Mi hijo no está preparado para ser padre…
«¡Desvergonzada! ¡Desagradecida cerda!», chillaba mi mujer a nuestra hija, Lucía, cada vez que la veía. Su vientre redondeado no conseguía calmar la rabia de su madre, al contrario, sólo la aumentaba. «¡Lárgate de casa y no vuelvas jamás! ¡No quiero verte nunca más!».
Y realmente la echó de casa. No era la primera vez que la ponía de patitas en la calle por cualquier motivo. Pero esta vez, tras descubrir que Lucía estaba embarazada, fue tajante: no regreses, al menos hasta que todo acabe.
Empapada en lágrimas y con una pequeña maleta de sus cosas, Lucía fue a ver a su novio, ese chaval tan perdido, Guillermo. Resultó que él ni siquiera se había atrevido a contar en casa que Lucía estaba embarazada de él. Nada más llegar, la madre de Guillermo preguntó si todavía podían «hacer algo». Pero por supuesto, era tarde; la barriga ya era muy evidente. Lucía estaba en un estado de conmoción, dispuesta a lo que fuera con tal de recibir ayuda de alguien. Hace apenas un mes juraba que jamás aceptaría la idea de su madre. Hoy, la desesperación y el miedo por el futuro la devoraban.
Mi hijo no está preparado para ser padre sentenció la madre de Guillermo, convencida. Es joven, le arruinarías la vida para siempre. Por supuesto, te ayudaremos en lo que podamos. De momento, he pedido a una conocida que te consiga una plaza en un centro de apoyo para chicas como tú, para embarazadas que nadie quiere.
En el centro, le dieron a Lucía una pequeña habitación. Allí por fin pudo descansar, calmarse, dormir sin miedo. Nadie la molestaba; la preparaban tanto física como mentalmente para el parto, y contaba con la ayuda de una psicóloga. Cuando por fin todo pasó y depositaron aquel pequeño fardo en sus brazos, Lucía sintió un miedo atroz. Al recobrarse, empezó a observar a la niña, a tratar de comprender qué milagro era ese: su pequeña hija.
Se acercaban las fiestas de Navidad, pero en vez de recibir buenas noticias, advirtieron a Lucía: «Debes ir buscando dónde quedarte, tu plaza la necesitan otras». Con la pequeña Teresa en brazos la niña tenía un mes Lucía se sentaba en su cuarto, sin saber cómo vivirían, de qué manera encontrarían techo o de dónde sacar un euro para el día siguiente. El corazón de la madre de Lucía seguía tan frío como el primer día; no quería ni mirar a su nieta, las había borrado a ambas de su vida.
Vaya, hija, qué triste está siendo nuestra Nochebuena… murmuró Lucía para sí. Siempre le había encantado la Navidad. De niña acudía año tras año a pedir el aguinaldo por las calles de Salamanca, sabía todos los villancicos, y en estas fechas solía ganar bastante dinero recorriendo el barrio con los demás críos del portal. Hoy sentía aquel mismo impulso: revivir ese ambiente, ir de casa en casa cantando villancicos, volver a sentir el espíritu festivo. ¿Y por qué no?, pensó. Mi hija es tranquila, la taparé bien, me la ataré conmigo y saldré a cantar, quizá me reconforte. Y si en alguna casa no me abren, que les den».
Al día siguiente de Nochebuena, Lucía eligió para su ronda un tranquilo barrio residencial de chalets adosados. Tal y como sospechaba, no recibían de buen grado a una «cantaora» tan poco habitual. La tradición era esperar a jóvenes o a cuadrillas masculinas. Sin embargo, aquí y allá lograba colarse, y Lucía cantaba con tal verdad y ternura, que los anfitriones quedaban conmovidos; la recompensaban con monedas de euros y, además, con turrón, roscón y todo tipo de dulces navideños. Algunos se emocionaban aún más al ver al bebé; comprendían que sólo la necesidad había llevado a esa joven madre a recorrer casas con su hija a cuestas.
Ir de vivienda en vivienda era agotador. «Una casa más, esa villa que parece de ricos, quizá ahí caiga un donativo generoso», pensó, satisfecha al comprobar que en el bolsillo le tintineaba una cantidad nada desdeñable, suficiente para descansar algo más tranquila.
¿Me permite que le cante un villancico? dijo cuando el dueño de la casa la invitó a pasar. Pero la reacción del hombre la desconcertó. Después de abrirle la puerta, se quedó boquiabierto, con la mirada fija en la cara de Lucía. Bajó la vista hacia la niña. Palideció, tembloroso, se dejó caer en el sofá.
¿Marina? inquirió en voz baja.
¿Perdón? No, soy Lucía Debe confundirme con otra.
¿Lucía? Es que te pareces tanto a mi mujer apenas le salían las palabras. Y esa pequeña. ¿Es niña?
Sí, lo es.
Yo también tuve una hija así Murieron las dos en un accidente de tráfico. Hace unos días soñé que volvían a casa Y ahora vienes tú. ¿Es esto posible?
No sé qué decir
Por favor, pasa, siéntete en casa. Cuéntame tu historia, te lo ruego
Al principio Lucía sintió miedo del desconocido. Era alguien demasiado emotivo, demasiado raro. Pero de todas formas, ¿a dónde podía ir? Entró en la amplia sala, viendo al momento una foto en la pared: una mujer y una niña, y era verdad, se parecían muchísimo a ella y a Teresa
Y Lucía empezó a contar su vida; las palabras fluían sin freno, narrando cada detalle, cada angustia. Por fin encontraba a alguien que la escuchaba, a quien de verdad le importaba. El hombre guardaba silencio, pendiente de cada frase, mirando de vez en cuando a la bebé que dormía plácida y sonreía entre sueños como si la pequeña se sintiera ya por fin en casa, en ese hogar que muy pronto sería suyo también…
Hoy al cerrar el diario, comprendo que todos necesitamos ser escuchados alguna vez, y que a veces el calor de un extraño puede salvarnos del frío de la soledad.







