La felicidad ajena
Ana está removiendo la tierra de su pequeño huerto. Esta primavera ha llegado temprano, aún es finales de marzo, pero ya no queda ni rastro de nieve. Ana sabe que los fríos regresarán, que aún es pronto, pero mientras el sol tibio la acaricia, no puede evitar salir y ponerse a hacer cosas: apuntala la valla caída, arregla el cobertizo de leña.
Piensa en que tendrá que comprar gallinas y un cerdito, y también adoptar un perro y un gato. Ya ha caminado bastante, se dice con media sonrisa, ya basta. Tiene prisa por arar el huerto y preparar los bancales, respirar el aroma de su tierra, descalzarse como cuando era niña y correr sobre la tierra recién removida, hundiendo los tobillos en la tierra húmeda y cálida, tan suave como el algodón.
Aún nos queda mucho por vivir murmura Ana en voz alta, como hablando con alguien invisible.
Buenas tardes.
Ana sobresalta. En la verja está una chica, una adolescente aún, casi una niña. Lleva una gabardina gris, como las que dan en los institutos de FP del pueblo. Zapatos endebles, medias color carne.
No es tiempo aún para ir tan ligera, piensa Ana. Se va a resfriar, pobre cría, con esos zapatos de suela de papel Más barata la basura.
La chica duda unos segundos, jugando con el pie en el suelo.
Hola responde Ana, seca.
Perdón, ¿podría usar su baño?
Anda, sí, pasa. Todo recto y luego giras a la derecha.
Ana observa intrigada cómo la muchacha corre hacia el baño.
Muchas gracias, me ha salvado Busco habitación, ¿usted alquila alguna, por casualidad?
No lo tenía pensado ¿Y para qué quieres alquilar?
Quería alquilar un cuarto. No quiero vivir en la residencia, allí beben, fuman Los chicos van y vienen
¿Ah, sí? ¿Y cuánto puedes pagar?
Cinco euros Es todo lo que tengo
Bueno, pasa dentro, anda, venga.
Ay, ¿puedo ir otra vez al baño?
Claro, ve.
¿Cómo te llamas? pregunta Ana mientras la acompaña a la casa.
Olalla susurra la chica, como un ratoncillo. Sí, Olalla. Bueno Olalla, ¿y por qué has venido aquí? Ana la mira fijamente.
Yo una habitación
No me mientas Olalla ¿Por qué has venido?
¿Puedo ir otra vez al baño?
¿Pero qué te pasa muchacha?
No lo sé responde casi llorando No puedo aguantarme.
Bueno, ve, ve.
Ana sale tras ella.
¿Que vas tanto al baño por hacer pis o?
Solo pipí, me duele todo
Bueno, ahora hablaremos. Anda, ¿por qué has venido?
Olalla duda, parece reunir fuerzas.
Venga, te escucho. Si vienes a robar, ya te digo que aquí hay poco que llevarse. ¿Quién te envió?
Nadie, vine sola. ¿Usted usted es Ana Santamaría Martínez?
Yo misma, sí
No me reconoces ¿mamá? Soy yo, Olalla Tu hija.
Ana se sienta rígida. Ni un músculo de su rostro curtido por el frío y el viento se inmuta.
Olalla susurra la mujer hija mi Olalla
Sí, mamá Soy yo En el centro de menores no me daban tu dirección, decían que no correspondía, que no tocaba Pero convencí a la profesora, la de la FP, María Jesús, buenísima, ella me ayudó a buscarte Hicimos una solicitud, conseguimos el nombre completo y después, tus datos Y aquí estoy.
Ana permanece inmóvil, con lágrimas rodando por las mejillas.
Olalla hijita
Mamá, mamita chilla la chica abrazándose a su cuello. Cuánto te he buscado Te escribía cartas y se reían de mí, decían que me habías abandonado, que me dejaste como si fuera un objeto Pero yo sabía, mamá Yo sabía
Ana abraza con timidez a la chica. Sus manos ásperas y secas se aferran al grueso jersey de su hija Olalla
Permanece abrazadas, sin hablar, no hace falta. Más tarde, recordando los consejos de la abuela, Ana corre, prepara una infusión de anís, calienta agua, baña a su niña, a su Olalla preciosa.
Olallita, mi hija, motivo de mi vida. Ahora sí hay por qué vivir Dios quiso, no está todo perdido.
La huerta, el cerdito, comprarle un abrigo Tiene sus ahorros. Qué tonta ha sido, pensando en morir y de pronto, su niña, Olalla
***
Mamá.
¿Sí?
Mamita
A ver, habla, bribona.
Olallita coge un pastel de la bandeja, ya luce mofletes, y está vestida como una muñeca; la madre hasta parece rejuvenecida.
¡Mamáaaa!
¿Qué pasa ahora?
Estoy enamorada.
Vaya por Dios.
Sí, mamá. Es buenísimo. Se llama Iván. Quiere conocerte
Bueno No sé
Ana piensa que se acaban sus días felices. Dios da, Dios quita.
¿Qué te pasa, mamá?
Nada, hija Creciste tan deprisa No he tenido tiempo de disfrutar. Perdóname, Olalla
Mamá, ¿cómo dices eso? Escúchame ¿Qué bobadas piensas? Con Ivancito tendrás nietos, ¡anda ya! Tú eres mi mamá, mi amor, tanto como te busqué No digas tonterías.
La presentación va bien. Iván, un chico de pueblo, trabajador, sensato, conquista a Ana. Piensa que mejor yerno es imposible.
Tiempos difíciles, hay quien no tiene qué comer y quien da más de comer a su perro que a su familia.
Pero Ana, Olalla e Iván no pasan penurias. Ana cose bien; tras cerrar su fábrica entró en una cooperativa, allí pagan bien y viste a su hija y a su yerno con lo mejor.
Iván nunca está quieto: hace una valla nueva, repara la casa con sus hermanos, arregla el establo y construye un sitio para el cerdo. La casa ahora parece alegre, canta más desde que apareció Olalla.
El corazón de Ana se derrite, se calienta. Por fin desea vivir de nuevo, con fuerza triple, tras tantos años de penalidades y esa vergüenza de la que trata de no recordar. Solo a veces, de noche, vuelven los fantasmas y el llanto le ahoga
¿Mamá? ¿Te duele algo?
No, hija, duerme tranquila
¿Mamá, puedo dormir contigo?
Claro Ana se aparta un poco y su hija se acurruca a su lado.
Mi pequeña, mi niña, el corazón se desborda de amor. Éste es el amor de madre. Gracias Dios mío, por dejarme sentirlo.
Se celebró la boda, los jóvenes se quedan a vivir con Ana, que florece como el azafrán. Hasta en la cooperativa notan que la seria Ana Santamaría no puede contener la sonrisa, tiene las mejillas como amapolas.
Tendré nieto o nieta susurra en el descanso a las compañeras. Estoy nerviosa.
Qué hija más buena tiene Ana, exclaman envidiando su felicidad.
¡Es un nieto! Tanito, en honor a mi madre, la abuela de Olalla, tan estricta como justaríe Ana, ¡qué mono es!
Nunca había tenido bebés en brazos
Bueno, después de Olalla no, que tantos años han pasado. Ahora todo su pensamiento es para Tanito. El mejor, el más guapo. Y él tampoco escapa a su abuela.
Iván amplía la casa, un hogar enorme con sitio para todos, porque ¿cómo iban a pensar en vivir sin la madre?
Iván y sus hermanos montan empresa de reformas, abren una tienda de materiales, la familia vive tranquila
Y llega otra buena noticia: una niña, una nietecita.
¿Cuántos vestidos no habrá cosido Ana para su nieta, cuántos conjuntos? Marianita, preciosa, angelito.
Las risas infantiles llenan la casa.
Todo va bien, aunque Ana siente un ardor extraño en el pecho, cada vez más intenso.
Mamá, ¿dónde te duele mamá?
No pasa nada, mi niña, no pasa nada
***
Es tarde. Ya no podemos hacer más.
Doctor, doctor pero ella es mi madre
Lo entiendo. Lo siento de veras.
***
Hijita, Olalla me tengo que ir ya, perdóname, ya he vivido suficiente. Hace tiempo que los médicos me daban por perdida, pero tú me salvaste, viniste a por mí, mi niña.
No digas eso, mamá
Déjame hablar no me interrumpas, cariño No soy tu verdadera madre, Olalla. Perdóname
¡Mama! Eso nunca lo digas, a nadie, ¿oyes? Eres mía, sólo quiero escucharte, eres mi madre. ¿Entendido?
Sí, sí hija mía En la cómoda hay un cuaderno, mi diario Perdóname, Olallita. Te quiero, hija mía.
Y yo a ti, mamá Mamá Mamá
***
Come algo, Olla
Sí, Iván, ahora Ve tú, anda
Olalla se queda sola en la habitación de su madre, leyendo el cuaderno que le dejó. Ahí está la vida de Ana: dura, torpe, amarga y también luminosa.
Madre estricta, Antonia, padre muerto en la guerra.
Anita, Ani, mi florcilla.
Se enamoró de un ladrón, vida de pasiones, riesgos, sangre joven.
Se fue con el ladrón
Y llegó el desastre.
Muchos años perdida en el pozo, y de repente la vejez.
Bailó como una cigarra.
El ladrón se perdió en la cárcel, y no quedó nadie
Podía haber tenido un niño, pero lo perdió, enfriada en la nieve ayudando a su amante Juventud y tontería.
Lo perdió todo, hasta su instinto de madre
Sin hijos, sin mascotas, sólo la casa heredada de su madre, y al fin, un poco de paz.
Los médicos dijeron que esperase Rezó, pidió perdón Y entonces sufrió un milagro inesperado, no pudo desaprovechar la oportunidad.
Pensó que aunque fuera por poco, sabría lo que era ser madre, aunque solo fuera por un tiempo
Mi hija, Olallita, luz de mi vida, nunca pensé vivir tantoanota en tercera persona, felicidad, como el resto de la gente, trabajo, familia.
Hija tengo, alma mía, mi corazón. Y hasta la enfermedad parecía ceder.
Perdona Dios mío, por pedirlo, pero déjame un poco más, para cuidar de mis nietos y ayudar a mi niña
Al principio tenía miedo, temía que Olalla supiera la verdad, que no era su madre; que había un error
Pero después dejó de temer, comenzó a vivir una vida sencilla, normal. Por fin, creyó que lo merecía
Perdóname, hija mía, por haberte quitado a tu verdadera madre. Mi felicidad robada
Mamá llora Olalla Mamá de mi alma, ojalá me estés oyendo
Lo supe, lo supe desde el principio. Cuando vivía contigo me dijeron que los datos no concordaban, tú eras Ana Martínez, encontré a la otra, por curiosidad.
Ella misma me rechazó, se casó, yo molestaba
Ella tiene su familia, no le importaba yo, mamá.
Me tenía miedo, miedo de que nos vieran juntas, de lo que pensarían de mí. Intentó darme dinero, mamá
Me marché, huí, mamá.
¿Te acuerdas? Aquella vez enfermé mucho.
Tenía fiebre, ¿te acuerdas, mamá? Tú allí, conmigo Agradezco a Dios que me uniera a ti. Te busqué tantos años, eres tú mi madre
Qué bendición aquel error, o quizá no fue un error, quizá arriba sabían a dónde enviarnos.
¿Cómo vivir sin ti ahora, mamá?
Olalla, Olla
Déjala, Iván, que llore ha perdido a su madre
***
Abuela, ¿la abuela Ana era buena?
Muchísimo, cielo.
¿Y era guapa?
La más guapa, Anina.
¿Y quién la llamó así?
No sé, quizá su padre o su madre.
Tu abuelo o tu abuela.
Sí, ellos.
¿Y a mí me llamaste como la bisabuela? ¿Como tu madre?
Sí, yo y tu papá, que la quería mucho.
¿Ella me ve?
Por supuesto. Te observa y siempre te cuida.
Te quiero, bisabuela Anita la pequeña deja una coronita de margaritas en la tumba de su bisabuela.
Y yo a ti, pequeña susurra el chopo, y el viento la envuelve. Y nosotros a ti, añade el aireAnina se aleja, saltando entre las flores silvestres, mientras Olalla observa la lápida y se permite, por fin, una sonrisa. El sol se cuela entre las ramas, calentando la mañana, y el murmullo de la brisa parece una canción vieja, querida, que acompaña tantas generaciones.
Al fondo, Iván llama con dulzura: la comida está lista, los nietos esperan. Olalla recoge la coronita que casi se cae, la recoloca con primor y, antes de marcharse, acaricia la piedra fría.
Gracias, mamá. Gracias por enseñarme a querer susurra.
El viento, travieso, levanta un remolino de pétalos blancos y rosados y baila a su alrededor. Anina, desde la colina, se gira y agita la mano con alegría infinita. Su risa vuela, ligera, y por un instante, Olalla siente a Ana, joven y radiante, corriendo descalza por la huerta, llenando el aire de promesas.
En el hogar, la mesa está llena y nunca hay sitio de sobra, pero siempre cabe uno más, un lugar reservado, tapado con el mantel de la abuela, por si el cariño regresa en forma de memoria, de historia o de flor.
Y así, entre voces, juegos y recuerdos, la felicidad, esa que nunca fue del todo propia ni ajena, recorre la casa cada día, callada y humilde, hilando madres, hijas y nietas, como una costura brillante e indestructible en el alma de la familia.







