El enigma de los mensajes secretos de mi marido: una mañana caótica, un hijo encaprichado, un intercambio accidental de móviles y una sospecha que amenaza romper mi mundo perfecto

Tía, tengo que contarte el lío que pasó en casa esta semana Mira, el día empezó fatal ya para Almudena y Jorge. Se les había pasado el despertador y estaban los dos por el piso, en plan pollo sin cabeza, cada uno preparándose deprisa para ir a trabajar y de paso vestir a su hijo Nico para llevarle a la guardería.

¡Cariño! ¿Puedes recoger tú a Nico esta tarde? gritó Almudena desde la habitación, poniéndose los pantalones a todo correr mientras trataba de meter las cosas de Nico en la mochila.

¡Vale! contestó Jorge desde el salón. ¿Dónde narices tengo las llaves?

Ni idea, ¡no las he visto! dijo Almudena, ya crispada, rebuscando el móvil entre los cojines del sofá. Cuando por fin lo encontró, fue deprisa a buscar a Nico, que seguía tan tranquilo jugando con un camión y ajeno a todo el ajetreo de sus padres.

Bueno, niña, a la guarde llegaron volando en menos de cinco minutos. Almudena intentaba quitarle la chaqueta a Nico pero la cremallera se había atascado. De repente, se le pone el niño a hacer pucheros.

Mamaaa, hoy no quiero ir decía Nico, apretando los puños, con cara de hoy no es mi día.

Venga, hijo, no empieces, ¿vale? Que llegamos tarde intentó tranquilizarle Almudena mientras le acariciaba la cabeza y se agachaba para tenerle cerca. Luego vas a jugar con tus amigos y lo vas a pasar genial

Pero que va, no había manera. El niño seguía erre que erre, poniendo carita y medio llorando. Menos mal que apareció la seño, sonriendo, y le cogió de la mano con todo el cariño:

No te preocupes, Almudena, le dijo, que ahora le distraemos nosotros. Venga, Nico, que tus amigos ya te esperan.

Almudena soltó un suspiro, pero justo cuando salía acelerada, volvió a notar el nudo en el estómago. Ay, Dios, voy tardísimo murmuraba mirando la hora.

Total, que saca el móvil del bolso para llamar a una clienta y avisar que se retrasa, pero al buscar entre los contactos nada, no le aparece el número. Se fija bien y se da cuenta de que ese no es su móvil. Que en el follón, se han confundido y tiene el de Jorge. Claro, por usar las mismas fundas y el mismo código, vaya gracia

¡Genial! resopló. Piensa en llamar a Jorge para pedirle el número, pero antes, le vibra el móvil y ve que aparece un WhatsApp.

Dani: ¿Y qué tal con la tía esa del gimnasio? ¿Conseguiste su número?

Y, claro, Almudena se quedó de piedra. Lo leyó dos veces, y luego entró en la conversación.

Dani: “Entonces, ¿ya te la has ganado?”
Jorge: “Sí, me dio el número. Hemos quedado este finde. En mi casa.”

Almudena se quedó helada, tía. ¿En su casa, justo el finde que ella iba a llevar a Nico con su madre y quedarse a dormir allí?

No puede ser susurró, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Mejor habría sido no enterarme nunca… Por culpa de las fundas iguales

Desde ese día, te lo juro, tener a Jorge delante le costaba la vida. Le miraba y solo pensaba en los mensajes, en el dichoso este finde, en mi casa. Quedaba aún para el sábado, pero Almudena ya se sentía a mil revoluciones, dándole vueltas a si lo habría entendido bien, o si solo era cosa suya. Pero cada vez que le veía, o que Jorge se acercaba, esas palabras repiqueteaban en su cabeza.

Él, tan pancho, ni cuenta. Seguía como si nada: cariñoso, atento, ayudándole con la cena, arropando a Nico Y ella buscándole en los ojos una explicación que jamás se atrevía a preguntar. Ni rastro de culpa, y eso aún le hacía más daño.

El miércoles por la noche vieron una peli en el sofá. Jorge la abrazó por los hombros, como siempre, y Almudena casi tuvo que morderse los labios para no echarse a llorar. En vez de sentirse segura, como antes, sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Todo, cada detalle, le sonaba a teatro

Llegó el viernes. Cuando dejaron a Nico dormido, Almudena estuvo un rato en la cocina, pasando la mano bajo el grifo sin pensar en nada. Jorge se acercó por detrás, abrazándola por la cintura, y le susurró:

Hoy te noto triste, ¿qué te pasa?
Y ella, tiesa: Nada, solo estoy cansada.
Te entiendo, dijo él con dulzura, dándole un beso en la cabeza.

Esa noche, cuando Jorge dormía, Almudena salió despacito hacia el baño, cerró la puerta, se sentó en el borde de la bañera y estalló en llanto.

¿Por qué? ¿Por qué yo? murmuraba entre sollozos.
No encontraba respuestas, solo la cabeza dando vueltas: ¿Se lo digo? ¿Hago como si nada? ¿Le dejo sin más?

Lo único claro era que, al día siguiente, habría que poner buena cara, seguir con la máscara y que en unas horas, todo se decidiría.

Sábado por la mañana. Almudena lleva a Nico con su madre, y solo de verla, la madre ya le pilla el disgusto.

¿Te ocurre algo, Almudena?
Nada, mamá, de verdad. Es que voy deprisa, quiero sorprender a Jorge forzando la sonrisa. Le da un beso rápido a Nico y sale pitando sin mirar atrás. No quería quedarse ni un segundo más, no fuera a romperse la voz.

De camino, le temblaban las manos en el volante, pensando: ¿Y si todo es una paranoia mía? ¿Y si Jorge solo queda con Dani? ¿Y si?

Una parte suya quería pillarle, enfrentarse a la verdad y que le sorprendiera con la otra. Pero también deseaba bien en el fondo que todo fuera un malentendido, cerrar los ojos y que la vida siguiera como antes.

Al llegar a casa, aparcó pero no tuvo valor de salir del coche. Cerró los ojos y recordó los buenos momentos: Jorge riendo en la cocina, los tres paseando por El Retiro, noches viendo series tirados en el sofá Su familia le parecía tan sólida y feliz que, en esos minutos dentro del coche, sentía que alargar el momento era como disfrutar los últimos segundos de felicidad verdadera antes de saber la verdad.

Por fin, subió al piso, con el corazón en un puño. Metió la llave en la cerradura tan despacio, casi sin respirar, porque no quería entrar en esa realidad. Solo se veía una luz de lámpara de pie en la cocina y escuchaba risas y murmullos.

Es él, pensaba, ya ha pasado.

Estaba tan nerviosa que se tambaleaba. Cruzó el pasillo como en trance, oyendo las voces y la risa. Cada paso era una tortura.

¿Jorge? murmuró, pero ni ella misma se reconocía la voz.

Lo intentó más alto:
¡Jorge!

Nada. Así que, al fin, entró en la cocina, y ahí vio a dos personas un hombre y una chica. Y resulta que el hombre ni siquiera era Jorge, ¡era Dani, el amigo de Jorge! Almudena se quedó helada. Dani se giró al verla y se puso tan nervioso que daba risa.

¡Almudena! ¡No es lo que piensas, lo juro! Yo bueno, ya sabes cómo es esto. ¿Dónde iba a ir con ella? ¿A casa de mi madre? No había forma empezó a tartamudear explicaciones raras.

Almudena ni le escuchaba, estaba ahí parada, intentando entender algo de lo que veía, sintiendo un runrún horrible dentro. Se le caían las lágrimas pero, al mismo tiempo, sin saber cómo, empezó a sonreír.

Ya lo entiendo, Dani dijo bajito, sin poder contener las emociones. Me voy.

Sin más, se dio la vuelta, salió del piso y al respirar el otoño madrileño, el aire frío le quemaba la cara. Entonces sacó el móvil y, con manos temblorosas, marcó a Jorge.

¿Sí? contestó él, y ella tartamudeó. Solo acertó a decir lo más inesperado, como una niña pequeña:

Te quiero Muchísimo

Entre las lágrimas y una risa nerviosa, no lograba encadenar frases. Todos los miedos, la tensión, las dudas salieron de golpe. Al final solo pudo susurrar:

He estado en casa Allí estaba Dani

Ya Perdoname, no te enfades, por favor, Almudena. Estoy en la oficina ahora. Vente, ¿vale? No te enfades, anda. Sabes cómo es Dani ¿Vienes?

Ya voy

Y allá que fue corriendo, deseando abrazar a su marido con todas sus fuerzas.

Cuando se encontraron, se sentaron los dos en el suelo de la sala de juntas, abrieron una botella de vino y ahí estaban, con Almudena apoyada en el hombro de Jorge, girando la copa entre las manos.

Perdóname, en serio, no era mi intención mirar tus mensajes. Nunca lo he hecho antes
Y tú perdona por liarte en este follón. Tenía que habértelo contado de una. Dani es mi amigo, y lo de la chica bueno, te lo cuento.

¿Por qué te pidió él ese favor?
Porque soy su mejor amigo y porque, un día antes, la había liado con la chica.

¿Eh?
Sí, tía, se chocó con ella en el gimnasio, le tiró medio Monster encima y le dejó el traje blanco hecho un cuadro. Y se quedó bloqueado, que no se atrevía a hablarle más. Que no puedo, que me da miedo, Jorge, hazlo tú

Jorge lo imitó con voz de niño pequeño y a Almudena le entró la risa floja.

Es un buenazo y un desastre Yo le eché una mano: saqué el número, le lavé la imagen y todo salió rodado.

¿Y por qué la llevó él a nuestro piso y no a un hotel?
Porque sigue viviendo con su madre, ¿no te acuerdas?
¡Ah, claro! Para no gastar en alquiler. Y porque su madre le pone la comida hecha, le lava y plancha los calcetines

Los dos se miraron y soltaron una carcajada.

Es el mayor tacaño de la historia se reía Almudena.

Llevamos veinte años de amigos, desde primero de Primaria probablemente soy el único que le aguanta los dramas.

Qué talento tienes para los amigos, Jorge

Almudena entonces se paró:

Oye ¿tú crees que siguen aún en casa? No pienso volver todavía, mejor que terminen y lo recojan todo

Jorge le dio un beso y soltó, en plan héroe de peli cursi:

Yo no soy como Dani, y nosotros sí nos merecemos un poco de romanticismo Esta noche, hotelazo.

¿¡De verdad!? ¿Nos vamos de escapada?

Él, muy serio, asiente y entonces la levanta en volandas sobre el hombro. Almudena se parte de la risa, debatiéndose, pero él la sostiene fuerte.

Te llevo sana y salva, ¡lo prometo!

Y así, entre risas, no se lo podía creer porque solo unas horas antes pensaba que su vida, su matrimonio, se acababan.

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El enigma de los mensajes secretos de mi marido: una mañana caótica, un hijo encaprichado, un intercambio accidental de móviles y una sospecha que amenaza romper mi mundo perfecto
Vašką išmetė. Vėl. Trečią kartą per jo trumpą gyvenimą. Kažkaip jam nesisekė.