Diario de Olalla, 31 de diciembre
Llevo todo el día de arriba para abajo preparando la celebración de Nochevieja: limpiando, cocinando, poniendo la mesa con detalle. Este es el primer Año Nuevo que paso lejos de mis padres, con la persona que quiero. Hace ya tres meses que vivo con Tomás, en su piso de Madrid. Me saca quince años, estuvo casado, paga la pensión de su hija y, de vez en cuando, se le va la mano con el vino… Pero todas esas cosas parecen insignificantes cuando amas de verdad. Nadie comprende cómo me he enamorado de él: guapo no es precisamente más bien todo lo contrario, de carácter tiene poco, es tacaño hasta decir basta, y el dinero siempre brilla por su ausencia. Y si lo tiene, es sólo para su propio capricho. Aun así, este ser tan peculiar ha conseguido conquistarme.
Durante estos meses, he soñado que Tomás valoraría lo diligente y apañada que soy y, quizás, un día querría casarse conmigo. Siempre repite: Hay que convivir un tiempo, ver si eres de fiar en casa. Mi última mujer era un desastre, no quiero repetir. Pero de su ex nunca me ha contado más. Por eso me esfuerzo el doble: nunca le reprocho cuando llega oliendo a gin-tonic, cocino sus platos preferidos, lavo, limpio, saco la compra con mi propio dinero (no vaya a pensar que soy interesada). Incluso hoy he preparado la cena de Año Nuevo pagada de mi bolsillo. Y hasta le compré un móvil de regalo.
Mientras yo me esmeraba con los preparativos, mi querido Tomás tampoco perdía el tiempo… Se fue a celebrar con los amigos en algún bar, volviendo a casa ya bastante alegre y desinhibido. De repente me suelta que esta noche invita a unos amigos suyos a cenar, todos desconocidos para mí. A una hora de las campanadas, la mesa ya estaba lista, pero mi ánimo se vino abajo de golpe. Aun así, tragué y me contuve, porque no quiero ser como su ex.
A media hora para el cambio de año, irrumpió en casa un grupo de gente, hombres y mujeres, todos con más copas de las que podían llevar sobre sí. Tomás se animó aún más, sentó a todos y la juerga siguió. No se molestó ni en presentarme: yo era invisible entre su gente; ellos hablaban, reían y bebían ajenos a mi presencia. Cuando avisé de que en dos minutos era Nochevieja y propuse llenar las copas de cava, recibí una mirada como si yo fuera la intrusa en mi propia casa.
¿Y esta quién es? exclamó una de las chicas, arrastrando la voz.
La vecina de cama bromeó Tomás, provocando una carcajada general a mi costa.
Comían lo que yo les había cocinado y se burlaban de mí. Cuando dieron las doce campanadas, me llamaban ilusa y elogiaban a Tomás por su picardía por encontrarse una criada gratuita. Y él, lejos de defenderme, se reía con ellos. Se llenó la boca con mi comida y solo le faltó limpiarse los pies conmigo.
Sin hacer ruido, recogí mis cosas y me marché de vuelta a casa de mis padres. Jamás había tenido una Nochevieja tan amarga. Mi madre me repitió lo de siempre: Ya te lo advertí, mi padre suspiró aliviado. Yo, después de llorar cada decepción, sentí cómo al fin se me caían las vendas de los ojos.
Una semana después, con Tomás en números rojos, se planta en mi puerta muerto de hambre y me suelta:
¿Pero bueno, por qué te has ido? ¿Es que te has enfadado? y al ver que no cedo, cambia el tono: Muy bonito lo tuyo, claro, tú comiendo el cocido de mamá y yo con el frigorífico vacío. Así empiezas a parecerte a mi ex, ¿eh?
Me quedé sin palabras ante tal desfachatez. Mil veces había ensayado lo que le diría, y en ese momento, no se me ocurrió más que mandarle, con palabras bien claras, donde amargan los pepinos, y cerrar la puerta en sus narices.
Así empezó mi nueva vida con el nuevo año.






