No todo me va bien respondió Elena. Mi padrastro siempre me regaña.
¿Y cómo te llamas, pequeña? preguntó el desconocido agachándose junto a la niña.
¡Elena! contestó la niña. ¿Y tú?
Me llamo Carlos. Tu madre y yo vamos a vivir juntos. Ahora somos una familia: tú, tu madre y yo.
Poco después, madre e hija se mudaron a la casa de Carlos, un piso grande en el centro de Madrid, con tres habitaciones, donde Elena por fin tuvo su propio cuarto. Carlos era muy atento; constantemente traía a la niña golosinas y juguetes. Mientras tanto, su padre sólo la llamaba cuando quería discutir con su madre.
Fue entonces cuando su madre le confesó que su padre tenía ya otra familia y que se había marchado del barrio. Elena sintió una punzada de dolor, aunque le quería con todo el corazón. Su madre a veces la regañaba y le daba alguna palmada, pero su padre nunca se lo había hecho. Recordaba perfectamente el día en que sus padres se separaron: su madre gritándole y hasta amagando con lanzarle una zapatilla, y la frase final que quedó grabada en su memoria:
No pienses que has sido tú el primero en engañarme, ¡los cuernos los llevas puestos desde hace tiempo!
Luego la madre hizo las maletas y se llevaron a vivir a casa de la abuela. Elena no entendía aquello de los cuernos, especialmente porque su padre era calvo y no tenía ni un pelo en la cabeza. Así terminaron definitivamente.
Con Carlos la vida fue tranquila hasta que Elena empezó primero de primaria. La niña detestaba el colegio, en el recreo se portaba regular, así que sus padres eran llamados a reuniones a menudo, y a veces debía ir Carlos en lugar de su madre. Él se tomaba muy en serio la educación de la niña y a menudo le ayudaba con los deberes.
Eres un don nadie, no puedes ordenarmele respondía Elena, repitiendo frases que había escuchado de boca de su abuela.
Al contrario, soy tu padre; yo te alimento y te vistocontestaba Carlos.
Cuando Elena cumplió diez años, su padre regresó a Madrid. Para entonces ella ya sabía bien qué significaba ponerle los cuernos y pensaba para sí: Seguro que la nueva mujer también lo engañó, por eso la dejó, decía su madre.
Al padre le dejaban ver a su hija. Elena y él estaban felices de volver a encontrarse.
¿Cómo estás? le preguntó el padre.
No muy bien confesó Elena. Carlos siempre me regaña.
Ese hombre no tiene derecho a levantar la voz, no es nadie para ti se enfadó el padre.
La abuela dice lo mismo, pero le da igual exageró Elena, porque en realidad Carlos jamás le había gritado. Sólo quería que su padre se preocupara por ella.
Bien, lo arreglaré le prometió su padre.
Mientras paseaban por el Retiro, supieron que, de todas las atracciones, sólo en ocho se podía subir sin adulto, y en las restantes sólo acompañado, pero el padre no quiso acompañarla. Entonces Elena le comentó que se acercaba su cumpleaños y que soñaba con un móvil nuevo. Cuando su madre vino a buscarla, le aseguró que Carlos nunca le levantaba la voz, aunque no quiso escucharla.
¡Mi padre es un miserable! le dijo Elena a Carlos. En el parque ni me compró nada, sólo un helado. Sólo paseamos, nada más. Carlos, eres mejor que él.
Pues vamos a arreglar el error de tu padre, ¿qué te parece si este fin de semana vamos a un parque de ocio infantil?
Sin embargo, ese plan tuvo que cancelarse porque Carlos tuvo problemas urgentes en el trabajo, y ni caso hizo a la indirecta del móvil nuevo.
Papá, ¡Carlos me ha engañado! lloró Elena por teléfono. Me prometió llevarme al parque este fin de semana, después dijo que no lo merecía, ni el paseo ni el móvil.
Aunque no era cierto, su padre se dejó convencer por el llanto y acabó regalándole un móvil. La última vez había ignorado sus indirectas, pero esta vez, con todo aquel lío, no le quedó más remedio que cumplirle el deseo. Eso sí, apenas tenía ahorros y sólo pudo comprarle uno barato; no le alcanzaba para uno bueno.
¿No podías esperar hasta tu cumpleaños? le reclamó Carlos.
¡Lo que verdaderamente quiero es un perro! pidió la niña.
No, un perro hay que sacarlo a pasear y tú seguro que te cansarás y nunca querrás hacerlo repuso el padrastro.
Tras esas palabras, Elena se puso a llorar sin contención, llamó a su padre y empezó a quejarse:
Papá, por favor, ¡llévame contigo! Carlos me acosa y me manda todo el tiempo sollozaba Elena.
Entonces, todos empezaron a discutir y a aclarar las cosas por su cuenta. Durante ese tiempo, Elena fue enviada de nuevo a casa de la abuela. Poco después, su madre llegó con las maletas y le anunció a la niña que se separaba de Carlos.
Su padre volvió con su nueva esposa, porque sería padre de nuevo. Y así Elena se quedó sin móvil ni perrito, y la abuela nunca permitiría ni siquiera adoptar un gato.
Ese recuerdo permanece en mi memoria como el verano en que todos los sueños quedaron a medias, y la vida cambiaba, como cambian las estaciones en Castilla.






