Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde ha salido. Me avergüenzo de ti. Vete a vivir a la casa de la abuela y hazte adulta. Siente el peso de tus actos.
¿Has oído, Carmen? Han traído gente de Madrid de apoyo a los nuestros. ¿Vamos esta noche al centro social? dijo Leonor estirándose, soñolienta, en el sillón, mientras el reloj caía en picado y la realidad empezaba a deshilacharse.
¿Pero tú estás loca, Leo? ¿Y a Lucerito dónde lo dejo? ¿Me lo llevo conmigo a bailar flamenco por la plaza? rió Carmen, imaginando un animalillo en el regazo.
¿Y si le pides a la tía Encarnita? susurró Leonor, en el lenguaje irrepetible de las siestas de junio.
Carmen agitó la mano en el aire, dispersando palabras sin orden.
Ni lo sueñes. Todavía no me perdona lo de tener un hijo. Ella, emperrada en casarme con Gonzalo, y yo me fui a Salamanca pensando estudiar. Al final ni entré y volví embarazada. Un año estuvo sin dirigirme la palabra. Hace dos meses que me habla, y aún así sólo de vez en cuando. Vete con otra, a ver si tienes suerte y encuentras lo que buscas.
Leonor suspiró, como si estuviera hecha de girasoles.
Bueno, iré con Teresa. Mañana te lo cuento todo, todito.
Cuando el mundo era todavía joven y azul, Carmen acostó a Lucerito y salió a la terraza con la manta de la abuela. El eco de la orquesta llegaba en ráfagas: palmas, risas, los volantes de los vestidos girando bajo las farolas. Se imaginó a Leonor, seguro que con su vestido de rayas que la hacía parecerse a una abeja recostada en la panadería, derritiéndose de alegría. Carmen sonrió y sintió nostalgia de una alegría que no había sido suya.
Despertó nublada, y a Leonor la acompañaba, inevitable, la visita de su propia madre. Carmen se llevó el dedo a los labios pero el embarazo de las palabras de Leonor no pudo frenarse.
¡Ay, lo que te perdiste! Unos chicos… Uno incluso me acompañó hasta casa. Se llama Ramón. Parlanchín, con esa gracia de los andaluces. Y hoy tengo cita Leonor lo dijo de un tirón, sin respirar.
La madre de Carmen, con voz de martillo:
Seguro que casado, ¿verdad?
Leonor se encogió de hombros, como quien teme que la realidad se desmorone si la cita demasiado.
Ni idea, no voy pidiendo el libro de familia por ahí. Y si lo está, por lo menos tengo una historia para las tertulias.
Ay, niñas, ¿qué hacéis? Mira que Gonzalo sería buena pareja. Bueno, la mía ya perdió su tren, pero tú, Leonor, todavía puedes enredarle con tu encanto la tía Encarnita se inflamó con su idea.
Pero Encarnita, ¿qué dices? ¡Nadie quiere esa suerte! Ni la madre de él… Virgencita, líbrame de tales tormentos rió Leonor.
Y volviendo a Carmen:
Allí estaba uno, con los ojos de otro mundo. Todas las chicas hipnotizadas. No bailó con nadie, ni una palabra. Sólo miraba, como si buscara otra cosa.
Hubo un giro irreal, y la tía Encarnita murmuró:
Tú también deberías ir, Carmen. Yo cuido a Lucerito. Quién sabe si encuentras a alguien bueno, serio, como un hidalgo de los de antes. Pero nada de casados, que huelen la soledad como el pan caliente, ¿entendido?
Carmen, incrédula, asintió. Besó a su madre, como si besara el sueño de una vida mejor.
Venga, vete ya, pelotera.
Carmen salió aquella noche vestida con su única falda de volantes buenos, zumbando entre sus amigas como el vino en la bodega. Hacía tanto que no sentía esa ligereza, esa risa sin dueño.
¡Mirad! Es él. Otra vez ha venido canturrearon las chicas, en coro de fantasmas risueños.
Los pies de Carmen temblaban, súbitamente ingrávidos, al posar su mirada en él. Se apartó y susurró:
Creo que me voy, Lucerito seguro que me echa de menos.
Leonor no entendía:
Carmen, ¿pero qué haces? Es la primera vez que sales a una verbena y te marchas sin un baile.
Pero Carmen fue firme:
Ya me voy. Además, ahí viene tu Ramón. Ya tienes entretenimiento, amiga bromeó, escapando a la puerta.
Unas manos aparecieron, como surgidas de las baldosas mismas:
¿Bailamos, muchacha?
Carmen intentó zafarse, sin mirar siquiera:
No suelo bailar.
Pero el chico insistió con la porfía de una cigarra.
Concedeme un solo baile, por favor.
Al girarse, el tiempo se detuvo para Carmen. Era él, y aunque no parecía reconocerla, ella sintió como si el universo se alimentase de aquella confusión. Aliviada sonrió:
De acuerdo, uno solo, que tengo prisa.
En el vals, flotaron extraños recuerdos. Él, jugando con un abanico invisible, preguntó:
Tu pareja seguro que estará intranquilo.
No estoy casada respondió Carmen, seca como el esparto.
Él guiñó un ojo, tan familiar que dolía.
Entonces habrá esperanza para mí, ¿no crees?
Carmen huyó de sus brazos:
Ni lo sueñes y escapó a la noche.
Iba llorando, y las lágrimas caían como monedas de euro en una fuente. Lo había amado en un instante, hace años, y él no la recordaba.
Habían coincidido una vez en un tren hacia Sevilla. Carmen volvía de un examen suspendido, gris como una nube de tormenta, y él, de visita a sus padres. Sintiendo su tristeza, el chico intentó hacerla reír.
Me llamo Juan, aunque en casa mi madre me dice Juanito y mi sobrina me llama Nano. Elige el que más te haga reír.
Carmen esbozó una sonrisa.
Nano tiene gracia.
Él tendió la mano:
Pues ya casi estamos presentados. ¿Y tú, dama sin sonrisa?
Carmen.
Juan asintió solemne.
Nombre de reina. Lo sabía.
Entre palabra y palabra, Carmen acabó contándole su fracaso universitario, y el miedo al juicio interminable de su madre.
Prepárate este invierno y lo intentas otra vez aconsejó Juan, en voz de bandoneón.
Es verdad. No lo había pensado. Gracias.
Él la miró fijamente.
No hay de qué. ¿Nadie te ha dicho que eres guapísima?
Carmen se sonrojó.
Normalita, no exageres. Pero gracias igualmente.
Juan se le acercó en el asiento, el vagón flotando en la noche:
Pero es verdad y de pronto la besó. El desaliento se evaporó. Luego, vergüenza y dulzura se fundieron en un abrazo. Juan se bajó en la siguiente estación.
Te encontraré, seguro.
Solo después Carmen descubrió con tristeza que no le había pedido ni dirección.
Un tiempo después, supo que esperaba un hijo. Su madre, con voz como escarcha, le repitió:
Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde ha salido. Me avergüenzo de ti. Vete a la casa de la abuela y sé adulta. Aprende lo que cuestan tus pasos.
Carmen, antes del parto, encontró trabajo en la biblioteca del pueblo. Trabajó hasta que nació Lucerito. Sólo Leonor fue a recogerla al hospital. Su madre no apareció. Sólo cuando el niño cumplió cinco meses, el corazón de su madre cedió un poco.
No es de los nuestros dictaminó ella.
Pero empezó a venir de vez en cuando, trayendo juguetes y dulces.
¿Tan pronto de vuelta?preguntó su madre. Seguro que no había nada interesante. ¿Y Lucerito?
Tu niño duerme, como siempre respondió ella. Si has terminado de viajar, me vuelvo a casa.
Carmen echó el cerrojo y trató de dormir, sin conseguirlo hasta el alba. Medio dormida, dio de comer a Lucerito. Él bromeaba, ignorando el puré.
Si no comes, no crecerás fuerte como tu padre dijo Carmen. Él era como un gigante muy guapo.
¿Hablas de mí? Me halaga y supongo que este es mi hijo, ¿verdad? un eco de voz sonó desde la puerta.
Carmen dejó caer la cuchara, el puré salpicó el suelo.
¿Tú? ¿Cómo? ¿De dónde?… Juan sonreía.
Te dije que te encontraría contestó. No sabía que había nacido mi hijo. Aquel día olvidé preguntarlo todo. Debe ser cosa del destino. Quizá esta historia la han tejido los sueños para nosotros dijo, haciendo una mueca a Lucerito.
Él soltó una carcajada cristalina, como monedas de dos euros bailando en el aire.
Esa mañana, la madre de Carmen encontró a Juan llevando en hombros a un Lucerito feliz y a su hija flotando de alegría.
¿Es él? preguntó la madre.
Sí sonrió Carmen, con la felicidad de todas las verbenas estivales.
La madre se acercó a Juan, con mano firme:
Me llamo Pilar Alonso. Seré exigente vigilando cómo eres como hombre y como padre.
Juan apretó su mano, solemne como un pacto de lunares y acebuche.
Lo entiendo perfectamente.






