Veinticuatro horas sin mentir: Un fin de año de política, familia y la extraña imposibilidad de fingir en la España de la sinceridad

Cuando Pelayo comprendió que el cliente seguía sin estudiarse el discurso, quedaban tres días para la Nochevieja, y ya en el plató ensamblaban unos fuegos artificiales que nunca estallarían.

No digas «queridos amigos», murmuró, mirando el teleprónter. Eso ya ni siquiera es vulgar, es cadáver. Di «buenas noches», a secas. Sin «queridos».

El candidato, presidente de una provincia mediana pero con ínfulas, bostezó y se rascó el cuello.

¿Y «estimados»? preguntó. Al fin y al cabo, nos estiman.

No te creas respondió Pelayo sin pensar, y al instante rectificó: Aunque hagamos como que sí, y ellos hagan como que creen. Así va la fiesta.

Una planta de oficina alquilada cerca del Paseo de la Castellana, llena de luces, un abeto de plástico, un chroma con la imagen trucada del Palacio Real. Allí, frente a Pelayo, dos discursos. Uno, el protocolo: «hemos hecho mucho, pero queda aún más», «cada uno de vosotros», «juntos». El otro, un toque «humano», con una anécdota fabricada sobre el año nuevo en un piso compartido de infancia. Invención pura.

Empieza por agradecer dijo Pelayo, ofreciéndole el texto estándar. Luego, promesa. Después, una estampa cálida de familia. Un pequeño puente hacia el mañana. Nada de datos, sólo sensaciones. No eres contable, eres icono.

Ya contable no fui nunca sonrió el presidente en el instituto repetí matemáticas dos veces.

Mejor, Pelayo. Las cámaras te esperan. Ensayemos.

Ya apenas oía cómo su cliente tropezaba con «inclusividad», ya sólo pensaba en el montaje. El mensaje iría grabado, pero con el artefacto de parecer directo. Añadirían nieve tras los vidrios. Sonido de campanadas. Lo esencial, la voz: debía sonar como si no leyeras.

Era su oficio: voces ajenas, acentos calibrados, la mentira medida al milímetro. Pelayo disfrutaba al extraer de un político gris, huidizo de la gente real, la estampa confiada de «líder provincial». Como obtener un audio limpio de un archivo lleno de crujidos.

¿Y de los hospitales?, murmuró el presidente.

Pelayo consultó el texto.

Diremos que «seguiremos mejorando la sanidad» respondió. Eso lo dice todo y nada. A quien sufre le parecerá que reconoces el dilema. Al que está bien, le parecerás eficaz. Nada de detalles.

Pero ahí… El presidente agitó una mano. Da igual. Sabes tú más.

Y en verdad sabía más; no de medicina, sino del arte de no aludirla.

Un par de horas después, mientras recogían focos y la maquilladora quitaba el polvo bronceador del rostro presidencial, Pelayo ya editaba la nota de prensa: «El presidente provincial hace balance del año y enumera retos futuros». Borró «enumera», puso «subraya». Que no huela a concreción.

A su lado, carcajadas. Planes para la cena de empresa. La directora de comunicación, menuda y desvaída, asomó.

Mañana, ¿te apuntas después de la reunión? Daremos algún respiro.

Si no hay incendio urgente… Aunque, ya sabes, los incendios aquí van por cuadrantes.

Una risa seca, se fue. Pelayo miró el chat. Mensaje de su mujer: «¿Vendrás al festival de Lucía? Está emocionada». Ya había tecleado: «Tengo emisión, imposible», pero no lo había enviado. Sabía que finalmente apretaría el botón, después reescribiría por enésima vez el texto navideño del presidente para Instagram, quitando el término «mi provincia amada». Porque el presidente no amaba su tierra, sólo el poder, y el silencio.

Pelayo no se creía villano. Se veía como un orfebre del embalaje. A la gente le hacía falta cuento en Nochevieja, él sólo lo servía. Donde debía haber tablas de Excel, un relato cálido: «ahora estamos más cerca». Ante el fracaso, prometer: «Redoblaremos el trabajo». Mentir no era engañar era aceite, sin el cual la máquina civil chirría y se oxida.

Eso pensaba hasta el día siguiente.

A la mañana siguiente, estando a veinticuatro horas del tintinear de la Puerta del Sol, Pelayo se despertó con sequedad en la boca y una frase fundida en la cabeza: «Hemos hecho mucho». Ya no le sonaba brillante.

El móvil vibraba en la mesilla. Mensaje de voz: «¿Vendrás hoy? Lucía ensayó su poema». Pulsó reproducir, luego responder y musitó:

Voy a ir…

La garganta se le retorció. La palabra «ir» se atascó, hueso a medio tragar. Tosió. Probó de nuevo:

Yo… seguramente… no pueda. Trabajo. De nuevo me lo pierdo.

Sintió vergüenza, pero la frase salía fácil, sin resistencia. Guardó silencio, sorprendido de haber hablado así. Su mujer contestó casi al momento:

Lo sabía.

Esperaba reproches, pero sólo halló cansancio.

Veinte minutos después, en un atasco en la M-30, la radio desvariaba sobre compras, los locutores bromearon con la «lista de propósitos». De repente la señal se cortó y en todas las frecuencias sonó la misma voz:

«Se registra un fenómeno curioso a nivel mundial dijo el locutor. Hay personas que refieren absoluta incapacidad de pronunciar falsedades. Mentir produce malestar, espasmos, la voz se ahoga. Las autoridades piden calma».

Tonterías, gruñó Pelayo. Algún viral absurdo.

Pero cuando añadió: «seguro que en dos horas se pasa», la lengua se le quedó pegada al paladar. Maldijo entre dientes, calló. No le invadió pánico, sino desazón. Odiaba cualquier cosa que sesgara el guion.

En el cuartel general reinaba el caos. Normalmente por diciembre todo era rodar: discurso, notas, listado de invitados. Aquella mañana tres televisores emitían la misma noticia en tres canales: lo mismo, sin matices.

En uno, un presentador intentó gracietas, pero al decir «es una histeria colectiva» tragó saliva y añadió: «no tengo ni idea, me da miedo». Un experto en otra cadena, tras afirmar: «no hay explicación», ajustó la cara y confesó que ni los científicos lo comprendían.

¿Qué… empezó la directora de comunicación, pero intentó suavizar el taco habitual y se le quedó la boca rígida. Bueno, seguimos. Pelayo, dime qué pasa.

Quiso afirmar: «Esto es pasajero. Esperamos», pero emergió en voz propia:

No lo sé. Si es verdad, el guion se va al garete.

¿Por qué? apareció el presidente, atravesando la puerta. Si ya grabé ayer. Sale enlatado.

Ayer pronunció una mentira por frase respondió Pelayo. Si esto es real, ni la grabación funcionará. Tos y balbuceos en prime time.

Al decirlo, una tensión. Antes solía endulzarlo: «información poco precisa», «asunciones creativas». Ahora la lengua rehusaba toda perífrasis.

¿Y si sólo pasa con lo que dices en directo? propuso el presidente. La grabación ya existe.

Rebobinaron la cinta. En pantalla, el presidente sonreía: «Hemos hecho todo para que cada ciudadano sienta el apoyo de la Junta». Al decir «todo», el vídeo tembló: el audio chirrió, la cara se distorsionó, la imagen saltó.

Silencio.

¿Qué tipo de edición es esa? murmuró el operador, pálido.

No hay edición, contestó Pelayo. Es…

Quiso decir «anomalía», pero la lengua eligió:

Un veto.

Miraron, mudos, el fotograma helado. El presidente se quitó las gafas, masajeó el ceño.

O sea, que no puedo decir que hicimos todo razonó despacio. Porque no es cierto.

Exacto contestó Pelayo. Hicisteis parte. En ocasiones bien. Otras, fatal. Pero no todo.

Entonces, ¿ahora qué? preguntó la directora de comunicación. Emitimos mañana en La 1, todo el país esperando su purpurina. ¿Enseñamos la auditoría presupuestaria?

Pelayo abrió el portátil. Sus dedos tecleaban: «Hemos hecho mucho, pero…». Quiso borrar «mucho» y poner «lo que hemos podido», pero la mano tembló. Por primera vez en años era incapaz de iniciar con ese cliché.

Probemos algo, sugirió Pelayo. Di ahora algo que tú sepas que es mentira.

El presidente se encogió de hombros.

Me encanta levantarme a las seis para correr.

Al decir «me encanta», el rostro se le contorsionó. Tosió, los ojos llorosos.

Detesto hacerlo, admitió pero a veces lo hago porque el médico insiste.

Ya veo, susurró Pelayo. Así que sí ocurre.

El resto del día fue sabotaje de agendas. En la sala de juntas, los abogados chillaban: su cliente, un promotor, había confesado en la tele local que «ahorraba en materiales porque si no, no era rentable». Su jefe de comunicación, al querer taparle, dijo: «Nos importa el margen; lo demás es atrezo».

El chat del equipo se poblaba de capturas. Gente replicando a marcas: «despidieron a medio personal», «subieron precios y lo llaman mimo». Los SMM eran incapaces de soltar su repertorio: en vez de «lamentamos que sienta esto», brotaba: «nos da igual lo que pienses, cumplimos protocolo», para luego borrar, ya demasiado tarde.

Esto es inviable sentenció alguien. Nadie vive así.

La realidad funciona a base de engaños declaró Pelayo, de repente más transparente que irónico. Sin maquillajes, todo chirría.

Quiso añadir que igual era saludable, pero la boca no le dejó. Faltaba convicción.

Ya cerca del almuerzo, la tele mostró a la presidenta del Gobierno. Salió ante los periodistas casi titubeando. Preguntada: «¿Controla la situación?», empezó: «Desde luego…», pero se tragó la frase y soltó: «En parte. Mucho, no».

Si ni ella puede la directora esto va en serio.

Es en todos lados Pelayo. No sólo nuestro rincón.

Ningún consuelo masculló ella.

Llegó la noche, se reunieron en una sala interior, sin ventanas. Papeles antiguos, balances, dossieres sobre la mesa. En la esquina, un televisor mudo: un alcalde confesaba no haber leído el presupuesto aprobado.

Hace falta otro discurso, propuso el presidente. Uno que pueda soltar sin envenenarme. Y que no me linchen al amanecer.

No necesitas discurso corrigió Pelayo. Necesitas formato. Si sales con tu tono habitual, te destrozan. Si vienes a pedir perdón, te llaman blando. Hace falta una tercera cosa.

¿Cuál?

Pelayo no lo sabía. Ya no valía prometer «casa para todos». No cabía asegurar que no subirán los precios con la inflación ahí. Imposible soltar «queridos ciudadanos» cuando la cabeza está llena de improperios.

Miró al presidente: cansado, perdido, pero no cruel. Sólo un hombre que había perdido su lengua.

Hagamos una cosa propuso Pelayo. Yo pregunto y tú contestas de verdad. Y de ahí, armamos el discurso.

¿Quieres que cave mi propia tumba? sonrió el presidente, sombrío.

Quiero que, por una vez, digas aquello que tú mismo soportas contestó, sorprendiéndose de su tono.

Vale, pregunta.

Siguieron así hasta la madrugada. Pelayo preguntaba: «¿Qué hiciste de verdad este año? No el boletín, tus sensaciones». «¿Qué fallaste?», «¿A qué temes?», «¿Qué deseas para ti, no para la provincia?».

Por cada tópico, el presidente se torcía: solo la sinceridad escurría.

No fui a la comarca cuando ocurrió la catástrofe: me asustó la gente.

Los informes no los leo enteros, sólo los resúmenes.

No creo que arreglemos las carreteras este año.

Quiero seguir en el cargo por miedo a perder el estatus… y la escolta.

La directora de comunicación tomaba notas, inexpresiva.

Si soltamos esto en directo dijo al fin nos crucifican.

Si lo ocultamos Pelayo también. Sólo varía el modo.

De nuevo, notó esa extraña inclusión: ya no «cliente» y «público», sino todos a la vez.

Al filo de medianoche, le llamó su mujer.

¿Vienes?

Quiso decir: «Quizá tarde pero intentaré llegar», pero la lengua volvió a negarse.

No, musitó. No iré. Elijo el trabajo. No porque sea vital, sino por costumbre. Me aterra estar con vosotras y no saber qué decir.

Su mujer hizo una pausa al otro lado.

Gracias por no mentir dijo. Lucía recitará igual. Te lo mando.

Colgó, vio el borrador del discurso. No quedaba ni una fórmula amable:

«No cumplí buena parte de lo prometido».

«No puedo asegurar que el año próximo será más fácil».

«También siento miedo».

No era mensaje, era confesión. Nadie pondría esto en TV.

Esto no puede ser el presidente, viendo el texto. La gente se desconectará en medio minuto.

Sí Pelayo. Hay que reestructurar. Sin mentir, pero con forma.

Empezó a pulir. Cambiar «tengo miedo» por «comparto vuestra inquietud». Quitar detalles innecesarios. Quedarse con el pálpito.

Cada vez que la verdad se diluía, el habla se enredaba. Debía hallar el nivel justo de sinceridad sin devastar.

«No cumplí casi nada» se volvió: «No todo salió como planeamos». Pasaba el filtro, era exacto.

«No puedo asegurar que todo mejore» se tornó en: «No prometo facilidad, sí que no disimularé dificultades». Y funcionó.

Así, poco a poco, el nuevo discurso surgió: nada heroico, ni de arrepentimiento, sino raro, torpe, humano.

Es extraño murmuró el presidente. Me siento expuesto.

Pero no te ahogas respondió Pelayo. Y quizá el público tampoco.

A la mañana del treinta y uno, la ciudad parecía vivir una experiencia nerviosa. En supermercados, cajeras confesaban a media voz que estaban hartas de la multitud. Clientes admitían que compraban dulces de más por melancolía. Taxistas relataban sus multas por prisas.

Los teléfonos del equipo echaban humo. En la central llamaban: «¿Tenéis controlado lo que va a decir vuestro presidente?». Pelayo contestaba sin doblez:

Parcialmente. Puede improvisar. Pero hemos hecho lo posible por evitar mentiras.

«Lo posible» era cierto. Había hecho cuanto podía en una noche.

La directora fumaba tensa bajo la ventana:

Si sale bien, nos llevarán de gira como ejemplo de «nueva franqueza». Si no…

Nos echan remató Pelayo. Podría ser peor.

No era la peor de sus perspectivas vitales; la lengua concordaba.

Una hora antes del directo, entraron al plató. Sin croma; a cuadro, el despacho real, abeto pequeño sobre la mesa, papeles amontonados a la vista.

¿Quitamos el mogollón de documentos? sugirió el técnico.

Dejadlo Pelayo es lo que hay.

El presidente ajustó la corbata, miró la cámara, lanzó una mirada a Pelayo.

Si empiezo a desvariar, ¿me paras?

No podré sincero. Tampoco controlo mi lengua.

El regidor marcó: «Tres, dos, uno». Luz roja.

El presidente respiró.

Buenas noches. No voy a deciros que este año ha sido fácil. Ha sido duro, tanto para muchos de vosotros, como para mí.

Pelayo inmóvil. Frase pasada, todo seguía en equilibrio.

No he cumplido todo lo prometido reconoció el presidente. Hubo fallos, reticencias, miedo a decisiones. Lo habéis notado.

En la pecera, un técnico susurró un juramento. La directora cerró los ojos.

No voy a prometer que el año próximo se esfumarán los problemas continuó . Os prometo no fingir que no existen. Y hablar con honestidad, aunque a veces duela.

No fue perfecto. Dudaba, leía, miraba al papel, pero sin clichés. En vez de «logros importantes», «algunos pasos no bastan». En vez de «todas y todos», «muchos». En vez de «orgullo», «agradecimiento a quienes aguantan».

Al final improvisó:

Y quiero añadir una cosa personal dijo. Muchas veces no acudí donde me esperabais. Por miedo a enfrentarme a vosotros. No prometo ser otro, pero sí sé que así no vale.

Un escalofrío ascendió por la espalda de Pelayo. Esa frase no estaba escrita, pero salió pura.

Feliz Año Nuevo. Que sea, por lo menos, un año un poco más honesto.

La luz roja se apagó. Silencio de piedra.

Ya está la directora. Nos han devorado.

Esperemos Pelayo.

La reacción no fue eufórica ni hostil. Mixta.

En redes, unos decían: «Palabrería, veremos hechos». Otros: «Al menos no contó cuentos». Algunos se quejaban: «Ya sabemos que todo va mal, ¿hace falta decirlo hoy?». Otros agradecieron que «no pintara el país como una postal».

Expertos en la tele discutían. Unos alertaban de «precedente peligroso», otros lo veían como «síntoma social». Alguno lo quiso tildar de campaña, pero al decir «todo fue planeado» se atragantó.

En el equipo, extraña calma. Nadie se felicitó. Todos dispersos revisando sus móviles.

No nos despidieron la directora, viendo el móvil . Mensaje del ministerio: «valentía». Y luego: «lo analizaremos». No sé si es piropo o amenaza.

Ambas cosas Pelayo.

Estaba agotado, no solo por la falta de sueño. Era como si en veinticuatro horas hubiese tenido que aprender a hablar de nuevo.

Su teléfono vibró. Mensaje de su mujer: un vídeo. Lucía, sobre una silla en la clase, recitaba un poema del árbol de Navidad. Al terminar, se trabó y miró a cámara:

Papá no ha venido, pero lo recito igual.

Pelayo lo vio y, sin excusas, asumió: es así.

Tecleó: «Tengo culpa. No sé cómo arreglarlo, pero quiero intentarlo». Los dedos dudaron, pero el idioma fluyó. Era verdad.

Ella contestó breve: «Veremos».

La noche discurrió como un sueño borroso. Afuera, verdaderos fuegos, no los simulados. Gente vociferaba bajo las ventanas: «¡Feliz año!», «¡Te amo desde siempre!» o «¡Sigo contigo solo por miedo a estar solo!». Quizá algún matrimonio se rompía, quizá nacían conversaciones postergadas años.

Pelayo, tumbado en el sofá del piso vacío, meditaba sobre una profesión nacida para doblar la realidad. No romperla, solo inclinarla. Ahora, esa destreza estaba en entredicho. Si el mundo reclamaba frontalidad, habría que aprender otro oficio.

No sabía si lo deseaba. Amaba el control, el impacto exacto de cada frase. La verdad es de otro mundo: movediza, irregular.

Cerca del alba cayó dormido.

Despertó con el móvil vibrando. Amanecía. Le dolía la cabeza.

Un sinfín de notificaciones en la pantalla: chats del equipo, newsletters, mensajes personales. Abrió uno al azar.

«Parece que todo volvió a la normalidad», escribió la directora. «Acabo de decirle a mi hijo que su dibujo es bonito aunque es feo, y no me he ahogado. Compruébalo tú».

Pelayo se sentó en el borde de la cama. Probó en alto:

Con gusto visitaré a mi suegra hoy.

Nada. Una leve falsedad fluyó fácil, como de costumbre. La anomalía se había esfumado.

Sintió alivio, mezclado a pérdida. Como si apagasen una luz a la que apenas te habías habituado.

Otra llamada, ahora el vicepresidente provincial.

Pelayo, ¡crack! voz jovial, como si la víspera no existiese . Todo el país comenta el mensaje de ayer. Desde el Ministerio lo llaman «nuevo paradigma de confianza». Tenemos encargo para ti.

¿Cuál?

Hay que empaquetar esa sinceridad. Convertirla en marca. Como: «nuestro presidente, el más sincero». Eslóganes, vídeos, sabes hacerlo. La gente lo compra. Imagina: «No mentimos, estamos con vosotros». ¿Lo tienes?

Pelayo callaba. Su mente barruntaba lemas, hashtags, campañas. Sabía fabricar eso: tomar lo vivo, hacerlo formato, vendido en serie.

¿Sigues ahí? el vicepresidente. Es urgente, hay que aprovechar el momento.

Quiso decir «Por supuesto», pero la lengua titubeó. No por mandato, sino por leve resistencia interna.

Recordó al presidente diciendo a cámara: «No haré como que». Recordó la mirada de Lucía al acabar el poema. Recordó: «Tengo culpa».

Puedo hacerlo dijo despacio. No es difícil. Lo que aún no sé es si quiero.

Risas al otro lado.

Ay, por favor, no te pongas místico. Fue un episodio, ya acabó la fiesta. Venga, que esto es lo tuyo.

«Es mi sueldo», pensó Pelayo. Decir «es mi vida» sería mentira. Esta vez la lengua eligió:

Lo hice porque no sabía hacer otra cosa. Ahora dudo si seguir igual.

Silencio.

¿Te vas a volver filósofo? No te flipes. Piénsalo. Si tú no, lo hará otro. La sinceridad vende igual, si sabes presentarla.

Colgó.

Pelayo apoyó el móvil, fue a la cocina, puso agua. Mareas de ideas, faltaba el plan. Sabía solo una cosa: ya no volvería a la ligereza anterior. No porque no se pueda, sino porque cada vez que roce la mentira recordará cómo sonó la realidad sin aderezo.

Se sirvió el té, se asomó al patio: nieve, bolsas de basura, un perro callejero hurgando en un envoltorio. Nada de postal.

De nuevo, mensaje de su mujer: «Salimos. Si quieres, te vienes. Sin compromisos».

Escribió, borró. Luego reescribió:

«Iré si puedo. No lo prometo. Pero me gustaría».

La lengua no protestó. Era honesto dentro de su duda.

Envió, regresó a los chat relampagueantes de la oficina y los emails urgentes. El trabajo seguía allí, el mundo tampoco era mejor o peor. Simplemente, mostró el vientre un día y luego se recubrió de máscaras.

Pelayo se sentó al escritorio, abrió un documento nuevo. Tituló: «Estrategia de comunicación honesta». Añadió entre paréntesis: «sin trampas, hasta donde se pueda».

Sonrió a esa advertencia. Algo dentro había cambiado, no una revolución, sólo un leve ajuste.

No sabía si aceptaría el encargo, si saldría a pasear con la familia, ni quién sería al año próximo. Pero comprendía que ya no podría tratar la mentira como herramienta inocente. Cada vez que pretendiera endulzar, le resonaría dentro aquella voz cansada: «No cumplí mucho de lo que prometí».

Cerró los ojos, inspiró, empezó a escribir.

En la calle, estallaban los últimos petardos; en los informativos, debatían el «fenómeno asombroso de la sinceridad» y ya planeaban cómo capitalizarlo en política o negocios. El mundo corría hacia su propio provecho.

Pelayo tecleaba con lentitud, como quien mide cada palabra por su peso. No era santo ni justiciero. Sólo alguien que, una vez, en Nochevieja, se quedó sin permiso para mentir y aún no puede desprenderse de la memoria de cómo fue.

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Veinticuatro horas sin mentir: Un fin de año de política, familia y la extraña imposibilidad de fingir en la España de la sinceridad
«No firmes este contrato», susurró la empleada de limpieza al millonario durante las negociaciones. Pero lo que oyó después lo dejó helado.