¡Por ese capricho tuyo has acabado fuera de la universidad! ¡Te enviamos a estudiar, no a casarte! ¡Eso es lo que nos faltaba, acoger en la familia a una chica del pueblo! protestaba el padre, con las palabras rebotando en las paredes como si fueran ecos de una catedral torcida. Creyeron que la fiebre de amor de su hijo podía disiparse con la distancia, como una neblina espesa al alba. Así, a petición del padre, Víctor marchó a prestar servicio.
Victoria recorría su piso en Madrid, ordenando cada rincón como quien trata de poner en fila las criaturas de sus sueños. Cambió el papel pintado, colgó nuevas cortinas de lino claro, y se lanzaba ahora sobre las alturas de las estanterías, reorganizando pertenencias tan olvidadas como los recuerdos. Victoria amaba el orden porque, bajo su luz, sentía que descansaba también el alma.
En un rincón escondido halló una caja llena de cartas de Víctor. ¿Cuánto tiempo sin abrirla? Fue como encontrarse un mapa antiguo entre las sábanas. Olvidó la limpieza y leyó una carta, luego otra, después otra, como si deshojara un cuaderno de su propia infancia.
…Victoria y Víctor se conocieron en la Universidad Politécnica de Madrid. Él de la capital, ella recién llegada del pequeño pueblo de Pedraza.
A Víctor lo deslumbró la presencia luminosa de Victoria: su melena negrísima, unos ojos extraños como espejos del Duero, su figura elegante con andares de zamba mora entre calles de adoquines.
La unión entre ambos fue como un aguacero en la llanura manchega. Para la reservada y dulce Victoria, Víctor era como una fiesta de San Isidro cada día. Cada jornada inventaba nuevas locuras para conquistarla: flores frescas en la puerta de su habitación en la residencia de estudiantes, serenatas mudas bajo su ventana raseando la noche, saludos susurrados entre las sombras de la acacia del patio, porque el cuarto de Victoria estaba en la planta baja.
Y entre verbenas universitarias, paseos por el Retiro y besos robados junto a la estatua de Cibeles, el primer año voló como una bandada de vencejos. Eran inseparables.
Pero Víctor abandonó los estudios. Desde el principio, el libro y la teoría no eran su manjar; y el amor, así de repentino, lo succionó como un remolino. Lo expulsaron de la universidad. Pero a él no le pesó.
Me pondré a trabajar, luego podré sacarme la carrera por libre. Pero así, podremos casarnos, mi alegría explicó a Victoria.
Comenzó a trabajar en una fábrica en Vallecas y anunció a sus padres que quería casarse. Ellos conocían apenas a Victoria; la habían visto apenas un par de veces, en esas comidas tensas donde todos parecen extras de una obra de Lorca.
Sabía que acogerían la noticia como se recibe una gotera sobre la cama. La madre y el padre soñaban con un enlace entre Víctor y la hija de sus amigos de Segovia. Pero ni Víctor ni la muchacha, Inés, quisieron seguir el guion.
Convencido de que podría cambiar la opinión familiar, Víctor pensó que el amor mueve montañas, o al menos, cambia los apellidos. Esperaba que lo vieran, que lo comprendieran, que aquel amor era como una necesidad. Pero la realidad fue otra, dura como un azulejo mojado.
¡Por ese capricho tuyo has acabado fuera de la universidad! ¡Te enviamos a estudiar, no a casarte! ¿Qué hacemos nosotros con una chica de pueblo en la familia? retumbó la voz del padre.
Decidieron separar a los enamorados como el tren que deja a uno en Salamanca y a otro en Barcelona. Por petición paterna, Víctor ingresó al ejército.
Victoria se sentía sola, navegando por la Gran Vía llena de sombras, y sólo encontraba alivio un calorcito robado al invierno en las cartas apasionadas y dulces que recibía de Víctor.
Pero un día las cartas dejaron de llegar. Un mes, dos, medio año: silencio. Victoria no encontraba dónde apoyarse en aquel mundo desdibujado.
Así pasa, el amor se enfría en la distancia. No era amor verdadero, sólo un flechazo intentaba consolarla su compañero de clase, Alejandro.
Alejandro Sandro para los íntimos era amigo de ambos. Lo que Victoria no sabía es que Sandro, en secreto, había escrito a Víctor, confesándole su amor por ella y asegurando que ahora estaban juntos. Le pidió que no la perturbara más, que no siguiera escribiendo porque pronto se casarían.
Y Victoria, resignada y herida, se sumergió en los estudios y en el grupo de amigos. Sandro siempre dispuesto, tan cercano, tan arropador. Su despedida con Víctor le daba una puerta para entrar con luz propia en los días de Victoria.
La ternura de Sandro, su cariño tan honesto, la envolvió como una sábanita caliente al amanecer.
Al menos que Sandro sea feliz pensó Victoria, y aceptó su propuesta sin fanfarrias.
Las cartas de Víctor estuvieron cerca de ir a la basura, pero fue incapaz de deshacerse de ellas. Las guardó en una caja, escondidas como los sueños tristes. Un cierre y un inicio: vida nueva.
Mientras, los padres de Víctor no tardaron en avisarle que Victoria se había casado con Sandro.
Y así, el tiempo se fue deslizando en plata, como el hilo de vida de una marioneta. Una década, otra. Víctor y Victoria vivían en la misma ciudad, como dos sombras paralelas por la Castellana, jamás cruzando sus pasos.
Victoria escuchó por ahí que Víctor se había casado. No con Inés, sino con otra mujer de ojos de aceituna y voz de río. Tuvieron un hijo.
Pero la existencia de Victoria era recta, monótona, sin alegría. Ella y Sandro tuvieron dos hijas. Los cuidados, el trabajo, las lonchas de jamón, las consultas en la Seguridad Social y las meriendas en el parque eran ahora todo su horizonte. No había lugar para la nostalgia.
Ambos arrastraban sus días como bueyes cansados, olvidando que en la vida puede haber fuego.
Pasaron treinta y cinco años.
El matrimonio de Victoria se deshizo. Por mucho que lo intentaron, sin amor sincero, el vínculo perdió sentido. Sandro lo supo: Victoria nunca lo amó. Él encontró refugio en otra mujer. Las hijas, ya adultas, emigraron a sus propios destinos. Nada quedaba que los atara.
Después del divorcio, Sandro confesó cómo fue el artífice de la separación con Víctor.
También la familia de Víctor se desmoronó. Quedó solo, envuelto en la misma niebla azul.
…Victoria leyó la última carta. Lloró y sonrió a la vez. Y de repente, sentía un deseo incontrolable: saber dónde estaba Víctor. ¿Cómo había sido su vida? Sólo quería verlo, escuchar su voz, aunque fuera como en esas pesadillas con calles sin salida.
Decidió escribirle a su antigua dirección; quizá todavía vivía ahí, o alguien podría entregarle la carta. Victoria siempre fue valiente para lo que realmente importaba. Escribió deprisa y le citó en el café justo enfrente de su casa. Sin meditaciones, lanzó la carta al buzón azul de la esquina.
Al día siguiente, sus pensamientos eran una nube de reproches: ¿Por qué tengo esta cabeza tan atolondrada?
Víctor, al regresar a su piso de Tetuán, abrió el buzón sin esperanza. ¿Una carta? En estos tiempos, eso era como tropezar con un unicornio en la Gran Vía. Vio el remitente y los nombres jugaron en sus ojos.
Leyó la carta y el tiempo, como un reloj derretido de Dalí, giró hacia atrás.
A la hora pactada entró al café. Todo estaba vacío, salvo una mujer sentada bajo una bombilla amarilla.
Victoria murmuró Víctor, apenas audible.
Sí ella se giró, los ojos abiertos, llenos de memoria.
Esa mirada, la misma de hace una eternidad, lo atravesó. Era ella, Victoria. Luego las palabras fueron río, las lágrimas mares y las risas pájaros. Entre palabras y silencios, el tiempo caía como confeti en San Lorenzo.
Salieron del café de la mano, como niños perdidos en la feria, sin querer volver a separarse jamás.
P.S.
Han pasado casi cinco años desde aquel encuentro. Victoria y Víctor viven uno para el otro, y cada día despiertan agradecidos, convencidos de que la autenticidad del amor verdadero nunca se evapora, ni siquiera en los sueños más extraños.






