Amistad leal
Te envidio, Jimena. De verdad. Te envidio.
Jimena se quedó un poco atónita. Le parecía absurda esa envidia de Lucía hacia ella…
¿Lo dices en serio? preguntó Jimena. ¿En qué me envidias? ¿Te acuerdas de lo que pasó con mis relaciones anteriores? Y ni en esta va bien… Nada de suerte con los chicos… ¿A qué viene la envidia?
Lucía movió la cabeza, y sus cabellos reflejaron la luz del salón.
No hablo de chicos, Jimena. Hablo de tus padres. ¿Lo entiendes? Son buenos. Nunca te han gritado. Nunca han bebido tanto que tuvieras que arrastrarlos de vuelta a casa. Y mira ahora: te regalaron un piso.
Luchí…
Pero Lucía estaba imparable.
Los míos… se trabó, buscando las palabras. Los míos siempre bebiendo. Primero una copita tras el trabajo, luego es por el estrés, y ahora… ahora ya no tiene remedio. Además, cargan sobre mí los préstamos que piden para arreglar las cosas, sí, cómo no. Veo a tu madre llamándote solo para preguntar cómo estás, y siento que he nacido gafada…
Lo lógico sería compadecerla, pero a Jimena le incomodó ese sabor amargo de la envidia. Entre amigas, no debería haber celos.
Bueno, ¿qué le vamos a hacer? soltó Jimena. A los padres no se les elige.
Tampoco todo le iba bien a Jimena.
Su suerte con el amor era pésima.
Su primer novio serio, Óscar, el que le juraba que eran una sola alma, la dejó tras tres años. Y lo hizo de forma vil: se casó con otra.
Después de Óscar, Jimena decidió vivir sin buscar el amor. Si tiene que llegar, ya vendrá. No lo buscó, pero apareció Diego. Y pasó lo mismo: primero encantador, luego mostró el plumero. Dejaba todo tirado, era egoísta.
Olvidó cerrar la puerta otra vez. En el pasillo los zapatos, uno cruzado, el otro junto a la ducha.
Hola saludó Jimena.
Diego se sacudió el pelo, despeinado.
Por fin gruñó. Oye, necesito que me hagas una transferencia. ¿Puedes? Luego te lo devuelvo.
Jimena soltó el bolso. Ya veía por dónde iba.
Diego, acordamos que yo tenía que pagar el Internet y quería comprar algo de carne de verdad, no esas salchichas baratas que recuerdan a la carne.
La carne puede esperar, Jimena. Venga, solo doscientos euros. Te los devuelvo.
Está bien. Pero son los últimos doscientos hasta tu adelanto. No te olvides del Internet. Luego lo pagas tú.
No pasó mucho antes de que Jimena empezara a sospechar.
Lo primero fue la desaparición de un anillo. No el de compromiso (con los de compromiso tenía muchos líos), sino uno fino de oro con un pequeño amatista gastado. Siempre lo dejaba en el mismo sitio.
Lucía, ¿recuerdas la última vez que me puse el anillo? preguntó Jimena una tarde mientras tomaban té.
No, Jime… No me acuerdo ¿No está en casa? ¿Igual lo perdiste en la calle?
No sé. Lo vi el fin de semana. Diego estaba ordenando el armario, igual lo tocó…
¿Diego te revuelve el armario? Lucía entrecerró los ojos.
Claro, vive aquí ya.
La segunda desaparición fue más seria: su antiguo móvil. Lo usaba como teléfono de reserva, para registros online o darlo a los repartidores. Estaba en el cajón del escritorio.
Jimena lo buscó varias veces.
Diego, ¿has visto mi viejo móvil?
¿Para qué lo quieres? ni se giró él. No lo usas. Seguro que lo tiraste sin querer.
Su indiferencia le resultó sospechosa. Demasiada calma.
Jimena empezó a notar que faltaba dinero del monedero. Y volvieron a desaparecer cosas. Un paquete de pilas buenas y caras que compró para la báscula. Pequeñeces, nada crucial por sí solas, pero el conjunto daba mala espina.
Oye, Lucía dijo Jimena mientras removía la espuma del café, sabes cómo se pierden cosas con el ajetreo…
Lo sé contestó Lucía, frunciendo el ceño al tragar té fuerte. Hace poco busqué mi paraguas tres días, y estaba colgado en la silla…
Eso. ¿Y alguna vez… si te hiciera falta dinero urgentemente, cogerías algo poco valioso de una amiga, para luego devolverlo?
Lucía la miró extrañada.
¿Por qué lo dices, Jime? ¿Has robado algo tú?
No, hablo en abstracto. Imagina que necesitas comprar una entrada a un concierto, y no tienes dinero. Y tu amiga tiene un anillo en una cajita, que se pone una vez al año.
Lucía se quedó pensando…
Teóricamente… Buscaría un trabajo extra, vendería algo mío. No tocaría las cosas de otra. Eso es robar, aunque sea solo por un rato.
¿Y si no es tu amiga, sino tu pareja? Jimena le observaba.
Lucía vaciló.
Si mi novio empieza a coger mis cosas sin permiso, deja de ser mi novio. Y si roba… es un ladrón. Punto. Robar a los tuyos… es el colmo. ¿Diego te está robando?
Jimena le confesó sus sospechas.
Pregúntale directamente sugirió Lucía. Mira su reacción.
¿Así, sin más?
¿Qué tienes que perder? Si es honesto, se ofende y da explicaciones. Si miente, lo notarás. Mejor saber la verdad pronto.
Sí, era lo mejor. Si mentía, se vería. Jimena procuró no herir a Diego, pero él respondió brusco:
¿Te has vuelto loca? ¿Qué cosas? Muy bueno el cuento. O sea, pierdes algo y la culpa es mía.
No admitió nada, gritó, se indignó, vació sus mochilas en plan teatro, para mostrar que no escondía nada. Pero no confesó.
Esa noche se fue a casa de un amigo, a beber y quejarse de Jimena. Al día siguiente, ella pensó que tenía que hablar con Lucía.
La llamó al mediodía.
Lucía, hola. ¿Puedo ir un rato? Necesito desahogarme por lo de Diego. Él…
Jime, no puedo Lucía la cortó. Tengo lío aquí. Mejor por la tarde, ¿vale?
Será solo un minuto.
Va, un minuto.
Jimena había herido a su novio porque sí. ¿Volvería él? ¿Se perdona eso? Lucía le escuchó callada, asintiendo de vez en cuando, pero su mirada se desviaba. Al terminar, Jimena esperaba consuelo.
…Y se fue. ¿Entiendes?
Lucía, que estaba a punto de salir antes de que llegara Jimena, soltó:
Pues felicidades, Jime. Si se largó, será porque algo hizo.
Gracias por el apoyo dijo Jimena, irónica. ¿Y tú qué te pasa? Estás rara.
Lucía no le había contado a Jimena de su nuevo romance en el trabajo, y tampoco iba a hacerlo ahora. Estaba apurada, miró el reloj, pero Jimena atrapó su brazo. Llevaba la misma pulsera de plata que le había desaparecido a Jimena hacía poco.
¿De verdad? exclamó Jimena. ¿Así que fuiste tú?
¿Cómo que yo? se apartó Lucía.
Ahora dirás que te la regaló tu prima, ¿no? Jimena soltó su brazo. Que me envidiaste, por eso empezaste a llevarte mis cosas. Y echando la culpa a Diego. Vaya amistad… ¡Y te la pones encima!
Lucía miraba a Jimena, luego a la pulsera…
No es la tuya… dijo perpleja. Jime, nos conocemos de toda la vida. ¡No es tu pulsera! Me la regalaron. Puedo demostrarlo.
No quiero pruebas. Quédate con ella. Así tendrás consuelo, ya que eres tan desgraciada.
Pasó una semana de silencio total. Diego no volvió. Para encontrarlo y pedirle perdón, Jimena tuvo que humillarse. Y lo habría hecho todo por no sentir vergüenza al verle.
Una mañana, mientras Diego estaba en el baño y Jimena empezaba a limpiar el salón, fue al balcón a recoger su vieja bolsa, la de lona que él nunca había tirado. Al tirar de ella, un bolsillo lateral se rompió.
Se cayó el contenido: algunos recibos antiguos, púas de guitarra… y un montón de pequeños objetos que Jimena pensó que eran basura.
No era basura.
Allí estaban sus pendientes de topacio azul, que creía perdidos para siempre. Y su pulsera, la que había robado Lucía.
Diego…
Puedo explicarlo él ya estaba a su espalda.
¿Qué vas a explicarme? ¿Que cogiste y no vendiste a tiempo?
Iba a devolvértelo…
No hace falta decir que Jimena echó a Diego ese mismo día. Pero eso casi ni le molestaba. Lo que le dolía era que Lucía no le respondía, y debía disculparse.
Sé que no quieres verme dijo Jimena al presentarse en casa de Lucía. Pero tenía que decirlo.
Lucía salió en bata.
Yo nunca te robé nada.
Lo sé. Y me siento fatal por acusarte, Lucía. Fue Diego. Encontré la pulsera en su bolso, seguro iba a venderla. El anillo lo vendió y me lo confesó. Lucía, ¿cómo iba a creer que te habían regalado justo igual?
Podías haber creído en mí, no en una coincidencia. Te creíste a Diego antes que a mí. ¿Soy peor por tener menos? ¿Si soy pobre, entonces robo? No quiero una amiga así. Mañana me denuncias, ¿y para qué quiero yo ese lío? Vete a casa.
A veces, la verdadera amistad se pone a prueba por las sospechas y los errores, y ahí es donde se demuestra el respeto y la confianza. No se trata de tener más o menos, sino de creer de verdad en quienes apreciamos, antes que en nuestras propias inseguridades. Sin confianza, ni la mejor amistad puede sobrevivir.







