Valentina regresaba de su casa de campo una noche cerrada. Había elegido salir justo al anochecer y, en lugar de conducir deprisa como solía hacer, tomó el camino más largo, dando un rodeo despacio y sin prisas. Si al día siguiente no tuviera que trabajar, se habría quedado a dormir allí mismo. ¿Por qué no tenía prisa? Porque, en realidad, no le apetecía nada volver a casa. Para ser sincera, no quería ver a su marido. Desde hacía tiempo, una vocecita interior le repetía que su convivencia bajo el mismo techo iba a durar ya muy poco. Llevaba meses con su pareja en una relación fría, tensa y llena de discusiones. Incluso mientras conducía pendiente de la carretera, Valentina pensaba en lo raro y poco sano que era lo suyo. En una parte del trayecto, la carretera atravesaba un pequeño pueblo. Valentina redujo la velocidad, y, de repente, a la altura de la parada de autobús, los faros iluminaron a una anciana extraña. La mujer sujetaba algo envuelto en un trapo, acunándolo en el pecho con ternura, como si fuera un bebé. Y con la mirada, contemplaba los coches que pasaban con una esperanza tan enorme, que Valentina detuvo instintivamente el coche. Se bajó y caminó hacia la señora. Al acercarse, vio una bolsa de la compra con ruedas a sus pies. —¿Por qué está usted aquí? —preguntó Valentina preocupada—. ¿Necesita ayuda? ¿Eso que lleva es un niño? —¿Un niño? —La anciana se desconcertó y sonrió con timidez—. No, no es un niño… Es pan. —¿Cómo? —Valentina se asombró—. ¿Pan? ¿Qué pan? —Pan casero… recién salido del horno… Lo vendo aquí. —¿Pero cómo que lo vende? ¿De dónde lo saca? —Lo hago yo misma… Y lo vendo… La pensión no me da, así que así me apaño. Cuando me faltan las perras. ¿Está prohibido? La gente me compra. Mi pan está rico. Y dicen que trae suerte y hace felices a quienes lo comen. —¿Felicidad? ¿En qué sentido? —No sabría decirle… Eso me cuenta un caballero que me compra siempre. Quizás vuelva hoy… ¿No quiere usted una barra? ¡Todavía está caliente! —¿Yo, pan? —Valentina pensó que la anciana necesitaba dinero y asintió—. Sí, deme una barra. ¿Cuánto cuesta? —Un euro, —respondió con cautela, pendiente de la reacción—. ¿No es caro para usted? —¿Cuántas barras tiene? —Diez. No he vendido ni una aún, acabo de llegar. ¿Cuántas va a llevarse? —Me las llevo todas —dijo Valentina con decisión, dispuesta a buscar la cartera al coche—. —¡No! ¡No se las puedo vender todas! —exclamó la mujer asustada—. —¿Por qué? —preguntó Valentina perpleja. —Porque sé que no las lleva para comer, sino para ayudarme… y quizás alguien más las necesite hoy. ¿Y si él viene, y me quedo sin nada? Valentina se quedó desarmada ante esa ingenuidad. —Vale, ¿y cuántas me vende? —Cinco… —respondió insegura la abuela. —¿No pueden ser más? —No… no debe ser… —negó ella—. Usted me compra por lástima. Este pan es para los que lo van a comer… —Está bien —Valentina sonrió, cogió el dinero y una bolsa, metió cinco barras aún calientes, y volvió a su coche. Nada más arrancar, el aroma del pan inundó todo el habitáculo y le entraron unas ganas tremendas de comer. No se resistió, arrancó una buena miga y al probarla, supo que nunca había comido un pan tan rico en su vida. En eso, sonó el móvil. Al ver quién era, Valentina frunció el ceño y contestó. —Valen, —gruñó su marido—, entra en cualquier tienda y compra pan. —¿¿Pan?? —miró el pan del asiento—. ¿Y eso hoy? —Porque no queda ni un trozo, tus amigas han venido de repente. —¿Qué amigas? ¡Pero si es casi medianoche! —Eso pregúntaselo tú. El caso es que están en la cocina con el té y esperándote. —Pues vaya… —Valentina pisó el acelerador. En media hora estaba en casa. Entró y propagó, junto a ella, ese loco aroma a pan recién horneado. —¡Valen, qué bien hueles! —gritaron encantadas sus amigas de la universidad y fueron a abrazarla. El marido, siguiendo el olfato, le quitó de la bolsa media barra, la olfateó y se quedó asombrado. —¿Dónde has comprado este panazo? —Donde era, ya no queda —sonrió Valentina. El marido se fue con su pan y Valentina se quedó en la cocina con las amigas. Hasta medianoche charlaron, tomaron vino y pan, y se desahogaron de la vida y los maridos, incluso soltaron alguna lágrima. Cuando se marcharon, Valentina entregó a cada una un pan de la abuela. Cerró la puerta y, evitando la habitación donde ya dormía su marido, fue a dormir, ella sola, al sofá del salón. Y por la mañana, empezaron los milagros. Nada más despertarse, su marido se sentó a su lado en el sofá y, en tono irónico, declaró: —Valentina, creo que ayer me puse ciego de ese pan tuyo y se me ha aclarado la cabeza. He decidido que los dos somos tontos. —¿Perdón? —Valentina lo miró atónita. —Tontos, Valen. Y tenemos que cambiar. Esta noche tienes una cita conmigo. En el restaurante aquel donde te pedí matrimonio. —¿Una cita? —Quiero volver a empezar, salvar lo nuestro. Te espero allí a las seis. Se fue a trabajar y Valentina pensó que esa mañana no parecía un día cualquiera. Parecía que, tras la ventana, en vez de otoño, volvía la primavera. Se sorprendió deseando el encuentro, esa cita extraña con su marido. Como si el pan hubiera traído un poco de luz a su vida, sonó el teléfono. Era una de sus amigas, eufórica: —¡Valen, no te lo imaginas, anoche mi marido y yo nos reconciliamos! ¡Íbamos a separarnos y, hasta las tres de la mañana, estuvimos comiendo tu pan y hablando… ¡Gracias, Valen! —¿Y yo qué culpa tengo? —balbuceó Valentina. Por la tarde, la llamaron las otras dos amigas: a ambas, de repente, todo les iba bien en casa. Valentina fue a la cocina, cogió la última barra empezada, y volvió a inhalar ese aroma irresistible. Arrancó un trozo y, al probarlo, descubrió un sabor especial: era, sin duda, el ligero regusto de… amor. Amor por todos.

Valeria volvía de la casa de campo bien entrada la noche. Había salido aposta cuando ya estaba oscureciendo, y en vez de pisar el acelerador como siempre hacía, se fue por la carretera más larga, bordeando Madrid. Si al día siguiente no tuviera que trabajar, igual se habría quedado durmiendo allí, en el campo total, para lo que le esperaba en casa

¿Y por qué no tenía prisa? Fácil: porque no le apetecía nada volver a su piso. Es más, siendo sinceros, no quería ver ni en pintura a su marido.

Su vocecita interior ya llevaba tiempo avisándole de que, bajo el mismo techo, a ella y a su esposo no les quedaba mucho. Hacía siglos que la relación se había convertido en un ejercicio de frialdad y nervios, en discusiones que saltan en cuanto se cruza una mirada.

Así iba ella, mirando atentos los faros chillones de algún coche que venía de frente, pensando en lo surrealistas y disfuncionales que se habían vuelto sus relaciones de familia.

En un tramo, la circunvalación pasaba por un pueblo minúsculo de esos con cuatro casas brillando en la penumbra. Valeria, como buena conductora, redujo la velocidad. Fue entonces cuando, bajo el halo de los faros, vio a una anciana muy curiosa plantada junto a la marquesina del autobús. La abuela llevaba en brazos algo envuelto en un paño, apretándolo contra el pecho igual que quien sostiene a un bebé recién nacido. Y miraba a los coches con una esperanza Vamos, que Valeria frenó casi sin pensarlo.

Paró, se bajó corriendo y se acercó a la señora, a cuya vera descansaba un carro de la compra repleto.

Señora, ¿le pasa algo? preguntó Valeria, preocupada. ¿Necesita ayuda? ¿Eso que lleva es un niño?

¿Un niño? La abuela vaciló, vocecita suave y sonrisa tímida. No, hija, qué va. Es pan.

¿Cómo dice? Valeria torció el gesto. ¿Pan acaba de decir?

Del bueno, hija. Hecho en casa, aún calentito. Yo aquí, lo vendo un poco.

¿Lo vende? ¿Y dónde lo compra usted?

Que lo hago yo misma contestó la señora, con esa dignidad luchadora madrileña. La pensión no me da para nada, así que me busco la vida. Cuando me quedo sin blanca, vengo a la parada. Vendo el pan; dicen que está buenísimo. Oh, y que trae suerte O eso me cuenta un hombre que lo compra siempre. Igual hoy también pasa. ¿No querrás tú alguna barra? Todavía están calientes.

¿Que si quiero pan? A Valeria le quedó claro que la abuela necesitaba el dinero. Sí, sí, deme uno. ¿Cuánto vale?

Un euro y pico la barra Bueno, vámonos a lo castizo: un euro.

¿Y cuántas tiene hoy?

Diez me quedan suspiró la mujer. Nadie me ha comprado aún nada. ¿Cuántos quieres, hija?

Me los quedo todos sentenció Valeria, ya abriendo el bolso.

¡No! ¡No puedo vendértelos todos! exclamó la anciana, asustada.

¿Y eso?

Porque sé que los compras para ayudarme, no porque te falte pan contestó la abuela, sonrojada. ¿Y si viene alguien más, y no les queda? ¿Y si aparece el hombre este, el de siempre, y le digo que ya no tengo?

La ingenuidad de la señora la dejó descolocada, pero le arrancó una sonrisa.

Bueno, ¿y cuántos me vende, entonces?

Cinco te puedo dar aceptó la ancianita, a regañadientes.

¿Y no pueden ser más?

No, chica, que no. Este pan no es de pena, es de mesa. Está recién salido del horno.

Valeria no insistió: le dio una moneda, llenó una bolsa con cinco barras, todavía calientes, y se volvió para el coche.

Al poco de volver a la carretera, el aroma del pan fresco llenó el coche tan de golpe que a Valeria le rugió la tripa. No lo pudo evitar: arrancó un trozo y se lo metió en la boca y madre del amor hermoso, nunca probó nada igual.

En ese instante, sonó el móvil. Era su marido. Al ver quién llamaba, Valeria puso cara de acelga y respondió.

Valeria soltó él, ya con su tono de siempre, ese que da dentera. Acércate al súper y compra pan, que no queda nada en casa.

¿Perdona? Valeria miró el pan calentito del asiento de al lado. ¿Y a santo de qué te acuerdas ahora del pan?

Pues porque no hay ni una miga, y para colmo han venido tus amigas de la facultad a casa.

¿Pero qué amigas ni qué leches? Valeria flipaba en colores. Si son las mil de la noche.

Pues pregúntales cuando llegues. Total, tres están en la cocina, plantadas como si fueran parte del mobiliario, bebiendo té y esperando a que aparezcas.

Tócate las narices Valeria pisó el acelerador que ni Fernando Alonso.

Media hora después llegó a casa, invadiendo el piso con un aroma a pan que aquello ni la Tahona de Ávila. Sus amigas saltaron de las sillas:

¡Valeria, qué bien hueles! y venga abrazos, besos y grititos.

El marido, también con el olfato agudizado, se zampó media barra de un solo tajo y la miró ojiplático.

¿Pero dónde has comprado este pan tan espectacular?

Donde lo compré ya no hay dijo ella, encogiéndose de hombros con misterio.

Él, con el trozo de pan, se fue derechito a su cueva, y ellas se quedaron en la cocina. Brindaron con vino, engulleron pan sin miedo, y aprovecharon para poner verde a los maridos y soltar alguna lagrimilla por la mala suerte que habían tenido con los hombres de sus vidas.

Antes de despedirse, Valeria les puso una barra a cada una en la bolsa del bolso, como si fuera un amuleto mágico. Luego, cerró la puerta tras ellas, se saltó la habitación del marido dormido, y se acurrucó ella sola en el sofá del salón.

Al día siguiente, pasaron cosas raras.

Nada más abrir un ojo, el marido se sentó a su lado con una sonrisilla sospechosa y soltó, irónicamente:

Valeria, creo que ayer me hinché de tu pan y me ha dado una iluminación cerebral. Que sepas que llevamos años haciendo el tonto.

¿Cómo?

Eso, que somos tontos, Vali. Y hay que ponerle remedio. Esta noche te invito a cenar, al mismo restaurante donde te pedí matrimonio.

¿Eso por qué?

Porque creo que lo nuestro se puede arreglar, y me apetece intentarlo. Venga, que me voy a currar. Te espero a las seis esta noche.

Y se largó, dejando a Valeria con una sensación rara. Parecía que, de repente, la mañana era diferente, más clara, más como si la primavera hubiera vuelto a Madrid. Y así, ella comenzó a esperar esa extraña cita con su marido. Y entonces sonó el móvil. Una de sus amigas, jadeando casi de emoción, balbuceó:

¡Valeria, no sabes lo que ha pasado! ¡Anoche, después del pan mi marido y yo hicimos las paces! ¿Te imaginas? ¡Estábamos al borde del divorcio y nada, reconciliación hasta las tantas! ¡Gracias, Vali!

¿Y yo qué tengo que ver? musitó Valeria, incrédula.

Llegó la hora de comer y recibió llamadas de las otras dos amigas. El mismo resultado: milagros conyugales y risas histéricas. Había cundido el efecto panadero.

Valeria se fue a la cocina, sacó el trozo de barra que le quedaba y le dio un bocado. Esta vez, notó de verdad el toque especial: era como si, entre la miga, se hubiera colado un ingrediente nuevo el regusto dulce de la ternura, del amor, y sobre todo, de la esperanza, recién salido del horno para cualquiera que se animara a creer en él.

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Valentina regresaba de su casa de campo una noche cerrada. Había elegido salir justo al anochecer y, en lugar de conducir deprisa como solía hacer, tomó el camino más largo, dando un rodeo despacio y sin prisas. Si al día siguiente no tuviera que trabajar, se habría quedado a dormir allí mismo. ¿Por qué no tenía prisa? Porque, en realidad, no le apetecía nada volver a casa. Para ser sincera, no quería ver a su marido. Desde hacía tiempo, una vocecita interior le repetía que su convivencia bajo el mismo techo iba a durar ya muy poco. Llevaba meses con su pareja en una relación fría, tensa y llena de discusiones. Incluso mientras conducía pendiente de la carretera, Valentina pensaba en lo raro y poco sano que era lo suyo. En una parte del trayecto, la carretera atravesaba un pequeño pueblo. Valentina redujo la velocidad, y, de repente, a la altura de la parada de autobús, los faros iluminaron a una anciana extraña. La mujer sujetaba algo envuelto en un trapo, acunándolo en el pecho con ternura, como si fuera un bebé. Y con la mirada, contemplaba los coches que pasaban con una esperanza tan enorme, que Valentina detuvo instintivamente el coche. Se bajó y caminó hacia la señora. Al acercarse, vio una bolsa de la compra con ruedas a sus pies. —¿Por qué está usted aquí? —preguntó Valentina preocupada—. ¿Necesita ayuda? ¿Eso que lleva es un niño? —¿Un niño? —La anciana se desconcertó y sonrió con timidez—. No, no es un niño… Es pan. —¿Cómo? —Valentina se asombró—. ¿Pan? ¿Qué pan? —Pan casero… recién salido del horno… Lo vendo aquí. —¿Pero cómo que lo vende? ¿De dónde lo saca? —Lo hago yo misma… Y lo vendo… La pensión no me da, así que así me apaño. Cuando me faltan las perras. ¿Está prohibido? La gente me compra. Mi pan está rico. Y dicen que trae suerte y hace felices a quienes lo comen. —¿Felicidad? ¿En qué sentido? —No sabría decirle… Eso me cuenta un caballero que me compra siempre. Quizás vuelva hoy… ¿No quiere usted una barra? ¡Todavía está caliente! —¿Yo, pan? —Valentina pensó que la anciana necesitaba dinero y asintió—. Sí, deme una barra. ¿Cuánto cuesta? —Un euro, —respondió con cautela, pendiente de la reacción—. ¿No es caro para usted? —¿Cuántas barras tiene? —Diez. No he vendido ni una aún, acabo de llegar. ¿Cuántas va a llevarse? —Me las llevo todas —dijo Valentina con decisión, dispuesta a buscar la cartera al coche—. —¡No! ¡No se las puedo vender todas! —exclamó la mujer asustada—. —¿Por qué? —preguntó Valentina perpleja. —Porque sé que no las lleva para comer, sino para ayudarme… y quizás alguien más las necesite hoy. ¿Y si él viene, y me quedo sin nada? Valentina se quedó desarmada ante esa ingenuidad. —Vale, ¿y cuántas me vende? —Cinco… —respondió insegura la abuela. —¿No pueden ser más? —No… no debe ser… —negó ella—. Usted me compra por lástima. Este pan es para los que lo van a comer… —Está bien —Valentina sonrió, cogió el dinero y una bolsa, metió cinco barras aún calientes, y volvió a su coche. Nada más arrancar, el aroma del pan inundó todo el habitáculo y le entraron unas ganas tremendas de comer. No se resistió, arrancó una buena miga y al probarla, supo que nunca había comido un pan tan rico en su vida. En eso, sonó el móvil. Al ver quién era, Valentina frunció el ceño y contestó. —Valen, —gruñó su marido—, entra en cualquier tienda y compra pan. —¿¿Pan?? —miró el pan del asiento—. ¿Y eso hoy? —Porque no queda ni un trozo, tus amigas han venido de repente. —¿Qué amigas? ¡Pero si es casi medianoche! —Eso pregúntaselo tú. El caso es que están en la cocina con el té y esperándote. —Pues vaya… —Valentina pisó el acelerador. En media hora estaba en casa. Entró y propagó, junto a ella, ese loco aroma a pan recién horneado. —¡Valen, qué bien hueles! —gritaron encantadas sus amigas de la universidad y fueron a abrazarla. El marido, siguiendo el olfato, le quitó de la bolsa media barra, la olfateó y se quedó asombrado. —¿Dónde has comprado este panazo? —Donde era, ya no queda —sonrió Valentina. El marido se fue con su pan y Valentina se quedó en la cocina con las amigas. Hasta medianoche charlaron, tomaron vino y pan, y se desahogaron de la vida y los maridos, incluso soltaron alguna lágrima. Cuando se marcharon, Valentina entregó a cada una un pan de la abuela. Cerró la puerta y, evitando la habitación donde ya dormía su marido, fue a dormir, ella sola, al sofá del salón. Y por la mañana, empezaron los milagros. Nada más despertarse, su marido se sentó a su lado en el sofá y, en tono irónico, declaró: —Valentina, creo que ayer me puse ciego de ese pan tuyo y se me ha aclarado la cabeza. He decidido que los dos somos tontos. —¿Perdón? —Valentina lo miró atónita. —Tontos, Valen. Y tenemos que cambiar. Esta noche tienes una cita conmigo. En el restaurante aquel donde te pedí matrimonio. —¿Una cita? —Quiero volver a empezar, salvar lo nuestro. Te espero allí a las seis. Se fue a trabajar y Valentina pensó que esa mañana no parecía un día cualquiera. Parecía que, tras la ventana, en vez de otoño, volvía la primavera. Se sorprendió deseando el encuentro, esa cita extraña con su marido. Como si el pan hubiera traído un poco de luz a su vida, sonó el teléfono. Era una de sus amigas, eufórica: —¡Valen, no te lo imaginas, anoche mi marido y yo nos reconciliamos! ¡Íbamos a separarnos y, hasta las tres de la mañana, estuvimos comiendo tu pan y hablando… ¡Gracias, Valen! —¿Y yo qué culpa tengo? —balbuceó Valentina. Por la tarde, la llamaron las otras dos amigas: a ambas, de repente, todo les iba bien en casa. Valentina fue a la cocina, cogió la última barra empezada, y volvió a inhalar ese aroma irresistible. Arrancó un trozo y, al probarlo, descubrió un sabor especial: era, sin duda, el ligero regusto de… amor. Amor por todos.
Cuando el tren ya se ha marchado