La gente tiene cosas de lujo.
Frigoríficos inteligentes que se chivan si te acabas el jamón.
Coches que pitan si respiras demasiado fuerte.
Herramientas de jardinería que cuestan más que la entrada de mi antiguo piso en Lavapiés.
¿Yo?
Yo tengo un cortacésped más viejo que la colina de El Retiro, con la pintura saltada, un cable de arranque quejica y la testarudez de una cabra de la Sierra de Guadarrama.
Llegó a mi vida así como llegan las herramientas de supervivencia: por accidente y por necesidad.
Mi ex, José Luis, la compró hace años por unas monedas sueltas en un mercadillo de barrio. Cuando aún éramos nosotros, cuando soñábamos con el para siempre y pagábamos las facturas al día. Cuando el divorcio plantó bandera, partimos lo que pudimos.
Él se fue con lo grande, lo que luce en Instagram y se exhibe en las fotos de perfil.
Yo me quedé con lo que hace funcionar la vida:
Lo justo para apañar la cocina.
Una aspiradora que parecía pedir la jubilación anticipada.
Y el cortacésped, porque la hierba no entiende de números rojos ni de dramas económicos.
No me lo quedé por nostalgia, desde luego.
Me lo quedé porque no tenía dinero ni para soñar en comprar otro.
Luego el tiempo, ese mago con mañas, empezó su función.
A mi ex la vida se le fue desmoronando como hojas secas en la Plaza Mayor: malas decisiones, excusas cada vez más ruidosas y teorías de bar de los domingos.
Me llegaban los chismes por esa gente que habla en tono bajito, como si estuvieran sosteniendo figuritas de Lladró.
Fue perdiendo lo aparente, lo que impresionaba en las cenas.
Yo, mientras tanto, mantenía el cortacésped.
Y los años, mira tú, empezaron a juntarse como platos sin fregar:
Once años siendo yo la que lo pone en marcha.
Once años aprendiendo a hacer las cosas sin nadie que me sujete el cubo de basura.
Once años tirando de ingenio, cosiendo la vida a medida y diciendo: Eso también puedo hacerlo yo.
Eso sí: de garaje chic nada.
Ni cobertizo calentito, ni trastero con vistas.
El cortacésped duerme todo el año al aire libre, empapándose bajo la lluvia, el frío y esa niebla pegajosa de Madrid.
Aquí el invierno no es Canadá, pero te deja tiesa igual:
Frío que hace crujir el plástico,
Metales que se quejan,
Viento que muerde y nieve que parece cemento.
Cada año, temo lo peor.
Llega la primavera y me planto frente a él como si fuera una amiga que igual ni me reconoce.
Le quito la capa de polvo y arena,
Le saco las hojas secas que se cuelan como turistas en Gran Vía.
Reviso la gasolina, como una enfermera palpando el pulso.
Esa pequeña bomba de goma el corazóncito amarillo lo aprieto un par de veces.
Hace un sonido minúsculo.
Una promesa pequeñita.
Empieza el ritual:
Coloco los pies (número 38, ni catorce ni botas de obra, pero algo es algo).
Agarro el manillar.
Tiro de la cuerda.
Nada.
Pruebo otra vez.
Sigue dormido.
Lo intento una tercera y, en voz baja, le rezo a Santa Teresa y a cualquier santo disponible:
Por favor. Que hoy no.
Porque si no arranca, no es solo una molestia.
Es un gasto nuevo.
Un recordatorio de que a veces la vida se pone difícil sin avisar.
Y entonces, como mosqueada porque dudé de ella,
ruge.
Nada de buenos días.
Nada de cortesía.
Empieza con ese rugido cascado que viene a decir:
Aquí sigo. Vamos allá.
Cada primavera. Todas.
Y tras once primaveras lluvia, escarcha, olas de calor, tormentas y demás espectáculos del cielo madrileño sigue despertando y haciendo el trabajo.
Y cada vez, me entra una gratitud tonta y dulce que me llena el pecho.
No es solo un cortacésped.
Es una prueba palpable.
Prueba de que se puede ser viejo y medio destartalado y seguir dando guerra.
De que resistir no siempre es bonito.
De que sobrevivir no requiere brillo, solo cabezonería.
Nadie hace fiestas por los triunfos pequeños.
Se aplauden los nuevo coche, nuevo piso, nueva vida.
Pero a veces la auténtica victoria es más modesta:
Una máquina que se niega a rendirse.
Una mujer que se empeña en seguir adelante.
Un césped que se poda no por magia, sino por una cabezota yo que sigue haciéndolo.
Cincuenta años tengo ya.
La espalda protesta más que antes.
La paciencia la tengo en números rojos.
El presupuesto, como una tortilla mal cuajada, a punto de desbordar.
Pero, cuando el cortacésped arranca, me quedo plantada ahí, con una sonrisa de panoli, manos en el manillar, pelos a lo loco, escuchando cómo ruge como si me animara: ¡Ánimo, tía, que puedes!.
Ella no sabe mi historia.
Pero forma parte de ella.
Así que sí.
Quiero a mi cortacésped.
No porque sea un lujazo.
Porque es fiel.
Y en un mundo donde casi todo se desmorona, tener algo fiel es casi un milagro. Y mientras empujo ese trasto haciendo zigzag por mi trocito de jardín, entre margaritas cabezotas y hormigas con prisas, pienso que a veces la suerte no está en los premios gordos, ni en lo que otros envidian desde fuera. La suerte son estos instantes pequeños que no salen en las redes ni reciben me gusta:
El ruido persistente a mi lado.
El olor a hierba recién cortada.
El cansancio honesto en los músculos.
La certeza de que, pase lo que pase, sigo aquí.
Firme.
Ruida, sí, como mi cortacésped, pero con ganas.
Y aunque sé que un día dejará de arrancar definitivamente, y yo tendré que buscar otra manera de domar la jungla, por ahora celebro este milagro doméstico, este pacto silencioso entre máquina y mujer que no se dan por vencidas.
Corto el último rincón del césped, apago el motor y alzo la vista: el sol se cuela entre las hojas, la tarde huele a victoria discreta.
De pronto me río sola, y me regalo algo mejor que el lujo:
La certeza de que ya aprendí a cogerle el truco a la vida, del único modo que sétirando, siempre, hasta que arranque.







