Diario de Año Nuevo, Madrid
Todavía no sé muy bien por qué me quedé mirando esa puerta. Salí del ascensor en mi noveno piso, revolví los bolsillos buscando las llaves y me dirigí a casa, con esa especie de zumbido en la cabeza que me dejó el cava y los pinchos. El portal estaba inusualmente silencioso para la noche, solo se oía algo de jaleo abajo, risas y golpes de puertas.
Al llegar a mi puerta, me apoyé con la palma en la pared, como siempre que he tomado más de la cuenta para no errar la cerradura, y fue entonces cuando, de reojo, vi el destello del otro lado. La puerta de los vecinos, los que viven pegados pared con pared, estaba abierta un palmo. En la penumbra del descansillo titilaba una guirnalda de colores colgada sobre el perchero de su recibidor, y desde el fondo, muy bajito, se escuchaba una voz femenina cantando algo de la nieve y la esperanza.
Me detuve, con la llave suspendida en el aire. El portal olía a algo frito, evaporado de alguna casa, y el perfume barato de mi chaqueta se mezclaba con el ambiente frío. Me retumbaban aún las frases de los brindis: por la salud, por nosotros, que nunca envejezcamos y sentí un vacío raro. Allí, entre amigos, habíamos reído, bebido, visto a los niños correteando entre serpentinas y confeti. Discutieron sobre hipotecas, reformas, sobre los veranos en la Costa Brava. A las doce, brindamos juntos, nos abrazamos y alguno se emocionó con la tercera copa. Luego taxi, un trayecto corto por una ciudad casi desierta, luces en los árboles, y entonces, aquí estaba, en unos zapatos que duelen, con la cabeza algo pesada y una claridad extraña: regresaba a casa solo.
Los vecinos. Les reconocía bien, pero nunca supe sus nombres. El hombre era de unos sesenta, canas en las sienes, algo barrigudo, siempre saludaba en el ascensor con un gesto educado. La mujer, bajita, pelo corto, siempre con la redecilla y bolsas varias. Vivían aquí desde antes que yo llegara. Cuando me mudé hace quince años, su nombre ya estaba pegado en la placa de la puerta, pero nunca me fijé. Hola, asentimiento, alguna frase sobre la caldera rota. Nada más.
Miré la apertura de la puerta. Se oía la música, pero discreta. La guirnalda parpadeaba irregular, como si estuviera ya cansada. Dentro apenas había luz, solo el recibidor con la lámpara tenue. Nada se movía.
Lo lógico era pasar de largo. Quizás aireaban, se despistaron, no me incumbía. Pero justo cuando metí la llave en mi cerradura, algo me punzó: una puerta abierta en una noche así, cuando todos o están en familia o atrancan por las petardas ajenas Y ese cantar antiguo, a lo infancia. Además, la sensación de que si entraba solo y encendía la tele para ver la repetición del cotillón, ese sería mi destino: seguir junto a gente que nunca conocería, separados solo por un tabique.
Saqué la llave y escuché. Ni voces, ni risas, solo la canción, y luego otra, sobre trenes azules y tiempo. Me removí por dentro. ¿Y si les pasaba algo? ¿Un tropiezo, un desmayo? Todos los días sale alguna noticia de personas mayores que nadie descubre hasta días después. Me acordé de haber visto al vecino en la farmacia, rebuscando monedas y disculpándose por la espera.
Bueno, murmuré y di un paso hacia esa puerta.
La empujé con los dedos. Cedió apenas, bloqueada por algo blando. En la rendija se veía más del recibidor: alfombra gastada, zapatos de hombre y unas zapatillas de mujer con felpa. Aún se notaba el olor a pollo asado y mandarinas, ya apagado pero presente. Los abrigos colgaban, la guirnalda resbalaba por los percheros hasta el suelo.
¿Hola? llamé, intentando no parecer intruso. ¿Hay alguien?
Nadie contestó. La música seguía, así que había luz y los aparatos funcionaban. Golpeé la madera con los nudillos.
Vecinos, ¿todo bien?
Algo golpeó dentro, luego pasos. La puerta se abrió un poco más, y el semblante de la dueña asomó por la rendija. Tenía las mejillas sonrosadas, ojos cansados, el peinado festivo desecho, un jersey brillante y una cadenita dorada en el cuello.
Ay, perdona… dijo, alargando la mano al pomo como para cerrar. Está todo bien, no te preocupes…
Levanté las manos, disculpándome.
Es que… la puerta estaba entreabierta. Pensé… no sé, por si acaso. ¿Todo bien?
Me miró con atención y reconoció mi corbata aflojada, la bolsa del supermercado con restos de ensalada y creo que me identificó.
Ah, eres el del noveno dijo. Sí, sí, está bien. Entró corrientes, abrimos la ventana, estábamos despistados…
Desde dentro, un hombre preguntó:
¿Loli, qué pasa? ¿Los petardos otra vez?
El vecino, Paco, el de enfrente gritó.
La puerta resonó y él apareció: camisa por fuera, el primer botón desabrochado, copa de brandy en mano, rostro marcado pero mirada clara.
Hombre, feliz año, vecino.
Igualmente dije, sin saber su nombre. Vi la puerta, pensé… corrientes, igual se marcharon sin cerrar…
Tranquilo dijo Loli con una sonrisa. Siempre lo hacemos. Salgo con la basura y dejo la puerta así. Hoy con el jaleo se me olvidó. No hay susto.
Asentí, dispuesto a irme.
Bueno, si está todo bien… otra vez feliz año…
Espera, vecino dijo Paco. Pasa un momento, hombre, ya que has venido.
Titubeé.
He estado con amigos, he cenado y bebido… qué incómodo…
¿Incómodo por qué? rió. Llevamos veinte años saludándonos y nunca hemos compartido una copa. Loli, ¿le echamos un vinito?
Loli se encogió de hombros y me dijo: Anda, pasa. Aquí todo es sencillo. Deja los zapatos y ven a la cocina.
Miré mi puerta propia. Las llaves pesaban, la bolsa con el cava y ensalada sin terminar, la botella aún precintada. De pronto mi casa pareció helada.
Vale, solo un minuto cedí.
Me quité los zapatos y los dejé junto a los suyos: dos pares de hombre, antiguos pero limpios, botas de mujer, nada de niños. La bolsa la llevé por inercia, sin saber dónde dejarla.
Dame eso Loli me cogió la bolsa. ¿Qué traes?
Restos de ensalada y cava. No lo terminamos.
Mejor, aquí justo se terminó el cava. Mira, vienes con regalo.
Entré en una cocina pequeña pero cálida. Aún había platos de ensaladilla, algo de bacalao con pimientos, charcutería, mandarinas en bandeja, jarrón con ramas de abeto y bolas. En la encimera otra guirnalda, ahora apagada. Sentada a la mesa, una mujer de unos cincuenta, gafas y gesto amable, revisaba el móvil. Un vaso vacío delante.
Mi hermana, Carmen me presentó Loli. Carmen, el vecino del noveno. ¿Cómo…?
Paco dije. Paco García.
Uy, muy formal bromeó Paco (el marido). Aquí nada de apellidos, yo soy Paco, a secas.
Nos dimos la mano. Fuerte, calurosa.
Siéntate, Paco Carmen acercó una silla. Loli te pone un plato.
Me senté algo incómodo. Vi en la pared una foto antigua: Paco joven de uniforme, Loli con melena, un niño pequeño entre ambos. En la nevera, imanes de Toledo, Granada, San Sebastián yo nunca he estado allí.
Brindemos Paco llenó las copas de vino. Por abrir puertas alguna vez, no solo cerrarlas.
Sonreí. Sonaba grandilocuente pero en su voz no había pretensión, más bien cansancio y convicción.
Brindamos. El vino era suave, reconfortante. Al fondo seguía la música: ahora una voz masculina de los años ochenta, nostalgia pura.
¿Dónde has cenado? preguntó Loli.
Con amigos expliqué. Grupo grande, muchos niños, mucho ruido.
¿En casa solo? Carmen me miró por encima de las gafas.
Asentí, evadiendo detalles.
Mi hija vive en Barcelona dejé caer el dato habitual, pero me contuve. Su familia está allí. Yo voy tirando.
Te entiendo susurró Loli. El nuestro está en Segovia, dice que va con sus niños a casa de su suegra. No nos molesta. Cada uno sus planes.
Paco bufó.
Que no nos molesta, pero llevamos medio año sin ver a los nietos. Pero nada, no nos molesta.
Carmen sonrió triste.
¿Hace mucho que vives aquí, Paco? preguntó mordiendo una mandarina.
Quince años contesté. Desde que… bueno, desde el divorcio. Compré el piso, me mudé.
Anda Loli meneó la cabeza. Yo pensaba que eras nuevo. Pareces joven…
Sonreí.
Tengo cincuenta y dos.
Paco tiene sesenta y dos saltó Carmen. Pero siempre dice que sigue siendo un chaval.
Lo soy, por dentro replicó Paco, rellenándose otra copa.
Nos reímos. La risa fue baja pero sincera. Me empecé a relajar, fijándome en los detalles: servilletas dobladas, mantel algo manchado, un plato con muslo de pollo frío apartado a un lado.
Te recuerdo soltó Loli. Cuando llegaste, traías cajas hasta arriba de libros. Pensé que por fin teníamos un vecino de letras.
Cuando me mudé recordé. Aquella vez subí todo solo. La espalda quedó hecha polvo.
Yo me acuerdo de una vez que llegaste cubierto de nieve añadió Paco. Hace diez años. Venías con un abeto, la rama se atascó y tuve que ayudarte a sacarla.
Me sorprendí. Ese momento era para mí algo menor, pero ellos lo guardaron.
Es curioso dije. Vivimos juntos y solo sabemos trozos sueltos los unos de los otros.
¿Y qué más necesitas? se encogió de hombros Carmen. Aquí la gente solo pide que no molestes por la noche y no tires la basura fuera.
O que no nos inundes añadió Paco. Los estudiantes del séptimo, con ellos sí que hablamos demasiado.
Reímos con las anécdotas de fiestas de vecinos, la señora del octavo controlando la basura. La charla fluyó suave, cálida.
Les conté trabajos de oficina, el teletrabajo, los regresos al presencial. Cómo detesto los eventos de empresa a pesar de la obligación. El extraño sentimiento de envejecer entre compañeros más jóvenes que mi hija.
Paco relató su vida en la fábrica, el cierre del taller, arreglos pequeños para conocidos. Loli intervenía: hablar del papel pintado, las noches en la casa de campo, que luego tuvieron que vender.
Carmen recordó Nocheviejas con la familia llena, invitados y niños por todos lados. Ahora los invitados se dispersaron, cada uno a sus cosas.
Pensábamos dijo Loli mientras rellenaba mi copa con mi propio cava que eras jefe importante. Siempre formal, de traje y maletín.
Más quisiera reí. Sólo soy jefe de nada. El traje porque lo exige la empresa, el maletín para el portátil.
Da igual insistió ella. Siempre pareces seguro.
Pensé: ¿soy realmente seguro? Aquella noche, en esa cocina que no era mía, me sentí alguien que entró, por error, en la historia de otros.
¿Pensasteis a qué me dedicaba? pregunté curioso.
Abogado, seguro respondió Paco. Por tu forma de andar.
Yo pensé que eras profesor dijo Carmen. Una vez te vi hablar con un chaval que pintaba la pared. Fuiste tan calmado, sin gritos.
Recordé aquello. Un niño del sexto, años atrás. Se me olvidó pronto, pero alguien lo había guardado.
Es curioso dije. Inventamos historias ajenas con apenas unas imágenes.
¿Y tú qué pensabas de nosotros? Loli apoyó la barbilla en la mano.
Me incomodé, poco orgulloso de mi desconocimiento.
Bueno… os veía como familia normal. Con hijos y nietos, fiestas juntos.
Paco suspiró.
Pensabas que aquí habría jolgorio, acordeón y turrón dijo. Pero solo somos tres y la tele de fondo.
Y la música apuntó Carmen, la pongo yo. No soporto el silencio en Nochevieja.
Guardamos silencio. La canción terminó, el locutor anunció otra.
Antes había casa llena susurró Loli. Padres, amigos del niño, mis padres. Poníamos mesa en el salón por falta de sitio. Ahora todos lejos. Los padres ya no están, el hijo su vida, nosotros no nos quejamos, pero es extraño.
Asentí, recordando mis propias fiestas de otros años: la mesa larga, suegros, colegas. Tras el divorcio, años raros: alguna vez con mi hija, otras solo, otras por compromiso con compañeros de trabajo. Elegí una fiesta para evitar el vacío, pero aún así no era mi sitio.
Hoy, al dejar a los amigos dije, sorprendiéndome, sentí que volvía a casa como si fuera un hotel. Todo mío, pero…
No encontré la palabra.
Te entiendo admitió Carmen. Cuando mi marido falleció me sentía igual: era mi casa, pero todo provisional.
Loli la abrazó. Sentí algo apretando la garganta.
Perdona acerté a decir. No lo sabía.
¿Por qué ibas a saberlo? respondió ella con dulzura. Si nunca hablamos más que para saludarnos.
La velada siguió. El tiempo se extendía, no lento ni pesado, sino blando. Rememoramos Nocheviejas pasadas: cortes de luz, cocinando a gas; inundaciones justo en fin de año; trenes en los que brindabas con vasos de plástico.
Las botellas se vaciaban, los platos olvidados, la música se volvió balada nocturna. A lo lejos, de vez en cuando, se oían petardos. Pasadas las tres, nadie me presionó para irme.
Descubrí que me sentía bien. No alegre como entre ajetreo, sino serenamente acompañado. Escuchaba a Loli contar sus años en la biblioteca, la pena por los libros que ya nadie pide. Paco hacía bromas sobre sus achaques, Carmen relataba las quejas eternas de la gente de la finca.
Siempre pensé que los vecinos eran como los del metro reflexionó Paco. Te subes, viajas juntos, y te bajas sin mirar. Pero aquí, charlando, parece menos terrible envejecer.
Sonreí.
Más que envejecer, da miedo quedarse solo matizé.
Eso sí dijo Loli. A veces me despierto de madrugada y pienso: si me pasa algo, Paco está en la compra o en el pueblo… ¿Quién lo sabría? ¿Y tú, Paco, si te ocurre?
Me costó responder. Los amigos, la hija, todos lejos.
Nadie admití. Quizá en el trabajo si un día no aparezco.
Pues eso intervino Carmen. Deberíamos tener al menos los teléfonos de los de este descansillo.
Paco resopló.
¿Empiezas otra vez? bromeó.
Sólo para emergencias, no para darte el sermón.
Me pareció tan lógico y necesario que acepté sin dudar.
Por supuesto dije. Es casi ridículo no tenerlos.
Sacamos los móviles. Loli dictó su número, lo guardé: Loli, vecina. Paco también: Paco, vecino. Carmen igual. Tres contactos que ahora tenían nombre.
Apunta el mío también les ofrecí. Si alguna vez necesitáis algo, avisad.
Loli escribió mi número en un papel y lo pegó en la nevera.
Así ya no diré ‘el del noveno’, sino Paco.
A las cuatro las palabras se volvieron más lentas. Loli bostezaba, Paco se frotaba los ojos, Carmen revisaba la hora.
Seguramente quieras ir a casa observó Loli. No queríamos retenerte.
Miré el móvil. Menos veinte para las cinco. Me pesaba el cuerpo entero, como después de una jornada larga.
Sí, es mejor dije. Muchas gracias. Por…
Busqué la palabra y fallé. Por la comida, la conversación, la puerta abierta.
Por la compañía sugirió Carmen. Para nosotros también ha sido bueno.
Paco se levantó, tambaleándose levemente.
Vente, te acompaño a la puerta. Que no te pierdas en el pasillo.
Fuimos al recibidor. La música ya era murmullo, la guirnalda apenas brillaba.
Me puse los zapatos y el abrigo. Paco se apoyó en la pared.
Oye, Paco me dijo bajito. Si alguna vez… lo que sea… llama, sin reparos. Estamos aquí, al lado.
Asentí.
Lo mismo digo respondí. Si necesitáis ayuda con algo o con el ordenador. De eso entiendo.
¡Eso sí! se animó Paco. El portátil no hay manera, Loli cree que lo he roto.
Yo no lo pienso, sólo lo constato gritó Loli desde la cocina.
Nos reímos.
Quedamos dije. Un día lo miro.
Paco me estrechó la mano.
Feliz año nuevo, vecino. Que al menos sea como esta noche.
Igualmente contesté. Feliz año.
Salí al descansillo. La puerta se cerró tras de mí, sin el recelo de antes. Abrí mi propia puerta, todo igual: sofá, tele, mesa con la taza de café de la mañana. Mandarinas en el alféizar, un jarrón vacío. Deje el abrigo en la silla, la calefacción murmuraba. Me senté y cerré los ojos.
Vi en mi mente los rostros de Loli, cariñosa; Paco y sus bromas; Carmen, callada pero atenta. Sus historias y que, compartiendo escalera, no sabía nada de sus vidas.
Miré la pared; allí, detrás, seguían en su cocina, Loli recogía, Paco apagaba la radio, Carmen estirando el sofá. La pared pareció menos gruesa, casi permeable.
Fui a la cocina, bebí agua, dejando el vaso sin ruido. Volví a la sala, apagué la luz, me tumbé. El sueño llegó rápido. Antes de dormirme del todo decidí que al día siguiente llevaría algo para el café con ellos. Solo porque sí.
…
Tres días después, salí tarde del trabajo. El portal olía a cocido y bizcocho. Subí al noveno, saqué las llaves y justo entonces se abrió la puerta de los vecinos.
Loli estaba en bata, con una toalla en mano.
¡Paco! dijo, ya de tú. Qué bien que has llegado.
Me quedé con la llave a medio meter.
¿Ha pasado algo? me alarmé.
No, hombre sonrió. He hecho un bizcocho de manzana. Y recordé lo del portátil. ¿Te pasas un rato y te doy a probar?
Sentí dentro una calidez. Asentí.
Claro, sólo dejo el maletín.
Abrí mi puerta, solté el maletín y, sin cambiarme, regresé a la de Loli. Sostenía la fuente de bizcocho, desprendiendo olor casero, a manzana y canela.
Pasa me invitó. Paco ya anda renegando del ordenador.
Entré. La guirnalda seguía colgada, apagada. No había música. Todo era cotidiano. Pero supe que aquella puerta, abierta en Nochevieja, ya no sería igual de cerrada para mí.
Sonreí y pasé a la cocina.







