Diario de Cristina Ortega
La madre de Cristina falleció hace ya cinco años. Solo tenía cuarenta y ocho cuando su corazón dejó de latir, regando las violetas en la cocina. A papá le quedaban entonces cincuenta y cinco, y aunque no derramó ni una lágrima ni lanzó ningún grito, recuerdo cómo se sentaba en el sillón de mamá, mirando su foto como si, con la fuerza de la mirada, pudiera devolverle la vida.
Aquel día perdí a mi madre, pero en realidad también perdí a mi padre. Se quedó en casa, en el mismo piso de siempre, pero ese hombre ya no era él, sino una sombra atrapada en su propio dolor.
El primer año fue una pesadilla. Yo, con veintitrés, me convertí en hija, enfermera y psicóloga. Le cocinaba cocido que apenas probaba, le planchaba camisas que nunca estrenaba y le hablaba, le hablaba sin cesar intentando rescatarle de ese abismo en que se había sumergido.
Papá se limitaba a callar. Cuando se dignaba a contestar, sus palabras eran heridas: No te metas. No toques. Déjame.
Entre nosotros creció un muro gris, denso, imposible de atravesar.
***
El tiempo pasó y aprendimos a coexistir sin rozarnos.
Nos veíamos por las mañanas en la cocina, nos despedíamos, volvíamos por la noche, y poco más. Las palabras eran contadas, el cariño, ausente.
Dejé de perseguirle con mis cuidados, y él supo agradecérmelo. Cada uno se fue adaptando, lentamente, a una nueva vida. Sin mamá. Sin esposa.
***
Con los meses papá empezó a mostrar signos de vida.
Sonreía a la vecina, esa señora que nos regalaba empanadillas. Iba de pesca con un viejo amigo y redescubrió su portátil y viejas películas favoritas. Al verle más erguido, sin aquella desesperación de antaño, pensé que el duelo quedaba atrás. Incluso acepté un trabajo de verano en un balneario lejos, confiando en que podría estar solo.
Al volver a casa al final del verano, me esperaba una sorpresa.
***
Papá me anunció que se casaba.
Lo soltó nada más abrir la puerta, como si hablara del tiempo. Después, sentados en la mesa de la cocina, me dijo: He conocido a una mujer. Se llama Mercedes. Vamos a casarnos, y sonrió.
Me inundó el frío. No por verla a ella feliz, no; en el fondo quería que papá recuperara la alegría. Pero mi alarma interior gritaba ¡El piso!
Nuestro piso. Donde crecí, donde todavía sigue la máquina de coser de mamá y su taza preferida en el armario. No esta horrorosa taza que otra mujer desconocida tuvo el atrevimiento de dejar sucia sobre la mesa.
Miré aquel objeto con rabia no disimulada.
Papá alcancé a decir, midiendo cada palabra, ¿no crees que todo va demasiado rápido? ¿La conoces de verdad? ¿Dónde vais a vivir? ¿Aquí? No olvides que este piso no es solo tuyo. También es de mamá
Él me miró, la cara cansada y una frialdad que me heló el cuerpo.
Ah, ya veo musitó. Ya empezamos. Qué prisa. Sí que estoy vivo aún Demasiado pronto para repartir la herencia.
¡No quiero repartir nada! protesté, airada. Solo pido claridad, papá. Si vas a tener otra familia, ¿qué pasará conmigo si algún día pasa algo?
Cuando llegue el momento, piensas qué hacer gruñó antes de encerrarse en su habitación.
***
A los pocos días, llevó a Mercedes a casa. Era alta, elegante, con una mirada triste y profunda y una cortesía excesiva.
Cristina, entiendo cómo te sientes decía Mercedes. Creéme, no aspiro a nada tuyo. Tengo mi vida, mi piso. Solo amo a tu padre.
Se esforzaba por ser amable, pero ¡qué preguntas!
¿Vuestra casa de campo está muy lejos? decía con ese aire inocente. ¿Desde hace cuánto tenéis este piso? Los pisos antiguos de Madrid son muy cotizados
Además, Mercedes opinaba que no debía hablarse de herencias con antelación, pues esas charlas, según decía, herían a papá y le hacían sentirse inútil.
A raíz de esa visita mis dudas solo crecieron. Estaba convencida de que aquella mujer era astuta y ambiciosa. Por eso la relación con mi padre, que ya estaba tensa, terminó de romperse. Yo veía a un anciano cegado por una pasión tardía, dispuesto a entregar todo a una cualquiera. Él, probablemente, veía en mí una hija codiciosa y desconfiada, incapaz de preocuparse por su felicidad.
Cada conversación acababa en reproches; papá defendía su derecho a rehacer su vida, yo reclamaba mi necesidad de seguridad. Nos heríamos sin darnos cuenta de que nos estábamos destruyendo.
***
Al final, no soporté más la inquietud y propuse acudir al notario para zanjar el asunto de la propiedad de una vez.
Papá se negó al principio, pero al final, resignado, aceptó.
Muy bien, dijo con tristeza. Hagámoslo como tú quieres.
El camino hasta la notaría fue en silencio. Yo acariciaba el bolso nerviosa, preparada para la batalla.
La notaría era sobria y tranquila. Papá se sentó aparte, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada impenetrable.
La notaria, una señora entrada en años y con gafas, abrió la carpeta.
A ver, estamos aquí para empezó ceremoniosa.
Espere, la interrumpió papá, con una voz tan serena y determinada que sentí un escalofrío. Yo he venido por otra razón.
Le entregó un documento.
Tome.
La notaria se puso las gafas, leyó el papel y, sorprendida, preguntó:
¿Está seguro? Es un contrato de donación. ¿Va a traspasar la totalidad de sus bienes a su hija, don José? ¿De forma gratuita?
Se me heló el alma. ¿Me lo da todo? ¿Así, sin más? ¿Es una trampa? ¿Luego pensará que le obligué?
Busqué sus ojos, tratando de adivinar sus intenciones.
Me devolvió la mirada sin ira ni resentimiento; solo infinito desencanto y compasión, hacia mí.
Aquí tienes dijo en voz baja, firmó y puso el papel ante mí. Todo tuyo. El piso. La casa de campo. Lo que querías. Ahora puedes dejar de preocuparte porque yo, viejo como soy, cambie tu patrimonio por esa felicidad que para ti no existe.
La palabra felicidad la escupió con una amargura que me dolió más que cualquier grito.
Papá yo no era mi intención susurré sintiendo las lágrimas correrme por las mejillas.
¿No? su sonrisa fue más cruel que el enfado. Cristina, en estos seis meses no me has preguntado ni una sola vez cómo estoy, si paso frío, si necesito medicinas. Solo has preguntado por papeles y metros cuadrados. No has visto a un padre, solo un obstáculo entre tú y lo que consideras tuyo. ¿Creías que no lo notaba?
Se dirigió a la puerta y sin mirarme añadió:
Soñabas con esta jaula. Pues ya es tuya.
Cerró la puerta tras de sí. Me quedé clavada en la silla, apretando un papel helado entre las manos. ¡Lo logré! Lo tengo todo. Y de repente, lo comprendí: había perdido aún más.
***
Pasaron los años.
Papá y Mercedes siguen juntos. A veces los veo cogidos de la mano en el Retiro o haciendo la compra en la Plaza Mayor. Papá ha envejecido, pero cuando mira a Mercedes, le brilla la cara.
Y yo sigo sola.
En un piso de tres habitaciones recién reformado, amueblado con todo lujo. Los fines de semana los paso en mi casa de campo, donde tampoco falta nada.
Solo que la felicidad se me perdió en algún recodo del camino
Sé que papá me dio el piso no por rencor ni rabia, sino porque yo lo escogí así: cuatro paredes en vez de una persona; escrituras en lugar de amor.
Cambié a mi propio padre por un piso y una casa en la sierra. Y eso, lo sé ahora, es la herencia más amarga que podía recibir.






