A mamá siempre hay que escucharla: lecciones familiares sobre el primer amor, la independencia y lo que realmente importa en la vida

Hay que escuchar a mamá

¿Por qué estás tan enfadada, mamá? ¿Te molesta que sea feliz? Tenemos una relación seria y…

Relación seria, Álvaro, es cuando la gente planea un futuro juntos. Pero vosotros vais de piso en piso de alquiler y sólo hacéis que avergonzar a vuestros padres.

¿La has invitado alguna vez a casa? ¿Aunque sea a tomar un café, para presentarla? No.

Porque sabes perfectamente que, en cuanto cruce la puerta y vea que eres un estudiante normal, compartiendo habitación con tu hermano menor, todo su interés se esfumará.

¡Eso no es cierto! ¡A ella el dinero le da igual! protestó Álvaro.

Entonces, ¿por qué no dais paseos por el Retiro? ¿Por qué no os sentáis en una cafetería? ¿Por qué cada fin de semana es obligado alquilar algún piso?

¿Has hecho cuentas de lo que os gastáis al mes? ¡Por lo menos cuatrocientos euros! Eso es lo que ganas en todo el mes repartiendo paquetes.

Trabajas solo para sentirte el rey del mambo dos días a la semana.

Rocío tiró la bayeta empapada en el fregadero tan fuerte que salpicaron la encimera recién limpia. No tenía humor.

En la habitación contigua, se oyó un portazo: Álvaro, su hijo mayor, rebuscaba entre el armario.

Álvaro, ¿vas a seguir un buen rato haciendo ruido? gritó Rocío. ¡Vamos a comer!

Mamá, yo no como, me voy apareció Álvaro en la puerta de la cocina mientras se abrochaba la sudadera nueva. Y mañana tampoco estaré. Ni el domingo.

Rocío se giró despacio hacia su hijo.

¿Otra vez? entornó los ojos. ¿Otra vez deambulando por pisos alquilados?

Álvaro puso mala cara:

¿Qué más te da a dónde voy? Ya soy mayor.

¿Mayor? sonrió Rocío con sarcasmo. Pues la gente mayor se paga sus zapatos y no le pide dinero a mamá para el abono transporte.

¡Y la gente mayor no se gasta todo lo que gana currando en pisos de alquiler por días! ¿Te das cuenta de lo que parece eso desde fuera?

No son pisos cutres murmuró el hijo. Son apartamentos normales. Solo queremos estar unos días a solas, sin vosotros ni sus padres. ¿Qué tiene de malo?

Álvaro, ella es mayor que tú. Se supone que debe tener cabeza, ¿no? ¿O le da igual revolcarse en cualquier sitio contigo? ¿No le da ni pizca de pudor?

¡No hables así de ella! gritó el hijo. ¡Ni siquiera la conoces!

Por el ruido salió el padre de Álvaro. Sin decir palabra, miró a su esposa y a su hijo, suspiró hondo y se apoyó en el marco de la puerta.

¿Otra vez la misma historia? murmuró Juan. Álvaro, tu madre tiene razón. La semana pasada me pediste cien euros para libros. Te los di.

Y luego Diego me contó que os dieron esos libros gratis en clase. Ese mismo día te vio en el súper por la tarde con esa… Lucía. Llevabais bolsas llenas. A ver si adivino: ¿los libros iban ahí?

Álvaro se puso rojo.

Le compré un regalo. ¡Puedo hacer lo que quiera!

¿Con mi dinero? dio un paso adelante Juan. Muy bien, chico mayor. Si tienes para alquiler y regalar cosas a jovencitas, también tendrás para la compra y para tu ropa.

Desde hoy, tu madre y yo reducimos tu paga. Solo lo necesario para el abono transporte y un bocadillo al día. El resto tú mismo.

¡Pues perfecto! tomó la chaqueta y salió disparado hacia la puerta. No os necesito para nada.

Dio un portazo. Rocío se dejó caer en la silla, tapándose la cara con las manos.

Juan, ¿qué es esto? Tres meses llevan y ya están saltando de piso en piso. ¡Qué chica decente consiente en eso! Yo en su edad tardé un año en darte la mano.

Los tiempos han cambiado, Rocío Juan se sirvió un vaso de agua, resignado. Pero ni es cuestión de moral. Nos está usando de cajero sin fondo.

Viene, arrasa la nevera, ponle la lavadora, plánchale la ropa y todo lo que gana currando se lo gasta en Lucía. Así no se puede.

Tenemos que separarlos dijo ella con determinación. Esa chica le está influenciando mal. Está huraño, habla mal.

Antes al menos ayudaba en casa; no traía nada, pero gastaba en sí mismo. Y ahora…

Juan asintió en silencio.

***

Todo el fin de semana Rocío no sabía qué hacer. El pequeño, Diego, esquivaba como podía a su madre. Juan, para evitar líos, se encerró en el baño a arreglar el grifo los dos días. El domingo por la noche, Álvaro regresó a casa.

¿Hay algo para cenar? farfulló pasando a la cocina.

La nevera está vacía, Álvaro respondió Rocío sin apartar la mirada del móvil. Hemos decidido comprar solo para Diego y para nosotros.

Tú eres estudiante y trabajas. Puedes apañarte tú solo la comida.

Álvaro se quedó helado.

¿En serio? ¿Me vais a dejar pasar hambre?

Hambre ninguna se oyó la voz de Juan desde el salón. Organiza tu presupuesto.

En vez de gastarte todo en fiestas de fin de semana, compra carne, verdura y arroz para el mes. Tú verás.

¡Me estáis echando de casa! exclamó Álvaro. Todo esto es por Lucía, ¿verdad? ¡Es que no os cae bien!

A nosotros Lucía nos da igual, Álvaro Rocío lo miró por fin a los ojos. Ni la hemos visto nunca.

Pero el hecho de que le consientas gastarte todo en ella sabiendo que dependes de tus padres, ya dice mucho de quién es.

Además, ella tiene más edad. ¿Trabaja?

¡Está haciendo un máster! se defendió el hijo. También da clases particulares.

¿Y dónde va ese dinero? inquirió Rocío dulcemente. ¿Lo pone para el nido igual que tú?

¿O solo acepta regalos del chico de diecinueve años enamorado?

¡Ella paga la compra! mintió Álvaro, desviando la mirada.

Mientes tajante, Rocío. Álvaro, escúchame. Esa chica te está usando.

Le es cómodo tener a un chaval que organiza planes, paga el piso y le entretiene. Pero verás cómo cuando se acabe el grifo, se esfumará.

¡Eso lo veremos! Álvaro cerró de golpe la nevera. ¡Gracias por la preocupación, mamá!

***

Rocío aguantó. No le compraba yogures a Álvaro, no le daba para gastos, ni le planchó más camisas.

Juan hizo piña con Rocío, aunque alguna vez amagó con darle un billete al hijo, pero un gesto de Rocío le bastaba para cortarle.

Sabía que, si cedía ahora, Álvaro saldría reforzado en su error y tendrían que mantenerlo para siempre.

El miércoles por la tarde la tensión llegó al límite. Álvaro revolvía todos los bolsillos de sus chaquetas en la entrada:

Mamá, ¿has visto mi billete de veinte? Lo dejé en la parka vieja.

Ni idea respondió Rocío, tranquila, sin dejar la tabla de planchar. ¿Se acabó ya lo que ganaste este mes? Y eso que aún es miércoles…

Es que a Lucía le prometí entradas para el teatro murmuró mientras seguía rebuscando. Maldita sea, ¿dónde están? ¡Diego! ¿Tú las cogiste?

De la habitación asomó Diego, de doce años.

Pues claro que no resopló el pequeño. Si tú aún me debes diez euros de la última vez. Así que ahórrate el tono.

¡No grito! saltó Álvaro. ¡Pero aquí nada se puede dejar! ¡Todo desaparece!

¿Teatro, dices? no aguantó ya Rocío. ¿Y cómo piensas ir mañana a la facultad? ¿A pie? ¿O te lleva Lucía en su coche? Como es más mayor y muy independiente…

¡Mamá, no empieces! Somos mayores, necesitamos espacio. No lo entiendes…

Lo entiendo perfectamente dejó Rocío la plancha y miró fijo a su hijo. Lo que entiendo es que ella te utiliza como quiere.

Lucía tiene veintiún años, ve que eres un crío enamorado y te exprime por cuatro sonrisas. Ella ahorra y tú te fundes todo.

¿Quieres comprobarlo? Dile que este finde no hay dinero para piso. Propónle un paseo por la Gran Vía. A ver qué cara pone.

¡Eso hago! saltó Álvaro. ¡Vas a ver que se queda conmigo! ¡Me quiere!

Lo veremos. Por ahora, sigue buscando tus veinte euros. No los he visto.

Jueves y viernes, Álvaro anduvo de mal humor. Intentó pedir dinero a su padre, pero Juan, fiel al pacto, se encogió de hombros:

Arréglatelas, hijo. Ya eres autónomo.

El sábado, Álvaro no se fue al alba como otros fines. Se sentó en la cocina y mordisqueó un sándwich triste.

Su teléfono vibraba cada dos por tres con mensajes.

¿Qué pasa, la relación seria exige explicaciones? saltó Rocío mientras se servía café.

Álvaro no contestó, pero se le notó un gesto raro. En la pantalla apareció un mensaje:

Álvaro, ¿es broma? Ya tenía todo organizado. Habíamos quedado.

¿Se ha enfadado? Rocío se sentó frente a él. ¿Le has dicho que esta semana hay vacas flacas?

Se lo dije respondió apagado el hijo. Dice que soy un irresponsable. Que si le prometí el plan, debía haber guardado dinero. O pedirlo Y que ella por estos días rechazó ir de compras con sus amigas.

Vaya, qué curioso sonrió Rocío. Toda la carga del ocio es para ti. ¿No ha propuesto poner dinero, o pagarlo ella, que tanta prisa tenía?

Mamá, no empieces Ella es una chica. Las chicas no pagan.

Las chicas que respetan no arrastran a su pareja a deudas solo para pasar el rato en un piso ajeno. Álvaro, está claro: te está entrenando.

Sonó el móvil. Álvaro dudó, pero contestó:

Sí, Lucía Te lo he dicho, hoy no puede ser. El dueño pidió más dinero, y yo… no me cuadró. Vamos mejor al cine. O ven a mi casa.

La voz al otro lado subió el tono, Rocío captó algunas frases: …a casa, ni hablar… habías prometido… yo no salgo a congelarme… búscate la vida…

Rocío observó a su hijo: se le cayó el alma al suelo.

Lucía, escúchame No puedo pedirle a mi padre. ¡¿Por qué niñato de mamá?! ¡Simplemente no tengo pasta! ¿Hola? ¿Hola?

Miró la pantalla: había colgado.

¿Y bien? Rocío sintió mucha pena, pero no debía ceder. ¿Cuál es el plan B? ¿Asaltas un banco o te quitas ya la venda de los ojos?

Álvaro saltó de la silla, tirando el taburete.

¡Que os den! cogió la chaqueta y se largó de un portazo.

***

Estuvo fuera todo el día. Rocío no paraba de dar vueltas por la casa. Juan refunfuñaba que quizá se habían pasado, pero ella se mantenía firme. Álvaro volvió de madrugada, empapado, cabizbajo y triste.

Álvarito, ¿qué ha pasado? Rocío se acercó corriendo.

Nos vimos en el centro comercial se quitó la chaqueta mojada . Ella apareció con su amiga, Marta. Fui a pedirle explicaciones, a ver por qué me mintió de que iba de compras con amigas… pero ni se inmutó.

Rocío le señaló la silla. Juan se unió en silencio.

Estaban ambas con bolsas de marcas caras siguió Álvaro. Le dije: Lucía, ¿no decías que no te llegaba ni para el metro? Y ella, con una cara dijo: Álvaro, por favor, no me dejes en ridículo. Que tú estés pelado no quiere decir que me quede en casa amargada.

¿Y tú qué? preguntó Juan en voz baja.

Le dije que era muy feo lo que hacía. Que había discutido con vosotros, que había hecho horas extra sólo para complacerla.

Ella se rió y soltó: Chaval, tú querías hacerte el mayor. Nadie te pidió alquilar esos pisos. Si te hacía sentir importante, perfecto. Pero ahora no me vengas con quejas.

A Rocío se le cayó el peso de encima. ¡Por fin se reveló la verdadera Lucía!

Se quedaron en la cocina un buen rato hablando. Álvaro, algo más tranquilo, prometió romper con Lucía.

Rocío trató de explicarle algo muy sencillo: sus padres no tienen nada contra su independencia.

Solo… no con alguien como Lucía. Porque una madre nunca aconseja mal.

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A mamá siempre hay que escucharla: lecciones familiares sobre el primer amor, la independencia y lo que realmente importa en la vida
– Tú tienes problemas, hermanita, este no es tu piso.