Vera regresaba a casa cargada de bolsas del supermercado, pensando en la cena y en ayudar a su hijo pequeño con los deberes, cuando vio una ambulancia en su portal y temió lo peor por su marido enfermo. Aliviada al saber que era para su vecina, la solitaria doña Nina, se ofreció a cuidar a su gata mientras la llevaban al hospital. Antes de irse, Nina le confió también el teléfono de su hija, con quien llevaba años sin hablarse, por si le ocurría algo grave. Al final, Vero contactó a la hija, que al principio la rechazó con frialdad; sin embargo, tocada por las palabras de Vera, acabó reconciliándose con su madre justo a tiempo para celebrar juntas la Nochevieja, mientras Vera comprendía que, a veces, una verdad a tiempo puede unir corazones distanciados.

Hace ya muchos años, recuerdo cómo Leonor regresaba a su casa apresurada, cargando bolsas repletas de comida del mercado. En su pensamiento solo cabía la organización de la cena, alimentar a sus hijos y, con el más pequeño, ponerse a estudiar las lecciones.

Desde lejos divisó, con el corazón en vilo, que una ambulancia permanecía ante el portal de su edificio. Sus pasos se aceleraron, temiendo que algo le hubiera pasado a su esposo, Tomás, de salud delicada, ¿acaso había recaído hasta el punto de necesitar ayuda médica urgente?

¿Viene usted al piso quince? preguntó entrecortada por la preocupación, dirigiéndose al conductor de la ambulancia.

No, es en el catorce, a una abuela le ha dado un achaque le respondió el hombre.

Leonor respiró aliviada. No eran para ellos. Entonces seguro acudían a la vecina, doña Carmen Valdivieso. Tampoco era motivo de alegría, pues la señora andaba rondando los ochenta y vivía sola en aquel piso.

¡Ay, la señora Carmen tiene a su gata! Si la ingresan en el hospital, alguien deberá cuidar de la Minina, pensaba Leonor mientras subía por la escalera.

En la puerta de la vecina se arremolinaba un pequeño revuelo: la puerta abierta, la camilla y Tomás, su marido, ayudando al enfermero a trasladar a la anciana.

Ahora el conductor subirá, entre todos la moveremos con más facilidad decía el sanitario.

Al ver a Leonor, doña Carmen sonrió agradecida:

Leonor, me llevan al hospital. Te dejo las llaves de mi casa, por favor, cuida de Minina. Su comida está en la cocina y la arena lista, cámbiasela una vez al día. Espero poder volver para Reyes le confió al entregarle las llaves.

Por supuesto que cuidaré de tu gata. Recupérate pronto le aseguró Leonor, cubriendo con su mano las frágiles manos de la vecina.

No se mueva usted, hay que tenerle quietud le regañó el sanitario. Aquí viene el conductor, entre nosotros la bajaremos.

Espera, alcanzó a decir doña Carmen, tengo otro favor. En la mesilla del recibidor hay una nota con un número de teléfono. Si me pasa algo, llama ahí, es mi hija, Alejandra. No hablamos desde hace años por una mala riña…

Leonor prometió que todo iría bien. Cuando se llevaron a la vecina, ella recogió el papel con el número y comprobó que todo estuviera en orden con la Minina antes de cerrar la puerta.

Imagina, toda la vida siendo vecinas y yo sin saber que doña Carmen tiene una hija le comentó Leonor a su marido al volver.

Tampoco he visto jamás a nadie visitarla afirmó Tomás. ¿Habrá cena hoy o no?

Leonor soltó un suspiro y se enfrascó en las tareas de casa. Tras acostar a los niños, recordó el papelito con el teléfono de la hija de doña Carmen, y quedó dudosa, observándolo bajo la tenue luz del salón.

Miró el reloj: demasiado tarde para telefonear, y aunque consiguiera hablar con Alejandra, en el hospital ya no dejarían pasar a nadie a esas horas.

Al día siguiente, al ir a cuidar de la gata Minina, en la quietud de la casa solitaria, Leonor meditaba si telefonear o no a la desconocida hija. La Minina, agradecida, se acurrucó en su regazo y ronroneó dulcemente.

Finalmente, se decidió y marcó el número:

¿Alejandra? Soy la vecina de su madre, doña Carmen. Ayer una ambulancia la llevó al hospital. Podría usted visitarla.

No tengo ningún interés en esa mujer respondió Alejandra, seca y distante. Hace años ya dejó de ser mi madre.

Pero, mujer, ¿qué dice? ¡Por muy grave que haya sido lo que pasó! Puede que doña Carmen no vuelva más a casa ¿De verdad prefiere no verla ni una vez más?

Eso no le incumbe, señora cortó bruscamente Alejandra.

Qué corazón de piedra Si yo pudiera ver a mi madre aunque fuera un instante, daría media vida por ello. Créame, cuando no la tenga, entenderá muchas cosas. Cuidé de la mía seis años mientras estuvo enferma; fue duro, sí, pero hoy, tras casi diez años sin ella, desearía haberla tenido postrada el tiempo que fuera a cambio de que estuviera viva.

Leonor, indignada, colgó el teléfono.

Bueno, Minina le dijo a la gata, si tu dueña no vuelve, te vendrás con nosotros. Con suerte te llevarás bien con nuestro Rubio. Hoy llamé al hospital, y doña Carmen sigue igual de grave

Se acercaba el Año Nuevo. Leonor y Tomás regresaban del mercado con provisiones. Tomás llevaba un abeto bien frondoso.

¡Espere, sujétenos la puerta, por favor! dijo Leonor, mientras dos mujeres entraban al portal. Llamó a Tomás para que se apresurara.

Tomás se apresuró con el árbol y, de pronto, Leonor reconoció a las dos mujeres que entraban. Se quedó petrificada:

¡Ay, pero si es usted! exclamó. ¿La han dado de alta, doña Carmen?

Sí, insistí en volver a casa para celebrar el Año Nuevo, me encuentro mejor. Por cierto, permítanme presentarles a mi hija Alejandra dijo la anciana, radiante de alegría.

Ya nos conocemos rió Alejandra, aunque haya sido solo por teléfono.

Las tres subieron juntas. Alejandra agarraba con cuidado el brazo de su madre, y al poco murmuró a Leonor:

Gracias por abrirme los ojos. ¿Puedo visitarla luego más tranquila?

Por supuesto Leonor asintió, aún sorprendida.

Media hora después, Alejandra apareció en el umbral de Leonor con una tarta en las manos. Compartieron un té, mientras la aparente extraña se abría:

Hace diez años discutí con mi madre por una tontería; ni recuerdo bien el motivo. Ella, siempre tan profesora fue maestra, nunca dejó de corregirme y yo aquel día la enfrenté y nos hirió el orgullo a ambas. Pasamos un año sin hablar, solo nos felicitábamos la Navidad por teléfono

Incluso una vez le dije que prefería no tener madre antes que aguantar sus lecciones constantes.

Cuando tú me llamaste, Leonor, y dijiste que estaba en el hospital, sentí hasta alivio al principio, pero luego, tus palabras sobre tu propia madre me asustaron Me di cuenta de que cuando ya no estuviera, desaparecería mi infancia y no habría a quien llamar madre, y quedaría sola como una huerfanita

Alejandra confesó que estuvo dos días dándole vueltas y, dominando el orgullo, fue a verla al hospital.

Y no te imaginas, al poco de verme, empezó a mejorar. No volveré jamás a dejarla sola se despidió emocionada y regresó deprisa al piso de su madre.

¿Qué le habrás dicho tú para que cambiara tanto? preguntó Tomás sorprendido tras su marcha.

Solo le conté la verdad respondió Leonor en voz baja. Al final, solo la verdad nos abre los ojos. Anda, querido, no olvides llamar hoy a tu madre. Mejor aún, ¿y si vamos juntos a pasar el Año Nuevo con ella? Al fin y al cabo, ahora solo nos queda una madre para los dosTomás soltó una pequeña carcajada y asintió, casi con timidez. Desde la mesa, los niños miraban intrigados y Minina saltó a la falda de Leonor, reclamando suaves caricias.

La tarde se llenó del aroma a tarta casera, risas infantiles y murmullos cariñosos entre paredes de hogar. Al otro lado del pasillo, la puerta de doña Carmen se entreabría para recibir a una hija y, tal vez, para cerrar heridas antiguas.

Cuando cayeron las campanas de medianoche, Leonor y Tomás, rodeados de sus hijos y la pequeña Minina en brazos, entrelazaron las manos. Unos pisos más abajo, doña Carmen y Alejandra se abrazaban largamente, llorando un poco y riendo mucho, recuperando el tiempo perdido.

Afuera, los fuegos artificiales estallaban sobre el barrio y, por un instante, a Leonor le pareció que todas aquellas luces celebraban algo más que un cambio de año: celebraban la ternura reencontrada, el valor de pedir perdón y la alegría sencilla de la familia y la vecindad.

Porque, pensó ella al mirar a su alrededor con gratitud, la vida tal vez no sea otra cosa que aprender, a tiempo, a no dejar pasar ningún abrazo.

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Vera regresaba a casa cargada de bolsas del supermercado, pensando en la cena y en ayudar a su hijo pequeño con los deberes, cuando vio una ambulancia en su portal y temió lo peor por su marido enfermo. Aliviada al saber que era para su vecina, la solitaria doña Nina, se ofreció a cuidar a su gata mientras la llevaban al hospital. Antes de irse, Nina le confió también el teléfono de su hija, con quien llevaba años sin hablarse, por si le ocurría algo grave. Al final, Vero contactó a la hija, que al principio la rechazó con frialdad; sin embargo, tocada por las palabras de Vera, acabó reconciliándose con su madre justo a tiempo para celebrar juntas la Nochevieja, mientras Vera comprendía que, a veces, una verdad a tiempo puede unir corazones distanciados.
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