¡Otra vez está lamiéndose! ¡Javier, quítalo de aquí!
Sonsoles observaba con fastidio a Rufián, el pastor alemán que no paraba de saltar torpemente a sus pies. ¿Quién les mandaría escoger a semejante calamidad? Se habían pasado semanas pensando, eligiendo raza, consultando con adiestradores. Sabían cuánto comprometía tener un perro. Al final, optaron por un pastor alemán: un amigo fiel, guardián y protector; como ese conocido champú que sirve para todo. Pero mira tú por dónde, a este guardián había que protegerlo ¡de los gatos!
Pero si es aún un cachorro Ya verás cuando crezca.
Ya, qué ganas tengo de ver a este caballo hecho y derecho. ¿Te has fijado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y deja de hacer tanto ruido, bruto, que vas a despertar a la niña! refunfuñaba Sonsoles, recogiendo los zapatos desparramados por Rufián.
Vivíamos en la calle Ferraz, en pleno Chamberí, en el bajo de uno de esos edificios antiguos, robustos, con ventanas casi al ras del suelo, encajadas en el asfalto. Un lujo de sitio salvo por un detalle. Las ventanas daban a un rincón del patio de la comunidad, un lugar apartado, donde los matices de la tarde eran sombras esquivas, los hombres se reunían a charlar y, de vez en cuando, había peleas.
Sonsoles pasaba casi todo el día sola en casa, acompañando a nuestra hija recién nacida, Luzía. Yo, Javier, me marchaba por las mañanas a trabajar al Museo del Prado y, en los ratos libres, recorría el Rastro o indagaba en las librerías de viejo. Mi ojo de historiador del arte ese ojo clínico, como bromeaba mi mujer sabía localizar obras, libros raros y objetos de otra época. Era un coleccionista empedernido. Poco a poco, la casa se fue llenando de cuadros interesantes y, en la vitrina del salón, lucían platos de porcelana de Sargadelos, figuritas del realismo castellano y cuberterías de plata del principio del siglo pasado Razones de sobra para que Sonsoles se sintiera intranquila estando sola con tanto tesoro, sobre todo sabiendo que en la finca no eran raros los robos.
Sonsoles, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Rufián? ¿Ahora o después de comer?
No lo sé. Y, francamente, ese no es asunto de perras respondía ella con sarcasmo.
En cuanto Rufián oía el verbo pasear, salía disparado; doblaba la esquina patinando, agarraba la correa, corría de vuelta y saltaba hasta pegar con las orejas en el techo. ¡Un caballo, no un perro! Era un entusiasta todo el mundo le caía bien, abrazaba a todos y les traía la pelota, menos cuando venían visitas: entonces, ni se asomaba. Abierto y bonachón, pero lo elegimos para que nos protegiera. Y ni siquiera persigue a los gatos del patio: les lleva la pelota para jugar y casi siempre sale escaldado. Los gatos de nuestra comunidad sí que sabrían defender la casa… Mañana me toca otro día entero sola. Javier se va a Segovia a un encuentro sobre Sorolla y yo aquí: guardando la vajilla y paseando al orejudo. Si hubiera sabido
Por la mañana, mi mujer me oyó levantarme tempranísimo, intentando no hacer ruido: el hervor de la tetera, el tintinear de la correa, misurros a Rufián para que no gimiera ni pisara fuerte. Entre aquellos ruidos cotidianos se quedó dormida y, cuando Luzía la despertó, yo ya había desaparecido para empezar el día. Un día pacífico, igual que tantos otros. ¿Acaso no eso es la felicidad? Las amigas de Sonsoles se asombraban: que si casarse tan joven, que si el marido y la niña, todo el día entre fogones, que la rutina te come Pero ¿quién no encuentra belleza en el día a día? No todo había salido como soñaba, le pesaban las ausencias, la falta de espacio, lo ajustado del presupuesto. Y, sobre todo, esa pasión mía que devoraba tantos euros en antojos. Ahora, otro miembro en la familia el orejudo, y la carga de cuidarlo era suya. Pero Sonsoles había entendido algo muy sencillo: hay que querer a los tuyos tal y como son, con virtudes y defectos. Jamás le prometieron la perfección Aceptando eso, aprendió a disfrutar lo que tenía, en vez de lamentar lo que faltaba.
Aquella mañana, sentada en la habitación infantil, Sonsoles daba el pecho a Luzía, que se dormía y volvía a despertar mientras comía. Llamaron a la puerta, pero prefirió no abrir: nadie la visitaría sin antes avisar, y mucho menos de buena mañana y desde el otro extremo de Madrid. Aprovechaba ese rato de calma, el único donde reina la paz: sólo el tic-tac de un reloj antiguo en la entrada y los ecos familiares de la ciudad al otro lado de la ventana: el zumbido de los autobuses, motorcillos refunfuñando por Princesa, el raspado de la escoba municipal, voces infantiles ¿Y el orejudo? Llevaba un rato sin dar señales; raro. Bueno, lo de orejudo era por decir. Sus orejas, tiesas como lanzas, estaban perfectas, pero de carácter era un despiste con patas. Podía haber sido peor, pensó Sonsoles: quizá debería haber cogido un bichón maltés.
Miraba a Luzía, adormilada y satisfecha, y sentía un orgullo enorme. Su pequeña era un sol. Crece fuerte, mi vida, susurró Sonsoles mientras la tapaba. ¿Qué más se podía pedir?
Fue entonces cuando un crujido extraño llegó desde el salón. Algo entre chasquido y chirrido. Sonsoles se tensó, se descalzó y avanzó sigilosamente. Primero la inquietó la postura de Rufián, refugiado tras la cortina del salón, en posición de acecho, todas las patas flexionadas y la lengua fuera, mirando con determinación a la habitación. Sonsoles siguió su mirada y se heló: por la ventana entreabierta, asomaba medio cuerpo de un hombre. Típico matón: cabeza rapada, brazos y hombros ya dentro, se esforzaba por colarse del todo. Sonsoles no podía creer que aquello estuviera pasándole. ¿Gritar? El hombre ya casi había entrado. Un segundo más
Entonces el grito la sobresaltó. Una sombra negra voló hacia la ventana: era Rufián. Salto ágil, y se abalanzó sobre el cuello del intruso. ¡Aaaay! bramó el atracador, ojos desorbitados del susto. Sonsoles salió al rellano, pidió ayuda a los vecinos y pronto la casa se llenó de gente. Llamaron enseguida a la policía la Policía Nacional y, aunque poco podían hacer, su mera presencia era suficiente consuelo. ¿Qué habría hecho sola? Todavía temblando, Sonsoles se acercó por si acaso el perro mordía al ladrón de más: esa sí que hubiera sido buena Pero Rufián, como un veterano, lo sujetaba por el cuello del abrigo, ni una gota de sangre, sólo apretaba si el hombre forcejeaba y aflojaba en cuanto se quedaba quieto. ¿De dónde sacaba ese instinto? El mismo perro torpón de la pelota ejecutaba un arresto de manual. Sin ladrar, fue al acecho, dejó que el ladrón entrara lo justo para no escapar y atacó, sujetando con firmeza pero sin dañarle. Como dicen aquí: Nuestro trabajo es retener, lo demás es cosa de la justicia.
Hasta los policías más curtidos reconocieron jamás haber visto a un ladrón agradecer tanto su detención. El hombre estaba encantado de que la policía le quitase a Rufián de encima, mientras el perro, ufano y satisfecho, costó convencerle de que soltara la presa. Cuando llegó el agente con perro, bastó su orden para que Rufián aflojase la mandíbula y se sentara muy atento junto a la ventana, como esperando instrucciones, con tal dignidad que sólo le faltó cuadrarse.
Menuda joya de perro tienen ustedes dijo el agente, acariciando a Rufián. Uno así nos vendría de maravilla para el servicio.
Aquella noche volví tarde de Segovia. Abrí con sigilo la puerta y me quedé de piedra ante la escena: Rufián acostado en mi sofá ¡prohibidísimo!, patas estiradas, despatarrado y, lo que es mejor, Sonsoles rascándole la barriga, susurrándole: Mi alegría, mi bichito valiente. Crece sano, y haz felices a papá y mamá. Qué injusta he sido contigo no me lo tengas en cuenta
Esta historia me la contó un buen día el propio Javier, el historiador. Seguro que Rufián, si pudiera escribir, lo relataría a lo grande: cómo acechó, cómo atrapó al bandido y cómo se comportó de héroe. Muchos años han pasado, pero el recuerdo sigue vivo y, cada vez que lo pienso, me sirve de recordatorio: la lealtad, a veces, llega de quien menos lo esperas, y uno debe aprender a valorar lo que tiene antes de lamentar lo que le falta.







