Un regalo de un desconocido
El mensaje apareció en el chat general por encima de las hojas de Excel y los correos urgentes como una bola brillante en una bandeja repleta de documentos:
«Compañeros, ¡arrancamos el Amigo Invisible! Intercambio anónimo de regalos en la empresa. Presupuesto: hasta 25 euros. El enlace para apuntarse, abajo».
Sergio volvió a leer el texto y miró, casi sin darse cuenta, la esquina de la pantalla donde los minutos seguían corriendo. Quedaban diez días laborables para terminar el año, dos semanas para cerrar el trimestre, tres días para la siguiente cuota de la hipoteca. Todo en su cabeza marcaba el paso del tiempo en esos tramos.
En el chat ya volaban los comentarios: alguien mandó un GIF de un reno, otro respondió: ¿Otra vez?, uno más preguntó por el presupuesto. Lara, la de Recursos Humanos, añadió enseguida: «Participar no es obligatorio, pero sí muy recomendable. ¡Hay que crear ambiente navideño!»
Sergio apuró el café frío y pinchó el enlace. Nombre, departamento, consentimiento de datos. Al final, el botón Participar parpadeaba tentador. Dudó un segundo, imaginando otra vela decorativa o una taza inútil que acabaría en su abarrotado escritorio. Pero después pensó cómo, en la lista de inscritos, junto a su apellido, habría un hueco vacío.
Pulsó.
¿Tú también te has metido en este sorteo? preguntó Iñaki desde el cubículo vecino, asomándose con una sonrisa. Espero que me toque alguien con sentido del humor. Ya tengo el regalo pensado: un libro sobre gestión del tiempo… para el jefe.
Que es anónimo, ¿eh? le recordó Sergio.
Por eso tiene más gracia. Te imaginas su cara Iñaki se estiró la corbata y soltó una carcajada.
Sergio le sonrió por cortesía y volvió a su informe. Los números se fundían en una niebla gris. Al fondo, se oían debates sobre lotes para clientes, si merecía pagar bombones caros o ahorrar. Esa mañana, en la zona de fumadores, solo se hablaba de la prima navideña: si este año habría, si la bajarían, si iría en forma de lotes de comida.
Todo eso era el mismo telón de fondo de cada diciembre: el árbol de empresa en el vestíbulo, las bolas de plástico, las felicitaciones impersonales: «Estimado cliente: Le felicitamos…»
Este año, Sergio tenía dos metas. La primera, conseguir el bono por objetivos. La segunda, no perder la paciencia con su hijo por las notas. Ambas parecían igual de complicadas.
Por la tarde llegó el correo: «A quién te ha tocado en el Amigo Invisible». Lo abrió en el móvil, apretujado en el Metro entre abrigos y mochilas.
«¡Hola, Sergio! Tu persona es: Sergio Santos, departamento de análisis».
Leyó la línea. Luego la releyó.
Un vaivén del vagón, alguien le empujó. Por el chat ya circulaban capturas de pantalla:
«¿Esto es un error?»
«A mí también me he tocado yo».
«Esto sí que es autoconocimiento nivel pro».
Lara contestó rápido: «Sí, compañeros, el sistema ha fallado. Ya no podemos cambiarlo, los de IT dicen que todo va por ID… Propongo tomárnoslo como un experimento. Los regalos se traen igual, fingimos que no sabemos nada. Lo importante es no perder la intriga ni el ambiente».
«¿Qué intriga, si sé que soy yo?» protestó alguien.
«Piensa que es un desconocido que te entiende a la perfección» respondió Lara, añadiendo un emoji de árbol de Navidad.
Sergio cerró el chat y guardó el móvil. En el vagón, alguien hablaba a voces del cierre del año. Él observó su reflejo en la ventana oscura. Cuarenta y uno. El pelo aún aguantaba, aunque las sienes ya blanqueaban. Cara cansada, no vieja. Americana del Zara, reloj a plazos, móvil comprado como el del jefe.
Un regalo para uno mismo, de mano de un desconocido, pensó. ¿Y qué me regalaría ese desconocido?
No supo responderse.
Al día siguiente, la conversación en el área de descanso giraba solo en torno al sorteo.
Yo lo cancelaría defendía Pablo, el abogado, sacudiendo la ceniza. Rompe la esencia. El Amigo Invisible no puede ser tan poco invisible.
A mí me mola más así dijo Ana, de marketing. Por fin puedo regalarme algo en condiciones. Y no otra bufanda hortera con renos.
Pero si ya te compras de todo objetó alguien.
No todo. Hay cosas en las que me da pereza gastar sonrió Ana. Por eso tiene gracia.
Sergio callaba, repasando opciones: auriculares, batería portátil, un ratón nuevo. Todo lo podía comprar camino a casa, sin fantasía. No sería un regalo, solo otro accesorio de escritorio.
¿Y tú qué te vas a regalar? preguntó Iñaki cuando subían al ascensor.
No lo sé contestó sinceramente Sergio.
Eres increíble. Yo me pillaría la Play. Lástima del presupuesto bromeó Iñaki. Bueno, será un pack cervezas y pondré de parte de Santa.
¿Y yo? se preguntaba Sergio de camino a su mesa. ¿Qué quisiera recibir si de verdad me vieran? No como empleado, ni como hipotecado, ni como padre culpable de no pasar tiempo en casa. Sino como… ¿quién? ¿Persona?
No supo definirlo.
Por la tarde, entró al centro comercial. Todo brillaba, sonaba música, bullicio de clientes. En cada escaparate, anuncios de regalos ideales, packs para él, kits de gente triunfadora. En todos, hombres con abrigo caro y mirada segura. Ningún gesto de ojeras o facturas.
Entró en electrónica. Un expositor de auriculares inalámbricos con el cartel superventas. Al lado, dependiente dando explicaciones sobre modelos.
Auriculares, práctico. Para oír música, podcasts Casi parece cuidar de uno mismo, pensó. Agarró una caja, miró el precio. Cabía en el presupuesto, salvo el modelo top.
Pero lo estoy comprando yo, para mí. ¿Dónde está la gracia? Ya me compro lo que debe tener un hombre de mi edad: móvil, reloj, zapatos decentes, abrigo que no sea del mercadillo. ¿Eso es un regalo?
Dejó la caja y salió.
En la librería había más calma. Montones de libros de autoayuda en la entrada: Sé tu mejor versión, Cómo conseguirlo todo, La felicidad en agenda. Hojeó uno. Vio palabras mil veces leídas sobre zona de confort y productividad y sintió cansancio.
En el fondo, literatura de ficción. Pasó el dedo por los lomos, nombres familiares. Antes leía mucho. En la universidad podía zamparse una novela en una noche y después ir a clase de madrugada. Luego llegó el trabajo, la hipoteca, el nacimiento de su hijo Leer parecía una cosa pendiente más.
¿Y un libro? pensó. ¿Pero cuál? ¿Y me lo regalaría un desconocido sabiendo que nunca tengo tiempo de leer?
Salió de la tienda con las manos vacías. Le retumbaban por dentro la música y la publicidad.
En casa, su mujer preguntó:
¿Por qué llegas tan apagado?
Bah, nada, la tontería del Amigo Invisible en la empresa. Los regalos.
¿Otra vez velas y tazas? sonrió ella.
Esta vez es peor: tenemos que regalarnos nosotros mismos. Porque el sistema falló.
Pues es estupendo puso ella los macarrones en la mesa. Regálate eso que siempre te da pereza pagar.
¿El qué?
No sé. Eso solo lo sabes tú.
Se quedó callado. El hijo hacía como que estudiaba, hojeando el libro del cole.
¿Y bien? ella lo miró más seria. Siempre tienes algún capricho. Móvil, reloj, mochila Te gustan los trastos.
Todo eso me lo compro cuando hace falta respondió él.
Pues que no sea nada material propuso ella. Haz algo distinto: un masaje, un día libre, algo así…
Para un día libre no necesito papelito la interrumpió. Me haría falta un jefe que no mande mails los domingos.
Ella sonrió.
Entonces pídeselo a tu Santa.
Eso supera el presupuesto bromeó él.
Aquella noche le costó dormirse. Se agolpaban en su cabeza imágenes de escaparates, frases publicitarias, buenos deseos ajenos: progreso profesional, nuevos logros, estabilidad financiera. Todo importante, pero ajeno, como la guirnalda que desmontas en enero y metes en una caja.
¿Qué querría de verdad, si nadie me mirara? Ni colegas, ni esposa, ni hijo, ni padres, ni banco
Sin respuesta.
Una semana antes de la fiesta, la oficina zumbaba aún más. Empezaron a aparecer regalos en los escritorios. Algunos los escondían, otros los lucían. En el chat discutían el menú, el código de vestimenta, los concursos. Lara avisó de que habría un momento especial de Amigo Invisible con presentador y DJ.
Sergio seguía sin regalo.
¿A qué esperas? preguntó Iñaki. Luego no quedará nada decente.
Estoy pensando repuso Sergio.
¿Qué hay que pensar? Iñaki alzó los hombros. Llévate algo útil. Yo he pedido un set de barbacoa que siempre quise y nunca me decidía. Ahora tendré que estrenarlo sí o sí.
En el almuerzo bajó a la cafetería. Cola hasta la caja, conversaciones sobre informes, tráfico, niños. En la pantalla, un anuncio: Date un capricho. Packs para las fiestas.
Sentado junto a la ventana, buscó regalo hombre 40 años en internet. El listado: relojes, billeteras, gadgets, lotes de vino, vale para barbería.
Son todo cosas para aparentar pensó. No para lo que siento.
Cerró la pestaña. Abrió el correo personal. Ofertas: Llevas mucho sin pasar por aquí, Te espera un descuento, Empieza el año siendo una versión mejor de ti.
Entre tanto spam, un correo de una plataforma de cursos: Nuevo curso de fotografía. Matrícula hasta fin de semana.
Fotografía.
Recordó la cámara réflex que compró hacía diez años, antes del niño, cuando la hipoteca era solo un rumor. Solía pasear por Madrid los domingos, haciendo fotos a edificios, gente, escaparates. Luego la cámara quedó en el armario, primero por falta de tiempo, luego de energía, y al final pensó que era una tontería.
Qué tópico, saltó una voz interna. Otro tipo de cuarenta que redescubre la fotografía y se cree artista. Ridículo.
Apartó la bandeja. Sentía una mezcla de vergüenza y nostalgia.
No es que quiera dejarlo todo. Es solo que…
No pudo acabar el pensamiento. El móvil vibró. Un mail del jefe: Para esta tarde, necesito tus cifras del tercer trimestre.
Sergio suspiró y se levantó.
Por la tarde rebuscó en el armario y sacó la vieja bolsa. La cámara, pesada, fría. Encendió: sin batería. Por suerte, encontró el cargador en el escritorio.
Su mujer se le quedó mirando:
¿Vas a hacer fotos ahora?
Solo quiero ver si aún funciona respondió.
Cuando la batería cargó un poco, salió al balcón. Hizo un par de fotos al patio: coches, ventanas, farolas, cielo plomizo. Nada especial, pero al mirar por el visor, todo el ruido mental se desvaneció, sin desaparecer, pero cediendo un paso atrás.
Sintió que respiraba mejor.
¿Y si este es el regalo? pensó. No la cámara, sino darme permiso a dedicarle tiempo. Una hora a la semana. O dos. Sin sentir que es una tontería.
La idea era sencilla y daba miedo. El crítico interior intentó ridiculizarla: Sí, apúntate a ese curso de foto. Como si eso fuera a cambiar nada.
Pero una voz más suave contestó: ¿Y por qué no? Inviertes en cosas que olvidas en un año. Esto puede que te apetezca.
Volvió al portátil y releyó el correo. El curso incluía composición, iluminación, paisaje urbano. Dos tardes a la semana, online. El precio cabía en los 25 euros del sorteo, elegiendo el paquete básico.
Un regalo de un desconocido pensó. De alguien que recuerda lo que una vez disfruté y no lo menosprecia.
Clic en Pagar.
Solo faltaba hacerlo regalo tangible.
Las normas del juego decían que tenía que ser algo físico, para entregar. No podía ir al evento y decir simplemente: Me he matriculado en un curso. Necesitaba algo que envolver.
Compró una libreta azul lisa y un sobre en la papelería. En casa, imprimió el recibo y lo dobló con esmero. En la primera página escribió: Para las fotos que todavía harás. Su letra era desigual, pero reconocible.
Después pensó en la nota. Quería evitar frases hechas; prefería palabras de alguien que supiera cómo es su vida.
Tras varios intentos salió esto:
Sergio:
A veces viene bien recordarte que eres más que informes y reuniones. Que te quede algo de tiempo para mirar el mundo fuera de los excels. Ojalá lo aproveches.
Tu Santa.
Leyó el texto. Le tiembló el pecho. No por cursi, sino porque esas palabras sonaban extrañas, pero muy necesarias.
Sant@ resultó ser más considerado de lo que suele ser él consigo mismo.
Metió el recibo en el sobre, el sobre en la libreta, la envolvió en papel marrón y la ató con una cinta roja.
El conjunto era sencillo. No llevaba logos ni eslóganes.
La fiesta de empresa fue en el salón de actos del piso bajo. Mesas con manteles blancos, guirnaldas, un DJ pinchando clásicos. Llegaban todos: trajes brillantes, camisas de diario pero sin la placa de la empresa.
Los regalos, en una mesa aparte. Cada uno con un post-it con el destinatario. Sergio dejó su paquete y miró el montón: bolsas con logos de tiendas, cajas con lazos, formas extrañas envueltas en papel plateado.
¿Preparado para el autodescubrimiento? bromeó Lara al pasar.
Lo que se puede, contestó él.
A mitad de velada, el presentador avisó: ¡Ha llegado el momento especial! La música bajó. Algunos reían, otros discutían en la barra.
Amigos arrancó, este año el Amigo Invisible ha sido más invisible que nunca… tanto, que cada uno fue su propio mago. Pero recordamos: actuemos como si nada supiéramos, ¿vale?
Risas en el salón.
Ahora, cada uno acérquese, coja su regalo y ábralo aquí. Importa menos el objeto que lo que descubráis de vosotros mismos.
Otro de charla motivadora, pensó Sergio, cansado.
Cuando le tocó, sintió un cosquilleo raro en la garganta. Cogió el paquete con el nombre Sergio Santos y volvió a su sitio.
¿Qué tienes? asomó Iñaki. Ojalá no sean calcetines…
Sergio desató la cinta y abrió. Dentro, la libreta y el sobre. Su nombre escrito de puño y letra. Las manos le temblaron un poco.
Esto no es un kit barbacoa comentó Iñaki.
Sergio abrió el sobre, desdobló la hoja. Otros exclamaban: ¡A mí me ha tocado un spa!, ¡Y yo, un juego de mesa! De refilón vio a Pilar, la contable, enjugándose los ojos con un libro de yoga y a Lara riéndose con una taza de Mejor Empleado.
Releyó la nota. Las mismas palabras que escribió anoche, pero ahora sonaban como un gesto sincero de alguien externo.
No solo informes y reuniones.
Le dio un pinchazo de vergüenza, como si le atraparan en una debilidad, y a la vez, alivio de saber que ese alguien no juzga.
Entonces, ¿qué era? insistió Iñaki.
Un curso de fotografía. Y una libreta.
Toma ya, silbó Iñaki. Quien te haya tocado se lo ha currado. Aunque aquí no hay que confesar, ¿no?
No, sonrió Sergio.
Bueno, pues ya harás tú las fotos en la próxima fiesta. ¡Para algo servirá!
Sergio cerró la libreta. El presentador contaba chistes, la música sonaba, otros bailaban. Por dentro, bajó el volumen del ruido.
Miró el mensaje sin leer de su mujer: «¿Qué tal?». Respondió: Todo bien. Regalos raros. Luego te cuento, borrando la parte de me regalé un curso.
Llegó a casa cerca de medianoche. El portal, en silencio, salvo una puerta cerrándose arriba. El aroma de mandarinas en la cocina, la luz cálida. Su esposa, leyendo; el hijo ya dormía.
¿Y bien, qué te han dado? preguntó ella.
Dejó la libreta y el sobre en la mesa.
¿Solo esto? se sorprendió.
Dentro hay algo más explicó, abriendo el sobre.
Ella leyó la nota, lo miró.
¿Te lo has escrito tú? preguntó con cariño.
Sí confesó. Y me he apuntado al curso. De fotografía.
Ella asintió, sonriente, sin bromas.
Buen regalo. Siempre te ha gustado.
Hace mucho de eso murmuró él.
Que haga mucho no significa que haya pasado.
Encogió los hombros. Pero dentro notó un cambio, como si moviera por fin un mueble atascado.
Ya veremos.
El uno de enero, Sergio se despertó sin alarmas. El patio, cubierto de coches y algún resto de nieve. Tenía el cuerpo pesado, pero la mente despejada. Su mujer e hijo se habían ido al pueblo la tarde anterior; él viajaría después.
La soledad llenó la casa. Preparó café, se sentó y abrió la libreta. Seguía allí la frase: Para las fotos que todavía harás.
Encendió el portátil. Encontró el mail con el curso. Las clases empezaban en una semana, pero el módulo introductorio ya se podía ver. Reprodujo el vídeo y escuchó a una profesora hablar de aprender a mirar la luz y la sombra, no de rendimiento o autoayuda.
De pronto, se dio cuenta de que no miraba el correo del trabajo. El móvil, lejos, sin urgencia por tocarlo.
Al terminar, cogió la cámara y bajó al patio. Frío, pero soportable. Vecinos sacando basura, alguien paseando el perro, un petardo solitario en el parque.
Levantó la cámara. Ramas, cables, ventanas. Simple. Al hacer la foto, sintió que hacía algo minúsculo y necesario.
No para informes, ni para objetivos, ni para PowerPoints. Para él.
Sacó algunas más. Ya en casa, las pasó al ordenador. Muchas malísimas, otras sin interés. Pero en una, el reflejo de las ventanas sobre el cristal de un coche le llamó la atención.
Ampliada, vio su silueta con la cámara en las manos.
Un regalo de un desconocido pensó. Que era yo mismo. Y eso está bien.
Cerró el programa, bebió el café frío. El lunes le esperaban tareas, correos, reuniones. Y el curso. Y una hora reservada solo para él.
Abrió la libreta y escribió la fecha. Después, simplemente: Patio, mañana, reflejo en cristal. Era una frase sencilla, pero suya.
De pronto, se dio cuenta de que por primera vez en mucho tiempo pensaba en el futuro no solo en pagos ni informes. Había un pequeño hueco para mirar y decidir qué quería él mismo.
No era mucho. Pero bastaba para respirar mejor.
Se sirvió más café y abrió el calendario del curso. En la parte inferior, un campo para notas. Escribió: No cancelar por trabajo. Sonrió; seguro que la vida corregiría sus planes. Pero al menos, ahora tenía derecho a intentarlo.
Y ese, también, era un regalo valioso.






