Mi madre tenía ya 89 años. Hace dos años vino a vivir conmigo, tras muchas charlas sobre la tranquilidad de la casa. Cada mañana, escuchaba cómo se levantaba sobre las siete y media. Después empezaba a hablar suavemente con su gata vieja, llamada Reina, y le ofrecía el desayuno. Después preparaba su propia tostada con aceite de oliva y se sentaba en la terraza bañada por el sol, con su taza de café, hasta que decía que se despertaba del todo.
Luego se hacía con la fregona y recorría toda la casa eran casi 240 metros cuadrados, diciendo que aquel era su ejercicio diario. Si el ánimo la acompañaba, cocinaba alguna receta sencilla, ordenaba la cocina o hacía sus habituales estiramientos.
Por las tardes llegaba su ritual de belleza, siempre cambiante. A veces se entretenía revisando su gran armario verdaderamente caro, casi de exposición y examinaba cada prenda. Algunas me las regalaba, otras iban para alguien de la familia, y unas pocas las vendía, como toda una señora de negocios. A menudo le decía:
Mamá, si hubieras invertido ese dinero, ahora estarías viviendo rodeada de lujos.
Ella reía y respondía:
Pero hija, me encantan mis vestidos. Además, algún día todo esto será tuyo. Tu hermana, pobrecita, no tiene nada de gusto.
Para despejarnos, casi cinco días a la semana salíamos a caminar tres kilómetros por el paseo del lago. Una vez al mes tenía su noche de chicas con sus amigas. Leía mucho y siempre andaba curioseando por mi biblioteca. Todos los días hablaba por teléfono con su hermana, que ya sumaba 91 años y desde hace décadas residía en Salamanca, y nos visitaba dos veces al año. (Por cierto, mi tía aún trabajaba como contable para un cliente privado.)
Además de la gata, su mayor alegría era la tableta que le regalé la última Navidad. Leía sobre sus escritores y compositores favoritos, escuchaba los telediarios, veía ballet, ópera y muchísimas cosas más. Casi a medianoche a menudo la oía murmurar:
Ya debería dormir, pero en YouTube se me ha puesto solo a sonar Plácido Domingo.
Ella y su hermana, la verdad, ganaron la lotería genética. Pero mi madre, como siempre, se quejaba:
¡Estoy fatal! decía.
Y yo trataba de alegrarla:
Mamá, a tu edad casi todos estarían ya en otro ladoYo siempre respondía, sonriendo y con café en mano:
Mamá, si estás fatal, entonces el resto del mundo está en ruinas.
Ella soltaba una carcajada larga que llenaba la casa y me recordaba que, en realidad, lo que importa es cómo se vive cada día, no cuántos años se acumulan. Esa risa, la luz de la terraza, los vestidos colgando como trofeos de felicidad, y la gata dormida en su regazo, son los restos dorados del tiempo que compartimos. Ahora, cuando me encuentro sola en la terraza por las mañanas, siento el eco de sus pasos y la suave voz de Reina reclamando desayuno. Y sé que, mientras exista el sol, el café y una buena historia esperando en la biblioteca, mi madre sigue aquí, en todo lo que dejó.







