Svetlana apaga el ordenador y se dispone a marcharse. —Señora Svetlana, hay una chica que pregunta por usted. Dice que es un asunto personal. —Déjala pasar, que entre. Al despacho entra una joven baja y de rizos oscuros, con una falda corta. —Buenas tardes. Me llamo Cristina. Quiero proponerle un trato. —Buenas tardes, Cristina. ¿Qué clase de trato? No nos conocemos… —Con usted no. Pero a su marido, Costi, sí. Muy bien, de hecho. Mire. La joven se acerca al escritorio y deja una hoja de papel. Svetlana la toma y lee: «Cristina Alejandre, embarazo de 5-6 semanas» —¿Qué es esto? No lo entiendo… ¿Para qué me lo enseña? —No hay mucho que entender. Estoy embarazada de su marido. Svetlana la mira sorprendida. ¿Qué clase de broma es esa? —¿Y qué quiere de mí? ¿Felicidades? —No. Quiero dinero. Si de verdad le importa su marido, claro… —¿Pagarte? ¿Por qué motivo? —Me hago un aborto y desaparezco de la vida de su marido. Ni sabe que estoy embarazada; usted es la primera en saberlo. Si rechaza la oferta, él se vendrá conmigo, porque usted es estéril y no puede tener hijos, ni con madre subrogada, lo sé todo sobre usted. ¿Entonces? Svetlana trata de asimilar la información. Sus pensamientos se atropellan. —¿Y cuánto pides por tu secreto? —Solo tres millones de euros. Una miseria para usted. Así su marido se queda y envejecerán juntos… —¡Vaya generosidad la tuya! Gracias por la oportunidad… Así que bien, Cristina, déjame tu teléfono y lo pensaré. —No tarde mucho, el tiempo apremia si quiere que me dé tiempo a abortar. Cristina apunta su número en un papel y sale con calma del despacho. —Señora Svetlana, ¿ya se va? La de mantenimiento la espera… Svetlana dobla la hoja y la guarda en el bolso. —Sí, ya me voy. Hasta mañana, Ángela. Sale del edificio y sube a su coche. ¿Pero qué locura es esta? ¿Quién es esa Cristina? ¿De verdad Costi le ha hecho un hijo? Ya en casa, revisa de nuevo la hoja. Tiene que pensar bien, enseguida llega su marido… —¡Cariño, ya estoy en casa! ¿Qué huele tan rico? —Pasa y lo verás… Costi entra en la cocina frotándose las manos. Svetlana, sentada, lo mira fijamente. —¿Qué pasa? ¿Por qué esa mirada que asusta? —Costi, ¿quién es Cristina Alejandre? —Una empleada de una empresa colaboradora. ¿Por? —Pues que está embarazada de ti. Mira. Costi, atónito, toma el papel y lee. —Esto no puede ser… Jamás he estado con ella. ¿Cómo es posible? —Tú sabrás. Pide tres millones de euros a cambio de abortar. Si no, dice que te vas con ella. —No lo entiendo… ¿Por qué dice eso? Sveti, te juro por mi gorra de béisbol que no sé nada y nunca ha pasado nada… ¡Menuda locura! —Eso pienso yo. No es que crea que eres un santo… pero se nota cuando alguien miente. Quiere sacar dinero fácil. —Que me hagan todas las pruebas que quieran, no tengo nada que esconder. Son fantasías de una loca. Eres la única que necesito, amor… —Está bien, te creo. Venga, cenemos. Al día siguiente, Svetlana llama a Cristina y la cita en su despacho. Cristina acude en media hora. —Mira, Cristina. Costi no puede ser el padre. Le creo. No has conseguido sacar dinero, puedes abortar tranquila. —Qué mujer más rara… ¿De verdad le cree tanto? ¿No ha mirado nunca en el espejo? ¿Tiene cuarenta años, lo sabe? Siempre habrá más jóvenes y guapas. —¿Algo más? —Sí. Le propongo comprar este bebé. Puede hacer todas las pruebas que quiera, el padre es Costi. Estoy segura. —¿Pero no dijiste que no pasó nada entre vosotros? ¿Cómo puede ser? —De acuerdo, la verdad. Hace mes y medio, en una cena de empresa, conocí a Costi. Un conocido nos contó que estaba casado con una mujer rica que no podía tener hijos ni con gestación subrogada. Perfecto para ganar dinero. Intenté seducirle, pero ni caso. Los hombres suelen caer rendidos. Así que opté por otro método. Mi hermana, farmacéutica, me dio un polvo especial. La persona pierde la memoria por un rato, no está en sus cabales. Le preparé una bebida con el polvo; se volvió dócil y lo llevé a casa. No era consciente. Y justo estaba en mis días fértiles. Ahora estoy embarazada. Y he grabado vídeo. Cristina pone un video: Costi sin ropa y con la mirada perdida, tumbado. —Abortar me da igual, tengo salud de hierro. Pero me gusta el dinero fácil. No creo que me denuncie, con su cargo… No quisieron aceptar el trato; pues bien, estoy dispuesta a tener el bebé y dárselo. Tres millones de euros y el niño es suyo. Svetlana no podía creerlo. —¡Cristina, deberías estar en la cárcel! ¡Eres una estafadora! —¡Qué se le va a hacer! Hay que buscarse la vida. Encontré un “padrino” rico y se murió de repente. Tranquila, piense. Le llamo en tres días. Cristina sale. Svetlana se sirve un vaso de agua, le duele la cabeza. Por la tarde, lo cuenta todo a Costi, que también queda en shock. —Me han utilizado… ¡Pienso denunciarla! —Costi, ahora hay de todo… Leí en internet que se puede hacer una prueba de ADN en la clínica tras la semana siete del embarazo. Veamos primero si el hijo es tuyo. Y luego, siempre hemos querido un hijo nuestro… y no podía ser. No quisimos adoptar, pero si las pruebas confirman, tendríamos un hijo tuyo. Sé que fue concebido de forma turbia, pero quizá el destino nos trae así un hijo. ¿Lo has pensado? —¡No la justifiques! ¡Es una locura, que aborte y nos deje en paz! ¡Encima pagarle por esto! Costi sale enfadado. Svetlana recuerda… Hace diez años, ella y Costi estudiaban juntos, se enamoraron nada más conocerse. Se casaron, alquilaron piso, ella montó su empresa con la ayuda del tío, él abrió su tienda. Querían hijos, pero no llegaron. Un día, al volver de cenar, unos gamberros les asaltaron. Uno fue a por Costi con un cuchillo y Svetlana se interpuso, llevándose la herida en el vientre. Varios días lucharon por su vida. Sobrevivió, pero tuvo que serle extirpado el útero y los ovarios. Nunca podría ser madre. Costi la apoyó siempre. A veces iba a la iglesia, encendía velas, daba limosna. Un día, una anciana le dijo: —Gracias, hija. Veo tristeza en ti. Tranquila… aunque no puedas tener hijos, tendrás una sorpresa, un hijo que vendrá a ti de forma insólita… Svetlana no le hizo caso, pero ahora recordaba sus palabras. Finalmente, se hacen las pruebas genéticas tras nueve semanas. El niño es de Costi. —¿Lo veis? ¿Van a pagarme ahora sí? —sonríe Cristina. —Mira, encontrar una mujer que tenga un hijo de Costi por dinero sería fácil y más barato. No pensábamos hacerlo, pero ya que las cosas han llegado así, te pagaremos un millón y medio. Firmaremos papeles y tú te quedas con el dinero. —¡Dije tres millones! ¿Ahora regatean? —Aquí mandamos nosotros. Si no quieres, nada de nada. Da gracias que no hay denuncia. *** —Costi, lo he arreglado. Tendremos un hijo. —Sveti, ¿de verdad había que llegar a esto… y encima pagarle? —Quizás es el destino el que nos hace este regalo. Hay que aceptarlo. Todo el embarazo, Cristina acude a las revisiones; cuando llega el momento, nace un niño fuerte y sano. Cristina renuncia y Costi lo reconoce como propio. Todos creen que fue una madre subrogada. —Gracias por darme un hijo de mi marido —le dice Svetlana al final. El pequeño Alejo vive ahora con Svetlana y Costi. —Costi, mírale, es igual a ti… —¿Lo crees? ¡Yo de bebés no entiendo, pero sí, es tan guapo como yo! —¿Recuerdas la anciana en la iglesia? Ella lo predijo… Nuestro hijo llegó de forma increíble… No sabían qué les depararía el futuro, pero en ese momento, eran felices. A veces, el destino concede deseos de maneras muy extrañas… *** Meses después, Svetlana ve en las noticias que Cristina ha aparecido muerta en su piso, en circunstancias que se investigan. Jugó con fuego…

Al cerrar el portátil, Magdalena apagó la lámpara de mesa y recogió sus cosas, lista para irse.

Señora Magdalena, hay una chica que le pregunta por usted. Dice que es algo personal avisó la secretaria, en la puerta.

Déjala pasar, que entre.

Entró una joven bajita, de pelo rizado y falda corta. Paseó la mirada por el despacho, segura de sí misma.

Buenas tardes. Me llamo Rosalía. Vengo a hacerle una propuesta.

Buenas tardes, Rosalía. ¿Una propuesta? No creo que nos conozcamos

A usted no, pero con su marido, Diego, sí. Bastante bien, de hecho. Mire.

Rosalía dejó caer un papel sobre la mesa. Magdalena lo cogió, frunció el ceño y leyó:

Rosalía Aguilar, embarazo de 5-6 semanas

¿Esto qué es? No entiendo ¿Por qué me traes esto?

No hay mucho misterio. Estoy embarazada de su marido.

Magdalena la miró anonadada, notando cómo el aire se espesaba en la habitación. ¿De dónde había salido esto?

¿Y qué quieres de mí? ¿Enhorabuena?

No. Quiero dinero. Si es que todavía le importa su marido

¿Dinero… por?

Me hago un aborto y desaparezco de su vida. Todavía no le he contado nada a Diego, la primera eres tú. Si no aceptas, te lo digo claro: él se irá conmigo, tú no puedes tener hijos. Lo sé todo, Magdalena. ¿Entonces?

Magdalena tuvo que apoyarse en la silla. Las ideas se le mezclaban en la cabeza.

¿Y cuánto pides por este… silencio?

Solo treinta mil euros. Para usted es calderilla. Su marido se queda, ustedes juntos, para siempre.

Menuda generosidad la tuya ¡Gracias por la oferta! Muy bien, Rosalía. Déjame tu teléfono, lo pensaré y te llamaré.

No tardes mucho. El plazo se agota, tengo que decidirme

Rosalía apuntó su móvil en un trozo de papel y salió del despacho, como si nada.

¿Se va ya, señora Magdalena? La limpiadora pregunta si puede entrar

Magdalena dobló el papel y se lo guardó en el bolso.

Sí, me voy. Hasta mañana, Laura.

Salió del edificio, entre aturdida y enfadada. ¿Qué demonios…? ¿Quién era esa Rosalía? ¿De verdad Diego tenía algo que ver?

Condujo hasta casa, leyó una vez más el informe, intentando encontrarle sentido. Dentro de poco Diego llegaría…

¡Cariño, ya estoy en casa! ¿Qué hay para cenar que huele tan bien?

Ven y lo sabrás…

Diego, frotándose las manos por el frío de la calle, entró a la cocina. Magdalena estaba sentada, cruzada de piernas, mirándolo a los ojos.

¿Y ahora? ¿Por qué esa cara? Me estás asustando…

Diego, ¿quién es Rosalía Aguilar?

¿Rosalía? Una chica de una empresa con la que colaboro. ¿Qué pasa?

Pues que dice estar embarazada de ti. Mira.

Le tendió el informe. Diego palideció.

Eso es imposible Entre ella y yo no ha habido nada. ¿De dónde sale esto?

Según ella, me pide treinta mil euros por abortar. Si no, dice que te irás con ella.

No entiendo nada No tiene sentido, Magdalena, te lo juro por lo que más quiero. ¡Tonterías!

Yo tampoco me lo creo. No pienso que seas ningún santo, pero Rosalía no me convence ni un pelo. Solo quería sacarnos dinero.

Hazme las pruebas que quieras, no tengo nada que ocultar, te lo juro. Ni me acuerdo de haber quedado nunca a solas con ella. No quiero a nadie más que a ti, eso lo sabes.

Bien, te creo. Vamos a cenar.

Al día siguiente, Magdalena llamó al número de Rosalía y la citó de nuevo en su despacho. No tardó en aparecer.

Escucha, Rosalía. Diego no puede ser el padre. Confío en él. No has conseguido nada. Si quieres hacerte un aborto, es cosa tuya.

Vaya, qué fe ciega le tienes. ¿Tan segura estás de ti misma? ¿Te has mirado al espejo últimamente? Cuatro décadas y, aunque estés estupenda, siempre habrá quien te quite ventaja…

¿Tienes algo más que decir?

Sí. Te ofrezco comprar este hijo. Haz el análisis que quieras, Diego es el padre. Lo afirmo al cien por cien.

Pero, ¿cómo va a ser eso si no ocurrió nada?

De acuerdo, confieso. Hace mes y medio hubo una fiesta de empresa, y conocí mejor a Diego. Un amigo común me comentó que estaba casado con una mujer con dinero, y sin posibilidad de ser madre, ni siquiera con vientre de alquiler. Un plan perfecto para mí.

Rosalía se acercó, bajó la voz.

Intenté seducir a Diego, pero no cayó. Suelo gustar, ya sabes. Así que hice otra cosa. Mi hermana es farmacéutica y me dio un polvo especial: borra la memoria un rato. Le ofrecí una copa ya preparada y lo llevé a casa. Estaba como un zombi, no recordaría nada. Tuve la suerte de estar ovulando… Así me quedé embarazada. Diego no recuerda nada, natural. Lo tengo hasta grabado.

Rosalía puso el móvil sobre la mesa y le enseñó un vídeo: Diego, desnudo, sin gesto alguno, tumbado en una cama.

Abortos me he hecho otros, no me da miedo ni me faltan energías. Pero me encantan las ganancias fáciles. No creo que me denuncies, tienes un cargo muy alto y no te interesa el escándalo.

¿Qué insinúas ahora?

Si quieres, lo doy en adopción, pero podrías tener vuestro hijo, lo cuidaré, me haré análisis y lo entregaré tras el parto. Treinta mil euros y es tuyo.

Magdalena se quedó sin palabras.

¡Deberías estar en la cárcel, eres una timadora!

Hay que buscarse la vida, señora. Tengo deudas y mi antiguo novio con dinero murió de pronto. Piénsalo. Te llamaré en tres días.

Rosalía desapareció del despacho. Magdalena se sirvió un vaso de agua, le dolía la cabeza. Vaya lío

Aquella noche, contó todo a Diego, que seguía sin salir de su asombro.

¡Me han utilizado! La denunciaré…

Diego, mira: hoy día nada sorprende. Hay test de ADN prenatal desde la séptima semana, lo he mirado. Primero averigüemos si es tuyo.

Pero ¿de verdad vas a considerar…? ¡Déjate de líos! Que aborte y desaparezca. No voy a pagar por eso.

Diego salió de la cocina enfadado.

Al quedarse sola, Magdalena recordó tiempos pasados

Fueron compañeros en la universidad, un amor a primera vista. Se casaron, vivieron modestamente; pero su tío le prestó dinero para montar un negocio. Cuando empezó a prosperar, le devolvió la deuda. Diego montó una tienda, Magdalena gestionaba la empresa. Pero los hijos no llegaban.

Una noche, paseando de vuelta del restaurante, unos chavales borrachos los asaltaron. Uno sacó una navaja y se lanzó sobre Diego. Magdalena se interpuso y recibió el corte en el abdomen. Los médicos salvaron su vida, pero perdió el útero y los ovarios. Supo que jamás sería madre y cayó en una profunda tristeza.

Diego la arropó como mejor pudo, sintiéndose incapaz de apartar el sentimiento de culpa. Magdalena, en ocasiones, entraba en la parroquia de su barrio, ponía velas en silencio y rezaba.

En una de esas visitas, una anciana le tendió la mano pidiendo limosna.

Gracias, hija. Tienes mucha pena en el corazón, pero verás: el niño llegará… de una forma sorprendente.

Magdalena suspiró. ¿Qué sabría una desconocida?

Volvió a su rutina. Su vínculo con Diego se hizo aún más fuerte, pasando los años juntos. Hasta que la vida les sorprendió…

Magdalena convenció a Diego para que se hiciera una prueba de paternidad, y también la realizó Rosalía, de nueve semanas. El resultado fue positivo.

¿Veis? No mentía. ¿Listos para pagarme por el niño? dijo Rosalía, sonriendo con frialdad.

Escucha bien: encontrar una mujer para gestar un hijo legalmente es más sencillo y barato. Pero, ya que la situación es así, aceptaremos al niño. Pagaré quince mil euros, ni uno más. Firmaremos los papeles, todo legal.

¡Yo pedía treinta mil! ¿Qué negociación es esta?

Nosotros decidimos. Si no quieres, te quedas sin nada y, de milagro, no te hemos denunciado. Considera que tienes suerte

***

Diego, ya lo he arreglado. Tendremos un hijo.

Magdalena, ¿por qué meternos en esto? Encima pagarle…

A veces el destino da las cosas de la forma menos pensada

Durante el embarazo, Rosalía fue a todas las revisiones. Cuando llegó el día, nació un niño sano y fuerte. Rosalía firmó la renuncia y Diego, como padre biológico, se llevó al pequeño. Todo en regla. Rosalía desapareció de sus vidas, con el dinero. Dijeron a todos que fue un embarazo subrogado.

Gracias por dar a luz al hijo de mi marido le susurró Magdalena por última vez.

El pequeño Alejandro creció en el hogar de Magdalena y Diego.

Mira, Diego, cómo se te parece

¿Tú crees? Yo de bebés no entiendo, pero sí, es tan guapo como yo

¿Recuerdas aquella anciana de la iglesia? Me lo predijo: que sería un milagro

Diego y Magdalena miraban a su hijo, sin saber qué traería el futuro, pero felices en ese único instante…

A veces, el destino cumple tus deseos de la forma más insospechada

***

Meses después, viendo las noticias, Magdalena supo que Rosalía había sido encontrada muerta en su piso de Vallecas. Las circunstancias aún se investigan. La muchacha jugó y perdióMagdalena apagó la televisión despacio, el corazón latiendo con fuerza. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no se lo contó a Diego esa noche. Subió al cuarto de Alejandro, lo encontró dormido, los labios entreabiertos, las manos apretando la mantita. Se sentó a su lado y acarició con ternura el pelo fino del bebé.

Una lágrima le rodó por la mejilla, mezcla de miedo, alivio y una extraña gratitud. Porque a pesar de todo el dolor, el escándalo y las huellas que los secretos dejan flotando en el aire, la vida seguía. Alejandro resopló mientras dormía, haciéndole sonreír.

Magdalena se inclinó, besó al niño en la frente y susurró:

Llegaste por caminos torcidos, pequeño, pero eres lo más recto y limpio de mi vida.

En ese instante, creyó oír levemente la voz temblorosa de la anciana de iglesia, como un eco cálido en la quietud de la casa:

El milagro no es el hijo, sino el amor que sabéis darle.

Se levantó, cerró la puerta suavemente y bajó al salón, donde Diego la esperaba con dos tazas de infusión calientes. La angustia se disipó. Ese hogar imperfecto, reconstruido con cicatrices y promesas, era suficiente. Porque al final, pensó Magdalena sentada junto a él, el verdadero milagro no era cómo había llegado Alejandro, sino el empeño de todos, vivos y muertos, por tejer un destino donde el amor fuera más fuerte que todo lo demás.

Afuera, la lluvia repiqueteaba en las ventanas, como una bendición antigua. Dentro, entre ellos, sólo el calor de una nueva familia, lista para inventar su futuro.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

twelve − twelve =

Svetlana apaga el ordenador y se dispone a marcharse. —Señora Svetlana, hay una chica que pregunta por usted. Dice que es un asunto personal. —Déjala pasar, que entre. Al despacho entra una joven baja y de rizos oscuros, con una falda corta. —Buenas tardes. Me llamo Cristina. Quiero proponerle un trato. —Buenas tardes, Cristina. ¿Qué clase de trato? No nos conocemos… —Con usted no. Pero a su marido, Costi, sí. Muy bien, de hecho. Mire. La joven se acerca al escritorio y deja una hoja de papel. Svetlana la toma y lee: «Cristina Alejandre, embarazo de 5-6 semanas» —¿Qué es esto? No lo entiendo… ¿Para qué me lo enseña? —No hay mucho que entender. Estoy embarazada de su marido. Svetlana la mira sorprendida. ¿Qué clase de broma es esa? —¿Y qué quiere de mí? ¿Felicidades? —No. Quiero dinero. Si de verdad le importa su marido, claro… —¿Pagarte? ¿Por qué motivo? —Me hago un aborto y desaparezco de la vida de su marido. Ni sabe que estoy embarazada; usted es la primera en saberlo. Si rechaza la oferta, él se vendrá conmigo, porque usted es estéril y no puede tener hijos, ni con madre subrogada, lo sé todo sobre usted. ¿Entonces? Svetlana trata de asimilar la información. Sus pensamientos se atropellan. —¿Y cuánto pides por tu secreto? —Solo tres millones de euros. Una miseria para usted. Así su marido se queda y envejecerán juntos… —¡Vaya generosidad la tuya! Gracias por la oportunidad… Así que bien, Cristina, déjame tu teléfono y lo pensaré. —No tarde mucho, el tiempo apremia si quiere que me dé tiempo a abortar. Cristina apunta su número en un papel y sale con calma del despacho. —Señora Svetlana, ¿ya se va? La de mantenimiento la espera… Svetlana dobla la hoja y la guarda en el bolso. —Sí, ya me voy. Hasta mañana, Ángela. Sale del edificio y sube a su coche. ¿Pero qué locura es esta? ¿Quién es esa Cristina? ¿De verdad Costi le ha hecho un hijo? Ya en casa, revisa de nuevo la hoja. Tiene que pensar bien, enseguida llega su marido… —¡Cariño, ya estoy en casa! ¿Qué huele tan rico? —Pasa y lo verás… Costi entra en la cocina frotándose las manos. Svetlana, sentada, lo mira fijamente. —¿Qué pasa? ¿Por qué esa mirada que asusta? —Costi, ¿quién es Cristina Alejandre? —Una empleada de una empresa colaboradora. ¿Por? —Pues que está embarazada de ti. Mira. Costi, atónito, toma el papel y lee. —Esto no puede ser… Jamás he estado con ella. ¿Cómo es posible? —Tú sabrás. Pide tres millones de euros a cambio de abortar. Si no, dice que te vas con ella. —No lo entiendo… ¿Por qué dice eso? Sveti, te juro por mi gorra de béisbol que no sé nada y nunca ha pasado nada… ¡Menuda locura! —Eso pienso yo. No es que crea que eres un santo… pero se nota cuando alguien miente. Quiere sacar dinero fácil. —Que me hagan todas las pruebas que quieran, no tengo nada que esconder. Son fantasías de una loca. Eres la única que necesito, amor… —Está bien, te creo. Venga, cenemos. Al día siguiente, Svetlana llama a Cristina y la cita en su despacho. Cristina acude en media hora. —Mira, Cristina. Costi no puede ser el padre. Le creo. No has conseguido sacar dinero, puedes abortar tranquila. —Qué mujer más rara… ¿De verdad le cree tanto? ¿No ha mirado nunca en el espejo? ¿Tiene cuarenta años, lo sabe? Siempre habrá más jóvenes y guapas. —¿Algo más? —Sí. Le propongo comprar este bebé. Puede hacer todas las pruebas que quiera, el padre es Costi. Estoy segura. —¿Pero no dijiste que no pasó nada entre vosotros? ¿Cómo puede ser? —De acuerdo, la verdad. Hace mes y medio, en una cena de empresa, conocí a Costi. Un conocido nos contó que estaba casado con una mujer rica que no podía tener hijos ni con gestación subrogada. Perfecto para ganar dinero. Intenté seducirle, pero ni caso. Los hombres suelen caer rendidos. Así que opté por otro método. Mi hermana, farmacéutica, me dio un polvo especial. La persona pierde la memoria por un rato, no está en sus cabales. Le preparé una bebida con el polvo; se volvió dócil y lo llevé a casa. No era consciente. Y justo estaba en mis días fértiles. Ahora estoy embarazada. Y he grabado vídeo. Cristina pone un video: Costi sin ropa y con la mirada perdida, tumbado. —Abortar me da igual, tengo salud de hierro. Pero me gusta el dinero fácil. No creo que me denuncie, con su cargo… No quisieron aceptar el trato; pues bien, estoy dispuesta a tener el bebé y dárselo. Tres millones de euros y el niño es suyo. Svetlana no podía creerlo. —¡Cristina, deberías estar en la cárcel! ¡Eres una estafadora! —¡Qué se le va a hacer! Hay que buscarse la vida. Encontré un “padrino” rico y se murió de repente. Tranquila, piense. Le llamo en tres días. Cristina sale. Svetlana se sirve un vaso de agua, le duele la cabeza. Por la tarde, lo cuenta todo a Costi, que también queda en shock. —Me han utilizado… ¡Pienso denunciarla! —Costi, ahora hay de todo… Leí en internet que se puede hacer una prueba de ADN en la clínica tras la semana siete del embarazo. Veamos primero si el hijo es tuyo. Y luego, siempre hemos querido un hijo nuestro… y no podía ser. No quisimos adoptar, pero si las pruebas confirman, tendríamos un hijo tuyo. Sé que fue concebido de forma turbia, pero quizá el destino nos trae así un hijo. ¿Lo has pensado? —¡No la justifiques! ¡Es una locura, que aborte y nos deje en paz! ¡Encima pagarle por esto! Costi sale enfadado. Svetlana recuerda… Hace diez años, ella y Costi estudiaban juntos, se enamoraron nada más conocerse. Se casaron, alquilaron piso, ella montó su empresa con la ayuda del tío, él abrió su tienda. Querían hijos, pero no llegaron. Un día, al volver de cenar, unos gamberros les asaltaron. Uno fue a por Costi con un cuchillo y Svetlana se interpuso, llevándose la herida en el vientre. Varios días lucharon por su vida. Sobrevivió, pero tuvo que serle extirpado el útero y los ovarios. Nunca podría ser madre. Costi la apoyó siempre. A veces iba a la iglesia, encendía velas, daba limosna. Un día, una anciana le dijo: —Gracias, hija. Veo tristeza en ti. Tranquila… aunque no puedas tener hijos, tendrás una sorpresa, un hijo que vendrá a ti de forma insólita… Svetlana no le hizo caso, pero ahora recordaba sus palabras. Finalmente, se hacen las pruebas genéticas tras nueve semanas. El niño es de Costi. —¿Lo veis? ¿Van a pagarme ahora sí? —sonríe Cristina. —Mira, encontrar una mujer que tenga un hijo de Costi por dinero sería fácil y más barato. No pensábamos hacerlo, pero ya que las cosas han llegado así, te pagaremos un millón y medio. Firmaremos papeles y tú te quedas con el dinero. —¡Dije tres millones! ¿Ahora regatean? —Aquí mandamos nosotros. Si no quieres, nada de nada. Da gracias que no hay denuncia. *** —Costi, lo he arreglado. Tendremos un hijo. —Sveti, ¿de verdad había que llegar a esto… y encima pagarle? —Quizás es el destino el que nos hace este regalo. Hay que aceptarlo. Todo el embarazo, Cristina acude a las revisiones; cuando llega el momento, nace un niño fuerte y sano. Cristina renuncia y Costi lo reconoce como propio. Todos creen que fue una madre subrogada. —Gracias por darme un hijo de mi marido —le dice Svetlana al final. El pequeño Alejo vive ahora con Svetlana y Costi. —Costi, mírale, es igual a ti… —¿Lo crees? ¡Yo de bebés no entiendo, pero sí, es tan guapo como yo! —¿Recuerdas la anciana en la iglesia? Ella lo predijo… Nuestro hijo llegó de forma increíble… No sabían qué les depararía el futuro, pero en ese momento, eran felices. A veces, el destino concede deseos de maneras muy extrañas… *** Meses después, Svetlana ve en las noticias que Cristina ha aparecido muerta en su piso, en circunstancias que se investigan. Jugó con fuego…
Una huérfana criada en un hogar de menores consigue empleo como camarera en un renombrado restaurante, pero al derramar sopa sobre un cliente adinerado, su destino cambia drásticamente.