Valeria volvía de la casa de campo bien entrada la noche. Había salido aposta cuando ya estaba oscureciendo, y en vez de pisar el acelerador como siempre hacía, se fue por la carretera más larga, bordeando Madrid. Si al día siguiente no tuviera que trabajar, igual se habría quedado durmiendo allí, en el campo total, para lo que le esperaba en casa
¿Y por qué no tenía prisa? Fácil: porque no le apetecía nada volver a su piso. Es más, siendo sinceros, no quería ver ni en pintura a su marido.
Su vocecita interior ya llevaba tiempo avisándole de que, bajo el mismo techo, a ella y a su esposo no les quedaba mucho. Hacía siglos que la relación se había convertido en un ejercicio de frialdad y nervios, en discusiones que saltan en cuanto se cruza una mirada.
Así iba ella, mirando atentos los faros chillones de algún coche que venía de frente, pensando en lo surrealistas y disfuncionales que se habían vuelto sus relaciones de familia.
En un tramo, la circunvalación pasaba por un pueblo minúsculo de esos con cuatro casas brillando en la penumbra. Valeria, como buena conductora, redujo la velocidad. Fue entonces cuando, bajo el halo de los faros, vio a una anciana muy curiosa plantada junto a la marquesina del autobús. La abuela llevaba en brazos algo envuelto en un paño, apretándolo contra el pecho igual que quien sostiene a un bebé recién nacido. Y miraba a los coches con una esperanza Vamos, que Valeria frenó casi sin pensarlo.
Paró, se bajó corriendo y se acercó a la señora, a cuya vera descansaba un carro de la compra repleto.
Señora, ¿le pasa algo? preguntó Valeria, preocupada. ¿Necesita ayuda? ¿Eso que lleva es un niño?
¿Un niño? La abuela vaciló, vocecita suave y sonrisa tímida. No, hija, qué va. Es pan.
¿Cómo dice? Valeria torció el gesto. ¿Pan acaba de decir?
Del bueno, hija. Hecho en casa, aún calentito. Yo aquí, lo vendo un poco.
¿Lo vende? ¿Y dónde lo compra usted?
Que lo hago yo misma contestó la señora, con esa dignidad luchadora madrileña. La pensión no me da para nada, así que me busco la vida. Cuando me quedo sin blanca, vengo a la parada. Vendo el pan; dicen que está buenísimo. Oh, y que trae suerte O eso me cuenta un hombre que lo compra siempre. Igual hoy también pasa. ¿No querrás tú alguna barra? Todavía están calientes.
¿Que si quiero pan? A Valeria le quedó claro que la abuela necesitaba el dinero. Sí, sí, deme uno. ¿Cuánto vale?
Un euro y pico la barra Bueno, vámonos a lo castizo: un euro.
¿Y cuántas tiene hoy?
Diez me quedan suspiró la mujer. Nadie me ha comprado aún nada. ¿Cuántos quieres, hija?
Me los quedo todos sentenció Valeria, ya abriendo el bolso.
¡No! ¡No puedo vendértelos todos! exclamó la anciana, asustada.
¿Y eso?
Porque sé que los compras para ayudarme, no porque te falte pan contestó la abuela, sonrojada. ¿Y si viene alguien más, y no les queda? ¿Y si aparece el hombre este, el de siempre, y le digo que ya no tengo?
La ingenuidad de la señora la dejó descolocada, pero le arrancó una sonrisa.
Bueno, ¿y cuántos me vende, entonces?
Cinco te puedo dar aceptó la ancianita, a regañadientes.
¿Y no pueden ser más?
No, chica, que no. Este pan no es de pena, es de mesa. Está recién salido del horno.
Valeria no insistió: le dio una moneda, llenó una bolsa con cinco barras, todavía calientes, y se volvió para el coche.
Al poco de volver a la carretera, el aroma del pan fresco llenó el coche tan de golpe que a Valeria le rugió la tripa. No lo pudo evitar: arrancó un trozo y se lo metió en la boca y madre del amor hermoso, nunca probó nada igual.
En ese instante, sonó el móvil. Era su marido. Al ver quién llamaba, Valeria puso cara de acelga y respondió.
Valeria soltó él, ya con su tono de siempre, ese que da dentera. Acércate al súper y compra pan, que no queda nada en casa.
¿Perdona? Valeria miró el pan calentito del asiento de al lado. ¿Y a santo de qué te acuerdas ahora del pan?
Pues porque no hay ni una miga, y para colmo han venido tus amigas de la facultad a casa.
¿Pero qué amigas ni qué leches? Valeria flipaba en colores. Si son las mil de la noche.
Pues pregúntales cuando llegues. Total, tres están en la cocina, plantadas como si fueran parte del mobiliario, bebiendo té y esperando a que aparezcas.
Tócate las narices Valeria pisó el acelerador que ni Fernando Alonso.
Media hora después llegó a casa, invadiendo el piso con un aroma a pan que aquello ni la Tahona de Ávila. Sus amigas saltaron de las sillas:
¡Valeria, qué bien hueles! y venga abrazos, besos y grititos.
El marido, también con el olfato agudizado, se zampó media barra de un solo tajo y la miró ojiplático.
¿Pero dónde has comprado este pan tan espectacular?
Donde lo compré ya no hay dijo ella, encogiéndose de hombros con misterio.
Él, con el trozo de pan, se fue derechito a su cueva, y ellas se quedaron en la cocina. Brindaron con vino, engulleron pan sin miedo, y aprovecharon para poner verde a los maridos y soltar alguna lagrimilla por la mala suerte que habían tenido con los hombres de sus vidas.
Antes de despedirse, Valeria les puso una barra a cada una en la bolsa del bolso, como si fuera un amuleto mágico. Luego, cerró la puerta tras ellas, se saltó la habitación del marido dormido, y se acurrucó ella sola en el sofá del salón.
Al día siguiente, pasaron cosas raras.
Nada más abrir un ojo, el marido se sentó a su lado con una sonrisilla sospechosa y soltó, irónicamente:
Valeria, creo que ayer me hinché de tu pan y me ha dado una iluminación cerebral. Que sepas que llevamos años haciendo el tonto.
¿Cómo?
Eso, que somos tontos, Vali. Y hay que ponerle remedio. Esta noche te invito a cenar, al mismo restaurante donde te pedí matrimonio.
¿Eso por qué?
Porque creo que lo nuestro se puede arreglar, y me apetece intentarlo. Venga, que me voy a currar. Te espero a las seis esta noche.
Y se largó, dejando a Valeria con una sensación rara. Parecía que, de repente, la mañana era diferente, más clara, más como si la primavera hubiera vuelto a Madrid. Y así, ella comenzó a esperar esa extraña cita con su marido. Y entonces sonó el móvil. Una de sus amigas, jadeando casi de emoción, balbuceó:
¡Valeria, no sabes lo que ha pasado! ¡Anoche, después del pan mi marido y yo hicimos las paces! ¿Te imaginas? ¡Estábamos al borde del divorcio y nada, reconciliación hasta las tantas! ¡Gracias, Vali!
¿Y yo qué tengo que ver? musitó Valeria, incrédula.
Llegó la hora de comer y recibió llamadas de las otras dos amigas. El mismo resultado: milagros conyugales y risas histéricas. Había cundido el efecto panadero.
Valeria se fue a la cocina, sacó el trozo de barra que le quedaba y le dio un bocado. Esta vez, notó de verdad el toque especial: era como si, entre la miga, se hubiera colado un ingrediente nuevo el regusto dulce de la ternura, del amor, y sobre todo, de la esperanza, recién salido del horno para cualquiera que se animara a creer en él.







