Recogí a los niños y me fui a casa de mi madre dos horas antes de la medianoche por culpa de mi marido

Tía, no te imaginas la nochevieja que pasé. Mira, te lo cuento todo porque no sé si acompañarme de una copa o reírme ya de todo esto. Pues resulta que estaba preparando la cena de fin de año, ¿vale? Todavía faltaban unas horas para las campanadas y yo llevaba desde por la mañana pelando gambas y cortando todo para la típica ensaladilla rusa. Los pies me dolían más que si hubiera corrido la San Silvestre, los dedos manchados de remolacha y cebolla, y yo pensando: Venga, que hoy por fin solo estamos Luis, los niños y yo, algo tranquilo

La cuestión es que Luis, mi marido, apareció ya arreglado, con la camisa que yo misma le había planchado a las siete de la mañana. Viene con el vaso de brandy (¡que ni habían llegado los invitados!) y, asomado en la puerta de la cocina, me suelta con esa voz tan suya, medio exigiendo:
¿Estás segura de que hay suficiente ensalada? Tiene pinta de poca cosa, parece que solo hay un poco en el fondo

Aguanté el tipo lo mejor que pude, cortando la zanahoria como si fuera terapia. Y le solté:
Luis, es ensaladilla rusa una fuente entera, tres kilos. ¿Qué fondo ni fondo? Si te aburres, corta el pan o mira cómo están los niños, que se escucha a Lucas gritando de la habitación porque se está peleando con Martina por la tablet.

Pero nada, que yo es que no valgo para ese tipo de cosas, dice. Y que los niños ya tal, que desfoguen que es fiesta. Más le preocupaba que el capón estuviera bien hecho porque los amigos que venían, los Moreno, son gente de buen comer, acostumbrados a calidad”.

Habíamos quedado solo nosotros, ¿eh? Rosa, que era mi ilusión: mandarinas, una película antigua, chin-chin con cava y a dormir después de los fuegos artificiales. Nada de líos. Que este año fue complicado con despidos en el trabajo, mil chapuzas en casa de mi madre, mis extras Vamos, que me caía de sueño.

Pero una semana antes, de la nada:
Que vienen Sergio, el amigo del ejército, y su mujer Clara, y sus dos niñas adolescentes, que están solo de paso y no es plan de que se queden en un hotel.

Y yo, tragando. Porque educación y hospitalidad, ya sabes cómo nos lo han inculcado aquí. Pero empezó con el haz esto y mejor cambia el menú y trayendo cervezas y vinos y dejándome a mí la limpieza de casa sin parar.

Total, que al rato me suelta:
Oye, que ha llamado Clara, que si tenemos pan sin gluten para su hija, que está con una dieta de moda.

Las ocho de la tarde, las tiendas medio vacías, todo el mundo arrasando en el supermercado. Me quedé helada:
¿Tú me lo dices ahora? ¿Por qué no esta mañana, Luis?
Y él, encogiéndose de hombros, que “bueno, vete al Mercado de la esquina, que algo quedará. Además, tú dijiste que hacía falta más mayonesa.

Y yo, que no, que lo siento mucho, que estoy agotada y no voy a salir. Que si lo necesita tanto, que lo traiga ella, o que baje él mismo.
Y ahí se puso de un borde que si me dejas en ridículo, que él es quien trae el dinero a casa, la prima para la cena, que me cuesta mucho ir a comprar. Y yo que también trabajo y cuido de todo lo demás y de los niños.
Y al final me soltó un GRITO en la cocina:
¡Cállate y vete a por el pan! Y cuando lleguen los invitados, pon buena cara, que no quiero que Sergio vea tu careto triste. Su mujer siempre está estupenda, mira y aprende.

Madre mía fue como si me hubieran dado una bofetada. Me quité el delantal y, silencio:
De acuerdo, voy le dije, con una calma que ni yo me reconocía.

Salí al portal y Martina, con el disfraz de hada que le cosí yo misma con insomnio por las noches, me mira y:
Mamá, ¿te vas? ¿Y las luces del árbol?
Y yo:
Vuelvo enseguida, cariño, ocúpate de tu hermano mientras, ¿vale?

Total, que bajé al súper, pillé pan (normal, claro, porque no quedaba otra cosa), una lata de mayonesa, y de vuelta a casa qué pocas ganas tenía de volver, tía, te lo juro. Cuando empiezo a subir, oigo alboroto desde el descansillo: voces, música, risas ¿Ya han llegado todos? Abro la puerta y el recibidor estaba que ni te haces una idea, abrigos, zapatos, olor de colonia cara, la gente dentro partiéndose de risa.

En el salón estaba la mesa alargada, Sergio, un tipo grandote y ruidoso, Clara toda repeinada y reluciente, las niñas con el móvil sin levantar la cabeza y entonces la vi: una chica joven de pelo pelirrojo, pegada a Luis, riendo más alto que nadie. Era Paloma, la “compañera de la oficina, la que siempre es el alma en los cafés.

Sergio me ve aparecer:
¡Mira, aquí la señora de la casa! A tu salud, que nos hemos adelantado a despedir el año
Luis ni se levanta, solo me señala una silla perdida en la esquina, con el plato de Martina sin tocar.

Venga, pasa, Natalia. Ella es Paloma, la contable, que dice Luis que iba a estar sola. Por uno más, no hay problema, ¿no?

Paloma, con voz dulzona, pestañeando:
Espero no molestar Luis insistió, y yo he traído tarta.

Miré la mesa. Mis ensaladillas ya a medio acabar, la fuente del capón destrozada antes de tiempo, los niños olvidados con la tablet sin cenar.
Respiré hondo.
Luis, ¿puedes venir un segundo a la cocina, por favor?

Él, fastidiado, pero al final vino.
¿Pero ahora qué, Natalia? Déjate de líos, que la gente está pasándolo bien.

Le empujé dentro.
¿Qué es esto, Luis? ¿Por qué esta mujer? ¿Por qué ya habéis empezado sin avisar? ¿Por qué no me dijiste nada?
Y él, tan pancho:
Tengo que consultarte todo, ¿o qué? Es una compañera que no tenía con quién pasar la noche. Y han venido antes porque no había tráfico. ¿Qué querías, que esperasen en la calle? ¿Y tú qué, estabas chateando con alguien que tardaste tanto?

No podía creerlo.
Has traído a otra mujer sin consultarme a nuestra casa, hoy, y ni has dado de cenar a los niños

Los niños ya comerán, déjate de histerias. Sal, sonríe y sírvele vino a Paloma, compórtate como una señora

De fondo aparece Paloma con la copa en la mano:
¿Natalia, podrías traerme mayonesa? La ensaladilla está un poco seca

Luis, todo sonrisas con ella.
En ese momento sentí que algo se rompía del todo por dentro. Todo ese aguantar, ahorrar para regalarle el reloj que quería, perdonar las tardes fuera de casa, todas esas cosas para esto.
Dejé el tarro en la encimera y miré el reloj: las diez y cuarto.

De repente, todo claro.
Tan sencillo como frío el invierno.
Fui al cuarto, niños, nos vamos de viaje.
¿Ahora, mamá? ¿Y papá y la fiesta?
Papá está ocupado, veremos los fuegos en otro sitio. Venga, pantalones gruesos, jerseys, una muñeca cada uno y listos.

Preparé una mochila, ropa de cambio, cargadores, los papeles. Las manos me temblaban pero lo tenía clarísimo.

Cruzamos el pasillo con música y voces. Yo me puse el abrigo y cuando abría la puerta, aparece Luis, flauta de chorizo en una mano, Paloma colgada en la otra.

¿A dónde os creéis que vais?
Nos vamos a casa de mi madre, Luis.
¿Pero tú estás loca? ¡En plena nochevieja! ¿Y los invitados? ¿Y la cena?
Que se apañe Paloma. Total, parece tu mejor amiga. Yo estoy agotada.

Luis, rojo de ira:
Como te vayas, aquí no vuelves. Nadie te va a querer, divorciada y con dos críos

No hace falta que nadie corra detrás mío. Nosotros sí sabemos lo que es ser familia.

Papá, adiós, murmuró Lucas, bajando los ojos.

Y tras los insultos y avisos de siempre, salimos. Cerré de golpe, se acabó la función.
Bajamos, niebla y frío, y llamé a un taxi. Tarifa triple, carísimo, pero me daba igual. De mis ahorros restaba algo y pensé: Bueno, las vacaciones se adelantan.

Mamá, ¿papá es malo? preguntó Martina, abrazándose a mi pierna mientras llegaba el taxi.
No, cielo. Papá está un poco perdido. Pero nosotros no hemos olvidado qué es ser familia, ¿verdad?

El taxista, un hombre mayor con bigote, miró raro la escena pero ni preguntó.
¿Radio más bajita, señora?
No, déjela, gracias.

Llegamos a casa de mi madre. Mandé un mensaje: Llegamos en breve, con los peques. Te conto todo luego. ¿Aún despierta? Al momento: Claro, tengo empanada recién hecha.

Nos esperó abriéndonos, bata de franela, olor a vainilla y canela, la casa calentita, discreta, un árbol pequeño temblando de luces.
Pasad, mis amores, venid a entrar en calor. Natalia, tienes una cara

Sentadas a la mesa, empanada casera, queso, pepinillos en vinagre. Nunca nada me supo tan bien. Los niños se calmaron y en nada ya estaban viendo una peli.

Cuéntame, hija. ¿Al final te ha hecho alguna de las suyas?

Se lo conté todo. El pan sin gluten, lo de Paloma, los gritos.
Has hecho lo correcto, Natalia, dijo mi madre con ese aplomo castellano. Aguantar así, nunca. El respeto es el cimiento, si te falta, se viene abajo la casa aunque la remiendes sin parar.

Por la tele, sonaban las campanadas del Presidente en la Puerta del Sol. Sirvió cava para brindar, los niños con bengalas, y todos juntos:
¡Feliz año nuevoooo!

No pedí deseos de marido ni de dinero ni nada. Solo que no me faltaran fuerzas para empezar la vida de nuevo, y que mis hijos nunca dejen a nadie tratarles como hice yo tanto tiempo.

El móvil vibraba sin parar. Llamadas de Luis, mensajes. Ni caso. Le di la vuelta y seguí mi copa.

¿No contestas?
No, mamá. El año pasado lo habría hecho, este ya no. Ahora en el año nuevo no cojo el teléfono a exmaridos.

Tres días de auténtica paz, paseos por el parque, trineo, muñecos de nieve. El móvil lo encendí el día 3. Tenía cuarenta llamadas perdidas y audios de todos los colores:
¡Devuélveme a los niños!
Te has pasado, Natalia, vuelve ya
¡Esto es un desastre! ¡No sé cómo va la lavadora! ¿Y el abrigo de Lucas?

Les oí como si fueran cosas de otro mundo.

Y la noche del 3, suena el timbre. Era Luis. Ojeroso, chaqueta arrugada, un ramo de tres rosas desmayadas.

Natalia, déjame hablar. Ya vale, ¿no? Pronto trabajo, necesito la ropa, no hay comida Paloma bueno, la compañera, se lo montó bien, se puso mora y quemó el mantel, Clara y Sergio se pelearon sin ti esto es un lío. Me he dado cuenta, lo siento. ¿Volvemos a casa?

Le miré sin pestañear.

¿Que te has dado cuenta de que me necesitas, o de que necesitas criada y niñera?

No digas eso yo te quiero, somos familia.

Familia, Luis, es respetarse. Lo nuestro era comodidad para ti.
¿Entonces qué, divorcio? ¿Por esto? ¿Solo por una tontería de invitados?

Por falta de respeto, Luis. Eso no es una tontería. Trámite de divorcio tras Reyes, los niños conmigo y lo dividimos todo según la ley.

Se quedó sin palabras.

Vas a arrepentirte, ¿eh? ¿Quién te querrá a los cuarenta con dos críos?

Me quiero yo, Luis. Les sirvo a mis niños y a mi madre. Y eso alcanza.

Dejé las rosas en la consola de la escalera y cerré la puerta.
La cerradura sonó como fin de obra.

Volví a la cocina, abracé a mi madre.
¿Se fue?
Se fue.

Mejor así. ¿Te apetece té con mermelada?
Sí, mamá. De frambuesa, por favor.

Me senté en la ventana. Fuera nevaba otra vez y todo el pueblo parecía cubierto con una manta blanca. Por delante no sabía lo que venía: burocracias, abogados, buscar trabajo pero no tenía miedo. Por fin iba ligera, como si me hubiese quitado unos zapatos que siempre me apretaban.

Y ya está, tía. Si te ha gustado y quieres, dale me gusta al mensajito y dime qué te parece. Que este año, prometido, va a ser el nuestro.

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