No, de verdad, mamá, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien. El viaje es largo, toda la noche en tren, y a tu edad estas cosas ya no son ningún paseo. ¿Para qué te vas a complicar? Por estas fechas, seguro que tienes el huerto lleno de trabajo me dice mi hijo.
Hijo, ¿cómo que para qué? ¡Si hace siglos que no nos vemos! Y además tengo muchas ganas de conocer bien a tu mujer, como quien dice, hacerme a la nuera le respondo, que para qué voy a andar con rodeos.
Venga, hacemos una cosa, ¿vale? Tú espera hasta final de mes, que en Semana Santa vamos todos nosotros a verte. Así, con los días de fiesta, nos viene mejor me tranquiliza mi hijo.
La verdad, yo ya estaba lista para hacer la maleta, pero decidí fiarme y aceptar el plan de quedarme esperando en casa.
Pero claro, nadie vino. Llamé varias veces a mi hijo, pero me colgaba. Luego ya él me devolvió la llamada y me soltó que estaba muy liado y que mejor no esperase nada.
Me llevé un buen disgusto. Llevaba semanas preparando todo para la visita de mi hijo y su mujer. Se casaron hace medio año y yo todavía no he visto a mi nuera ni por casualidad.
A mi hijo, David, lo tuve, como decimos, para mí misma. Ya tenía los treinta, ni casada ni nada de eso, así que decidí tener un niño por mi cuenta.
A lo mejor está mal decirlo, pero nunca me he arrepentido. Nos las veíamos y deseábamos para llegar a fin de mes dinero, lo que se dice dinero, nunca hemos tenido, pero yo siempre he trabajado en varias cosas para poder darle a mi hijo lo que necesitaba.
David creció y se fue a estudiar a Madrid. Yo, para ayudarle con los primeros gastos y la matrícula, hasta me fui una temporada a trabajar a Francia, mandándole euros para que pudiera continuar. El orgullo de madre, ya se sabe.
Y ya en tercero de carrera, David empezó a trabajar a media jornada y a ganarse sus propios ahorros. Tras graduarse, encontró trabajo y pudo mantenerse solo.
Eso sí, a casa venía poco, una vez al año o así. Y yo en Madrid, qué vergüenza decirlo, no había estado nunca.
Pensaba ir la primera vez cuando mi hijo se casara. Hasta había ido guardando dinero para el gran evento. Ahorré seis mil euros.
Hace medio año, David me llamó con la noticia tan esperada: Mamá, que me caso.
Pero no vengas, que de momento solo firmamos. Ya haremos la boda a lo grande más adelante me advirtió.
Me dio un bajón, pero qué iba a hacer. Por videollamada me presentó a la chica. Oye, mona era, sí. Y bien posicionada. Su padre, mi consuegro, es un pez gordo de esos. Yo, pues, encantada por él.
Y así fueron pasando los meses, ni venían ni invitaban. La impaciencia me pudo, quería ver a mi nuera y achuchar a mi hijo, así que agarré mis cosas, compré el billete para el AVE, preparé comida de casa (hasta pan horneé yo misma) y algunas conservas, y me planté en Madrid. Eso sí, avisé justo antes de subirme al tren.
¡Pero madre del amor hermoso! ¿Para qué te metes en estos líos? Estoy en el trabajo y no voy a poder ir a por ti. Mira, aquí tienes mi dirección. Pilla un taxi me dijo David.
Llegué bien temprano a la capital, llamé a un taxi y casi me caigo de espaldas cuando vi lo que costaba la carrera. Pero bueno, Madrid al amanecer es bonito, eso sí.
Me abrió la puerta mi nuera, Clara. Ni una sonrisa, ni un abrazo, nada. Solo me señaló la cocina, así, con seriedad. David ya se había ido temprano al trabajo.
Empecé a hacer inventario de las cosas que llevaba: patatas, zanahorias, huevos, manzanas secas, setas en escabeche, pepinillos, tomates hasta varios tarros de mermelada. Clara ni pestañeaba mientras lo sacaba todo, y de pronto me suelta que para qué me había molestado, que ellos no comen nada de eso, y que en casa, cocinar, tampoco cocina.
¿Y entonces qué coméis? pregunté algo aturdida.
Pues pedimos todo por Glovo, la comida llega hecha. Cocinar me da mucho asco por el olor que se queda en la cocina, luego cuesta mucho de quitar me explica Clara, tan pancha.
No termino de asimilarlo cuando aparece un niño pequeño, de unos tres años, y se me queda mirando.
Este es mi hijo, Mateo dice Clara.
¿Mateo? pregunto.
Sí, Mateo, no Matías ni cosas raras. No me gusta que me cambien los nombres.
Vale, como tú digas, Clarita.
No soy Clarita, soy Clara. En esta ciudad la gente respeta los nombres, pero claro, de dónde tú vienes…
Me entraron ganas de llorar. Y no por descubrir que David se ha casado con una mujer que ya tenía niño, sino porque nunca me lo dijo.
Y aún había más sorpresas. Vi colgado en la pared un retrato grande de boda.
Ah, bueno, por lo menos os hicisteis unas fotos bonitas, ya que no hubo boda comenté, por decir algo.
¿Cómo que no hubo boda? ¡Claro que la hubo! Doscientos invitados. Solo faltaste tú, pero David dijo que estabas enferma. Y tal vez mejor así me soltó Clara, mirándome de arriba abajo.
¿Quieres desayunar?
Bueno, sí
Me plantó una taza de té y un par de lonchas de queso caro. Para ella, eso era un desayuno.
Yo, sin embargo, necesitaba un desayuno de verdad después del viaje. Decidí hacerme un par de huevos fritos y comer mi pan, pero mi nuera me prohibió encender la sartén porque se iba a quedar olor en la cocina. El pan tampoco quiso probarlo, que están a dieta saludable.
Se me quitaron las ganas de comer. Todo ese esfuerzo, años soñando con la boda, ahorrando el dinero para terminar invitada de compromiso.
Bebía el té en silencio, sentada en la cocina. Clara tampoco hablaba. De repente, el niño vino corriendo y se me acurrucó al lado. Quise abrazarlo, pero Clara vino corriendo como si yo fuese la peste: No sabemos con qué vienes de fuera, y es solo un niño, me dice.
Como no llevaba nada para el niño, le di un tarro de mermelada de frambuesa: Para tus tortitas, le dije.
Clara me lo quitó de las manos: Te lo he dicho mil veces, aquí estamos a dieta y sin azúcar.
Las lágrimas me asomaban ya a los ojos. Dejé el té, me fui al pasillo a ponerme los zapatos. Clara ni preguntó a dónde iba.
Salí, me senté en un banco cerca del portal y me desahogué. Hacía años que no me sentía tan decepcionada.
Al rato, vi salir a Clara con el niño, y llevarse al contenedor todas mis conservas y comida casera.
Sin palabras. Esperé a que desaparecieran, recogí mis cosas del contenedor y me fui para Atocha. Me salvó un milagro: alguien devolvió un billete y pude volver esa misma noche.
Por allí, en los alrededores, encontré un restaurante. Me pedí un buen plato de cocido y carne, con patatas y ensalada. Me costó un pico, pero oye, después de lo que había pasado, me lo merecía.
Dejé las bolsas en la consigna y aproveché para pasear un poco por Madrid. La ciudad, al menos, me gustó. Hasta se me pasó el disgusto durante un rato.
En el tren, ni dormí. Lloré en silencio. Lo peor fue que mi hijo ni siquiera me llamó para preguntar dónde estaba.
Nunca pensé que mi único hijo, en quien puse todas mis esperanzas, me recibiría así. Ahora no sé qué hacer con los seis mil euros que guardé para su boda. ¿Dárselos, para que sepa que siempre he estado pendiente de él? ¿O quedármelos, porque sinceramente no parece que se lo haya ganado?






