SE QUEDARÁ A VIVIR CON NOSOTROS

El timbre sonó con ese estruendo desagradable de siempre, dando a entender que alguien llamaba a la puerta. Marisa se quitó el delantal, se secó las manos y se dirigió tranquilamente a abrir. Allí, en el descansillo, esperaba su hija con un chico. Marisa les hizo pasar al piso.

Hola, mamá le dijo su hija mientras le daba un beso en la mejilla. Te presento a Iván, va a vivir con nosotros.

Buenas tardes saludó el chico.

Y esta es mi madre, tía Marisa.

María Luisa. María Luisa Rodríguez, para ser exactos corrigió ella.

Mamá, ¿qué hay de cena?

Puré de guisantes y salchichas.

Yo es que no como ni puré ni guisantes contestó Iván, se quitó las zapatillas y se metió en el salón como Pedro por su casa.

Madre, de verdad, Iván no come guisantes le puso su hija unos ojazos como platos.

Iván se apalancó en el sofá y dejó caer la mochila en el suelo.

Esta es mi habitación, eh añadió Marisa, cruzándose de brazos.

Iván, ven que te enseño nuestra habitación le llamó Elena a voces.

Bah, déjalo, aquí estoy bien protestó Iván levantándose al final.

Mamá, ya te puedes ir pensando qué le preparas de cenar a Iván.

Ni idea, hija, solo queda media bandeja de salchichas Marisa se encogió de hombros.

Eso está perfecto. Con un poco de mostaza, ketchup y pan, me vale dijo él.

Madre mía se limitó a responder Marisa mientras iba a la cocina. Antes solía traerme gatitos y perritos a casa, y ahora aparece con esto. Y encima toca alimentarlo.

Marisa se sirvió ella misma su ración de puré de guisantes, puso dos salchichas doradas en el plato, empujó hacia sí la ensalada y comenzó a cenar con ganas.

¿Mamá, por qué cenas sola aquí? preguntó Elena entrando en la cocina.

Porque acabo de llegar de trabajar y tengo hambre, hija dijo Marisa masticando su salchicha. El que tenga hambre, que se sirva, y si no le gusta, que se cocine algo. Por cierto, te quería preguntar algo: ¿por qué Iván va a vivir aquí exactamente?

Pues porque es mi marido.

A Marisa casi se le atraganta la cena.

¿Marido? ¿Cómo que marido?

Tal cual, mamá. Tu hija ya es mayor y toma sus propias decisiones. Por cierto, tengo diecinueve años, que no soy una cría.

¿Y ni siquiera me invitasteis a la boda?

No hubo boda, simplemente nos casamos por el ayuntamiento y ya. Ahora que somos matrimonio, vivimos juntos dijo Elena, mirando de reojo a su madre.

Muy bien, felicidades. ¿Y por qué sin boda?

Si tienes dinero para una boda, dánoslo, que ya sabremos en qué gastarlo nosotros.

En fin siguió comiendo Marisa. ¿Y por qué a vivir en casa?

Porque sus padres viven en un piso pequeño, todos apretados.

¿Y no pensasteis en alquilar algo?

¿Para qué? Tengo mi habitación aquí respondió Elena tan tranquila.

Vale, entendido.

¿Entonces, qué hay de cenar?

Mira, Elena, el puré está en la olla y las salchichas en la sartén. Si no os llega con eso, hay media bandeja más en la nevera. Ya sabéis, coged lo que queráis, os servís y punto.

Pero mamá, que tienes un yerno ahora remarcó Elena las palabras con sorna.

¿Y qué quieres? ¿Que me ponga a bailar sevillanas para celebrarlo? Mira, hija, acabo de llegar reventada, así que haz el favor de dejarme tranquila con tus shows. Tienes manos, sírvete tú sola.

Por eso estás sola, mamá.

Elena frunció el ceño, se giró y se fue a su cuarto, cerrando la puerta de un portazo como quien corre una maratón de dramas adolescentes. Marisa terminó de cenar, fregó los platos, limpió la mesa y se marchó a su cuarto. Se enfundó la mochila de deporte y se fue andando al gimnasio. Como mujer libre que era, dedicaba varios días a la semana a nadar y hacer ejercicio.

A eso de las diez volvió a casa pensando en un té calentito. Lo que se encontró en la cocina fue un campo de batalla: parecía que alguien había intentado cocinar sin tener ni idea. La tapa de la olla estaba desaparecida y el puré se había quedado duro como una piedra. El envase de las salchichas abierto sobre la mesa, el pan seco fuera de la bolsa, la sartén quemada y arañada con un tenedor, los platos sin fregar llenando el fregadero y una charca pegajosa de algo dulce en el suelo. Además, el salón olía a tabaco que tiraba para atrás.

Eso sí que es nuevo. Elena nunca ha montado estos desastres

Marisa abrió la puerta de la habitación de su hija. Los dos estaban bebiendo vino y fumando.

Elena, recoge todo lo de la cocina. Mañana me compras una sartén nueva dijo Marisa y se fue a su cuarto, dejando la puerta abierta adrede.

Elena salió a toda prisa detrás de ella.

¿Y por qué tenemos que limpiar? ¿Y de dónde saco dinero para la sartén si no trabajo, estoy estudiando? ¿Tanto te importa una sartén?

A ver, Elena, las normas de esta casa las conoces: el que come, recoge; el que ensucia, limpia; el que rompe, lo repone. Cada uno se las apaña con lo suyo. Y sí, la sartén me importa porque cuesta dinero y ahora está para tirarla.

No quieres que vivamos aquí le soltó Elena.

La verdad, no Marisa contestó sin levantar la voz.

No tenía ganas de discutir, ella siempre había intentado llevarse bien con Elena.

Pero parte de esto es mío.

No, hija, este piso es mío y solo mío. Me lo he pagado yo sola. Tú estás aquí empadronada, nada más. Si quieres vivir aquí, cumples las normas.

Toda la vida siguiendo tus normas. Ya estoy casada, no tienes derecho a decirme lo que hago. Deberías dejarnos el piso chilló Elena.

Mira, os cedo el pasillo de la finca y el banco del parque, si queréis. ¿Te has casado? Perfecto, pero ni me pediste permiso ni invitación. Así que, o duermes aquí tú sola o con él os vais a otro sitio. Él aquí no vive Marisa se plantó seria.

¡Pues quédate con tu piso! Iván, nos vamos exclamó Elena mientras empezaba a recoger sus cosas.

A los cinco minutos el yerno apareció tambaleándose, con dos copas de más.

Mira, suegra, deja de armar jaleo y aquí no hay problema, ¿vale? Que nosotros no pensamos irnos esta noche. Si te portas bien, seremos discretos incluso cuando echemos un polvete dijo Iván, medio en broma medio en chulo.

Yo no soy tu suegra, chaval. Tus padres te esperan en tu casa, y vete llevándote a mi hija contigo le soltó Marisa, perdiendo la paciencia.

Que te vas a enterar, vieja Iván alzó el puño amenazante.

¿Así? Marisa le cogió la mano con sus uñas recién hechas y apretó con fuerza.

¡Suelta loca! chillaba él.

¿Qué haces, mamá? gritó Elena, tratando de separar a su madre.

Marisa apartó a su hija y le soltó una patada bien dada a Iván, rematando con un golpe certero en el cuello.

Ya verás, te denuncio chilló él.

Pues espera, que llamo yo a la policía para dejarlo todo bien atado contestó Marisa.

Los dos salieron pitando del piso de dos habitaciones, bien cuidado, de Marisa.

Ya no eres mi madre, ¡y no vas a ver jamás a tus nietos! soltó la hija a la puerta.

Vaya drama por fin podré disfrutar de mi casa a gusto ironizó Marisa mirando sus manos, con varias uñas partidas.

Siempre salgo perdiendo con vosotros susurró malhumorada.

Después de limpiar bien la cocina y tirar el puré y la sartén rota, Marisa cambió las cerraduras. Pasaron tres meses y justo al salir del trabajo se encontró con su hija. Elena estaba más delgada y con las mejillas hundidas, tenía el aspecto de quien no lo está pasando bien.

Mamá, ¿qué hay de cenar hoy en casa? preguntó la chica en voz baja.

No sé, aún no se me ha ocurrido nada. ¿Tú qué quieres?

Un poco de pollo con arroz contestó tragando saliva. Y ensaladilla rusa.

Pues venga, vamos por el pollo y la ensaladilla la haces tú le propuso Marisa, sonriendo. No preguntó nada más. De Iván, como si se lo hubiera tragado la tierra, no volvieron a saber nada.

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SE QUEDARÁ A VIVIR CON NOSOTROS
Jamás pensé que acabaría sintiendo celos de mi propia hija.