La felicidad ajena Ana estaba trabajando en su huerto; esta primavera había llegado temprano. Aunque sólo era finales de marzo, la nieve ya se había derretido por completo. Sabía que aún volvería el frío, pero mientras el sol calentaba, Ana salía al patio y sentía ganas de hacer algo: apuntalar la valla caída, reparar el cobertizo de la leña… Tendría que comprar unas gallinas y un cerdito, incluso un perrito y un gato. Ya está bien, se regañó Ana a sí misma con una sonrisa, ya es suficiente. Sentía ganas de arar la huerta cuanto antes, de arreglar los bancales, de respirar el aroma de la tierra natal, como en la infancia; descalzarse y correr descalza por el huerto recién arado, hundiendo los tobillos en esa tierra húmeda y tibia, suave como el algodón. —Aún nos queda vida por delante, —dijo Ana en voz alta, como hablando a alguien invisible. —Hola. Ana dio un respingo. Junto a la verja estaba una chica, adolescente, prácticamente una niña. Llevaba un abrigo gris, de esos que Ana conocía por ser repartidos en las escuelas de formación profesional; zapatos endebles y medias de color carne. Todavía no era tiempo de vestirse así—pensó Ana—es demasiado joven para exponerse, va a resfriarse, esos zapatos son pura basura, con suela de cartón… lo advirtió rápidamente. La niña movía nerviosamente sus delgadas piernas. —Hola —dijo Ana, seca. —Perdón, ¿puedo usar su baño? —Vaya, pues adelante. Todo recto y luego giras la esquina. Ana observó con interés cómo la chica se iba corriendo. —Gracias, me ha salvado. Estoy buscando alquiler, ¿no tendrá una habitación, por casualidad? —No pensaba alquilar, ¿y tú para qué la quieres? —Quiero alquilar una, no quiero vivir en la residencia, allí beben y fuman todo el rato. Chicos entrando y saliendo… —¿Ah sí? ¿Y cuánto piensas pagar? —Cinco rublos… no tengo más. —Bueno, pasa, anda, entra en casa. —Ay, ¿puedo usar otra vez el baño? —Ve, ve… —¿Cómo te llamas? —preguntó Ana mientras entraban en casa. —Olia —musitó la niña, casi como un ratoncito.— Olia, entonces. Bueno… ¿Olia, a qué has venido? —Ana la miró de frente. —Yo… busco habitación… —No me mientas… Olia… ¿A qué has venido, dime? —Ay, ¿puedo ir otra vez al baño…? —¿Pero qué te pasa, niña? —No lo sé —respondió la chica entre lágrimas—, no aguanto más. —Corre, ve… Ana salió tras la chica. —¿Estás yendo al baño porque sí, o es algo más? —No, de verdad, sólo orinar, me duele mucho… —Luego lo veremos, ahora dime, ¿por qué has venido? Silencio. La chica reunía fuerzas. —¿Bueno?… Te escucho. Si vienes a robar, aquí no hay nada. Dime, ¿quién te ha mandado? —Nadie, yo sola. ¿Usted… usted es Samoilova Ana Pavlovna? —¿Yo? Pues sí… —No me reconoce… ¿mamá? Soy yo, Olia… tu hija. Ana se quedó recta como un palo, ni un músculo se movió en su cara endurecida por los vientos y el frío. —Olia… —musitó la mujer— hija… Olyushka… —Sí, sí, mamita… soy yo… No me daban tu dirección en el orfanato, imagínate, decían que no se podía, mamá… Pero convencí a una profesora que es muy buena, en la escuela-taller, Anastasia Serguéievna, me ayudó, hicimos una solicitud y así supimos tu nombre, tus apellidos y patronímico, después conseguimos la dirección… y aquí estoy. Ana no se movía, pero las lágrimas corrían por sus mejillas. —Olia, Olyushka… hijita… —Mami, mamita —gimió la chica abrazando a la mujer—, cuánto te he buscado, mamá. Escribía cartas, y se reían, decían que me habías abandonado, que me habías regalado como si fuera una cosa… Pero yo creía, mamá… Yo te creía… Ana abrazó tímidamente a la chica llorosa, sus manos duras, llenas de callos, se aferraban al grueso suéter de lana de Olia, su hija… su hijita, Olyushka… Quedaron abrazadas, sin ganas ni de hablar, todo estaba claro. Después, recordando las enseñanzas de la abuela, y su amarga experiencia, Ana fue y vino, calentó agua, preparó infusión de eneldo y cuidó con esmero a su hija, su bella Olyushka. Olenka, hijita, sentido de vida. Ahora hay motivos para vivir, Dios se apiadó, no todo está perdido… El huerto, el cerdito, hay que arreglarle el abrigo. Aún le queda un dinerillo guardado. Ella, tan inocente, ya se preparaba a morir, y ahora llegó su Olyushka… *** —Mami, —¿Sí? —Mamita… —¿Qué pasa, zalamera? Olechka coge una empanadilla de la mesa, se le han redondeado ya las mejillas, mamá la viste como una muñeca, y ella misma parece rejuvenecer… —Mamusitaaa… —¿Qué pasa, hija? —Mamá, me he enamorado. —¡Vaya! —Sí. Mamá, es tan bueno. Se llama Iván. Quiere conocerte… —No sé… Pero pensó que los días felices se estaban acabando. Él da, él quita. —Mamá, ¿qué te pasa, mamá…? —Nada, hija, nada, cariño. Has crecido tan rápido, no he tenido tiempo de disfrutarlo, ni de saborearlo… Perdóname, Olyushka… —Mamá, mamita, no digas eso. ¿Cómo puedes? Ni se te ocurra. Si tú… si tú supieras, mi querida… Si vieras cuánto te amo, cuánto tiempo te busqué… ¡Nada de eso! Mamita mía… La presentación fue bien. Iván, chico del pueblo, trabajador, sensato, le gustó a Ana, por ese sí daba la hija. Eran tiempos duros, algunos no tenían que comer y otros alimentaban mejor a los perros que a la gente. Ana, Olechka y Vania no pasaban hambre; Ana cosía bien y cuando cerraron la fábrica se fue a una cooperativa, allí le pagaban bien, vistió a su niña y a su yerno con ropa de calidad. Vania no paraba, hizo una valla nueva, renovó la casa con sus hermanos, arreglaron el baño ruso, el gallinero… La casita cobraba vida, más aún desde que apareció Olyushka, su querida, buena y bella. El corazón de Ana se derritió, revivió. Le habían entrado las ganas de vivir con fuerza, por lo que le quedaba, por todo lo pasado, por lo que intenta olvidar. Y sólo a veces por la noche, como una ola, la abrumaba la pena, hasta el punto que no podía reprimir un gemido… —Mamita, ¿qué tienes? ¿Te duele algo? —No, hijita, duerme, duerme, mi niña… —Mamá, ¿puedo dormir contigo? —Claro —Ana se arrima a la pared y deja espacio a su hija. Mi pequeña, niña mía, qué amor más grande hay que el de una madre. Gracias, Dios mío, por permitirme sentirlo. Celebraron la boda; los jóvenes se quedaron en casa con Ana; ella florecía como una amapola. Hasta en el trabajo lo notaban, siempre tan seria, Ana Pavlovna no podía ocultar la sonrisa y tenía las mejillas encendidas. —Voy a tener nieto o nieta —susurró en el descanso a sus compañeras—. ¡Ay qué nervios! Qué suerte tiene la hija de Ana Pavlovna, dicen las chicas, con el amor con que la cuida. ¡Un nieto! ¡Antón! … En honor a mi madre, la abuela de Olyushka, que fue estricta pero justa —dice Ana alegre—, qué bonito es, ay no aguanto, chicas… Nunca había tenido así a un bebé en brazos… Bueno, después de Olyushka, nunca; había pasado tanto tiempo. Lo tengo y el corazón me late en la cabeza, esto es la felicidad. Ahora todos los pensamientos son para Antonchik. El mejor, el más guapo. Y él, el nieto de la abuela, pegadito a ella. Vania se embarcó en una reforma, construyó una casa enorme, y Ana tenía su espacio, ¿cómo no? Ni se les pasaba por la mente vivir sin mamá. Los chicos triunfaron; Vania y sus hermanos montaron una empresa de construcción, abrieron una tienda de materiales de obra, vivían tranquilos… Y otra buena noticia: vendrá una niña, una nietecita. Cuántos vestidos cosió Ana para su nietecita, qué conjuntos le preparó. Marinita, niña preciosa. La risa de los niños nunca deja de sonar en la casa. Todo iba bien para Ana, pero empezó a sentir un ardor constante en el pecho, qué dolor… —Mamá, mi querida, ¿por qué no decías nada? ¿Te duele? ¿Dónde? —Todo está bien, hija, todo va bien… ***. … Es tarde, no podemos hacer nada. —Doctor, doctor, ¿cómo es posible? Ella… ella… ¡es mi madre! —Lo siento, comprendo… *** —Hijita, Olyushka… ya me toca, perdóname, ya he vivido mucho. Hace tiempo que se olvidaron de mí, pero tú me salvaste, viniste, mi querida… —No digas eso, mamá… —Hija, déjame decirte, no me interrumpas… Yo no soy tu verdadera madre, Olia… perdóname… —¡Mamá! ¡Mamita, nunca digas eso a nadie! Eres mía, ni quiero oírlo, eres mi madre… mi mamita. ¿Entendido? —Sí, sí… hija… Lo entiendo, mi corazón… En la libreta, mi diario… Perdóname, Olenka. Te quiero mucho, hija. —Y yo a ti, mamita… Mamá… Mamá… *** —Olia, deberías comer algo… —Sí, Vania. Ahora… ve tú… Olia estaba en la habitación de su madre, leyendo la libreta, su “diario”. Allí estaba la vida de Ana. Despiadada, tortuosa, rota y alegre. Otro carácter: madre severa, Antonia Karpovna; el padre murió en la guerra. Anushka, Anyutka, Ana-florecilla. Se enamoró de un ladrón, ¡vaya vida salvaje! Diversión, peligro, la sangre bulle. Se fue con el ladrón… Y todo se desmorona… Un pozo que la arrastró durante años, y luego la vejez, de golpe. La cigarra saltó y saltó. El ladrón desapareció en prisión, y ya nadie queda… Si hubiera tenido un hijo, pero lo perdió en la nieve, ayudando a su ladrón a huir, juventud, estupidez… Lo perdió todo, todo lo de mujer… Ni hijo, ni cachorro, sólo la casa de su madre quedó; se asentó, se fue descongelando, aguantó un poco más. Los médicos le decían que esperase, que quizás sí, quizás no. Fue a la iglesia, rezó por perdón, le costó… Y entonces Él le envió esa alegría inesperada y no pudo dejar pasar la oportunidad. Pensaba que al menos un poco sería madre, al menos sabría cómo era, lo sentiría… Hija, Olenka, la luz de mi vida. Ana nunca pensó vivir tanto —escribe en tercera persona—, felicidad, felicidad, como todo el mundo, vivo, trabajo. Tengo hija, mi alma, mi corazón. Y hasta la enfermedad parecía ceder. Perdóname, Dios mío, por pedir esto: déjame vivir más, cuidar de mis nietos, ayudar a mi hija… Se relajó, primero tenía miedo. Miedo de que la verdad saliera a la luz, que no era madre, sólo tocaya, o que algo se había confundido. Luego dejó de temer, comenzó a vivir una vida sencilla, humana. Por fin creyó ser digna… Perdóname, hija, perdona que te robé a tu madre verdadera. Así es mi felicidad robada… —Mamita —llora Olyushka—, mi querida mamá. Espero de todo corazón que me oigas. Lo sabía, casi enseguida lo supe. Cuando vivía contigo, vi que los datos no coincidían, era Ana Ivanovna, la busqué, por curiosidad. Ella fue la que me rechazó, se casó y yo le molestaba, mamá… Vive, tiene familia, nunca le importé, mamá. Tenía miedo, tenía miedo de que nos vieran juntas. Que supieran de mí, me daba dinero, mamá… Me fui, corrí, mamá. ¿Recuerdas que enfermé mucho aquella vez? Tuve fiebre, ¿recuerdas, mamita? Mi querida, doy gracias a Dios que nos juntó. Tanto tiempo te busqué. Tú eres mi mamá… Qué bien que se equivocaron entonces, o quizás no fue un error, allá arriba saben a quién mandar y a dónde. ¿Cómo podré vivir otra vez sin ti, mamá…? —Olia, Olechka… —Vania, déjala llorar, acaba de enterrar a su madre… *** —Abuela, ¿la abuela Ana era buena? —Mucho, hija. —¿Y era guapa? —La más guapa, Anechka. —¿Y quién le puso ese nombre? —No sé, quizás su padre, o su madre… —¿Tu abuelo, o tu abuela? —Sí, mi abuelo o mi abuela. —¿Y a mí me llamaste como a la bisabuela? ¿Como a tu mamá? —Sí, yo y tu padre. Él quería mucho a su abuela. —¿Ella puede verme? —Claro que te ve, te cuida y siempre te va a ayudar. —Te quiero, bisabuela Anechka —dice la niña, dejando una corona de dientes de león en la tumba de su bisabuela. —Y yo a ti, hija —susurra el abedul—, y nosotros también, responde el viento.

La felicidad ajena

Ana está removiendo la tierra de su pequeño huerto. Esta primavera ha llegado temprano, aún es finales de marzo, pero ya no queda ni rastro de nieve. Ana sabe que los fríos regresarán, que aún es pronto, pero mientras el sol tibio la acaricia, no puede evitar salir y ponerse a hacer cosas: apuntala la valla caída, arregla el cobertizo de leña.

Piensa en que tendrá que comprar gallinas y un cerdito, y también adoptar un perro y un gato. Ya ha caminado bastante, se dice con media sonrisa, ya basta. Tiene prisa por arar el huerto y preparar los bancales, respirar el aroma de su tierra, descalzarse como cuando era niña y correr sobre la tierra recién removida, hundiendo los tobillos en la tierra húmeda y cálida, tan suave como el algodón.

Aún nos queda mucho por vivir murmura Ana en voz alta, como hablando con alguien invisible.

Buenas tardes.

Ana sobresalta. En la verja está una chica, una adolescente aún, casi una niña. Lleva una gabardina gris, como las que dan en los institutos de FP del pueblo. Zapatos endebles, medias color carne.

No es tiempo aún para ir tan ligera, piensa Ana. Se va a resfriar, pobre cría, con esos zapatos de suela de papel Más barata la basura.

La chica duda unos segundos, jugando con el pie en el suelo.

Hola responde Ana, seca.

Perdón, ¿podría usar su baño?

Anda, sí, pasa. Todo recto y luego giras a la derecha.

Ana observa intrigada cómo la muchacha corre hacia el baño.

Muchas gracias, me ha salvado Busco habitación, ¿usted alquila alguna, por casualidad?

No lo tenía pensado ¿Y para qué quieres alquilar?

Quería alquilar un cuarto. No quiero vivir en la residencia, allí beben, fuman Los chicos van y vienen

¿Ah, sí? ¿Y cuánto puedes pagar?

Cinco euros Es todo lo que tengo

Bueno, pasa dentro, anda, venga.

Ay, ¿puedo ir otra vez al baño?

Claro, ve.

¿Cómo te llamas? pregunta Ana mientras la acompaña a la casa.

Olalla susurra la chica, como un ratoncillo. Sí, Olalla. Bueno Olalla, ¿y por qué has venido aquí? Ana la mira fijamente.

Yo una habitación

No me mientas Olalla ¿Por qué has venido?

¿Puedo ir otra vez al baño?

¿Pero qué te pasa muchacha?

No lo sé responde casi llorando No puedo aguantarme.

Bueno, ve, ve.

Ana sale tras ella.

¿Que vas tanto al baño por hacer pis o?

Solo pipí, me duele todo

Bueno, ahora hablaremos. Anda, ¿por qué has venido?

Olalla duda, parece reunir fuerzas.

Venga, te escucho. Si vienes a robar, ya te digo que aquí hay poco que llevarse. ¿Quién te envió?

Nadie, vine sola. ¿Usted usted es Ana Santamaría Martínez?

Yo misma, sí

No me reconoces ¿mamá? Soy yo, Olalla Tu hija.

Ana se sienta rígida. Ni un músculo de su rostro curtido por el frío y el viento se inmuta.

Olalla susurra la mujer hija mi Olalla

Sí, mamá Soy yo En el centro de menores no me daban tu dirección, decían que no correspondía, que no tocaba Pero convencí a la profesora, la de la FP, María Jesús, buenísima, ella me ayudó a buscarte Hicimos una solicitud, conseguimos el nombre completo y después, tus datos Y aquí estoy.

Ana permanece inmóvil, con lágrimas rodando por las mejillas.

Olalla hijita

Mamá, mamita chilla la chica abrazándose a su cuello. Cuánto te he buscado Te escribía cartas y se reían de mí, decían que me habías abandonado, que me dejaste como si fuera un objeto Pero yo sabía, mamá Yo sabía

Ana abraza con timidez a la chica. Sus manos ásperas y secas se aferran al grueso jersey de su hija Olalla

Permanece abrazadas, sin hablar, no hace falta. Más tarde, recordando los consejos de la abuela, Ana corre, prepara una infusión de anís, calienta agua, baña a su niña, a su Olalla preciosa.

Olallita, mi hija, motivo de mi vida. Ahora sí hay por qué vivir Dios quiso, no está todo perdido.

La huerta, el cerdito, comprarle un abrigo Tiene sus ahorros. Qué tonta ha sido, pensando en morir y de pronto, su niña, Olalla

***

Mamá.

¿Sí?

Mamita

A ver, habla, bribona.

Olallita coge un pastel de la bandeja, ya luce mofletes, y está vestida como una muñeca; la madre hasta parece rejuvenecida.

¡Mamáaaa!

¿Qué pasa ahora?

Estoy enamorada.

Vaya por Dios.

Sí, mamá. Es buenísimo. Se llama Iván. Quiere conocerte

Bueno No sé

Ana piensa que se acaban sus días felices. Dios da, Dios quita.

¿Qué te pasa, mamá?

Nada, hija Creciste tan deprisa No he tenido tiempo de disfrutar. Perdóname, Olalla

Mamá, ¿cómo dices eso? Escúchame ¿Qué bobadas piensas? Con Ivancito tendrás nietos, ¡anda ya! Tú eres mi mamá, mi amor, tanto como te busqué No digas tonterías.

La presentación va bien. Iván, un chico de pueblo, trabajador, sensato, conquista a Ana. Piensa que mejor yerno es imposible.

Tiempos difíciles, hay quien no tiene qué comer y quien da más de comer a su perro que a su familia.

Pero Ana, Olalla e Iván no pasan penurias. Ana cose bien; tras cerrar su fábrica entró en una cooperativa, allí pagan bien y viste a su hija y a su yerno con lo mejor.

Iván nunca está quieto: hace una valla nueva, repara la casa con sus hermanos, arregla el establo y construye un sitio para el cerdo. La casa ahora parece alegre, canta más desde que apareció Olalla.

El corazón de Ana se derrite, se calienta. Por fin desea vivir de nuevo, con fuerza triple, tras tantos años de penalidades y esa vergüenza de la que trata de no recordar. Solo a veces, de noche, vuelven los fantasmas y el llanto le ahoga

¿Mamá? ¿Te duele algo?

No, hija, duerme tranquila

¿Mamá, puedo dormir contigo?

Claro Ana se aparta un poco y su hija se acurruca a su lado.

Mi pequeña, mi niña, el corazón se desborda de amor. Éste es el amor de madre. Gracias Dios mío, por dejarme sentirlo.

Se celebró la boda, los jóvenes se quedan a vivir con Ana, que florece como el azafrán. Hasta en la cooperativa notan que la seria Ana Santamaría no puede contener la sonrisa, tiene las mejillas como amapolas.

Tendré nieto o nieta susurra en el descanso a las compañeras. Estoy nerviosa.

Qué hija más buena tiene Ana, exclaman envidiando su felicidad.

¡Es un nieto! Tanito, en honor a mi madre, la abuela de Olalla, tan estricta como justaríe Ana, ¡qué mono es!

Nunca había tenido bebés en brazos

Bueno, después de Olalla no, que tantos años han pasado. Ahora todo su pensamiento es para Tanito. El mejor, el más guapo. Y él tampoco escapa a su abuela.

Iván amplía la casa, un hogar enorme con sitio para todos, porque ¿cómo iban a pensar en vivir sin la madre?

Iván y sus hermanos montan empresa de reformas, abren una tienda de materiales, la familia vive tranquila

Y llega otra buena noticia: una niña, una nietecita.

¿Cuántos vestidos no habrá cosido Ana para su nieta, cuántos conjuntos? Marianita, preciosa, angelito.

Las risas infantiles llenan la casa.

Todo va bien, aunque Ana siente un ardor extraño en el pecho, cada vez más intenso.

Mamá, ¿dónde te duele mamá?

No pasa nada, mi niña, no pasa nada

***

Es tarde. Ya no podemos hacer más.

Doctor, doctor pero ella es mi madre

Lo entiendo. Lo siento de veras.

***

Hijita, Olalla me tengo que ir ya, perdóname, ya he vivido suficiente. Hace tiempo que los médicos me daban por perdida, pero tú me salvaste, viniste a por mí, mi niña.

No digas eso, mamá

Déjame hablar no me interrumpas, cariño No soy tu verdadera madre, Olalla. Perdóname

¡Mama! Eso nunca lo digas, a nadie, ¿oyes? Eres mía, sólo quiero escucharte, eres mi madre. ¿Entendido?

Sí, sí hija mía En la cómoda hay un cuaderno, mi diario Perdóname, Olallita. Te quiero, hija mía.

Y yo a ti, mamá Mamá Mamá

***

Come algo, Olla

Sí, Iván, ahora Ve tú, anda

Olalla se queda sola en la habitación de su madre, leyendo el cuaderno que le dejó. Ahí está la vida de Ana: dura, torpe, amarga y también luminosa.

Madre estricta, Antonia, padre muerto en la guerra.

Anita, Ani, mi florcilla.

Se enamoró de un ladrón, vida de pasiones, riesgos, sangre joven.

Se fue con el ladrón

Y llegó el desastre.

Muchos años perdida en el pozo, y de repente la vejez.

Bailó como una cigarra.

El ladrón se perdió en la cárcel, y no quedó nadie

Podía haber tenido un niño, pero lo perdió, enfriada en la nieve ayudando a su amante Juventud y tontería.

Lo perdió todo, hasta su instinto de madre

Sin hijos, sin mascotas, sólo la casa heredada de su madre, y al fin, un poco de paz.

Los médicos dijeron que esperase Rezó, pidió perdón Y entonces sufrió un milagro inesperado, no pudo desaprovechar la oportunidad.

Pensó que aunque fuera por poco, sabría lo que era ser madre, aunque solo fuera por un tiempo

Mi hija, Olallita, luz de mi vida, nunca pensé vivir tantoanota en tercera persona, felicidad, como el resto de la gente, trabajo, familia.

Hija tengo, alma mía, mi corazón. Y hasta la enfermedad parecía ceder.

Perdona Dios mío, por pedirlo, pero déjame un poco más, para cuidar de mis nietos y ayudar a mi niña

Al principio tenía miedo, temía que Olalla supiera la verdad, que no era su madre; que había un error

Pero después dejó de temer, comenzó a vivir una vida sencilla, normal. Por fin, creyó que lo merecía

Perdóname, hija mía, por haberte quitado a tu verdadera madre. Mi felicidad robada

Mamá llora Olalla Mamá de mi alma, ojalá me estés oyendo

Lo supe, lo supe desde el principio. Cuando vivía contigo me dijeron que los datos no concordaban, tú eras Ana Martínez, encontré a la otra, por curiosidad.

Ella misma me rechazó, se casó, yo molestaba

Ella tiene su familia, no le importaba yo, mamá.

Me tenía miedo, miedo de que nos vieran juntas, de lo que pensarían de mí. Intentó darme dinero, mamá

Me marché, huí, mamá.

¿Te acuerdas? Aquella vez enfermé mucho.

Tenía fiebre, ¿te acuerdas, mamá? Tú allí, conmigo Agradezco a Dios que me uniera a ti. Te busqué tantos años, eres tú mi madre

Qué bendición aquel error, o quizá no fue un error, quizá arriba sabían a dónde enviarnos.

¿Cómo vivir sin ti ahora, mamá?

Olalla, Olla

Déjala, Iván, que llore ha perdido a su madre

***

Abuela, ¿la abuela Ana era buena?

Muchísimo, cielo.

¿Y era guapa?

La más guapa, Anina.

¿Y quién la llamó así?

No sé, quizá su padre o su madre.

Tu abuelo o tu abuela.

Sí, ellos.

¿Y a mí me llamaste como la bisabuela? ¿Como tu madre?

Sí, yo y tu papá, que la quería mucho.

¿Ella me ve?

Por supuesto. Te observa y siempre te cuida.

Te quiero, bisabuela Anita la pequeña deja una coronita de margaritas en la tumba de su bisabuela.

Y yo a ti, pequeña susurra el chopo, y el viento la envuelve. Y nosotros a ti, añade el aireAnina se aleja, saltando entre las flores silvestres, mientras Olalla observa la lápida y se permite, por fin, una sonrisa. El sol se cuela entre las ramas, calentando la mañana, y el murmullo de la brisa parece una canción vieja, querida, que acompaña tantas generaciones.

Al fondo, Iván llama con dulzura: la comida está lista, los nietos esperan. Olalla recoge la coronita que casi se cae, la recoloca con primor y, antes de marcharse, acaricia la piedra fría.

Gracias, mamá. Gracias por enseñarme a querer susurra.

El viento, travieso, levanta un remolino de pétalos blancos y rosados y baila a su alrededor. Anina, desde la colina, se gira y agita la mano con alegría infinita. Su risa vuela, ligera, y por un instante, Olalla siente a Ana, joven y radiante, corriendo descalza por la huerta, llenando el aire de promesas.

En el hogar, la mesa está llena y nunca hay sitio de sobra, pero siempre cabe uno más, un lugar reservado, tapado con el mantel de la abuela, por si el cariño regresa en forma de memoria, de historia o de flor.

Y así, entre voces, juegos y recuerdos, la felicidad, esa que nunca fue del todo propia ni ajena, recorre la casa cada día, callada y humilde, hilando madres, hijas y nietas, como una costura brillante e indestructible en el alma de la familia.

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La felicidad ajena Ana estaba trabajando en su huerto; esta primavera había llegado temprano. Aunque sólo era finales de marzo, la nieve ya se había derretido por completo. Sabía que aún volvería el frío, pero mientras el sol calentaba, Ana salía al patio y sentía ganas de hacer algo: apuntalar la valla caída, reparar el cobertizo de la leña… Tendría que comprar unas gallinas y un cerdito, incluso un perrito y un gato. Ya está bien, se regañó Ana a sí misma con una sonrisa, ya es suficiente. Sentía ganas de arar la huerta cuanto antes, de arreglar los bancales, de respirar el aroma de la tierra natal, como en la infancia; descalzarse y correr descalza por el huerto recién arado, hundiendo los tobillos en esa tierra húmeda y tibia, suave como el algodón. —Aún nos queda vida por delante, —dijo Ana en voz alta, como hablando a alguien invisible. —Hola. Ana dio un respingo. Junto a la verja estaba una chica, adolescente, prácticamente una niña. Llevaba un abrigo gris, de esos que Ana conocía por ser repartidos en las escuelas de formación profesional; zapatos endebles y medias de color carne. Todavía no era tiempo de vestirse así—pensó Ana—es demasiado joven para exponerse, va a resfriarse, esos zapatos son pura basura, con suela de cartón… lo advirtió rápidamente. La niña movía nerviosamente sus delgadas piernas. —Hola —dijo Ana, seca. —Perdón, ¿puedo usar su baño? —Vaya, pues adelante. Todo recto y luego giras la esquina. Ana observó con interés cómo la chica se iba corriendo. —Gracias, me ha salvado. Estoy buscando alquiler, ¿no tendrá una habitación, por casualidad? —No pensaba alquilar, ¿y tú para qué la quieres? —Quiero alquilar una, no quiero vivir en la residencia, allí beben y fuman todo el rato. Chicos entrando y saliendo… —¿Ah sí? ¿Y cuánto piensas pagar? —Cinco rublos… no tengo más. —Bueno, pasa, anda, entra en casa. —Ay, ¿puedo usar otra vez el baño? —Ve, ve… —¿Cómo te llamas? —preguntó Ana mientras entraban en casa. —Olia —musitó la niña, casi como un ratoncito.— Olia, entonces. Bueno… ¿Olia, a qué has venido? —Ana la miró de frente. —Yo… busco habitación… —No me mientas… Olia… ¿A qué has venido, dime? —Ay, ¿puedo ir otra vez al baño…? —¿Pero qué te pasa, niña? —No lo sé —respondió la chica entre lágrimas—, no aguanto más. —Corre, ve… Ana salió tras la chica. —¿Estás yendo al baño porque sí, o es algo más? —No, de verdad, sólo orinar, me duele mucho… —Luego lo veremos, ahora dime, ¿por qué has venido? Silencio. La chica reunía fuerzas. —¿Bueno?… Te escucho. Si vienes a robar, aquí no hay nada. Dime, ¿quién te ha mandado? —Nadie, yo sola. ¿Usted… usted es Samoilova Ana Pavlovna? —¿Yo? Pues sí… —No me reconoce… ¿mamá? Soy yo, Olia… tu hija. Ana se quedó recta como un palo, ni un músculo se movió en su cara endurecida por los vientos y el frío. —Olia… —musitó la mujer— hija… Olyushka… —Sí, sí, mamita… soy yo… No me daban tu dirección en el orfanato, imagínate, decían que no se podía, mamá… Pero convencí a una profesora que es muy buena, en la escuela-taller, Anastasia Serguéievna, me ayudó, hicimos una solicitud y así supimos tu nombre, tus apellidos y patronímico, después conseguimos la dirección… y aquí estoy. Ana no se movía, pero las lágrimas corrían por sus mejillas. —Olia, Olyushka… hijita… —Mami, mamita —gimió la chica abrazando a la mujer—, cuánto te he buscado, mamá. Escribía cartas, y se reían, decían que me habías abandonado, que me habías regalado como si fuera una cosa… Pero yo creía, mamá… Yo te creía… Ana abrazó tímidamente a la chica llorosa, sus manos duras, llenas de callos, se aferraban al grueso suéter de lana de Olia, su hija… su hijita, Olyushka… Quedaron abrazadas, sin ganas ni de hablar, todo estaba claro. Después, recordando las enseñanzas de la abuela, y su amarga experiencia, Ana fue y vino, calentó agua, preparó infusión de eneldo y cuidó con esmero a su hija, su bella Olyushka. Olenka, hijita, sentido de vida. Ahora hay motivos para vivir, Dios se apiadó, no todo está perdido… El huerto, el cerdito, hay que arreglarle el abrigo. Aún le queda un dinerillo guardado. Ella, tan inocente, ya se preparaba a morir, y ahora llegó su Olyushka… *** —Mami, —¿Sí? —Mamita… —¿Qué pasa, zalamera? Olechka coge una empanadilla de la mesa, se le han redondeado ya las mejillas, mamá la viste como una muñeca, y ella misma parece rejuvenecer… —Mamusitaaa… —¿Qué pasa, hija? —Mamá, me he enamorado. —¡Vaya! —Sí. Mamá, es tan bueno. Se llama Iván. Quiere conocerte… —No sé… Pero pensó que los días felices se estaban acabando. Él da, él quita. —Mamá, ¿qué te pasa, mamá…? —Nada, hija, nada, cariño. Has crecido tan rápido, no he tenido tiempo de disfrutarlo, ni de saborearlo… Perdóname, Olyushka… —Mamá, mamita, no digas eso. ¿Cómo puedes? Ni se te ocurra. Si tú… si tú supieras, mi querida… Si vieras cuánto te amo, cuánto tiempo te busqué… ¡Nada de eso! Mamita mía… La presentación fue bien. Iván, chico del pueblo, trabajador, sensato, le gustó a Ana, por ese sí daba la hija. Eran tiempos duros, algunos no tenían que comer y otros alimentaban mejor a los perros que a la gente. Ana, Olechka y Vania no pasaban hambre; Ana cosía bien y cuando cerraron la fábrica se fue a una cooperativa, allí le pagaban bien, vistió a su niña y a su yerno con ropa de calidad. Vania no paraba, hizo una valla nueva, renovó la casa con sus hermanos, arreglaron el baño ruso, el gallinero… La casita cobraba vida, más aún desde que apareció Olyushka, su querida, buena y bella. El corazón de Ana se derritió, revivió. Le habían entrado las ganas de vivir con fuerza, por lo que le quedaba, por todo lo pasado, por lo que intenta olvidar. Y sólo a veces por la noche, como una ola, la abrumaba la pena, hasta el punto que no podía reprimir un gemido… —Mamita, ¿qué tienes? ¿Te duele algo? —No, hijita, duerme, duerme, mi niña… —Mamá, ¿puedo dormir contigo? —Claro —Ana se arrima a la pared y deja espacio a su hija. Mi pequeña, niña mía, qué amor más grande hay que el de una madre. Gracias, Dios mío, por permitirme sentirlo. Celebraron la boda; los jóvenes se quedaron en casa con Ana; ella florecía como una amapola. Hasta en el trabajo lo notaban, siempre tan seria, Ana Pavlovna no podía ocultar la sonrisa y tenía las mejillas encendidas. —Voy a tener nieto o nieta —susurró en el descanso a sus compañeras—. ¡Ay qué nervios! Qué suerte tiene la hija de Ana Pavlovna, dicen las chicas, con el amor con que la cuida. ¡Un nieto! ¡Antón! … En honor a mi madre, la abuela de Olyushka, que fue estricta pero justa —dice Ana alegre—, qué bonito es, ay no aguanto, chicas… Nunca había tenido así a un bebé en brazos… Bueno, después de Olyushka, nunca; había pasado tanto tiempo. Lo tengo y el corazón me late en la cabeza, esto es la felicidad. Ahora todos los pensamientos son para Antonchik. El mejor, el más guapo. Y él, el nieto de la abuela, pegadito a ella. Vania se embarcó en una reforma, construyó una casa enorme, y Ana tenía su espacio, ¿cómo no? Ni se les pasaba por la mente vivir sin mamá. Los chicos triunfaron; Vania y sus hermanos montaron una empresa de construcción, abrieron una tienda de materiales de obra, vivían tranquilos… Y otra buena noticia: vendrá una niña, una nietecita. Cuántos vestidos cosió Ana para su nietecita, qué conjuntos le preparó. Marinita, niña preciosa. La risa de los niños nunca deja de sonar en la casa. Todo iba bien para Ana, pero empezó a sentir un ardor constante en el pecho, qué dolor… —Mamá, mi querida, ¿por qué no decías nada? ¿Te duele? ¿Dónde? —Todo está bien, hija, todo va bien… ***. … Es tarde, no podemos hacer nada. —Doctor, doctor, ¿cómo es posible? Ella… ella… ¡es mi madre! —Lo siento, comprendo… *** —Hijita, Olyushka… ya me toca, perdóname, ya he vivido mucho. Hace tiempo que se olvidaron de mí, pero tú me salvaste, viniste, mi querida… —No digas eso, mamá… —Hija, déjame decirte, no me interrumpas… Yo no soy tu verdadera madre, Olia… perdóname… —¡Mamá! ¡Mamita, nunca digas eso a nadie! Eres mía, ni quiero oírlo, eres mi madre… mi mamita. ¿Entendido? —Sí, sí… hija… Lo entiendo, mi corazón… En la libreta, mi diario… Perdóname, Olenka. Te quiero mucho, hija. —Y yo a ti, mamita… Mamá… Mamá… *** —Olia, deberías comer algo… —Sí, Vania. Ahora… ve tú… Olia estaba en la habitación de su madre, leyendo la libreta, su “diario”. Allí estaba la vida de Ana. Despiadada, tortuosa, rota y alegre. Otro carácter: madre severa, Antonia Karpovna; el padre murió en la guerra. Anushka, Anyutka, Ana-florecilla. Se enamoró de un ladrón, ¡vaya vida salvaje! Diversión, peligro, la sangre bulle. Se fue con el ladrón… Y todo se desmorona… Un pozo que la arrastró durante años, y luego la vejez, de golpe. La cigarra saltó y saltó. El ladrón desapareció en prisión, y ya nadie queda… Si hubiera tenido un hijo, pero lo perdió en la nieve, ayudando a su ladrón a huir, juventud, estupidez… Lo perdió todo, todo lo de mujer… Ni hijo, ni cachorro, sólo la casa de su madre quedó; se asentó, se fue descongelando, aguantó un poco más. Los médicos le decían que esperase, que quizás sí, quizás no. Fue a la iglesia, rezó por perdón, le costó… Y entonces Él le envió esa alegría inesperada y no pudo dejar pasar la oportunidad. Pensaba que al menos un poco sería madre, al menos sabría cómo era, lo sentiría… Hija, Olenka, la luz de mi vida. Ana nunca pensó vivir tanto —escribe en tercera persona—, felicidad, felicidad, como todo el mundo, vivo, trabajo. Tengo hija, mi alma, mi corazón. Y hasta la enfermedad parecía ceder. Perdóname, Dios mío, por pedir esto: déjame vivir más, cuidar de mis nietos, ayudar a mi hija… Se relajó, primero tenía miedo. Miedo de que la verdad saliera a la luz, que no era madre, sólo tocaya, o que algo se había confundido. Luego dejó de temer, comenzó a vivir una vida sencilla, humana. Por fin creyó ser digna… Perdóname, hija, perdona que te robé a tu madre verdadera. Así es mi felicidad robada… —Mamita —llora Olyushka—, mi querida mamá. Espero de todo corazón que me oigas. Lo sabía, casi enseguida lo supe. Cuando vivía contigo, vi que los datos no coincidían, era Ana Ivanovna, la busqué, por curiosidad. Ella fue la que me rechazó, se casó y yo le molestaba, mamá… Vive, tiene familia, nunca le importé, mamá. Tenía miedo, tenía miedo de que nos vieran juntas. Que supieran de mí, me daba dinero, mamá… Me fui, corrí, mamá. ¿Recuerdas que enfermé mucho aquella vez? Tuve fiebre, ¿recuerdas, mamita? Mi querida, doy gracias a Dios que nos juntó. Tanto tiempo te busqué. Tú eres mi mamá… Qué bien que se equivocaron entonces, o quizás no fue un error, allá arriba saben a quién mandar y a dónde. ¿Cómo podré vivir otra vez sin ti, mamá…? —Olia, Olechka… —Vania, déjala llorar, acaba de enterrar a su madre… *** —Abuela, ¿la abuela Ana era buena? —Mucho, hija. —¿Y era guapa? —La más guapa, Anechka. —¿Y quién le puso ese nombre? —No sé, quizás su padre, o su madre… —¿Tu abuelo, o tu abuela? —Sí, mi abuelo o mi abuela. —¿Y a mí me llamaste como a la bisabuela? ¿Como a tu mamá? —Sí, yo y tu padre. Él quería mucho a su abuela. —¿Ella puede verme? —Claro que te ve, te cuida y siempre te va a ayudar. —Te quiero, bisabuela Anechka —dice la niña, dejando una corona de dientes de león en la tumba de su bisabuela. —Y yo a ti, hija —susurra el abedul—, y nosotros también, responde el viento.
Mamá, en casa no tenemos precisamente una joya: —Ana, ¿otra vez has dejado la toalla mojada en el colgador del baño? La voz de la suegra se escuchó desde el pasillo en cuanto Ana cruzó el umbral tras la jornada de trabajo. Valentina, con los brazos cruzados, fulminó a su nuera con la mirada. —Está ahí para que se seque —Ana se quitó los zapatos—. Para eso está el colgador. —En las casas de bien, las toallas se ponen en el tendedero. Claro, tú de eso poco sabes. Ana pasó de largo, sin responder. Veintiocho años, dos carreras, un puesto de responsabilidad… ¿y sigue aguantando reproches por las toallas? Todos los días. Valentina la siguió con la mirada, insatisfecha. Esa actitud suya de callar, de ignorar, de comportarse como si fuera la reina de la casa… A Valentina no le cayó bien desde el principio. Fría. Altiva. Para su hijo, mejor una mujer del hogar, no esa estatua. Los días siguientes, Valentina observó. Apuntó. Recordó… —Arturito, recoge los juguetes antes de cenar. —No quiero. —No es cuestión de querer, recógelos. El pequeño de seis años resopló, pero fue a reunir los soldaditos. Ana ni siquiera le miró, seguía cortando verduras. Valentina miraba desde el salón. Ahí estaba, esa frialdad. Sin sonreír, sin una palabra cariñosa, solo órdenes. Pobre niño. —Abuela —Arturo subió al sofá a su lado después de que Ana entrara a doblar la ropa—. ¿Por qué mamá siempre es tan borde? Valentina le acarició la cabeza. Era el momento perfecto. —Verás, cielo… Hay quienes no son capaces de demostrar amor. Es triste. —¿Y tú sabes? —Por supuesto, cariño. La abuela te quiere mucho. La abuela no es mala. Arturo se acurrucó más. Valentina sonrió. Siempre que quedaban a solas, añadía pinceladas nuevas. Sin prisa. Paso a paso. —Mamá no me ha dejado ver dibujos hoy —se quejó Arturito una semana después. —Pobrecito… Mamá es muy severa, ¿verdad? A veces también me parece que contigo se pasa. Pero tú no sufras, ven conmigo, que yo siempre te entiendo. El niño asentía, absorbiendo cada palabra. Abuela buena, abuela comprende… Mamá… —Mira —Valentina bajaba la voz, cómplice—, hay mamás que no saben ser dulces. No es culpa tuya, Arturito. Eres un niño maravilloso. Es tu madre la que no es buena. Arturito la abrazó. Algo frío se instaló en su pecho al pensar en mamá. Un mes después, Ana lo notó. —Arturo, hijo, ven, dame un abrazo. El niño se apartó. —No quiero. —¿Por qué? —No más que no quiero. Y corrió hacia la abuela. Ana se quedó en mitad de la habitación, los brazos en alto. Algo se había roto y no sabía cuándo. Valentina contempló desde el pasillo, satisfecha. —Cariño —intentó Ana en el sofá junto al niño esa noche—, ¿estás enfadado conmigo? —No. —Entonces, ¿por qué no quieres jugar conmigo? Arturito encogió los hombros. Mirada distante. —Prefiero estar con la abuela. Ana lo dejó ir. Un dolor sordo le llenaba el pecho. —No reconozco a Arturo —dijo Ana a su marido una noche—. Antes no era así. —Vamos, mujer. Los críos son así. —No son caprichos… Me mira como si fuera a hacerle daño. —Exageras, Ana, mi madre solo le cuida cuando trabajamos. Ana quiso replicar, pero él ya estaba con el móvil. —Tu madre te quiere —decía Valentina, arropando al nieto en las noches en que los padres tardaban—. Pero de una forma fría, estricta… No todas las mamás saben ser buenas, ¿lo entiendes? —¿Por qué, abuela? —Así es la vida, cielo. La abuela nunca te hará daño. Siempre te protegerá. No como mamá. Arturito se dormía con esas palabras, y cada mañana miraba a su madre con más recelo. Ya ni disimulaba a quién prefería. —¿Vamos al parque? —propuso Ana. —Quiero ir con la abuela. —Pero, Arturo… —¡Con la abuela! Valentina le cogió la mano. —Déjale en paz, ¿no ves que no quiere? Vamos, Arturito, la abuela te invita a un helado. Y se marcharon. Ana les vio irse y sintió un peso insoportable. Su propio hijo la rechazaba. Esa noche, en la cocina, Ana ni miraba el té frío. —Ana, voy a intentar hablar con él —prometió Maximiliano. Ella solo asintió. No le quedaban palabras. Maxi se sentó junto al niño en la habitación. —Arturo, cuéntale a papá, ¿por qué no quieres estar con mamá? El niño bajó la cabeza. —Nada… —¿Te ha hecho daño mamá? —No… —Entonces, ¿qué pasa? Silencio. Un niño de seis años no sabe decir lo que siente. La abuela dice que mamá es mala, fría. Será verdad. Abuela no miente. Maxi salió de la habitación igual que había entrado. Mientras, Valentina planeaba el siguiente paso. Ana estaba débil, se notaba. En nada, la “estirada” haría las maletas. Maxi se merecía mejor. —Arturito —le detuvo en el pasillo al día siguiente mientras Ana se duchaba—, ¿verdad que la abuela te quiere más que nadie en el mundo? —Sí. —Y, mamá… mamá no es muy buena, ¿verdad? No abraza, no acaricia… pobrecito mío. No oyó los pasos tras de sí. —Mamá. Valentina se giró. Maxi estaba en el marco de la puerta, pálido. —Arturo, ve a tu cuarto —ordenó. El niño salió corriendo. —Maxi, sólo… —Lo he oído todo. Silencio. —¿Llevas todo este tiempo poniéndole en contra de Ana? —Me preocupo por mi nieto. Ella con él es un sargento… —¿Estás loca? Valentina retrocedió. Su hijo nunca le miró así, con asco. —Maxi, escúchame… —No. Ahora escuchas tú. Has manipulado a mi hijo contra su madre. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? —¡Quería lo mejor! —¿Mejor? ¡Ahora Arturo huye de su madre, Ana ya no puede más! ¿Eso es lo mejor? Valentina alzó la barbilla. —Muy bien. No te conviene. Fría, mala, insensible… —¡Basta! El grito los dejó helados. —Haz las maletas. Esta noche. —¿Me echas de tu casa? —Protejo a mi familia. De ti. Valentina abrió la boca, vaciló. En la mirada de su hijo estaba la sentencia. Sin segundas oportunidades. Una hora después, Valentina se marchó. Sin despedidas… Maxi encontró a Ana en el dormitorio. —Ya sé por qué Arturo ha cambiado. Ana le miró, los ojos rojos. —Mi madre. Llevaba tiempo diciéndole que tú eres mala, que no le quieres de verdad. Todo este tiempo le ponía en tu contra. Ana se quedó callada. Luego suspiró hondo. —Creía que me estaba volviendo loca. Que era una mala madre. Maxi la abrazó. —Eres una madre maravillosa. La que no estuvo bien fue mi madre. No se acercará más a Arturo. Las siguientes semanas fueron duras. Arturo preguntaba por la abuela, sin entender su ausencia. Los padres le hablaban con paciencia. —Hijo —Ana le acariciaba el pelo—, lo que dijo la abuela de mí… no es verdad. Te quiero mucho. El niño miraba desconfiado. —Pero eres borde. —No borde, sino estricta. Para que crezcas bien. La firmeza también es cariño, ¿entiendes? Arturo pensó mucho rato. —¿Me das un abrazo? Ana le abrazó tan fuerte que Arturo se rió… Poco a poco —día tras día— fue volviendo el verdadero Arturo. El que corría a enseñarle un dibujo a mamá. El que se dormía con sus nanas. Maxi veía a su esposa y a su hijo jugando en el salón, y pensaba en su madre. Ella llamó varias veces, Maxi no respondió. Valentina se quedó sola en su piso. Sin nieto, sin hijo. Todo por querer evitar que Maxi estuviese con la mujer equivocada. Al final, los perdió a ambos. Ana apoyó la cabeza en el hombro de Maxi. —Gracias por arreglarlo. —Perdón por tardar tanto en darme cuenta. Arturo se les subió al regazo. —Papá, mamá, ¿vamos mañana al Zoo? A veces, la vida sí se arregla…