¡Otra vez con las babas! ¡Maxi, llévate al perro ya! Nuria miraba con fastidio a Tico, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió elegir semejante trasto? Tanto tiempo pensando, consultando con adiestradores, eligiendo raza. Sabían lo importante que era, y al final se decidieron por un pastor alemán: amigo, guardián y protector, como esos champús tres en uno. Sólo que este protector, a él mismo había que defenderle de los gatos… — Si es un cachorro todavía… Verás cuándo crezca —contestaba Maxi. — Sí, a ver si llega pronto el día, ¡porque este potrillo come más que nosotros! ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y deja de pisar fuerte, bruto, ¡que vas a despertar al niño! —gruñía Nuria, recogiendo los zapatos que Tico había desparramado. Vivían en la Castellana, en un bajo de un edificio antiguo de Madrid, con ventanas casi a ras de asfalto. El sitio era ideal, si no fuera por un detalle: las ventanas daban a una esquina solitaria del patio, donde por las noches se veían sombras, se reunían los parroquianos y, a veces, había peleas. Nuria pasaba casi todo el día sola con la recién nacida, Lucía. Maxi trabajaba en el Museo del Prado y pasaba el tiempo libre entre mercadillos y librerías de viejo. Su ojo de experto —de “ojo clínico”, como bromeaba Nuria— encontraba entre la multitud obras de arte, libros singulares y objetos curiosos. Coleccionista de vocación, la casa estaba llena de cuadros, porcelanas de época, figuritas del realismo social y cuberterías antiguas… Demasiado valor, y robos no faltaban en el edificio. Nuria no se sentía tranquila sola con el tesoro y la niña. — ¿Cuándo sacamos a Tico? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. ¡Y que conste que no es “mi” perro! —bufaba Nuria. En cuanto oyó “pasear”, Tico salió como un rayo al recibidor, cogió la correa y volvió brincando, lleno de energía. No parecía perro, sino caballo. Quería a todo el mundo, repartía pelotas y abrazos, pero no ladraba ni a los extraños: gran alma, pero poca vigilancia. Y ni gatos perseguía. Jugaba con ellos y acababa magullado… Gatos con carácter, los de su patio. Para defensa, mejores ellos. Al día siguiente, Maxi se iba a Aranjuez a un congreso de arte, y Nuria se quedaba de niñera: a cuidar porcelanas y pasear al orejotas. ¡Como si tuviera pocos quebraderos de cabeza! De madrugada, Maxi se levantó sin hacer ruido para no despertar a la familia. Pero Nuria, medio dormida, oía la tetera, el tintinear de la correa, los “sshh” a Tico. Al poco, ya estaba sola de nuevo: empezaba un día normal. Y pensaba: ¿acaso no es esto la felicidad? Sus amigas la compadecían por casarse joven, vivir pendiente de marido y niña, y el día a día de casa… Pero hay belleza en lo cotidiano. Nada fue como soñaba, cansada de la ausencia de Maxi, la estrechez y la economía apretada. Y ese vicio suyo de gastar en antigüedades… Y ahora el “amigo” orejudo, con el que le tocaba a ella batallar. Pero había comprendido: a los que se quiere, se les quiere por completo, virtudes y defectos incluidos. Nadie prometió perfección. Y con esa certeza, decidió disfrutar lo que tenía, en vez de lamentar lo que faltaba. Sentada en la habitación infantil, daba el pecho a la pequeña, que se dormía mientras comía. Alguien llamó al timbre. Nuria no abrió; no esperaba a nadie, y nadie cruza Madrid sin avisar. ¡Con lo que goza ella de esas horas silenciosas! La casa en calma, sólo el tic-tac del reloj y los murmullos de la ciudad colándose por la ventana… ¿Y Tico? Hacía rato que no aparecía. No es que realmente tuviera grandes orejas, pero sí era despistado. Y tener que cuidarle y sacarle, ¿para qué? Mejor un bichón maltés. Contempló a su niña, que, ya saciada, se durmió. ¡Qué preciosidad! Oro puro, murmuraba Nuria al acostarla. ¿Qué más se puede pedir? En ese instante, un ruido raro retumbó en el salón. ¿Un chasquido? ¿Un chirrido? Nuria aguzó el oído. Fue descalza, silenciosa. Lo primero que vio fue el lomo de Tico, agazapado tras la cortina entre recibidor y salón, tensión en todo el cuerpo, mirada fija hacia el interior. Y, siguiendo su mirada, Nuria se heló: en la ventana medio abierta, ¡asomaba medio hombre! Cabeza rapada de matón, brazos y hombros dentro, empujándose para colarse. No podía ser verdad. ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¿Correr? ¡Estaba casi entero en casa! Un segundo más y… El grito la sobresaltó. Una sombra negra saltó al alféizar y, antes de que Nuria comprendiera, Tico se lanzó al cuello del ladrón. “¡Aaaaah!” chilló el hombre, ojos desorbitados. Nuria salió al rellano buscando ayuda; al poco, llegaron los vecinos y llamó a la policía. La presencia de la gente fue suficiente para tranquilizarla. ¿Qué habría hecho sola? Venció el miedo y se acercó: no fuera a ser que Tico le hiciese demasiado daño. Pero no, su perro se había enganchado al cuello del jersey, firme pero sin sangre. Sólo apretaba cuando el ladrón intentaba soltarse. Si el hombre se quedaba quieto, Tico aflojaba. ¿Cómo aprendió todo eso aquel torpón? No ladró, no hizo ruido, se escondió, calculó, atrapó, sujetó como un profesional. “No es mi trabajo castigar, sino detener”, parecía decir. Policías veteranos no recordaban a un ladrón tan encantado de que lo arrestaran. El hombre prefirió los brazos de la ley que los colmillos de Tico. El perro, en cambio, se sentía tan orgulloso de su captura que costó convencerle de que aflojara… hasta que el agente canino le dio la orden. Entonces soltó al ladrón y se sentó, esperando instrucciones, como soldado ejemplar. — Menuda joya de perro tenéis —dijo el policía, acariciando a Tico—. Nos vendría bien en comisaría… Maxi volvió tarde y, al abrir, no daba crédito. Primero: Tico espatarrado en el sofá, prohibidísimo para él; segundo: Nuria, acariciándole la barriga y mimándolo como si fuera un bebé, murmurando: “Mi alegría, mi potrito, crece fuerte, que eres la alegría de papá y mamá… Qué injusta he sido contigo, perdóname…” Esta historia me la contó el propio experto en arte, protagonista de primera mano, en una de esas jornadas del “Festival de Sorolla”. Seguro que Tico la narraría aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón. De eso hace mucho. Pero la historia vive, y, sintiendo sus patas rascar mi mesa, decidí compartirla con vosotros…

¡Otra vez está lamiéndose! ¡Javier, quítalo de aquí!
Sonsoles observaba con fastidio a Rufián, el pastor alemán que no paraba de saltar torpemente a sus pies. ¿Quién les mandaría escoger a semejante calamidad? Se habían pasado semanas pensando, eligiendo raza, consultando con adiestradores. Sabían cuánto comprometía tener un perro. Al final, optaron por un pastor alemán: un amigo fiel, guardián y protector; como ese conocido champú que sirve para todo. Pero mira tú por dónde, a este guardián había que protegerlo ¡de los gatos!
Pero si es aún un cachorro Ya verás cuando crezca.
Ya, qué ganas tengo de ver a este caballo hecho y derecho. ¿Te has fijado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y deja de hacer tanto ruido, bruto, que vas a despertar a la niña! refunfuñaba Sonsoles, recogiendo los zapatos desparramados por Rufián.

Vivíamos en la calle Ferraz, en pleno Chamberí, en el bajo de uno de esos edificios antiguos, robustos, con ventanas casi al ras del suelo, encajadas en el asfalto. Un lujo de sitio salvo por un detalle. Las ventanas daban a un rincón del patio de la comunidad, un lugar apartado, donde los matices de la tarde eran sombras esquivas, los hombres se reunían a charlar y, de vez en cuando, había peleas.

Sonsoles pasaba casi todo el día sola en casa, acompañando a nuestra hija recién nacida, Luzía. Yo, Javier, me marchaba por las mañanas a trabajar al Museo del Prado y, en los ratos libres, recorría el Rastro o indagaba en las librerías de viejo. Mi ojo de historiador del arte ese ojo clínico, como bromeaba mi mujer sabía localizar obras, libros raros y objetos de otra época. Era un coleccionista empedernido. Poco a poco, la casa se fue llenando de cuadros interesantes y, en la vitrina del salón, lucían platos de porcelana de Sargadelos, figuritas del realismo castellano y cuberterías de plata del principio del siglo pasado Razones de sobra para que Sonsoles se sintiera intranquila estando sola con tanto tesoro, sobre todo sabiendo que en la finca no eran raros los robos.

Sonsoles, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Rufián? ¿Ahora o después de comer?
No lo sé. Y, francamente, ese no es asunto de perras respondía ella con sarcasmo.

En cuanto Rufián oía el verbo pasear, salía disparado; doblaba la esquina patinando, agarraba la correa, corría de vuelta y saltaba hasta pegar con las orejas en el techo. ¡Un caballo, no un perro! Era un entusiasta todo el mundo le caía bien, abrazaba a todos y les traía la pelota, menos cuando venían visitas: entonces, ni se asomaba. Abierto y bonachón, pero lo elegimos para que nos protegiera. Y ni siquiera persigue a los gatos del patio: les lleva la pelota para jugar y casi siempre sale escaldado. Los gatos de nuestra comunidad sí que sabrían defender la casa… Mañana me toca otro día entero sola. Javier se va a Segovia a un encuentro sobre Sorolla y yo aquí: guardando la vajilla y paseando al orejudo. Si hubiera sabido

Por la mañana, mi mujer me oyó levantarme tempranísimo, intentando no hacer ruido: el hervor de la tetera, el tintinear de la correa, misurros a Rufián para que no gimiera ni pisara fuerte. Entre aquellos ruidos cotidianos se quedó dormida y, cuando Luzía la despertó, yo ya había desaparecido para empezar el día. Un día pacífico, igual que tantos otros. ¿Acaso no eso es la felicidad? Las amigas de Sonsoles se asombraban: que si casarse tan joven, que si el marido y la niña, todo el día entre fogones, que la rutina te come Pero ¿quién no encuentra belleza en el día a día? No todo había salido como soñaba, le pesaban las ausencias, la falta de espacio, lo ajustado del presupuesto. Y, sobre todo, esa pasión mía que devoraba tantos euros en antojos. Ahora, otro miembro en la familia el orejudo, y la carga de cuidarlo era suya. Pero Sonsoles había entendido algo muy sencillo: hay que querer a los tuyos tal y como son, con virtudes y defectos. Jamás le prometieron la perfección Aceptando eso, aprendió a disfrutar lo que tenía, en vez de lamentar lo que faltaba.

Aquella mañana, sentada en la habitación infantil, Sonsoles daba el pecho a Luzía, que se dormía y volvía a despertar mientras comía. Llamaron a la puerta, pero prefirió no abrir: nadie la visitaría sin antes avisar, y mucho menos de buena mañana y desde el otro extremo de Madrid. Aprovechaba ese rato de calma, el único donde reina la paz: sólo el tic-tac de un reloj antiguo en la entrada y los ecos familiares de la ciudad al otro lado de la ventana: el zumbido de los autobuses, motorcillos refunfuñando por Princesa, el raspado de la escoba municipal, voces infantiles ¿Y el orejudo? Llevaba un rato sin dar señales; raro. Bueno, lo de orejudo era por decir. Sus orejas, tiesas como lanzas, estaban perfectas, pero de carácter era un despiste con patas. Podía haber sido peor, pensó Sonsoles: quizá debería haber cogido un bichón maltés.

Miraba a Luzía, adormilada y satisfecha, y sentía un orgullo enorme. Su pequeña era un sol. Crece fuerte, mi vida, susurró Sonsoles mientras la tapaba. ¿Qué más se podía pedir?

Fue entonces cuando un crujido extraño llegó desde el salón. Algo entre chasquido y chirrido. Sonsoles se tensó, se descalzó y avanzó sigilosamente. Primero la inquietó la postura de Rufián, refugiado tras la cortina del salón, en posición de acecho, todas las patas flexionadas y la lengua fuera, mirando con determinación a la habitación. Sonsoles siguió su mirada y se heló: por la ventana entreabierta, asomaba medio cuerpo de un hombre. Típico matón: cabeza rapada, brazos y hombros ya dentro, se esforzaba por colarse del todo. Sonsoles no podía creer que aquello estuviera pasándole. ¿Gritar? El hombre ya casi había entrado. Un segundo más

Entonces el grito la sobresaltó. Una sombra negra voló hacia la ventana: era Rufián. Salto ágil, y se abalanzó sobre el cuello del intruso. ¡Aaaay! bramó el atracador, ojos desorbitados del susto. Sonsoles salió al rellano, pidió ayuda a los vecinos y pronto la casa se llenó de gente. Llamaron enseguida a la policía la Policía Nacional y, aunque poco podían hacer, su mera presencia era suficiente consuelo. ¿Qué habría hecho sola? Todavía temblando, Sonsoles se acercó por si acaso el perro mordía al ladrón de más: esa sí que hubiera sido buena Pero Rufián, como un veterano, lo sujetaba por el cuello del abrigo, ni una gota de sangre, sólo apretaba si el hombre forcejeaba y aflojaba en cuanto se quedaba quieto. ¿De dónde sacaba ese instinto? El mismo perro torpón de la pelota ejecutaba un arresto de manual. Sin ladrar, fue al acecho, dejó que el ladrón entrara lo justo para no escapar y atacó, sujetando con firmeza pero sin dañarle. Como dicen aquí: Nuestro trabajo es retener, lo demás es cosa de la justicia.

Hasta los policías más curtidos reconocieron jamás haber visto a un ladrón agradecer tanto su detención. El hombre estaba encantado de que la policía le quitase a Rufián de encima, mientras el perro, ufano y satisfecho, costó convencerle de que soltara la presa. Cuando llegó el agente con perro, bastó su orden para que Rufián aflojase la mandíbula y se sentara muy atento junto a la ventana, como esperando instrucciones, con tal dignidad que sólo le faltó cuadrarse.

Menuda joya de perro tienen ustedes dijo el agente, acariciando a Rufián. Uno así nos vendría de maravilla para el servicio.

Aquella noche volví tarde de Segovia. Abrí con sigilo la puerta y me quedé de piedra ante la escena: Rufián acostado en mi sofá ¡prohibidísimo!, patas estiradas, despatarrado y, lo que es mejor, Sonsoles rascándole la barriga, susurrándole: Mi alegría, mi bichito valiente. Crece sano, y haz felices a papá y mamá. Qué injusta he sido contigo no me lo tengas en cuenta

Esta historia me la contó un buen día el propio Javier, el historiador. Seguro que Rufián, si pudiera escribir, lo relataría a lo grande: cómo acechó, cómo atrapó al bandido y cómo se comportó de héroe. Muchos años han pasado, pero el recuerdo sigue vivo y, cada vez que lo pienso, me sirve de recordatorio: la lealtad, a veces, llega de quien menos lo esperas, y uno debe aprender a valorar lo que tiene antes de lamentar lo que le falta.

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¡Otra vez con las babas! ¡Maxi, llévate al perro ya! Nuria miraba con fastidio a Tico, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió elegir semejante trasto? Tanto tiempo pensando, consultando con adiestradores, eligiendo raza. Sabían lo importante que era, y al final se decidieron por un pastor alemán: amigo, guardián y protector, como esos champús tres en uno. Sólo que este protector, a él mismo había que defenderle de los gatos… — Si es un cachorro todavía… Verás cuándo crezca —contestaba Maxi. — Sí, a ver si llega pronto el día, ¡porque este potrillo come más que nosotros! ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y deja de pisar fuerte, bruto, ¡que vas a despertar al niño! —gruñía Nuria, recogiendo los zapatos que Tico había desparramado. Vivían en la Castellana, en un bajo de un edificio antiguo de Madrid, con ventanas casi a ras de asfalto. El sitio era ideal, si no fuera por un detalle: las ventanas daban a una esquina solitaria del patio, donde por las noches se veían sombras, se reunían los parroquianos y, a veces, había peleas. Nuria pasaba casi todo el día sola con la recién nacida, Lucía. Maxi trabajaba en el Museo del Prado y pasaba el tiempo libre entre mercadillos y librerías de viejo. Su ojo de experto —de “ojo clínico”, como bromeaba Nuria— encontraba entre la multitud obras de arte, libros singulares y objetos curiosos. Coleccionista de vocación, la casa estaba llena de cuadros, porcelanas de época, figuritas del realismo social y cuberterías antiguas… Demasiado valor, y robos no faltaban en el edificio. Nuria no se sentía tranquila sola con el tesoro y la niña. — ¿Cuándo sacamos a Tico? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. ¡Y que conste que no es “mi” perro! —bufaba Nuria. En cuanto oyó “pasear”, Tico salió como un rayo al recibidor, cogió la correa y volvió brincando, lleno de energía. No parecía perro, sino caballo. Quería a todo el mundo, repartía pelotas y abrazos, pero no ladraba ni a los extraños: gran alma, pero poca vigilancia. Y ni gatos perseguía. Jugaba con ellos y acababa magullado… Gatos con carácter, los de su patio. Para defensa, mejores ellos. Al día siguiente, Maxi se iba a Aranjuez a un congreso de arte, y Nuria se quedaba de niñera: a cuidar porcelanas y pasear al orejotas. ¡Como si tuviera pocos quebraderos de cabeza! De madrugada, Maxi se levantó sin hacer ruido para no despertar a la familia. Pero Nuria, medio dormida, oía la tetera, el tintinear de la correa, los “sshh” a Tico. Al poco, ya estaba sola de nuevo: empezaba un día normal. Y pensaba: ¿acaso no es esto la felicidad? Sus amigas la compadecían por casarse joven, vivir pendiente de marido y niña, y el día a día de casa… Pero hay belleza en lo cotidiano. Nada fue como soñaba, cansada de la ausencia de Maxi, la estrechez y la economía apretada. Y ese vicio suyo de gastar en antigüedades… Y ahora el “amigo” orejudo, con el que le tocaba a ella batallar. Pero había comprendido: a los que se quiere, se les quiere por completo, virtudes y defectos incluidos. Nadie prometió perfección. Y con esa certeza, decidió disfrutar lo que tenía, en vez de lamentar lo que faltaba. Sentada en la habitación infantil, daba el pecho a la pequeña, que se dormía mientras comía. Alguien llamó al timbre. Nuria no abrió; no esperaba a nadie, y nadie cruza Madrid sin avisar. ¡Con lo que goza ella de esas horas silenciosas! La casa en calma, sólo el tic-tac del reloj y los murmullos de la ciudad colándose por la ventana… ¿Y Tico? Hacía rato que no aparecía. No es que realmente tuviera grandes orejas, pero sí era despistado. Y tener que cuidarle y sacarle, ¿para qué? Mejor un bichón maltés. Contempló a su niña, que, ya saciada, se durmió. ¡Qué preciosidad! Oro puro, murmuraba Nuria al acostarla. ¿Qué más se puede pedir? En ese instante, un ruido raro retumbó en el salón. ¿Un chasquido? ¿Un chirrido? Nuria aguzó el oído. Fue descalza, silenciosa. Lo primero que vio fue el lomo de Tico, agazapado tras la cortina entre recibidor y salón, tensión en todo el cuerpo, mirada fija hacia el interior. Y, siguiendo su mirada, Nuria se heló: en la ventana medio abierta, ¡asomaba medio hombre! Cabeza rapada de matón, brazos y hombros dentro, empujándose para colarse. No podía ser verdad. ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¿Correr? ¡Estaba casi entero en casa! Un segundo más y… El grito la sobresaltó. Una sombra negra saltó al alféizar y, antes de que Nuria comprendiera, Tico se lanzó al cuello del ladrón. “¡Aaaaah!” chilló el hombre, ojos desorbitados. Nuria salió al rellano buscando ayuda; al poco, llegaron los vecinos y llamó a la policía. La presencia de la gente fue suficiente para tranquilizarla. ¿Qué habría hecho sola? Venció el miedo y se acercó: no fuera a ser que Tico le hiciese demasiado daño. Pero no, su perro se había enganchado al cuello del jersey, firme pero sin sangre. Sólo apretaba cuando el ladrón intentaba soltarse. Si el hombre se quedaba quieto, Tico aflojaba. ¿Cómo aprendió todo eso aquel torpón? No ladró, no hizo ruido, se escondió, calculó, atrapó, sujetó como un profesional. “No es mi trabajo castigar, sino detener”, parecía decir. Policías veteranos no recordaban a un ladrón tan encantado de que lo arrestaran. El hombre prefirió los brazos de la ley que los colmillos de Tico. El perro, en cambio, se sentía tan orgulloso de su captura que costó convencerle de que aflojara… hasta que el agente canino le dio la orden. Entonces soltó al ladrón y se sentó, esperando instrucciones, como soldado ejemplar. — Menuda joya de perro tenéis —dijo el policía, acariciando a Tico—. Nos vendría bien en comisaría… Maxi volvió tarde y, al abrir, no daba crédito. Primero: Tico espatarrado en el sofá, prohibidísimo para él; segundo: Nuria, acariciándole la barriga y mimándolo como si fuera un bebé, murmurando: “Mi alegría, mi potrito, crece fuerte, que eres la alegría de papá y mamá… Qué injusta he sido contigo, perdóname…” Esta historia me la contó el propio experto en arte, protagonista de primera mano, en una de esas jornadas del “Festival de Sorolla”. Seguro que Tico la narraría aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón. De eso hace mucho. Pero la historia vive, y, sintiendo sus patas rascar mi mesa, decidí compartirla con vosotros…
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