¡Aquí ni rastro de gato, o desalojad el piso! La historia de Galina, Lada y la estricta Doña Valentina, en un piso madrileño donde una pequeña gata cambiará las reglas… y los corazones.

Que no quede ni rastro del gato, o desalojas el piso gritaba la casera.

La habitación que había alquilado Marina era pequeña, pero muy luminosa. El mobiliario era antiguo, aunque sólido. La casera doña Carmen Valdés dejó las cosas claras desde el principio:

Yo soy una mujer seria. Me gusta el orden. La limpieza. El silencio. Si algo no te parece, me lo dices, no lo guardes.

Marina asintió. Solo quería un sitio donde pasar la noche tranquila, sin broncas de vecinos ni gritos de borrachos. Tras aquella habitación en las afueras de Madrid, donde los vecinos no le dejaban dormir, esto le parecía el paraíso.

Se instaló. Se fueron haciendo a las costumbres de la otra. Doña Carmen no era mala, solo reservada. Muy callada. En sus ojos brillaba una especie de tristeza perpetua, de resentimiento hacia la vida y la gente.

Marina procuraba no molestar. Cocinaba temprano, cuando doña Carmen aún dormía. Caminaba de puntillas. Apenas encendía la televisión. Vivía casi como una ratoncita.

Y entonces apareció Vega.

La gata llegó sola. O, más bien, se dejó querer. Era gris, muy flaca, de ojos verdes e inteligentes. Se sentaba junto al portal, maullando quedo y mirando como diciendo: Llévame contigo, por favor.

Marina no pudo resistirse.

Subió a la gata con ella. Le puso de comer, de beber y le preparó un lecho en una caja con una toalla vieja. Vega se hizo un ovillo, comenzó a ronronear, y Marina sintió que dentro de sí, por primera vez en meses, algo se derretía.

Veguilla, mi buena.

Esconder a la gatita no parecía difícil. Doña Carmen casi nunca entraba en su cuarto y Vega resultó ser muy tranquila: no arañaba, no corría por las esquinas, solo ronroneaba y dormía en el alféizar.

Pero una noche se escuchó:

¡Marina Hernández!

La voz de la casera era tan fría que Marina se estremeció. Salió al pasillo. Doña Carmen estaba junto a la puerta con una mata de pelo gris en la mano y la cara desencajada.

¿Esto qué es? ¿Tienes a alguien aquí?

Doña Carmen, yo…

¿Una gata?

Gritaba como si hubiese visto una víbora. O una rata. El rostro enrojecido, las manos temblorosas.

No las soporto. Dan suciedad, el pelo por todas partes, el olor…

Pero si es muy limpia…

Que no quede ni el fantasma del gato, o desalojas el piso, ¿me entiendes?

Y se marchó a su cuarto, dando un portazo.

Marina se dejó caer en el sofá. Le temblaban las manos. Vega se acercó, se restregó contra sus piernas y maulló suavemente.

¿Y ahora qué hacemos, pequeña?, susurró Marina. ¿A dónde vamos a ir?

Le cayeron lágrimas, sin poder evitarlo.

¿Otra vez volver a empezar? ¿Buscar? ¿Recoger sus cosas?

Pero no le quedaban fuerzas para marcharse.

Así que Marina decidió quedarse hasta que la echaran. Solo tendría que esconder aún mejor a su gata.

Días después toda su vida se convirtió en una especie de juego de espionaje, absurdo, agotador, pero no tenía alternativa.

Marina escondía a Vega en el armario, cada vez que oía los pasos de doña Carmen en el pasillo. Le ponía la comida sólo a primera hora o muy tarde, cuando la casera iba al supermercado. El arenero lo mantenía oculto, tras una maleta vieja.

Y la gata parecía entenderlo todo. No maullaba. Se sentaba en el alféizar mirando tristemente la calle, los ojos verdes brillando en la penumbra. A veces a Marina le parecía que hasta respiraba flojito, para no delatarse.

Eres muy lista, le susurraba, acariciando su lomo gris y cálido. Aguanta solo un poco más. Ya pasará.

Pero nada cambiaba.

Doña Carmen recorría el piso con aire de ofendida, como si alguien le hubiese fallado. Inspeccionaba rincones, olisqueaba el aire. Un día, incluso, se detuvo ante la puerta de Marina, escuchando largo rato desde fuera.

Marina, con el corazón a mil, abrazó a Vega, rezando para que no la descubriera.

Por suerte, la casera se fue tras un minuto, pero el ambiente se había vuelto irrespirable.

Durante la cena, doña Carmen no levantaba la vista de su sopa. De pronto soltó:

¿Acaso piensas que soy tonta?

Marina se atragantó con el té.

Sé perfectamente lo que pasa. No has echado a la gata. La tienes escondida. ¿Crees que no lo noto?

Doña Carmen…

¡No! interrumpió ella, levantándose. No me mientas. Ya te avisé. Si tan lista eres, adelante. Pero ni un pelo, ni un ruido, ¿me oyes? Y cuando venga mi nieto, ¡ni rastro del bicho!

Se encerró en su cuarto, dejando a Marina en la incertidumbre.

¿Nieto?

Al día siguiente, doña Carmen le habló de su nieto. Breve, seca, pero Marina notó cierto nerviosismo en su tono.

Alejandro viene a pasar las vacaciones. Tiene doce años. Sus padres están siempre liados, así que me lo mandan aquí. Llega el viernes.

¡Qué bien! intentó animarla Marina. Seguro que le hace ilusión verle.

Doña Carmen torció el gesto.

Ilusión… ahora parece un extraño. Sólo con el móvil, no habla nada conmigo. Viene, pasa una semana y se va. Así todos los años.

Su voz sonaba herida, profunda.

¡Pero si usted es su abuela! protestó Marina. Seguro que le tiene cariño.

Sí, cariño… murmuró la casera con sarcasmo. Le da igual todo, salvo el wifi.

Calló. Después, más bajo:

Y ni rastro de tu gata, ¿entiendes?

Marina asintió. Por dentro pensaba: ¿dónde la voy a meter toda una semana?

El viernes llegó demasiado pronto.

Alejandro apareció por la noche. Era un chico huesudo y alto, con auriculares y cara de pocos amigos. Saludó escuetamente, se metió en la habitación y cerró la puerta.

Doña Carmen andaba atareada, poniendo la mesa, llamando al nieto para cenar. Él salió sin ganas, se sentó, se quedó pegado al móvil.

Alejandro, come al menos rogaba la abuela.

No tengo hambre.

Pero si he hecho croquetas solo para ti.

He dicho que no quiero.

Marina escuchaba todo desde su cuarto, con el alma encogida. Pobre Carmen, tanto esfuerzo para que su nieto ni le dirigiese la palabra.

Y Vega, desde el alféizar, miraba con tristeza las luces de la calle.

Aguanta, pequeña, un poco más.

El desenlace llegaría, inesperado, al día siguiente.

Marina salió al baño un minuto. Dejó la puerta de su cuarto entornada, no tenía pestillo.

Vega, tal vez por curiosidad o ganas de estirarse, se coló sin que nadie la viera y salió al pasillo.

Cuando Marina volvió, ya no estaba.

El pánico la recorrió de arriba abajo. Sudorosísima.

¡Vega! ¡Veguilla!

Corrió al salón… y se quedó de piedra.

En medio del suelo, sentado, estaba Alejandro. Con Vega a su lado, acariciándola. Y la gata ronroneaba tan fuerte que parecía un motor.

Ay, se le escapó a Marina.

Alejandro la miró y sonrió por primera vez desde que llegó.

¿De quién es la gata?

Mía, contestó avergonzada. Perdona, Alejandro, fue sin querer…

¿Puedo seguir acariciándola? ¡Qué suave es! dijo, de repente, con voz de niño pequeño.

Claro.

Marina no sabía qué hacer. Si salía doña Carmen, aquello sería la mayor bronca del milenio. Pero el niño no apartaba los ojos de Vega. Parecía feliz.

Entonces, salió la casera de la cocina.

Se quedó rígida viendo la escena.

Marina se preparó para la tormenta.

Alejandro, susurró doña Carmen. ¿Estás jugando con la gata?

Sí, y mira cómo ronronea, abuela. ¿Puedo darle de comer?

La mujer no respondió. Miró largo a su nieto. Luego, lentamente, asintió.

Puedes.

Y desde ese momento, todo cambió.

Alejandro no se separaba de Vega: la cuidaba, jugaba, la dibujaba. El móvil pasó a un rincón. Volvía a reír, le contaba a su abuela cosas del colegio, de sus amigos, de su sueño de tener un gato propio.

Y doña Carmen se quedaba en la cocina, escuchando. En sus ojos apareció, por fin, calor.

Cierta tarde, se acercó a Marina.

Que se quede, musitó. Vega. Dejad que se quede. Por fin hay alegría bajo este techo.

Marina la vio limpiarse discretamente una lágrima.

Pasaron tres meses.

Alejandro llamaba cada anochecer. No a su madre, ni a su padre; a su abuela. Preguntaba por Vega, le pedía que la mostrase por videollamada. Doña Carmen toqueteaba el móvil, renegando.

¡Mira que es difícil esto! Alejandro, ¿la ves?

¡La veo, abuela! ¡Hola, Veguilla!

La gata, al escuchar su voz, se acercaba y maullaba como si reconociera al chaval.

Abuela, ¿a que en Semana Santa voy a ir, verdad?

Claro, cariño. Vega y yo te esperamos.

Y de verdad esperaban. Doña Carmen ya había buscado un juguete para la gata una caña con plumas pensando que a Alejandro le haría ilusión.

Marina ya no se escondía. Cocinaba en la cocina, tomaba té con doña Carmen, compartía historias de su vida: de su marido, de cómo se conocieron, de los tiempos difíciles tras enviudar.

Si no fuera por Vega… no sé cómo habría aguantado le confesó un día.

La casera asentía, comprensiva.

Los animales sienten cuando estamos mal. Se acercan, no hacen falta palabras.

Se volvieron casi amigas. Dos mujeres solas a las que el destino unió a través de una pequeña gata gris.

En primavera, Alejandro volvió. Traía una mochila enorme llena de obsequios: comida para Vega, un collar con cascabel y una camita blanda.

Todo lo he comprado yo con mis ahorros, abuela presumió.

Eres un campeón, Alejandro.

Pasaron una semana entre juegos, dibujos, paseos con Vega. Y antes de irse, él dijo:

Abuela, ¿puedo venir en verano mucho tiempo?

¡Por supuesto que sí!

Carmen abrazó a su nieto y pensó: esto es la felicidad. No el silencio ni el orden. Sino esos brazos, la risa infantil, los pasos correteando por el pasillo.

Y todo gracias a una simple gatita gris, que un día vino mendigando cariño y terminó reuniendo corazones.

Porque a veces, lo que da sentido a la vida es lo que aparece cuando menos lo esperamos, y nos enseña que la alegría se esconde en lo pequeño, en lo sencillo y en lo compartido.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

18 + sixteen =

¡Aquí ni rastro de gato, o desalojad el piso! La historia de Galina, Lada y la estricta Doña Valentina, en un piso madrileño donde una pequeña gata cambiará las reglas… y los corazones.
Mi padre rechazó casarse con mi madre porque la familia necesitaba disfrutar de vacaciones largas.