Venganza Servida Apenas una joven salió de su trabajo, se le acercó una mujer baja y corpulenta, cuyo tono normalmente altivo y autoritario sonaba ahora casi dulce, aunque cargado de reproche: – Yulenka, ¿qué ha pasado entre tú y Dimi? Ayer me llamó y me dijo que te habías marchado. ¿Cómo puedes hacer eso? Ahora más que nunca necesita tu ayuda y apoyo, y tú en vez de apoyarle, ¿te largas así sin más? ¿Eso es quererle de verdad? —Lo mismo que él es un hombre atento y cariñoso —replicó Julia con una sonrisa amarga, —¿O ya no recuerdas aquella conversación que mantuvisteis en nuestra cocina hace un año y medio? ¿O te lo recuerdo? Tanto aprobabas sus ideas y sus principios de convivencia, ¿y ahora de repente ya no los ves tan bien? ¿Es que esto es diferente? —¡Pero qué dices! Jamás aprobaría que una persona enamorada abandonara a su pareja, menos aún en una situación tan complicada. —Vaya, qué raro. Porque yo sí que me acuerdo de todo lo contrario. De cómo te oponías tajantemente a que nos casáramos, de cómo decías que si eso pasaba, acabaría colgada de su cuello, y que si le pasaba cualquier cosa yo sería una carga… ¿Que él puede quitarse de encima los problemas pero yo no? —¡Qué carga ni qué cuentos! Os queréis, deberíais superar esto juntos… —Él no quiso estar juntos. Y tú tampoco. Así que ahora apechuga tú y lidia con toda esta situación, que yo sigo mi camino, y tus problemas no son los míos. Y gracias por evitar que nos casáramos, Ruslana; así ni siquiera tendré que pagar una pensión a Dimi. Haciendo una reverencia sarcástica, Julia se dio la vuelta y se alejó a paso rápido hacia la parada de autobús. Una vez más pensó en sacarse una hipoteca para mudarse cerca del trabajo, que llegar a su piso de una hora a las afueras de Madrid, herencia de su abuela, era perder dos horas al día en atascos y transporte. Pronto esos pensamientos fueron sustituidos por la duda de si realmente había hecho bien en dejar a Dimi en ese momento. La lógica decía que sí, pero su corazón… demasiado compasivo. Menos mal que siempre que le invadía la nostalgia, recordar aquella conversación ajena escuchada por casualidad meses atrás se la quitaba de golpe. A Julia nunca le gustó espiar, pero aquel día, enferma por un catarro, fue a la cocina descalza en busca de agua y escuchó una charla entre su novio y su suegra. —La chica no está mal, hijo, pero no es para casarte. Mira que si fuera rica, ni tan mal; al menos heredarías algo cuando llegase el momento, pero ¿sabes lo que pasará si te casas con ella? —¿Qué puede pasar, mamá? Si Julia trabaja y es independiente. Además, si me caso, igual hasta me ascienden; a mi jefe le va todo eso de la familia tradicional… —¡No pensarás tener un hijo con ella, eh! —Claro que no. Bastante gasto un crío. Y a Julia tampoco le interesa, es toda una trepa. Ya veré cómo inventarme más adelante que es estéril, así incluso quedo como generoso por casarme con una “defectuosa”. —No te cases, hijo. No sabes la de problemas legales que puede complicarte eso. Lo que se compre durante el matrimonio se reparte, si os separáis le cedes media casa, medio coche, y hasta la mitad de tus ahorros legalmente. Y si pasa cualquier cosa estando casados – tendrás que mantenerla. Hace poco vino un hombre a verme. Su mujer le engañó y luego quedó gravemente herida con el amante. Pudo divorciarse, pero perdió un dineral y encima paga pensión como si tuviera la culpa de que ella acabara inválida. Nada de casarte, hijo. Si mantienes la relación en pareja de hecho, un día de estos la echas y punto. Igual si se hiciera rica o triunfara en su carrera… pero así, nada. Julia volvió al dormitorio contenida y pasó la noche llorando. Sabía que Dimi no tenía intención de casarse, pero una cosa es sospecharlo y otra oír cómo planean deshacerse de ti si te pasa algo malo. Siempre le decía que no se casaban por culpa del jefe, pero en realidad era por miedo a que Julia se convirtiese en un lastre. Después de ese día, Julia analizó fríamente la relación: compartir piso con Dimi ahorraba tiempo de casa y trayectos – él vivía en Malasaña – y el sexo estaba bien, por no hablar de poder alquilar su propio piso para ganar algo de dinero. Mientras no implicara problemas, cada uno sacaba su propio beneficio del acuerdo. Así siguieron, hasta que unos meses después Dimi tuvo un accidente: se puso al volante borracho, destrozó la valla de la M-30, su coche nuevo, y lo peor, su propia espalda. Los médicos dijeron que podría recuperarse, pero la rehabilitación sería larga. Al menos tuvo suerte de no herir a nadie más y de no acabar ante el Juez. Esta noticia fue la que compartió, animoso, cuando Julia fue a verle al hospital por última vez. —Tranquila, Julia, saldré adelante, un año y volveré a andar; ahora hay que ser fuertes y no hundirse. —Pues que tengas suerte con eso —sonrió Julia. Y le dejó claro que cuidar de una pareja que además ni siquiera era su marido no le resultaba nada provechoso, así que esa misma tarde se iría para no volver. —Te devuelvo las llaves. Ya saqué todas mis cosas, tengo fotos del piso por si quieres comprobar que no falta nada, te las mando ahora. —Espera… ¿me vas a dejar así? ¿Pero si nos queremos? ¿No se ayuda a la pareja en los malos momentos? —¿No decíais tú y tu madre que no había que casarse para no cargar con la otra persona si venían mal dadas? Esto funciona en los dos sentidos, Dimi. No pienso llevar a cuestas a alguien que ni es mi marido, ni me apoyaría si los papeles se invirtieran. —¡Yo no te dejaría! —Eso lo dices ahora. Nunca se sabe qué harías si pasara de verdad. En fin, ha sido un placer, que tengas buena recuperación, y ni se te ocurra volver a contactar conmigo. Y así, Julia se fue. Y bloqueó su número. Ni ganas de volver a saber nada de Dimi ni de su familia.

Bastó con que la joven saliera de la oficina para que se le acercara una mujer bajita y corpulenta, cuyo tono de voz, normalmente altivo y dominante, sonaba esa vez casi cariñoso, aunque con un reproche evidente.

Claudia, ¿qué ha pasado entre tú y Sergio? Me llamó ayer y me dijo que le habías dejado. ¿Se puede saber cómo haces eso? Ahora más que nunca necesita tu apoyo, y tú, en vez de estar a su lado, coges y te largas sin mirar atrás ¿Eso es amor, hija? ¿Así se comporta una mujer que quiere de verdad?

Igual que él Como un hombre enamorado, ¿no? le respondió Claudia con una sonrisita ácida. ¿O acaso ya no recuerda usted cómo hablaban sobre eso los dos en mi cocina hace año y medio?

¿Qué tonterías dices ahora? Nunca habría aprobado que una pareja deje tirado al otro cuando vienen mal dadas.

Qué curioso. Yo recuerdo perfectamente cómo se opuso a que nos casáramos, cómo le repetía que si lo hacía yo me colgaría de su cuello para siempre y le sería una carga si alguna vez las cosas se ponían feas ¿Ahora resulta que solo él puede no cargar con lastres”, pero yo no?

Pero ¿qué lastre ni qué nada? Si os queréis, deberíais estar juntos en lo bueno y en lo malo…

Pues fue él quien no quiso seguir juntos. Ni usted tampoco. Ahora, disfruten de toda esta situación y de su querido hijo. Yo me aparto, que vuestros problemas ni me tocan. Y, por cierto, gracias a usted, nunca llegamos a casarnos, así que ni pensión alimenticia tendré que pagarle a Sergio. Muchas gracias, Asunción.

Hizo una reverencia burlona y se fue con paso apresurado hacia la parada del autobús.

De nuevo le rondó la cabeza la idea de pedir una hipoteca para comprar un piso cerca de la oficina, pues llegar hasta su viejo apartamento de la abuela, en el extrarradio de Madrid, era una odisea diaria de casi dos horas entre atascos y transbordos.

Sin embargo, los pensamientos sobre la vivienda volvían siempre a lo mismo: ¿Habría hecho bien dejando a Sergio en ese momento? La lógica le decía que sí. El corazón demasiado blando a veces. Por suerte, toda compasión se esfumaba cada vez que recordaba aquella conversación ajena que escuchó sin querer meses atrás.

Claudia nunca había sido de espiar conversaciones. Aquella tarde, tras pasarse el día en la cama por culpa de una gripe, fue a la cocina a por agua y no encontró sus zapatillas. Iría descalza, pero ninguno de los dos ni Sergio, su por entonces futuro marido, ni su futura suegra la oyeron llegar.

Pero Claudia sí los oyó a ellos.

Es buena chica, hijo, pero casarte con ella no te conviene decía Asunción. Si al menos fuera rica, podrías aspirar algún día a heredar algo, pero tal y como está la cosa, ¿te imaginas lo que pasaría si os casáis ahora?

Bah, mamá, tampoco es para tanto. Claudia trabaja y no me pide que la mantenga. Si me caso ahora, igual hasta me ascienden, ya sabes que mi jefe es muy de familia tradicional, le gusta lo de casarse, tener hijos…

¡Pero ni se te ocurra tener un hijo con ella! soltó Asunción llevándose las manos a la cabeza.

¡Tranquila! Bastante lío tendría con tener que mantener críos. Además, Claudia tampoco quiere, ya sabes cómo es de ambiciosa. Yo pensé decir luego que es estéril y así quedo yo como el bueno que acepta casarse con una mujer defectuosa…

¡No te cases con nadie, hijo! No sabes los líos legales que traen esas cosas. Todo lo que compres casado se parte por la mitad si te divorcias: piso, coche, cuentas bancarias puedes perderlo todo. Y ni hablar si le pasa algo, ¡tienes que mantenerla de por vida! Hace poco vino un cliente con la mujer inválida por líos con un amante: la tuvo que dejar y encima le pasa pensión. Y ni siquiera era su culpa.

No, hijo, no te cases con Claudia. Si hubiera algo que ganar pero ella ni es rica ni va a llegar lejos.

Claudia volvió de puntillas a la habitación y se pasó la noche llorando.

Sabía que Sergio difícilmente le iba a pedir matrimonio, después de dos años sin ningún atisbo de propuesta. Pero una cosa era saberlo, y otra enterarse de que el motivo de fondo era, básicamente, tener la puerta abierta para dejarla tirada a la mínima, si un día caía enferma o tenía un accidente.

Siempre le había dicho Sergio que no podía casarse con ella por culpa del jefe, que desconfiaba de los empleados casados. Que si cambiaba de empresa lo harían, prometía.

Pero la realidad era muy diferente de cómo la había soñado Claudia.

Las lágrimas se agotaron rápido, y con ellas se esfumó el poco amor que pudiera quedarle por Sergio.

A la mañana siguiente se sentó y analizó su relación desde un punto de vista práctico. Vivir con Sergio le ahorraba mucho tiempo en las tareas, y la casa estaba mucho más cerca del centro. Y aunque Sergio tenía muchos defectos, como amante era bastante bueno Buscar otro así sería un gasto innecesario de energías. Además, su piso propio en las afueras podía alquilarlo y sacar unos euros extra.

Total, si dejaba a un lado los sentimientos que claramente no eran recíprocos, salía a cuenta mantenerse juntos mientras no hubiera problemas.

Y así pasaron los meses, hasta que Sergio tuvo un accidente.

Cogió el coche después de unas copas, perdió el control y acabó destrozando la valla de Gran Vía y su flamante Seat, y lo peor para él: también su columna vertebral.

Al menos, los médicos dijeron que podría recuperarse, aunque la rehabilitación sería larga y dura. Y menos mal que solo fue él el perjudicado, así no tuvo problemas legales graves.

Fue lo primero que le contó a Claudia cuando ella fue a verle al hospital, por primera y última vez.

No pasa nada, Claudia, saldremos de esta. En unos meses volveré a andar.

Mucha suerte con eso le sonrió Claudia, radiante, mientras le devolvía las llaves. Solo he venido para darte esto. Ya recogí todas mis cosas, y te paso las fotos del piso para que veas que no falta nada tuyo.

Espera ¿me dejas así? ¿Ahora que peor estoy? Claudia, ¡nos queremos! ¿No es en las malas cuando uno demuestra el amor de verdad?

¿No decíais tú y tu madre que era mejor no casarse para no verse obligado a ayudar si vienen mal dadas? Eso sirve para los dos, Sergio. Yo no pienso arrastrar a un hombre que ni siquiera es mi marido, y que haría igual si estuviera en mi lugar.

¡Yo no te habría dejado! Yo jamás

Eso lo dices ahora. Nunca sabes cómo habría sido, si hubiéramos cambiado los papeles.

Nada más. Fue bonito mientras duró, que te recuperes pronto, y no vuelvas a buscarme.

Claudia salió del hospital y bloqueó el número de Sergio. No pensaba volver a tratar ni con él ni con su familia jamás.

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Venganza Servida Apenas una joven salió de su trabajo, se le acercó una mujer baja y corpulenta, cuyo tono normalmente altivo y autoritario sonaba ahora casi dulce, aunque cargado de reproche: – Yulenka, ¿qué ha pasado entre tú y Dimi? Ayer me llamó y me dijo que te habías marchado. ¿Cómo puedes hacer eso? Ahora más que nunca necesita tu ayuda y apoyo, y tú en vez de apoyarle, ¿te largas así sin más? ¿Eso es quererle de verdad? —Lo mismo que él es un hombre atento y cariñoso —replicó Julia con una sonrisa amarga, —¿O ya no recuerdas aquella conversación que mantuvisteis en nuestra cocina hace un año y medio? ¿O te lo recuerdo? Tanto aprobabas sus ideas y sus principios de convivencia, ¿y ahora de repente ya no los ves tan bien? ¿Es que esto es diferente? —¡Pero qué dices! Jamás aprobaría que una persona enamorada abandonara a su pareja, menos aún en una situación tan complicada. —Vaya, qué raro. Porque yo sí que me acuerdo de todo lo contrario. De cómo te oponías tajantemente a que nos casáramos, de cómo decías que si eso pasaba, acabaría colgada de su cuello, y que si le pasaba cualquier cosa yo sería una carga… ¿Que él puede quitarse de encima los problemas pero yo no? —¡Qué carga ni qué cuentos! Os queréis, deberíais superar esto juntos… —Él no quiso estar juntos. Y tú tampoco. Así que ahora apechuga tú y lidia con toda esta situación, que yo sigo mi camino, y tus problemas no son los míos. Y gracias por evitar que nos casáramos, Ruslana; así ni siquiera tendré que pagar una pensión a Dimi. Haciendo una reverencia sarcástica, Julia se dio la vuelta y se alejó a paso rápido hacia la parada de autobús. Una vez más pensó en sacarse una hipoteca para mudarse cerca del trabajo, que llegar a su piso de una hora a las afueras de Madrid, herencia de su abuela, era perder dos horas al día en atascos y transporte. Pronto esos pensamientos fueron sustituidos por la duda de si realmente había hecho bien en dejar a Dimi en ese momento. La lógica decía que sí, pero su corazón… demasiado compasivo. Menos mal que siempre que le invadía la nostalgia, recordar aquella conversación ajena escuchada por casualidad meses atrás se la quitaba de golpe. A Julia nunca le gustó espiar, pero aquel día, enferma por un catarro, fue a la cocina descalza en busca de agua y escuchó una charla entre su novio y su suegra. —La chica no está mal, hijo, pero no es para casarte. Mira que si fuera rica, ni tan mal; al menos heredarías algo cuando llegase el momento, pero ¿sabes lo que pasará si te casas con ella? —¿Qué puede pasar, mamá? Si Julia trabaja y es independiente. Además, si me caso, igual hasta me ascienden; a mi jefe le va todo eso de la familia tradicional… —¡No pensarás tener un hijo con ella, eh! —Claro que no. Bastante gasto un crío. Y a Julia tampoco le interesa, es toda una trepa. Ya veré cómo inventarme más adelante que es estéril, así incluso quedo como generoso por casarme con una “defectuosa”. —No te cases, hijo. No sabes la de problemas legales que puede complicarte eso. Lo que se compre durante el matrimonio se reparte, si os separáis le cedes media casa, medio coche, y hasta la mitad de tus ahorros legalmente. Y si pasa cualquier cosa estando casados – tendrás que mantenerla. Hace poco vino un hombre a verme. Su mujer le engañó y luego quedó gravemente herida con el amante. Pudo divorciarse, pero perdió un dineral y encima paga pensión como si tuviera la culpa de que ella acabara inválida. Nada de casarte, hijo. Si mantienes la relación en pareja de hecho, un día de estos la echas y punto. Igual si se hiciera rica o triunfara en su carrera… pero así, nada. Julia volvió al dormitorio contenida y pasó la noche llorando. Sabía que Dimi no tenía intención de casarse, pero una cosa es sospecharlo y otra oír cómo planean deshacerse de ti si te pasa algo malo. Siempre le decía que no se casaban por culpa del jefe, pero en realidad era por miedo a que Julia se convirtiese en un lastre. Después de ese día, Julia analizó fríamente la relación: compartir piso con Dimi ahorraba tiempo de casa y trayectos – él vivía en Malasaña – y el sexo estaba bien, por no hablar de poder alquilar su propio piso para ganar algo de dinero. Mientras no implicara problemas, cada uno sacaba su propio beneficio del acuerdo. Así siguieron, hasta que unos meses después Dimi tuvo un accidente: se puso al volante borracho, destrozó la valla de la M-30, su coche nuevo, y lo peor, su propia espalda. Los médicos dijeron que podría recuperarse, pero la rehabilitación sería larga. Al menos tuvo suerte de no herir a nadie más y de no acabar ante el Juez. Esta noticia fue la que compartió, animoso, cuando Julia fue a verle al hospital por última vez. —Tranquila, Julia, saldré adelante, un año y volveré a andar; ahora hay que ser fuertes y no hundirse. —Pues que tengas suerte con eso —sonrió Julia. Y le dejó claro que cuidar de una pareja que además ni siquiera era su marido no le resultaba nada provechoso, así que esa misma tarde se iría para no volver. —Te devuelvo las llaves. Ya saqué todas mis cosas, tengo fotos del piso por si quieres comprobar que no falta nada, te las mando ahora. —Espera… ¿me vas a dejar así? ¿Pero si nos queremos? ¿No se ayuda a la pareja en los malos momentos? —¿No decíais tú y tu madre que no había que casarse para no cargar con la otra persona si venían mal dadas? Esto funciona en los dos sentidos, Dimi. No pienso llevar a cuestas a alguien que ni es mi marido, ni me apoyaría si los papeles se invirtieran. —¡Yo no te dejaría! —Eso lo dices ahora. Nunca se sabe qué harías si pasara de verdad. En fin, ha sido un placer, que tengas buena recuperación, y ni se te ocurra volver a contactar conmigo. Y así, Julia se fue. Y bloqueó su número. Ni ganas de volver a saber nada de Dimi ni de su familia.
Mi suegra me cerró la puerta de su casa con mi hijo — mi marido calló y prefirió la comodidad con su madre antes que a su propia familia