¡Javier, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! exclamaba Lucía, aunque ya presentía que todo estaba perdido. Las cosas iban cayendo sobre la carretera y los vehículos que venían detrás seguramente ni se enterarían.
Tantos regalos y productos delicados, para los que llevaban ahorrando los últimos dos meses. El jamón de bellota, la lubina fresca, los turrones más caros y el vino reservado para ocasiones especiales, todo encima para que no se aplastara nada. Llevaban de todo, porque se iban de viaje a un pequeño pueblo de Segovia a casa de la abuela de Javier para pasar todas las fiestas.
La carretera estaba atascada, muchos habían salido hacia sus pueblos. Los coches iban lentos, casi pegados unos a otros, y parar de golpe era casi imposible. Así que lo que salió del maletero, seguramente se perdió.
Los niños, sentados atrás, se alteraron al ver la cara de tristeza de su madre y acabaron llorando también. Lucía intentó calmarlos y Javier, en cuanto pudo, se apartó sobre el arcén y al fin se detuvieron. Quedaba la esperanza, ¿y si algo quedó en la cuneta? Caminaron un poco hacia atrás, pero no merecía la pena buscar. Solo perderían el tiempo.
Déjalo estar, Lucía, no le des más vueltas, lo perdido, perdido está. Ya compraremos otra cosa o simplemente pasamos sin ello le dijo Javier, viendo lo apenada que estaba. Al fin y al cabo, son solo cosas. Venga, volvamos al coche, que menudo frío y está oscureciendo.
Durante el resto del viaje, Lucía permaneció callada. ¿De qué servía culpar a Javier si la cerradura del viejo coche estaba ya para pocos trotes? Intentó no pensar, pero a ratos no podía evitar que se le saltaran las lágrimas. ¡Qué injusto le parecía! Había ahorrado tanto, soñado con esas compras para la familia Y aún peor al recordar que la manta abrigada, ese precioso regalo para la abuela, también iba en el maletero.
Llegaron al pueblo pasada la medianoche. Pensaron que la abuela Pilar ya se habría acostado, sin esperanzas de verlos esa noche. Sin embargo, bajo la luz del porche, salió corriendo la abuela, acompañada de su vecina Eulalia.
¡Habéis llegado, bendito sea Dios! dijo la abuela entre besos. Lucía, Javier, ¡menos mal! ¡Ay, cuánto he rezado para que lleguéis bien! Javier, hijo, ¿y dónde están Gonzalo y Carmela? ¡Ay, mis pequeños! Gracias a Dios, estáis todos.
Abuela, que estamos bien, no te preocupes tanto dijo Javier abrazándola. Entra en casa, que hace un frío… ¿Por qué te has puesto tan nerviosa?
La abuela hizo un gesto con la mano. Ay, hija, Eulalia y yo llevamos toda la tarde rezando por vosotros, que ya me olía algo raro. No te rías, Javier, ¡que estas cosas pasan! Esta tarde, mientras dormía la siesta, tuve una visión clarísima, como si viera vuestro coche saliéndose de la carretera. Me desperté con el corazón encogido y toda la tarde he tenido un mal presentimiento. Cuando Eulalia vino a casa, le conté mi sueño y nos pusimos enseguida con el rosario, pidiendo a San Cristóbal que protegiera el camino, y a San Nicolás para que llegarais bien. ¡No sabía con qué prometer! Pero mira, os veo sanos y salvos, eso es lo que cuenta.
Llevas razón, abuela asintieron Lucía y Javier. Si nuestros regalos cayeron en otras manos, ojalá que les sirvieran y alegraran. A lo mejor había quien los necesitaba más.
Recibieron el Año Nuevo con toda la familia y una mesa llena de platos sencillos y auténticos: patatas de la huerta, tomates en conserva, aceitunas y cecina. La ensaladilla rusa y la paletilla de cordero seguían el festín, sin olvidar los famosos pestiños de la abuela. Los niños, Gonzalo y Carmela, pasaron la noche devorando pestiños recién hechos al lado de la estufa, sin pedir otra cosa. Durante el día se tiraron por la cuesta nevada con los primos y los niños del pueblo. Ya caían de sueño, pero aguantaban para no perderse a Papá Noel dejando regalos bajo el árbol.
La abuela Pilar reía, abrazando a sus nietos y a los de Eulalia también. ¡Qué felicidad, todos juntos! Eso es lo verdaderamente importante.
En otro rincón de Castilla, en un minúsculo pueblo casi olvidado, celebraban la Nochevieja dos ancianas hermanas, Esperanza y Virtudes, junto con su vecino Don Pascual. Aquellos tres aún resistían, como podían: por lo menos estaban juntos. Pascual había traído una rama de pino seca de la dehesa para adorno y la mesa, aunque sencilla, no estaba vacía. Esa mañana, Pascual salió al campo a recoger leña y, al pasar junto a la carretera, vio algo sobresaliendo de una loma.
Se acercó, tiró de unas asas una bolsa. Al abrirla, casi no podía creerlo: turrón, embutido caro, vino, frutas confitadas. Y en el fondo, una manta blanca, suave, como de nube, bien caliente. Miró a su alrededor, por si veía a alguien, pero solo vio nieve y campos vacíos. Colocó la bolsa junto a la leña en el trineo y la llevó a la casa. Extendió la manta, encendió la estufa, y las hermanas pusieron la mesa.
Nunca imaginé volver a probar un festín así exclamó Virtudes, maravillada.
Ni yo creía ya en milagros contestó Esperanza.
Será cosa de Dios, que nos ha echado una mano para soportar el invierno y dejarnos un respiro. Quizá aún veamos más cosas bonitas ponderó Pascual.
No debe uno lamentarse demasiado por lo material. Quién sabe si perder lo que parecía valioso nos libró de una desgracia mayor. A veces, lo que se pierde para uno es lo que salva a otro, y la felicidad de estar juntos y a salvo siempre será nuestro mayor tesoro.







