Sergio compró el mejor ramo de flores y salió ilusionado a su cita. De pie junto a la fuente, con el ramo en las manos y una sonrisa, esperaba. Pero de Lesia no había ni rastro. Miró a su alrededor y la llamó, pero nadie contestó. —Quizás se retrasa —pensó, y volvió a marcar su número. Esta vez, Lesia respondió. —Ya estoy aquí, ¿y tú? —preguntó Sergio. —¡Entre nosotros todo ha terminado! —soltó ella de repente. —¿Qué? ¿Por qué? —quedó paralizado Sergio. —¡Por culpa de tu ramo! —contestó ella inesperadamente. —¿Y qué le pasa a mi ramo? —preguntó él, confundido, sin entender nada.

Hace muchos años, Rodrigo compró el ramo de flores más hermoso que pudo encontrar y se dispuso a acudir a su cita. Se sentía ligero, casi flotando, mientras esperaba junto a la fuente del Retiro, apretando el ramo entre sus manos. No vio ni rastro de Carmen. Miró a su alrededor y decidió llamarla. Nadie descolgó. Quizá se retrase pensó, y volvió a marcar el número. Esta vez Carmen contestó. Ya estoy aquí, ¿dónde estás tú? preguntó ansioso Rodrigo. ¡Entre nosotros todo ha terminado! dijo de repente la chica. ¿Cómo? ¿Por qué? se quedó helado Rodrigo. ¡Por tu ramo! soltó Carmen de manera inesperada. ¿Pero qué pasa con él? preguntó Rodrigo confundido, sin comprender nada.

Rodrigo había dado ya varias vueltas por la floristería de la calle Alcalá. Rosas rojas, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en macetas y en jarrones, reunidas en fastuosos y delicados ramos para todos los gustos. Pero Rodrigo titubeaba sin decidirse.

Recordaba que Carmen y él habían hablado de flores, pero le costaba rememorar el contenido exacto de la conversación.

Estaba seguro de que había dejado claro que detestaba algunas y que otras, en cambio, las adoraba; que podía quedarse mirando un ramo de ellas durante horas.

Pero en aquella primera cita, Carmen había hablado mucho, y Rodrigo, embriagado por la novedad y por la copa de cava que habían tomado en el café, sólo acertaba a asentir, cautivado por la belleza de Carmen: su larga melena oscura, la graciosa curvatura de su cuello, los hoyuelos de sus mejillas.

¿No sería eso el amor?

Total, qué más daba lo que hubiera dicho Aquella noche era perfecta.

Y ahora, por más que lo intentara, no lograba acordarse de cuáles flores le gustaban a Carmen.

¡Mire estas gerberas! No encontrará otras así en ningún sitio. No es temporada. Este color es especial le insistía la florista.

El tiempo se le echaba encima y tenía que decidirse de una vez.

Y como siempre sucede, justo cuando iba a escoger, sonó una llamada de su madre. Últimamente llamaba a todas horas.

Bueno, Rodrigo, ¿has decidido ya? Es viernes, ¿por qué no vienes el fin de semana?

No puedo, madre, tengo asuntos

La abuela te espera impaciente, no deja de mirar a la puerta y de preguntar.

Madre, discúlpame, de verdad, estoy muy liado

Rodrigo colgó a toda prisa.

Su madre le pedía que fuera al pueblo, a esa aldea en la sierra de Ávila donde vivían ella y la abuela.

No era la primera vez que llamaba, y a Rodrigo empezaba a fastidiarle.

¿Qué pasaba con la abuela? Estaba achacosa desde hacía tiempo era mayor Pero no podía dejar todo y quedarse junto a ella sin salir. ¡Él también tenía su vida!

Y aquellos asuntos tenían que ver precisamente con ese nuevo encuentro. Rodrigo ya soñaba, sentía y hacía lo imposible para que sus sueños se cumpliesen.

Si la cita salía bien, pensaba invitar a Carmen al campo al día siguiente.

Rodrigo ya tenía en mente el sitio: una hospedería muy acogedora en la sierra, muy cerca.

Al fin y al cabo, su madre siempre deseó que él arreglase su vida sentimental.

¡Si al menos pudiera recordar qué flores le gustaban a Carmen! ¡Menuda cabeza!

Bueno, en el fondo, ¿acaso era tan importante recordar todas esas cosas de mujeres?

La florista, resignada, ya sólo lo observaba en silencio.

Creo que Carmen dijo algo de las espinas de las rosas Mejor que no sean rosas, pensó Rodrigo.

Y se llevó un ramo de grandes gerberas rosadas y blancas. Tampoco había que dar tantas vueltas: sólo era un gesto, un detalle. Y ya iba tarde al trabajo: se acababa la pausa del almuerzo.

Habían quedado junto a la nueva fuente de la plaza Mayor. Rodrigo se retrasó, le había retenido el jefe reuniéndolo para una charla inesperada. Por lo visto, le predecían una promoción.

Llamó para avisar a Carmen de que llegaría tarde y desconectó el móvil. La madre también había llamado durante la reunión, pero Rodrigo, por primera vez, no pudo contestar.

Luego salió pitando hacia la cita. Aparcó, casi corriendo, rebosando alegría, y llegó hasta la fuente con las gerberas en la mano.

Carmen no estaba. Se asomó, caminó por la plaza y volvió a llamarla. Nadie descolgó.

Rodrigo se sentó en un banco. Quizás también ella iba tarde.

Recordó que todavía no había devuelto la llamada a su madre, pero no la llamó. Por si en ese momento sonaba Carmen. Pero no sonó. A los diez minutos, fue él quien volvió a llamar.

Esta vez, Carmen sí descolgó.

Carmen, ¿dónde estás? Ya estoy aquí.

Ya lo sé. Te veo desde arriba, estoy en la cafetería de enfrente, en la segunda planta le respondió.

¿De veras? buscó Rodrigo su silueta tras los ventanales, pero no la encontraba. No te veo. ¿Bajas? ¿O?

Llegas tarde le interrumpió la chica.

Sí, Carmen, discúlpame. Llamé para avisarte, fue el jefe que me retuvo.

¡Y las flores!

¿Qué pasa con las flores? no comprendía Rodrigo.

¡Ni siquiera recuerdas cuáles son mis favoritas!

Carmen, ¡es que no había!

¿Rosas? ¿No recuerdas que adoro las rosas? ¡Están por todas partes! Te he hablado tanto de mis rosas favoritas Y tú

Puedo solucionarlo Ahora mismo, voy a buscarte.

Rodrigo subió al café. Carmen estaba en el fondo, de espaldas al ventanal.

Se acercó despacito y, sin atreverse a ofrecerle el ramo, lo dejó sobre la mesa. Carmen ni siquiera lo miró.

Rodrigo, que siempre fue de palabra fácil, empleó todo su encanto para enmendar su error.

Le pareció que surtía efecto. Carmen acabó sonriendo.

Tomaron un café juntos y salieron. Pero Carmen no dedicó ni una mirada al ramo.

Os dejáis el ramo les avisó una simpática y jovencita camarera.

¡Quédatelo tú! respondió Rodrigo, con una sonrisa.

Ay, muchas gracias dijo la chica, alegremente sorprendida.

Pero Carmen volvió a fruncir el ceño.

Carmen, ahora te compro el ramo de rosas más grande que encuentres.

Gracias contestó la muchacha, seca. No hace falta. Hoy ya he tenido bastante con las flores.

Bajaron las escaleras. Rodrigo seguía detrás, sintiendo la distancia de una amiga herida. Y el móvil volvió a sonar. Era su madre.

Perdona, llego otra vez en mal momento, ¿verdad?

Carmen ya no lo oía.

No, mamá, al contrario. Perfecto. Mañana voy para allá.

Aquella noche se despidieron Rodrigo y Carmen con ligereza. Rodrigo ya lo entendía todo: no iba a haber más ocasión.

Al día siguiente ya surcaba prados conocidos, camino del pueblo.

Allí, el campo castellano se extendía hasta el horizonte, un mosaico de colores donde sopla el viento y la vida suena limpia y vibrante.

Rodrigo se detuvo y descendió entre las flores: aquel océano cromático.

Como un mercader entusiasta, fue escogiendo entre ese millón de flores las más hermosas, según su juicio.

Sabía de sobra que, para quienes iba a visitar, cualquier elección sería la acertada.

Cuando entró en la casa, repartió el ramo en dos partes.

Su madre lo recibió besándolo en ambas mejillas, radiante; pero la abuela…

A la abuela la ayudaron a incorporarse. Tomó el ramo con manos temblorosas, reconociéndolo apenas al tactola vista ya le fallaba.

¡Cuánto hacía que no le regalaban flores!

Acercó el rostro y, como si fuera la muchacha joven de otra vida, aspiró el aroma, el de su juventud, guardado en algún rincón del alma, y sintió cómo la memoria le devolvía aquellos días y esas sensaciones de esperanza, de presente luminoso.

¡Qué regalo! ¡La vida sigue! Y la vida seguía en su nieto.

Rodrigo se sentó junto a la abuela, apoyó la cabeza sobre su regazo. Ella lo acariciaba, temiendo arrugar el ramo que aferraba con esmero

Rodrigo pensó que algún día encontraría a una mujer parecida a sus dos queridas mujeres, capaz de amar y ser amado como sus abuelos y sus padres se amaron. Lo importante era reconocer el momento.

La abuela, por mucho rato, no quiso soltar el ramo.

Espera tráeme agua, pero de la de pozo busca un jarrón ancho y ponlas aquí, despacio que quiero mirarlas

El nieto le había regalado flores.

Flores que había a millones por el campo, pero esas esas eran únicas. Esas se las había traído su nieto.

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Sergio compró el mejor ramo de flores y salió ilusionado a su cita. De pie junto a la fuente, con el ramo en las manos y una sonrisa, esperaba. Pero de Lesia no había ni rastro. Miró a su alrededor y la llamó, pero nadie contestó. —Quizás se retrasa —pensó, y volvió a marcar su número. Esta vez, Lesia respondió. —Ya estoy aquí, ¿y tú? —preguntó Sergio. —¡Entre nosotros todo ha terminado! —soltó ella de repente. —¿Qué? ¿Por qué? —quedó paralizado Sergio. —¡Por culpa de tu ramo! —contestó ella inesperadamente. —¿Y qué le pasa a mi ramo? —preguntó él, confundido, sin entender nada.
Mi marido me humilló delante de todos durante la cena, pero yo solo sonreí y le entregué una caja negra con un regalo en su interior…