TÍA ROSA

Encontramos al gatito en la calle, un pequeño y travieso minino. Cuando mi mujer lo llevó a casa, mi hija dio mil volteretas de alegría alrededor de la criatura. Llevaba tiempo deseando un gato, y en un instante un rayo de sol iluminó sus orejitas. La niña gritó emocionada:
—¡Mamá, mira! Sus orejas brillan con una luz rosada, como pétalos de rosa.
Así la llamamos Rosita.

Rosita era una pillona, siempre tramando alguna travesura, pero nadie le ponía pegas porque todos la querían. Le encantaba la música y los documentales de animales; por la mañana, cuando nos íbamos a trabajar, dejábamos el televisor encendido en el programa de fauna para que ella tuviera compañía. Al volver, mi esposa y mi hija la encontraban dormidita junto al aparato.

Hace unos años abrimos un restaurante en el centro de Madrid, con la intención de ofrecer platos de marisco a buen precio. Con el tiempo añadimos carnes y, en una sala de quince mesas, trabajábamos con un chef, tres camareras y, de vez en cuando, nosotros mismos: yo en la cocina o atendiendo llamadas, y mi mujer en la barra. Por la noche me ponía traje negro y corbata para acompañar a los comensales a sus mesas. El negocio iba bien y empezábamos a pensar en ampliar el local, quizá añadiendo una terraza en la calle.

Una tarde, al volver de la escuela a las cuatro, mi hija de ocho años notó que estábamos exhaustos. No que a nosotros nos importara, pero ella lo percibió primero. Un día, al entrar, dejó su chaqueta y zapatillas en el recibidor, se calzó pantuflas y cruzó la puerta del cuarto donde Rosita estaba. La gatita bailaba al ritmo de la música que salía del televisor, imitando los pasos de otro gato que actuaba en un circo. La niña se rió, aplaudió y, tomando a Rosita en brazos, empezó a girar con ella. En una semana ya bailaban juntas, saltando y girando al compás.

Mientras tanto, justo enfrente de nuestro restaurante, un bar chino barato abrió sus puertas en el barrio de Lavapiés. Con precios bajos y una larga fila, pronto se ganó a la clientela. Nuestra clientela matutina desapareció, los almuerzos de negocio se fueron, y por la noche la gente prefería el local chino, donde podía comprar rápido y seguir su camino. Nos quedamos sin ingresos, sin dinero para pagar a los empleados, y anunciamos el cierre en un mes. Los camareros, conmovidos, renunciaron a sus sueldos para que no tuviéramos que declararnos en quiebra.

Los proveedores dejaron de entregarnos mercadería; ¿quién querría cargar su mercancía a un restaurante que no puede pagar? Así nos quedamos sin harina, azúcar, café, té, ni siquiera sal. Solo quedaban nuestras ganas de seguir trabajando y una chispa de esperanza.

Una noche, para animar a los presentes, mi hija entró al local vacío, dejó una pequeña bocina portátil sobre la barra y liberó a Rosita. Puso música y, con la gatita, empezó a bailar. El espectáculo contagió a los camareros, al chef y a nosotros, y todos nos unimos al baile como si fuera la última vez. Cuando la música se apagó, una gente que pasaba por la puerta se detuvo y preguntó qué ocurría.

—¿Qué pasa aquí? —inquirió un hombre.

Una de nuestras camareras, la más joven y triste por el cierre, respondió sin pensar:
—Es una promoción. Bailas con cualquier canción y te regalamos una taza de café y un crujiente croissant.

—¿Gratis? —exclamó la gente.

—Totalmente gratis —afirmó la camarera, con la voz temblorosa.

Enseguida, el chef gritó:
—¡Música! —y corrió a la cocina, seguido por sus ayudantes.

Yo, sorprendido, le pregunté a mi mujer:
—¿Qué hacemos ahora?

—No lo sé —contestó ella—, pero vamos a intentar.

Una camarera se acercó y propuso:
—Unámonos, recojamos lo que tengamos y compremos lo esencial para los croissants.

En la sala iluminada, la gente bebía café y té, y se les servían croissants recién horneados, comprados en la tienda de al lado, en platos bonitos.

Al día siguiente, en la fachada del restaurante apareció un cartel grande, escrito a mano con letras de colores:

¡PROMOCIÓN GRATUITA!
Baila toda la canción y recibe una taza de café, un croissant, bollos, pasteles y mermelada.

Bajo esas letras, en rojo y más pequeño, se leía:
“El restaurante está en quiebra y cerrará en un mes. Queremos despedirnos con una fiesta. ¡Bailad y divertíos! —Los empleados”.

La gente se acercó, leyó el anuncio, entró y empezó a bailar con entusiasmo. Les servían café humeante y una enorme bandeja de dulces.

—¿De verdad es gratis? —preguntaban con los ojos muy abiertos.

—Sí, totalmente gratis —respondían las camareras, sonriendo.

Los clientes dejaban propinas en la bandeja, algunos generosos, otros modestos, pero siempre suficientes para cubrir los costes de los pasteles y el café.

En una semana, los rumores sobre nuestro “restaurante milagroso” se esparcieron por la ciudad. Nadie creía que se pudiera obtener todo sin pagar, solo con un baile. A medianoche el local estaba repleto; la gente reía, se abrazaba y se llevaba su taza y su plato de dulces, convencida de que todo era sin cargo.

Al final, un reportero de una cadena nacional llegó sin cámara, con la intención de desenmascarar una estafa. Tras ver el ambiente y unirse al baile, dejó una donación en la bandeja y se marchó diciendo:

—No entiendo cómo se mantienen, pero ahora mismo no he bailado tanto ni comido tan bien en veinte años.

Pronto abrimos una segunda sala, más elegante, donde el chef pastelero ofrecía postres de alta gama a precios normales. Allí el servicio era impecable y, en poco tiempo, obtuvimos una estrella Michelin.

¿Y la gatita Rosita? Pues sigue allí, ronroneando entre los clientes, recordándonos que a veces la ayuda llega de los rincones más inesperados, y que basta con abrir el corazón para reconocerla.

Esta historia demuestra que, aunque el dinero falte, el trabajo en equipo, la música y una pequeña bola de pelo pueden convertir la adversidad en una fiesta que nadie olvidará.

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TÍA ROSA
El Novio Extraño