ya ni recuerda la última vez que vio el telediario.

*****
¿Y qué tal van nuestros vecinos? pregunta la mujer del 2B.
Bien, ahí están, dale que te pego en silencio. Seguro que tienen a los niños en casa. Pero desde luego, la cosa está mucho más animada, los escucho cada día, para asegurar los resultados.
Y la pareja joven también: en la cocina son todo risas y cuchicheos, y el pasillo huele que parece un restaurante.
Perfecto, misión cumplida en tres meses. Nos quedamos una par de semanitas más para afianzar.
Claro. ¿Quiénes son los siguientes?
Simón, edificio 4, piso 4B. En el 4C tienen una familia marchita, ni se hablan. En el 4A, lo de siempre: necesitan redescubrirse en la habitación y poner orden.
Lo tengo claro. Bueno, no recojo aún tus discos, sigue haciendo ruido y que no falte la comida a domicilio. Quedan aceites aromáticos. Por cierto, esas rosas a las que cambiaste el agua hace nada ya están marchitas. Tendrás que traer otro ramo.
Sin problema. Recúerdame luego que te dé un masaje lumbar antes de dormirY así, una mañana luminosa, los vecinos del 2B se dispusieron a cerrar las cortinas, limpiar las huellas y empacar, mientras por la ventana se colaba el bullicio habitual de la calle Quevedo. Antes de salir, ella dejó un pequeño sobre bajo la alfombra de entrada de los Rubio y otro, con una ramita de lavanda, en el felpudo de los Torres.

Al abrirlos, ambos matrimonios encontraron lo mismo: una tarjeta adornada a mano y unas líneas suaves, casi un susurro:

Donde hay risa, juego y asombro, la vida siempre florece. Vividlo todo. Os lo habéis regalado vosotros mismos.

Mientras bajaban las escaleras del portal por última vez, el hombre del abrigo gris miró a su esposa y le guiñó el ojo.

¿Estás lista para nuestra próxima función?
Siempre, amor, siempre respondió ella, ajustándose la boina.

La puerta se cerró tras ellos. En los pasillos, aún flotaba el aroma acogedor de otra etapa reavivada. En el edificio número 8, no lo sabían, pero los habitantes ya no serían los mismos: cuando una semilla de vida encuentra tierra fértil, incluso los ladrillos más fríos se tiñen de primavera.

Y desde entonces, fuese quien fuese el vecino de turno, todos sabían que los milagros pequeños nacen de atreverse a escuchar, probar y reír, como si cada día fuese el primero y el último.

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