Un regalo de un desconocido Un mensaje emergió en el chat general por encima de las tablas y los correos urgentes, como un adorno brillante en un cajón de papeles: «Compañeros, ¡ponemos en marcha el Amigo Invisible! Intercambio anónimo de regalos en la empresa. Presupuesto hasta 20 euros. Enlace al formulario abajo». Arturo leyó el texto y miró instintivamente la esquina de la pantalla, donde parpadeaba el reloj. Quedaban diez días laborables para terminar el año, dos semanas para cerrar el trimestre, tres días para pagar la hipoteca. Hacía tiempo que sus referencias eran así, en forma de pequeños cortes. Ya caían reacciones en el chat. Alguien mandó un gif de un reno, otro escribió: “¿Otra vez?”, otro más preguntó por el presupuesto. Patricia, la de Recursos Humanos, añadió enseguida: “No es obligatorio participar, pero muy recomendable. ¡Hay que crear ambiente navideño!”… Arturo se acabó el café frío y pinchó el enlace. El formulario pedía nombre, departamento y consentimiento para tratamiento de datos. Abajo brillaba el botón “Participar”. Dudó un segundo, imaginando otra vela inútil o una taza que acabaría en su mesa, ya atestada. Luego se representó su nombre en la lista de participantes sin regalo enfrente. Le dio a participar. — ¿Tú también te apuntas a esta tómbola? — preguntó Sergio del departamento de al lado asomándose al box. — Ojalá me toque alguien con sentido del humor. Ya tengo pensado el regalo: un libro de gestión del tiempo para el jefe. — Pero es anónimo — le recordó Arturo. — Más divertido aún. Imagínate la cara que pondrá… — Sergio teatralizó una mueca y se echó a reír. Arturo sonrió por educación y volvió al informe. Las cifras se fundían en un flujo gris. En otro box discutían los lotes de regalo para socios, debatiendo si merecía la pena gastar en bombones caros o mejor economizar. En la zona de fumadores, por la mañana, hablaban de la prima: ¿la darán? ¿La recortarán? ¿Será en especie como los famosos lotes? Era el telón de fondo inacabable de la Navidad: el árbol artificial en la entrada, las bolas de plástico, las tarjetas impersonales de “Estimados colaboradores, les deseamos…”. Arturo tenía dos objetivos para ese año. Uno, llegar a la bonificación por cumplir el plan. Dos, no desquitarse con su hijo por las notas. Ambos parecían igual de difíciles. Por la tarde llegó un mail con asunto “Tu protegido/a del Amigo Invisible”. Lo abrió desde el móvil en el metro, apretado entre abrigos y mochilas. “Hola, Arturo: Tu protegido/a: Arturo del departamento de análisis”. Leyó la línea. Y la volvió a leer. El metro dio un bandazo y alguien le empujó el hombro. El chat echaba humo con capturas de pantalla: “¿Esto es un bug?” “A mí también me ha salido yo mismo.” “Esto es nivel experto de autoconocimiento.” Patricia respondió rápido: “Sí, compañeros: el sistema ha fallado. Ya no podemos cambiarlo, IT dice que está todo atado al DNI. Os propongo verlo como un experimento. Traemos regalo igualmente y finjimos que no sabemos nada. Lo importante es conservar el misterio y el buen ambiente”. “¿Qué misterio si sé perfectamente que soy yo?” — escribió alguien. “Piensa que es un desconocido que te entiende de verdad”, contestó Patricia con un emoticono de árbol. Arturo cerró el chat y guardó el móvil. Cerca, alguien hablaba por el manos libres de cómo “cerrar el año”. En el reflejo oscuro del cristal vio a un hombre de 41 con algo de canas en las sienes, cara cansada pero no vieja. Traje de Zara, reloj a plazos, móvil “como el del jefe” a crédito. ¿Un regalo a mí mismo, como si fuera de un desconocido? pensó. ¿Y qué podría darme ese desconocido? No tenía respuesta. Al día siguiente, el tema era la comidilla en la zona de fumadores. — Yo creo que habría que cancelarlo — opinaba Pablo el abogado, sacudiendo la ceniza. — Rompe todo el concepto. El Amigo Invisible no puede ser no-invisible. — A mí me mola — replicó Ana de marketing —. Por fin puedo regalarme algo decente. No otra bufanda con renos. — Si ya te compras de todo — bromeó alguien. — No todo — sonrió Ana —. Hay cosas para las que me da pena gastar. Ahí está la gracia. Arturo escuchaba en silencio. Tenía en mente posibles regalos: auriculares, batería externa, un ratón nuevo. Todo lo podía comprar sin ningún Amigo Invisible, entrando en una tienda al salir del metro. Y nada le parecía un regalo, sino otro complemento para la mesa del curro. — ¿Tú qué te vas a regalar? — le preguntó Sergio en el ascensor. — Ni idea — contestó Arturo sinceramente. — Joder, yo me pillaría una Play. Pero no da el presupuesto — Sergio sonrió —. Bueno, caerá un lote de cerveza artesanal con tarjeta de “De tu Santa”. ¿Y yo qué? pensaba Arturo volviendo a su box. ¿Qué me gustaría recibir si realmente alguien me viera, no como “empleado”, no como “pagador de hipoteca”, no como “padre al que acusan siempre de no pasar tiempo con el niño”, sino como…? ¿Como qué? ¿Como persona? Descubrió que le costaba encontrar la palabra. Por la tarde fue al centro comercial. Todo brillaba, luces, música, campañas de “el regalo perfecto”, “packs para él”, “packs para hombres con éxito”. En cada cartel, tíos con gabardina cara y rostro seguro, ninguno con ojeras ni deudas. Entró en una tienda de electrónica. Auriculares inalámbricos con etiqueta de “top ventas”. Un dependiente exponía las diferencias entre modelos a un chaval con parka. Esto es práctico. Música, podcasts. Se supone que cuidas de ti, pensó Arturo. Cogió la caja y la miró. El precio justo en el presupuesto, menos la gama alta. Pero me lo compro yo a mí. ¿Qué sentido tiene? Me paso la vida comprando cosas que se supone que tiene que tener un hombre de mi edad y estatus. Teléfono, reloj, zapatos decentes, abrigo que no sea del outlet. ¿Es esto un regalo? Dejó la caja y se fue. En la librería, hacía calor. A la entrada, pilas de libros de autoayuda: “Conviértete en la mejor versión de ti mismo”, “Cómo llegar a todo”, “La felicidad planificada”. Cogió uno, ojeó, reconoció frases sobre “zona de confort” y “productividad” y sintió cansancio. Al fondo, novelas. Pasó el dedo por los lomos buscando nombres conocidos. Antes leía mucho. En la uni podía ventilarse un libro de noche y madrugar con los ojos rojos. Luego fue trabajo, hipoteca, nació el niño y la lectura quedó en el “hay que”. ¿Quizá un libro? Pero… ¿me va a regalar un libro este “desconocido”, si no saco tiempo jamás para leer? Salió de la librería con las manos vacías. Se le mezclaba la publicidad y la música ambiental en la cabeza. En casa, su mujer preguntó: — ¿Por qué estás tan serio? — Normal — contestó, descalzándose —. Hacemos el juego de los regalos en la empresa. — ¿Otra vez tazas y velas? — sonrió ella. — Esta vez tenemos que regalarnos a nosotros mismos. Como que se ha roto el sistema. — Pues mejor — puso macarrones en la mesa. — Cómprate algo que normalmente te daría pena. — ¿Por ejemplo? — Ni idea. ¿Tú deberías saberlo mejor? Calló. Su hijo fingía estudiar en la mesa. — ¿A ver? — insistió su esposa. — Siempre quieres algo concreto. Móvil nuevo, reloj, mochila. Te van los cacharros. — Eso me lo compro según necesito — dijo él. — Pues igual no es una cosa — propuso ella —. Un vale para algo: un masaje, un día libre, yo qué sé… — A mí no me hace falta un vale para librar. — Le cortó él. — Me hace falta que el jefe no me escriba los domingos. Ella sonrió. — Pídeselo a tu Santa entonces. — Eso ya se sale de presupuesto — bromeó él. Por la noche no podía dormir. Pasaban imágenes de tiendas, slogans, deseos ajenos: “éxito profesional”, “nuevos logros”, “prosperidad económica”. Todo importante, pero tan externo como el espumillón que se guarda en enero. ¿Qué me regalaría si nadie me juzgara? Ni compañeros, ni mi mujer, ni mi hijo, ni mis padres, ni el banco. Seguía sin respuesta. Una semana antes del evento, la oficina era una colmena. Aparecieron los primeros regalos en las mesas. Algunos los escondían en el cajón, otros los ponían bien visibles. Conversaciones sobre dress code, menú, concursos. Patricia escribió: habrá animador, DJ y “un momento especial del Amigo Invisible”. Arturo aún iba sin regalo. — ¿A qué esperas? — preguntó Sergio — Luego no quedará nada decente. — Sigo pensando — dijo Arturo. — ¿En qué hay que pensar? — Sergio se encogió de hombros. — Cógelo útil. Yo he pillado un set de barbacoa. Siempre quise uno y nunca me acordé. Ahora sí. A la hora de comer bajó al café. La cola avanzaba hacia la caja, se hablaba de informes, niños, atascos. En la pantalla del bar: “Date un capricho. ¡Sets para regalar!” Se sentó junto a la ventana y sacó el móvil. Buscó en Amazon “regalo para hombre de 40 años”. Salieron relojes, carteras, gadgets, packs de vino y whisky, vales para barbería. Esto va de parecer lo que debo, no de cómo me siento, pensó. Cerró y abrió el correo personal. Promos y notificaciones: “Llevas mucho sin visitarnos”, “Tienes un descuento”, “Empieza el año con la mejor versión de ti mismo”. Entre ellos uno, olvidado, de una web de formación: “Nueva edición del curso de fotografía. Inscríbete antes de la semana próxima”. Fotografía. Recordó la réflex antigua que se compró hace diez años, cuando la hipoteca era un lejano horizonte y no había niño. Entonces paseaba por Madrid los domingos y hacía fotos a calles, gente, escaparates. Luego la cámara pasó al armario. Primero no había tiempo, luego energía, luego le pareció una tontería. Qué cliché, le decía su voz interna. Un tío de cuarenta que se acuerda de cuando le gustaba hacer fotos. Ahora va y decide que lo suyo es ser artista. Venga ya. Apartó la bandeja. Algo en él se encogió, esa vergüenza súbita. No quiero dejar mi trabajo. Sólo… El móvil vibró. Mensaje del jefe: “Necesito cifras del tercer trimestre para la tarde”. Suspiró y subió. Por la noche rebuscó la vieja cámara. Pesada y fría en la funda. Probó a encenderla: sin batería. En el cajón halló el cargador. Su mujer alzó las cejas sorprendida: — ¿Vas a hacer fotos? — Sólo quería ver si funcionaba — dijo él. Cuando la batería cargó un poco, salió al balcón e hizo varias fotos: coches, farolas, nieve, ventanas. Nada especial. Pero mientras miraba por el visor, el ruido mental aminoraba. No se iba, pero retrocedía. Notó que respiraba más hondo. ¿Es esto el regalo? — pensó. — No la cámara, sino el permiso para dedicarle tiempo. Una hora a la semana. O dos. Sin sentir que es una bobada. La idea le pareció sencilla y, a la vez, aterradora. La voz crítica protestó: Venga ya, cómprate un curso de fotografía. Como si eso cambiara algo. Pero otra voz, más baja, dijo: ¿Y por qué no? Gastas en cosas que olvidarás en un año; al menos esto te gustaba de verdad. Abrió de nuevo el mail del curso. Había módulo de composición, de luz, de fotografía urbana. Clases online dos tardes a la semana. El precio entraba en el límite del Amigo Invisible, escogiendo el paquete sencillo. Un regalo a mí mismo de parte de un desconocido, pensó. Un desconocido que recuerda qué me hacía feliz y no lo menosprecia. Le dio a “pagar”. Y ahora, la formalidad: convertirlo en un regalo físico. La norma del juego decía objeto tangible para entregar. No podía llegar al evento y anunciar “Me he apuntado a un curso”. Tenía que envolver algo. Compró una libreta azul en la papelería y un sobre. Imprimió el mail de confirmación del curso y lo dobló cuidadosamente. En la primera página de la libreta escribió, con letra torpe pero legible: “Para esas fotos que aún harás”. Tras varios borradores para la nota, al final salió esto: “Para Arturo. A veces conviene recordarse que eres más que informes y videollamadas. Ojalá encuentres tiempo para mirar el mundo sin tablas de Excel. Espero que lo aproveches. Tu Santa”. Lo leyó y notó un pellizco en el pecho. No por cursi, sino porque esas palabras, a la vez, le resultaban ajenas y necesarias. Su “Santa” fue más considerado que él consigo mismo. Guardó la impresión en el sobre, el sobre en la libreta, la libreta la envolvió en papel de estraza y lazito rojo. El regalo era sobrio. No había logos ni slogans. La fiesta fue en un salón acristalado en la planta baja del edificio. Mesas con mantel blanco, guirnaldas, DJ de éxitos pasados. Cada cual llegaba a su modo: de lentejuelas, o con la misma camisa del curro pero sin identificación. Los regalos, en una mesa junto a la pared con una pegatina con el nombre de cada uno. — ¿Preparado para la auto-revelación? — le guiñó Patricia. — En la medida de lo posible — repuso él. A mitad de la noche, el animador anunció “el momento especial”: luces suaves, menos música, la gente desenfadada. — Amigos — dijo el animador —, este año el Amigo Invisible ha sido más invisible que nunca. Tanto, que todos sois vuestr@ propio duende. Pero hagamos como si no lo supiéramos, ¿vale? Risas en la sala. — Ahora, a recoger el paquete con vuestro nombre y a abrirlo aquí. Lo importante no es lo que hay dentro, sino lo que uno descubre de sí mismo. Otro que habla en slogans, pensó él. Y cuando le tocó, sintió una extraña emoción en la garganta. Buscó el paquete etiquetado “Arturo” y regresó a su sitio. — ¿Qué llevas ahí? — se asomó Sergio. — Espero que no sean calcetines. Desató el lazo, deshizo el papel. Libreta y sobre. El sobre con su nombre. Notó un leve temblor en los dedos. — No es el set de barbacoa, seguro — ironizó Sergio. Abrió el sobre y desplegó la hoja. A su alrededor otros exclamaban: “¡Me ha tocado un spa!”, “¡Un juego de mesa!”. Vio de reojo a Sonia, la contable, esconder los ojos al abrir un libro de yoga, y a Patricia reírse con una taza de “La mejor compañera”. Leyó esa nota. Y otra vez. Las palabras que él mismo había escrito, hoy sonaban como si alguien de verdad le hablara. No eres sólo informes y reuniones. Sintió esa punzada de pudor, como si alguien hubiese adivinado su parte más débil. Y, a la vez, alivio de que quien lo viera no le culpara. — ¿Entonces? — insistió Sergio. — Un curso — logró decir Arturo. — De fotografía. Y una libreta. — Jo, alguien se lo ha currado. Seguro que ha sido uno de los creativos. Pero vamos, la gracia está en no saberlo, ¿no? — Ahí está — asintió Arturo. — Bueno, pues tú harás las fotos del año que viene — Sergio ya pensaba en su set de barbacoa —. Te va a venir bien. Arturo cerró la libreta. El animador hacía bromas, otros bailaban. Por fuera el ruido era el de siempre; por dentro, un poco más de silencio. Miró el móvil y vio un WhatsApp de su mujer: “¿Qué tal va todo?” Contestó: “Bien. Los regalos son graciosos. Me he regalado un curso”. Y enseguida borró lo último, para poner: “Te cuento luego”. Volvió cerca de medianoche. En el portal, silencio. La casa olía a mandarinas, luz cálida en la cocina. Su mujer leía, su hijo dormía. — ¿Qué te han regalado? Puso la libreta y el sobre en la mesa. — ¿Eso es todo? — se sorprendió. — Hay algo dentro — dijo y abrió el sobre. Leyó la nota, levantó la mirada. — ¿Te la has escrito tú? — preguntó, suave. — Sí — admitió él —. Y he pagado un curso. De fotografía. Ella asintió, no se burló ni bromeó. — Es un buen regalo. Eso te gustaba. — Hace mucho de eso. — Pero sigue siendo parte de ti, aunque haga mucho. Él encogió los hombros, aunque por dentro algo se movía, como un mueble atascado que al fin empujas. — Ya veremos — dijo. El uno de enero despertó sin alarma. Amanecía gris. Los coches tapaban el patio; aún quedaba nieve suelta. Tenía resaca pero no dolor de cabeza. Su mujer y su hijo se habían ido a casa de los abuelos: él iría al día siguiente. La casa estaba insólitamente silenciosa. Se preparó café, se sentó y abrió la libreta. La primera página tenía, escritas el día anterior, las palabras: “Para esas fotos que aún harás”. Encendió el ordenador, localizó el mail del curso. La primera lección era en una semana, pero ya se podía ver la introducción. Pinchó el enlace y escuchó la voz pausada de la profesora, que no hablaba de “auto-superación” ni “productividad”, sino de mirar luces y sombras. Y se dio cuenta de que no abría el correo del trabajo a la vez. El móvil, en otra habitación: no tenía ganas de ir a por él. Tras la introducción cogió la cámara y bajó al patio. Hacía fresco, no frío. Alguno tiraba la basura del día anterior, otro paseaba al perro. En el parque infantil sólo quedaba una serpentina. Enfocó el visor. Ramas, cables, balcones. Nada especial. Pero al apretar el disparador, sintió estar haciendo algo pequeño y muy suyo. Sin objetivo, ni KPI, ni informe. Sólo para él. Hizo algunas más, luego las volcó al ordenador. Varias malas, otras aburridas. Pero una, en el cristal de un coche reflejando las ventanas, le llamó la atención. La amplió. Allí, entre los brillos, vio su silueta y la cámara en la mano. Un regalo de un desconocido, pensó. Que resulta ser yo. Y eso, quizás, está bien. Cerró el visor, terminó el café. Quedaba el primer día de curro, las tareas por cerrar, los mails y reuniones. Y un curso, que empezaría en una semana. Y una hora, que intentaría reservar para sí mismo. Abrió la libreta, apuntó la fecha y resumió: “Patio, mañana, reflejo en cristal”. Simple; era suyo. Soltó el boli y se sorprendió pensando en el futuro no sólo en cuotas y tareas, sino como un espacio mínimo donde elegir por sí mismo. Poco. Pero bastaba para respirar un poco más hondo. Se sirvió otro café, abrió el calendario del curso. Había un campo para notas. Escribió: “No cancelar para trabajar”. Se rió solo: la vida decidiría por él, seguro. Pero al menos tenía el derecho de intentarlo. Y eso también era un regalo.

Un regalo de un desconocido

El mensaje apareció en el chat general por encima de las hojas de Excel y los correos urgentes como una bola brillante en una bandeja repleta de documentos:

«Compañeros, ¡arrancamos el Amigo Invisible! Intercambio anónimo de regalos en la empresa. Presupuesto: hasta 25 euros. El enlace para apuntarse, abajo».

Sergio volvió a leer el texto y miró, casi sin darse cuenta, la esquina de la pantalla donde los minutos seguían corriendo. Quedaban diez días laborables para terminar el año, dos semanas para cerrar el trimestre, tres días para la siguiente cuota de la hipoteca. Todo en su cabeza marcaba el paso del tiempo en esos tramos.

En el chat ya volaban los comentarios: alguien mandó un GIF de un reno, otro respondió: ¿Otra vez?, uno más preguntó por el presupuesto. Lara, la de Recursos Humanos, añadió enseguida: «Participar no es obligatorio, pero sí muy recomendable. ¡Hay que crear ambiente navideño!»

Sergio apuró el café frío y pinchó el enlace. Nombre, departamento, consentimiento de datos. Al final, el botón Participar parpadeaba tentador. Dudó un segundo, imaginando otra vela decorativa o una taza inútil que acabaría en su abarrotado escritorio. Pero después pensó cómo, en la lista de inscritos, junto a su apellido, habría un hueco vacío.

Pulsó.

¿Tú también te has metido en este sorteo? preguntó Iñaki desde el cubículo vecino, asomándose con una sonrisa. Espero que me toque alguien con sentido del humor. Ya tengo el regalo pensado: un libro sobre gestión del tiempo… para el jefe.

Que es anónimo, ¿eh? le recordó Sergio.

Por eso tiene más gracia. Te imaginas su cara Iñaki se estiró la corbata y soltó una carcajada.

Sergio le sonrió por cortesía y volvió a su informe. Los números se fundían en una niebla gris. Al fondo, se oían debates sobre lotes para clientes, si merecía pagar bombones caros o ahorrar. Esa mañana, en la zona de fumadores, solo se hablaba de la prima navideña: si este año habría, si la bajarían, si iría en forma de lotes de comida.

Todo eso era el mismo telón de fondo de cada diciembre: el árbol de empresa en el vestíbulo, las bolas de plástico, las felicitaciones impersonales: «Estimado cliente: Le felicitamos…»

Este año, Sergio tenía dos metas. La primera, conseguir el bono por objetivos. La segunda, no perder la paciencia con su hijo por las notas. Ambas parecían igual de complicadas.

Por la tarde llegó el correo: «A quién te ha tocado en el Amigo Invisible». Lo abrió en el móvil, apretujado en el Metro entre abrigos y mochilas.

«¡Hola, Sergio! Tu persona es: Sergio Santos, departamento de análisis».

Leyó la línea. Luego la releyó.

Un vaivén del vagón, alguien le empujó. Por el chat ya circulaban capturas de pantalla:

«¿Esto es un error?»
«A mí también me he tocado yo».
«Esto sí que es autoconocimiento nivel pro».
Lara contestó rápido: «Sí, compañeros, el sistema ha fallado. Ya no podemos cambiarlo, los de IT dicen que todo va por ID… Propongo tomárnoslo como un experimento. Los regalos se traen igual, fingimos que no sabemos nada. Lo importante es no perder la intriga ni el ambiente».

«¿Qué intriga, si sé que soy yo?» protestó alguien.
«Piensa que es un desconocido que te entiende a la perfección» respondió Lara, añadiendo un emoji de árbol de Navidad.

Sergio cerró el chat y guardó el móvil. En el vagón, alguien hablaba a voces del cierre del año. Él observó su reflejo en la ventana oscura. Cuarenta y uno. El pelo aún aguantaba, aunque las sienes ya blanqueaban. Cara cansada, no vieja. Americana del Zara, reloj a plazos, móvil comprado como el del jefe.

Un regalo para uno mismo, de mano de un desconocido, pensó. ¿Y qué me regalaría ese desconocido?

No supo responderse.

Al día siguiente, la conversación en el área de descanso giraba solo en torno al sorteo.

Yo lo cancelaría defendía Pablo, el abogado, sacudiendo la ceniza. Rompe la esencia. El Amigo Invisible no puede ser tan poco invisible.

A mí me mola más así dijo Ana, de marketing. Por fin puedo regalarme algo en condiciones. Y no otra bufanda hortera con renos.

Pero si ya te compras de todo objetó alguien.

No todo. Hay cosas en las que me da pereza gastar sonrió Ana. Por eso tiene gracia.

Sergio callaba, repasando opciones: auriculares, batería portátil, un ratón nuevo. Todo lo podía comprar camino a casa, sin fantasía. No sería un regalo, solo otro accesorio de escritorio.

¿Y tú qué te vas a regalar? preguntó Iñaki cuando subían al ascensor.

No lo sé contestó sinceramente Sergio.

Eres increíble. Yo me pillaría la Play. Lástima del presupuesto bromeó Iñaki. Bueno, será un pack cervezas y pondré de parte de Santa.

¿Y yo? se preguntaba Sergio de camino a su mesa. ¿Qué quisiera recibir si de verdad me vieran? No como empleado, ni como hipotecado, ni como padre culpable de no pasar tiempo en casa. Sino como… ¿quién? ¿Persona?

No supo definirlo.

Por la tarde, entró al centro comercial. Todo brillaba, sonaba música, bullicio de clientes. En cada escaparate, anuncios de regalos ideales, packs para él, kits de gente triunfadora. En todos, hombres con abrigo caro y mirada segura. Ningún gesto de ojeras o facturas.

Entró en electrónica. Un expositor de auriculares inalámbricos con el cartel superventas. Al lado, dependiente dando explicaciones sobre modelos.

Auriculares, práctico. Para oír música, podcasts Casi parece cuidar de uno mismo, pensó. Agarró una caja, miró el precio. Cabía en el presupuesto, salvo el modelo top.

Pero lo estoy comprando yo, para mí. ¿Dónde está la gracia? Ya me compro lo que debe tener un hombre de mi edad: móvil, reloj, zapatos decentes, abrigo que no sea del mercadillo. ¿Eso es un regalo?

Dejó la caja y salió.

En la librería había más calma. Montones de libros de autoayuda en la entrada: Sé tu mejor versión, Cómo conseguirlo todo, La felicidad en agenda. Hojeó uno. Vio palabras mil veces leídas sobre zona de confort y productividad y sintió cansancio.

En el fondo, literatura de ficción. Pasó el dedo por los lomos, nombres familiares. Antes leía mucho. En la universidad podía zamparse una novela en una noche y después ir a clase de madrugada. Luego llegó el trabajo, la hipoteca, el nacimiento de su hijo Leer parecía una cosa pendiente más.

¿Y un libro? pensó. ¿Pero cuál? ¿Y me lo regalaría un desconocido sabiendo que nunca tengo tiempo de leer?

Salió de la tienda con las manos vacías. Le retumbaban por dentro la música y la publicidad.

En casa, su mujer preguntó:

¿Por qué llegas tan apagado?

Bah, nada, la tontería del Amigo Invisible en la empresa. Los regalos.

¿Otra vez velas y tazas? sonrió ella.

Esta vez es peor: tenemos que regalarnos nosotros mismos. Porque el sistema falló.

Pues es estupendo puso ella los macarrones en la mesa. Regálate eso que siempre te da pereza pagar.

¿El qué?

No sé. Eso solo lo sabes tú.

Se quedó callado. El hijo hacía como que estudiaba, hojeando el libro del cole.

¿Y bien? ella lo miró más seria. Siempre tienes algún capricho. Móvil, reloj, mochila Te gustan los trastos.

Todo eso me lo compro cuando hace falta respondió él.

Pues que no sea nada material propuso ella. Haz algo distinto: un masaje, un día libre, algo así…

Para un día libre no necesito papelito la interrumpió. Me haría falta un jefe que no mande mails los domingos.

Ella sonrió.

Entonces pídeselo a tu Santa.

Eso supera el presupuesto bromeó él.

Aquella noche le costó dormirse. Se agolpaban en su cabeza imágenes de escaparates, frases publicitarias, buenos deseos ajenos: progreso profesional, nuevos logros, estabilidad financiera. Todo importante, pero ajeno, como la guirnalda que desmontas en enero y metes en una caja.

¿Qué querría de verdad, si nadie me mirara? Ni colegas, ni esposa, ni hijo, ni padres, ni banco

Sin respuesta.

Una semana antes de la fiesta, la oficina zumbaba aún más. Empezaron a aparecer regalos en los escritorios. Algunos los escondían, otros los lucían. En el chat discutían el menú, el código de vestimenta, los concursos. Lara avisó de que habría un momento especial de Amigo Invisible con presentador y DJ.

Sergio seguía sin regalo.

¿A qué esperas? preguntó Iñaki. Luego no quedará nada decente.

Estoy pensando repuso Sergio.

¿Qué hay que pensar? Iñaki alzó los hombros. Llévate algo útil. Yo he pedido un set de barbacoa que siempre quise y nunca me decidía. Ahora tendré que estrenarlo sí o sí.

En el almuerzo bajó a la cafetería. Cola hasta la caja, conversaciones sobre informes, tráfico, niños. En la pantalla, un anuncio: Date un capricho. Packs para las fiestas.

Sentado junto a la ventana, buscó regalo hombre 40 años en internet. El listado: relojes, billeteras, gadgets, lotes de vino, vale para barbería.

Son todo cosas para aparentar pensó. No para lo que siento.

Cerró la pestaña. Abrió el correo personal. Ofertas: Llevas mucho sin pasar por aquí, Te espera un descuento, Empieza el año siendo una versión mejor de ti.

Entre tanto spam, un correo de una plataforma de cursos: Nuevo curso de fotografía. Matrícula hasta fin de semana.

Fotografía.

Recordó la cámara réflex que compró hacía diez años, antes del niño, cuando la hipoteca era solo un rumor. Solía pasear por Madrid los domingos, haciendo fotos a edificios, gente, escaparates. Luego la cámara quedó en el armario, primero por falta de tiempo, luego de energía, y al final pensó que era una tontería.

Qué tópico, saltó una voz interna. Otro tipo de cuarenta que redescubre la fotografía y se cree artista. Ridículo.

Apartó la bandeja. Sentía una mezcla de vergüenza y nostalgia.

No es que quiera dejarlo todo. Es solo que…

No pudo acabar el pensamiento. El móvil vibró. Un mail del jefe: Para esta tarde, necesito tus cifras del tercer trimestre.

Sergio suspiró y se levantó.

Por la tarde rebuscó en el armario y sacó la vieja bolsa. La cámara, pesada, fría. Encendió: sin batería. Por suerte, encontró el cargador en el escritorio.

Su mujer se le quedó mirando:

¿Vas a hacer fotos ahora?

Solo quiero ver si aún funciona respondió.

Cuando la batería cargó un poco, salió al balcón. Hizo un par de fotos al patio: coches, ventanas, farolas, cielo plomizo. Nada especial, pero al mirar por el visor, todo el ruido mental se desvaneció, sin desaparecer, pero cediendo un paso atrás.

Sintió que respiraba mejor.

¿Y si este es el regalo? pensó. No la cámara, sino darme permiso a dedicarle tiempo. Una hora a la semana. O dos. Sin sentir que es una tontería.

La idea era sencilla y daba miedo. El crítico interior intentó ridiculizarla: Sí, apúntate a ese curso de foto. Como si eso fuera a cambiar nada.

Pero una voz más suave contestó: ¿Y por qué no? Inviertes en cosas que olvidas en un año. Esto puede que te apetezca.

Volvió al portátil y releyó el correo. El curso incluía composición, iluminación, paisaje urbano. Dos tardes a la semana, online. El precio cabía en los 25 euros del sorteo, elegiendo el paquete básico.

Un regalo de un desconocido pensó. De alguien que recuerda lo que una vez disfruté y no lo menosprecia.

Clic en Pagar.

Solo faltaba hacerlo regalo tangible.

Las normas del juego decían que tenía que ser algo físico, para entregar. No podía ir al evento y decir simplemente: Me he matriculado en un curso. Necesitaba algo que envolver.

Compró una libreta azul lisa y un sobre en la papelería. En casa, imprimió el recibo y lo dobló con esmero. En la primera página escribió: Para las fotos que todavía harás. Su letra era desigual, pero reconocible.

Después pensó en la nota. Quería evitar frases hechas; prefería palabras de alguien que supiera cómo es su vida.

Tras varios intentos salió esto:

Sergio:

A veces viene bien recordarte que eres más que informes y reuniones. Que te quede algo de tiempo para mirar el mundo fuera de los excels. Ojalá lo aproveches.

Tu Santa.

Leyó el texto. Le tiembló el pecho. No por cursi, sino porque esas palabras sonaban extrañas, pero muy necesarias.

Sant@ resultó ser más considerado de lo que suele ser él consigo mismo.

Metió el recibo en el sobre, el sobre en la libreta, la envolvió en papel marrón y la ató con una cinta roja.

El conjunto era sencillo. No llevaba logos ni eslóganes.

La fiesta de empresa fue en el salón de actos del piso bajo. Mesas con manteles blancos, guirnaldas, un DJ pinchando clásicos. Llegaban todos: trajes brillantes, camisas de diario pero sin la placa de la empresa.

Los regalos, en una mesa aparte. Cada uno con un post-it con el destinatario. Sergio dejó su paquete y miró el montón: bolsas con logos de tiendas, cajas con lazos, formas extrañas envueltas en papel plateado.

¿Preparado para el autodescubrimiento? bromeó Lara al pasar.

Lo que se puede, contestó él.

A mitad de velada, el presentador avisó: ¡Ha llegado el momento especial! La música bajó. Algunos reían, otros discutían en la barra.

Amigos arrancó, este año el Amigo Invisible ha sido más invisible que nunca… tanto, que cada uno fue su propio mago. Pero recordamos: actuemos como si nada supiéramos, ¿vale?

Risas en el salón.

Ahora, cada uno acérquese, coja su regalo y ábralo aquí. Importa menos el objeto que lo que descubráis de vosotros mismos.

Otro de charla motivadora, pensó Sergio, cansado.

Cuando le tocó, sintió un cosquilleo raro en la garganta. Cogió el paquete con el nombre Sergio Santos y volvió a su sitio.

¿Qué tienes? asomó Iñaki. Ojalá no sean calcetines…

Sergio desató la cinta y abrió. Dentro, la libreta y el sobre. Su nombre escrito de puño y letra. Las manos le temblaron un poco.

Esto no es un kit barbacoa comentó Iñaki.

Sergio abrió el sobre, desdobló la hoja. Otros exclamaban: ¡A mí me ha tocado un spa!, ¡Y yo, un juego de mesa! De refilón vio a Pilar, la contable, enjugándose los ojos con un libro de yoga y a Lara riéndose con una taza de Mejor Empleado.

Releyó la nota. Las mismas palabras que escribió anoche, pero ahora sonaban como un gesto sincero de alguien externo.

No solo informes y reuniones.

Le dio un pinchazo de vergüenza, como si le atraparan en una debilidad, y a la vez, alivio de saber que ese alguien no juzga.

Entonces, ¿qué era? insistió Iñaki.

Un curso de fotografía. Y una libreta.

Toma ya, silbó Iñaki. Quien te haya tocado se lo ha currado. Aunque aquí no hay que confesar, ¿no?

No, sonrió Sergio.

Bueno, pues ya harás tú las fotos en la próxima fiesta. ¡Para algo servirá!

Sergio cerró la libreta. El presentador contaba chistes, la música sonaba, otros bailaban. Por dentro, bajó el volumen del ruido.

Miró el mensaje sin leer de su mujer: «¿Qué tal?». Respondió: Todo bien. Regalos raros. Luego te cuento, borrando la parte de me regalé un curso.

Llegó a casa cerca de medianoche. El portal, en silencio, salvo una puerta cerrándose arriba. El aroma de mandarinas en la cocina, la luz cálida. Su esposa, leyendo; el hijo ya dormía.

¿Y bien, qué te han dado? preguntó ella.

Dejó la libreta y el sobre en la mesa.

¿Solo esto? se sorprendió.

Dentro hay algo más explicó, abriendo el sobre.

Ella leyó la nota, lo miró.

¿Te lo has escrito tú? preguntó con cariño.

Sí confesó. Y me he apuntado al curso. De fotografía.

Ella asintió, sonriente, sin bromas.

Buen regalo. Siempre te ha gustado.

Hace mucho de eso murmuró él.

Que haga mucho no significa que haya pasado.

Encogió los hombros. Pero dentro notó un cambio, como si moviera por fin un mueble atascado.

Ya veremos.

El uno de enero, Sergio se despertó sin alarmas. El patio, cubierto de coches y algún resto de nieve. Tenía el cuerpo pesado, pero la mente despejada. Su mujer e hijo se habían ido al pueblo la tarde anterior; él viajaría después.

La soledad llenó la casa. Preparó café, se sentó y abrió la libreta. Seguía allí la frase: Para las fotos que todavía harás.

Encendió el portátil. Encontró el mail con el curso. Las clases empezaban en una semana, pero el módulo introductorio ya se podía ver. Reprodujo el vídeo y escuchó a una profesora hablar de aprender a mirar la luz y la sombra, no de rendimiento o autoayuda.

De pronto, se dio cuenta de que no miraba el correo del trabajo. El móvil, lejos, sin urgencia por tocarlo.

Al terminar, cogió la cámara y bajó al patio. Frío, pero soportable. Vecinos sacando basura, alguien paseando el perro, un petardo solitario en el parque.

Levantó la cámara. Ramas, cables, ventanas. Simple. Al hacer la foto, sintió que hacía algo minúsculo y necesario.

No para informes, ni para objetivos, ni para PowerPoints. Para él.

Sacó algunas más. Ya en casa, las pasó al ordenador. Muchas malísimas, otras sin interés. Pero en una, el reflejo de las ventanas sobre el cristal de un coche le llamó la atención.

Ampliada, vio su silueta con la cámara en las manos.

Un regalo de un desconocido pensó. Que era yo mismo. Y eso está bien.

Cerró el programa, bebió el café frío. El lunes le esperaban tareas, correos, reuniones. Y el curso. Y una hora reservada solo para él.

Abrió la libreta y escribió la fecha. Después, simplemente: Patio, mañana, reflejo en cristal. Era una frase sencilla, pero suya.

De pronto, se dio cuenta de que por primera vez en mucho tiempo pensaba en el futuro no solo en pagos ni informes. Había un pequeño hueco para mirar y decidir qué quería él mismo.

No era mucho. Pero bastaba para respirar mejor.

Se sirvió más café y abrió el calendario del curso. En la parte inferior, un campo para notas. Escribió: No cancelar por trabajo. Sonrió; seguro que la vida corregiría sus planes. Pero al menos, ahora tenía derecho a intentarlo.

Y ese, también, era un regalo valioso.

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Un regalo de un desconocido Un mensaje emergió en el chat general por encima de las tablas y los correos urgentes, como un adorno brillante en un cajón de papeles: «Compañeros, ¡ponemos en marcha el Amigo Invisible! Intercambio anónimo de regalos en la empresa. Presupuesto hasta 20 euros. Enlace al formulario abajo». Arturo leyó el texto y miró instintivamente la esquina de la pantalla, donde parpadeaba el reloj. Quedaban diez días laborables para terminar el año, dos semanas para cerrar el trimestre, tres días para pagar la hipoteca. Hacía tiempo que sus referencias eran así, en forma de pequeños cortes. Ya caían reacciones en el chat. Alguien mandó un gif de un reno, otro escribió: “¿Otra vez?”, otro más preguntó por el presupuesto. Patricia, la de Recursos Humanos, añadió enseguida: “No es obligatorio participar, pero muy recomendable. ¡Hay que crear ambiente navideño!”… Arturo se acabó el café frío y pinchó el enlace. El formulario pedía nombre, departamento y consentimiento para tratamiento de datos. Abajo brillaba el botón “Participar”. Dudó un segundo, imaginando otra vela inútil o una taza que acabaría en su mesa, ya atestada. Luego se representó su nombre en la lista de participantes sin regalo enfrente. Le dio a participar. — ¿Tú también te apuntas a esta tómbola? — preguntó Sergio del departamento de al lado asomándose al box. — Ojalá me toque alguien con sentido del humor. Ya tengo pensado el regalo: un libro de gestión del tiempo para el jefe. — Pero es anónimo — le recordó Arturo. — Más divertido aún. Imagínate la cara que pondrá… — Sergio teatralizó una mueca y se echó a reír. Arturo sonrió por educación y volvió al informe. Las cifras se fundían en un flujo gris. En otro box discutían los lotes de regalo para socios, debatiendo si merecía la pena gastar en bombones caros o mejor economizar. En la zona de fumadores, por la mañana, hablaban de la prima: ¿la darán? ¿La recortarán? ¿Será en especie como los famosos lotes? Era el telón de fondo inacabable de la Navidad: el árbol artificial en la entrada, las bolas de plástico, las tarjetas impersonales de “Estimados colaboradores, les deseamos…”. Arturo tenía dos objetivos para ese año. Uno, llegar a la bonificación por cumplir el plan. Dos, no desquitarse con su hijo por las notas. Ambos parecían igual de difíciles. Por la tarde llegó un mail con asunto “Tu protegido/a del Amigo Invisible”. Lo abrió desde el móvil en el metro, apretado entre abrigos y mochilas. “Hola, Arturo: Tu protegido/a: Arturo del departamento de análisis”. Leyó la línea. Y la volvió a leer. El metro dio un bandazo y alguien le empujó el hombro. El chat echaba humo con capturas de pantalla: “¿Esto es un bug?” “A mí también me ha salido yo mismo.” “Esto es nivel experto de autoconocimiento.” Patricia respondió rápido: “Sí, compañeros: el sistema ha fallado. Ya no podemos cambiarlo, IT dice que está todo atado al DNI. Os propongo verlo como un experimento. Traemos regalo igualmente y finjimos que no sabemos nada. Lo importante es conservar el misterio y el buen ambiente”. “¿Qué misterio si sé perfectamente que soy yo?” — escribió alguien. “Piensa que es un desconocido que te entiende de verdad”, contestó Patricia con un emoticono de árbol. Arturo cerró el chat y guardó el móvil. Cerca, alguien hablaba por el manos libres de cómo “cerrar el año”. En el reflejo oscuro del cristal vio a un hombre de 41 con algo de canas en las sienes, cara cansada pero no vieja. Traje de Zara, reloj a plazos, móvil “como el del jefe” a crédito. ¿Un regalo a mí mismo, como si fuera de un desconocido? pensó. ¿Y qué podría darme ese desconocido? No tenía respuesta. Al día siguiente, el tema era la comidilla en la zona de fumadores. — Yo creo que habría que cancelarlo — opinaba Pablo el abogado, sacudiendo la ceniza. — Rompe todo el concepto. El Amigo Invisible no puede ser no-invisible. — A mí me mola — replicó Ana de marketing —. Por fin puedo regalarme algo decente. No otra bufanda con renos. — Si ya te compras de todo — bromeó alguien. — No todo — sonrió Ana —. Hay cosas para las que me da pena gastar. Ahí está la gracia. Arturo escuchaba en silencio. Tenía en mente posibles regalos: auriculares, batería externa, un ratón nuevo. Todo lo podía comprar sin ningún Amigo Invisible, entrando en una tienda al salir del metro. Y nada le parecía un regalo, sino otro complemento para la mesa del curro. — ¿Tú qué te vas a regalar? — le preguntó Sergio en el ascensor. — Ni idea — contestó Arturo sinceramente. — Joder, yo me pillaría una Play. Pero no da el presupuesto — Sergio sonrió —. Bueno, caerá un lote de cerveza artesanal con tarjeta de “De tu Santa”. ¿Y yo qué? pensaba Arturo volviendo a su box. ¿Qué me gustaría recibir si realmente alguien me viera, no como “empleado”, no como “pagador de hipoteca”, no como “padre al que acusan siempre de no pasar tiempo con el niño”, sino como…? ¿Como qué? ¿Como persona? Descubrió que le costaba encontrar la palabra. Por la tarde fue al centro comercial. Todo brillaba, luces, música, campañas de “el regalo perfecto”, “packs para él”, “packs para hombres con éxito”. En cada cartel, tíos con gabardina cara y rostro seguro, ninguno con ojeras ni deudas. Entró en una tienda de electrónica. Auriculares inalámbricos con etiqueta de “top ventas”. Un dependiente exponía las diferencias entre modelos a un chaval con parka. Esto es práctico. Música, podcasts. Se supone que cuidas de ti, pensó Arturo. Cogió la caja y la miró. El precio justo en el presupuesto, menos la gama alta. Pero me lo compro yo a mí. ¿Qué sentido tiene? Me paso la vida comprando cosas que se supone que tiene que tener un hombre de mi edad y estatus. Teléfono, reloj, zapatos decentes, abrigo que no sea del outlet. ¿Es esto un regalo? Dejó la caja y se fue. En la librería, hacía calor. A la entrada, pilas de libros de autoayuda: “Conviértete en la mejor versión de ti mismo”, “Cómo llegar a todo”, “La felicidad planificada”. Cogió uno, ojeó, reconoció frases sobre “zona de confort” y “productividad” y sintió cansancio. Al fondo, novelas. Pasó el dedo por los lomos buscando nombres conocidos. Antes leía mucho. En la uni podía ventilarse un libro de noche y madrugar con los ojos rojos. Luego fue trabajo, hipoteca, nació el niño y la lectura quedó en el “hay que”. ¿Quizá un libro? Pero… ¿me va a regalar un libro este “desconocido”, si no saco tiempo jamás para leer? Salió de la librería con las manos vacías. Se le mezclaba la publicidad y la música ambiental en la cabeza. En casa, su mujer preguntó: — ¿Por qué estás tan serio? — Normal — contestó, descalzándose —. Hacemos el juego de los regalos en la empresa. — ¿Otra vez tazas y velas? — sonrió ella. — Esta vez tenemos que regalarnos a nosotros mismos. Como que se ha roto el sistema. — Pues mejor — puso macarrones en la mesa. — Cómprate algo que normalmente te daría pena. — ¿Por ejemplo? — Ni idea. ¿Tú deberías saberlo mejor? Calló. Su hijo fingía estudiar en la mesa. — ¿A ver? — insistió su esposa. — Siempre quieres algo concreto. Móvil nuevo, reloj, mochila. Te van los cacharros. — Eso me lo compro según necesito — dijo él. — Pues igual no es una cosa — propuso ella —. Un vale para algo: un masaje, un día libre, yo qué sé… — A mí no me hace falta un vale para librar. — Le cortó él. — Me hace falta que el jefe no me escriba los domingos. Ella sonrió. — Pídeselo a tu Santa entonces. — Eso ya se sale de presupuesto — bromeó él. Por la noche no podía dormir. Pasaban imágenes de tiendas, slogans, deseos ajenos: “éxito profesional”, “nuevos logros”, “prosperidad económica”. Todo importante, pero tan externo como el espumillón que se guarda en enero. ¿Qué me regalaría si nadie me juzgara? Ni compañeros, ni mi mujer, ni mi hijo, ni mis padres, ni el banco. Seguía sin respuesta. Una semana antes del evento, la oficina era una colmena. Aparecieron los primeros regalos en las mesas. Algunos los escondían en el cajón, otros los ponían bien visibles. Conversaciones sobre dress code, menú, concursos. Patricia escribió: habrá animador, DJ y “un momento especial del Amigo Invisible”. Arturo aún iba sin regalo. — ¿A qué esperas? — preguntó Sergio — Luego no quedará nada decente. — Sigo pensando — dijo Arturo. — ¿En qué hay que pensar? — Sergio se encogió de hombros. — Cógelo útil. Yo he pillado un set de barbacoa. Siempre quise uno y nunca me acordé. Ahora sí. A la hora de comer bajó al café. La cola avanzaba hacia la caja, se hablaba de informes, niños, atascos. En la pantalla del bar: “Date un capricho. ¡Sets para regalar!” Se sentó junto a la ventana y sacó el móvil. Buscó en Amazon “regalo para hombre de 40 años”. Salieron relojes, carteras, gadgets, packs de vino y whisky, vales para barbería. Esto va de parecer lo que debo, no de cómo me siento, pensó. Cerró y abrió el correo personal. Promos y notificaciones: “Llevas mucho sin visitarnos”, “Tienes un descuento”, “Empieza el año con la mejor versión de ti mismo”. Entre ellos uno, olvidado, de una web de formación: “Nueva edición del curso de fotografía. Inscríbete antes de la semana próxima”. Fotografía. Recordó la réflex antigua que se compró hace diez años, cuando la hipoteca era un lejano horizonte y no había niño. Entonces paseaba por Madrid los domingos y hacía fotos a calles, gente, escaparates. Luego la cámara pasó al armario. Primero no había tiempo, luego energía, luego le pareció una tontería. Qué cliché, le decía su voz interna. Un tío de cuarenta que se acuerda de cuando le gustaba hacer fotos. Ahora va y decide que lo suyo es ser artista. Venga ya. Apartó la bandeja. Algo en él se encogió, esa vergüenza súbita. No quiero dejar mi trabajo. Sólo… El móvil vibró. Mensaje del jefe: “Necesito cifras del tercer trimestre para la tarde”. Suspiró y subió. Por la noche rebuscó la vieja cámara. Pesada y fría en la funda. Probó a encenderla: sin batería. En el cajón halló el cargador. Su mujer alzó las cejas sorprendida: — ¿Vas a hacer fotos? — Sólo quería ver si funcionaba — dijo él. Cuando la batería cargó un poco, salió al balcón e hizo varias fotos: coches, farolas, nieve, ventanas. Nada especial. Pero mientras miraba por el visor, el ruido mental aminoraba. No se iba, pero retrocedía. Notó que respiraba más hondo. ¿Es esto el regalo? — pensó. — No la cámara, sino el permiso para dedicarle tiempo. Una hora a la semana. O dos. Sin sentir que es una bobada. La idea le pareció sencilla y, a la vez, aterradora. La voz crítica protestó: Venga ya, cómprate un curso de fotografía. Como si eso cambiara algo. Pero otra voz, más baja, dijo: ¿Y por qué no? Gastas en cosas que olvidarás en un año; al menos esto te gustaba de verdad. Abrió de nuevo el mail del curso. Había módulo de composición, de luz, de fotografía urbana. Clases online dos tardes a la semana. El precio entraba en el límite del Amigo Invisible, escogiendo el paquete sencillo. Un regalo a mí mismo de parte de un desconocido, pensó. Un desconocido que recuerda qué me hacía feliz y no lo menosprecia. Le dio a “pagar”. Y ahora, la formalidad: convertirlo en un regalo físico. La norma del juego decía objeto tangible para entregar. No podía llegar al evento y anunciar “Me he apuntado a un curso”. Tenía que envolver algo. Compró una libreta azul en la papelería y un sobre. Imprimió el mail de confirmación del curso y lo dobló cuidadosamente. En la primera página de la libreta escribió, con letra torpe pero legible: “Para esas fotos que aún harás”. Tras varios borradores para la nota, al final salió esto: “Para Arturo. A veces conviene recordarse que eres más que informes y videollamadas. Ojalá encuentres tiempo para mirar el mundo sin tablas de Excel. Espero que lo aproveches. Tu Santa”. Lo leyó y notó un pellizco en el pecho. No por cursi, sino porque esas palabras, a la vez, le resultaban ajenas y necesarias. Su “Santa” fue más considerado que él consigo mismo. Guardó la impresión en el sobre, el sobre en la libreta, la libreta la envolvió en papel de estraza y lazito rojo. El regalo era sobrio. No había logos ni slogans. La fiesta fue en un salón acristalado en la planta baja del edificio. Mesas con mantel blanco, guirnaldas, DJ de éxitos pasados. Cada cual llegaba a su modo: de lentejuelas, o con la misma camisa del curro pero sin identificación. Los regalos, en una mesa junto a la pared con una pegatina con el nombre de cada uno. — ¿Preparado para la auto-revelación? — le guiñó Patricia. — En la medida de lo posible — repuso él. A mitad de la noche, el animador anunció “el momento especial”: luces suaves, menos música, la gente desenfadada. — Amigos — dijo el animador —, este año el Amigo Invisible ha sido más invisible que nunca. Tanto, que todos sois vuestr@ propio duende. Pero hagamos como si no lo supiéramos, ¿vale? Risas en la sala. — Ahora, a recoger el paquete con vuestro nombre y a abrirlo aquí. Lo importante no es lo que hay dentro, sino lo que uno descubre de sí mismo. Otro que habla en slogans, pensó él. Y cuando le tocó, sintió una extraña emoción en la garganta. Buscó el paquete etiquetado “Arturo” y regresó a su sitio. — ¿Qué llevas ahí? — se asomó Sergio. — Espero que no sean calcetines. Desató el lazo, deshizo el papel. Libreta y sobre. El sobre con su nombre. Notó un leve temblor en los dedos. — No es el set de barbacoa, seguro — ironizó Sergio. Abrió el sobre y desplegó la hoja. A su alrededor otros exclamaban: “¡Me ha tocado un spa!”, “¡Un juego de mesa!”. Vio de reojo a Sonia, la contable, esconder los ojos al abrir un libro de yoga, y a Patricia reírse con una taza de “La mejor compañera”. Leyó esa nota. Y otra vez. Las palabras que él mismo había escrito, hoy sonaban como si alguien de verdad le hablara. No eres sólo informes y reuniones. Sintió esa punzada de pudor, como si alguien hubiese adivinado su parte más débil. Y, a la vez, alivio de que quien lo viera no le culpara. — ¿Entonces? — insistió Sergio. — Un curso — logró decir Arturo. — De fotografía. Y una libreta. — Jo, alguien se lo ha currado. Seguro que ha sido uno de los creativos. Pero vamos, la gracia está en no saberlo, ¿no? — Ahí está — asintió Arturo. — Bueno, pues tú harás las fotos del año que viene — Sergio ya pensaba en su set de barbacoa —. Te va a venir bien. Arturo cerró la libreta. El animador hacía bromas, otros bailaban. Por fuera el ruido era el de siempre; por dentro, un poco más de silencio. Miró el móvil y vio un WhatsApp de su mujer: “¿Qué tal va todo?” Contestó: “Bien. Los regalos son graciosos. Me he regalado un curso”. Y enseguida borró lo último, para poner: “Te cuento luego”. Volvió cerca de medianoche. En el portal, silencio. La casa olía a mandarinas, luz cálida en la cocina. Su mujer leía, su hijo dormía. — ¿Qué te han regalado? Puso la libreta y el sobre en la mesa. — ¿Eso es todo? — se sorprendió. — Hay algo dentro — dijo y abrió el sobre. Leyó la nota, levantó la mirada. — ¿Te la has escrito tú? — preguntó, suave. — Sí — admitió él —. Y he pagado un curso. De fotografía. Ella asintió, no se burló ni bromeó. — Es un buen regalo. Eso te gustaba. — Hace mucho de eso. — Pero sigue siendo parte de ti, aunque haga mucho. Él encogió los hombros, aunque por dentro algo se movía, como un mueble atascado que al fin empujas. — Ya veremos — dijo. El uno de enero despertó sin alarma. Amanecía gris. Los coches tapaban el patio; aún quedaba nieve suelta. Tenía resaca pero no dolor de cabeza. Su mujer y su hijo se habían ido a casa de los abuelos: él iría al día siguiente. La casa estaba insólitamente silenciosa. Se preparó café, se sentó y abrió la libreta. La primera página tenía, escritas el día anterior, las palabras: “Para esas fotos que aún harás”. Encendió el ordenador, localizó el mail del curso. La primera lección era en una semana, pero ya se podía ver la introducción. Pinchó el enlace y escuchó la voz pausada de la profesora, que no hablaba de “auto-superación” ni “productividad”, sino de mirar luces y sombras. Y se dio cuenta de que no abría el correo del trabajo a la vez. El móvil, en otra habitación: no tenía ganas de ir a por él. Tras la introducción cogió la cámara y bajó al patio. Hacía fresco, no frío. Alguno tiraba la basura del día anterior, otro paseaba al perro. En el parque infantil sólo quedaba una serpentina. Enfocó el visor. Ramas, cables, balcones. Nada especial. Pero al apretar el disparador, sintió estar haciendo algo pequeño y muy suyo. Sin objetivo, ni KPI, ni informe. Sólo para él. Hizo algunas más, luego las volcó al ordenador. Varias malas, otras aburridas. Pero una, en el cristal de un coche reflejando las ventanas, le llamó la atención. La amplió. Allí, entre los brillos, vio su silueta y la cámara en la mano. Un regalo de un desconocido, pensó. Que resulta ser yo. Y eso, quizás, está bien. Cerró el visor, terminó el café. Quedaba el primer día de curro, las tareas por cerrar, los mails y reuniones. Y un curso, que empezaría en una semana. Y una hora, que intentaría reservar para sí mismo. Abrió la libreta, apuntó la fecha y resumió: “Patio, mañana, reflejo en cristal”. Simple; era suyo. Soltó el boli y se sorprendió pensando en el futuro no sólo en cuotas y tareas, sino como un espacio mínimo donde elegir por sí mismo. Poco. Pero bastaba para respirar un poco más hondo. Se sirvió otro café, abrió el calendario del curso. Había un campo para notas. Escribió: “No cancelar para trabajar”. Se rió solo: la vida decidiría por él, seguro. Pero al menos tenía el derecho de intentarlo. Y eso también era un regalo.
«Este no es mi hijo», declaró el millonario antes de ordenar a su esposa que se llevara al niño y se marchara. Si tan solo hubiera sabido…