Ayer otra vez mi nuera trajo a la niña para el finde se lamentaba mi vecina Leonor cuando nos cruzamos en el rellano. ¡No consigo que mi nieta coma nada en condiciones! “¡Mamá dice que las princesas no comen mucho!”, me suelta, se zampa dos cucharadas y ya está. ¡Con esa carita de acelga, parece fluorescente de lo desnutrida que anda!
A Leonor, la esposa de su hijo Javier Leticia le cayó mal desde el minuto uno. Simplemente porque la chiquilla era siete años mayor que su hijito. Y claro, el pobre, un pipiolo recién salido del instituto.
¡Si ese no había conocido a una mujer en su vida hasta que se cruzó la otra! bufaba Leonor mientras le ponía voz al drama. ¡Normal que se le subiera la cabeza! Le engatusó con sus “experiencias” y ya está
Leticia, además, era guapa, llamativa, siempre arreglada y cuidando la línea. Tenía buen gusto para vestir y una carrera en plena ebullición. Vamos, que espectacular era, las cosas como son. Yo no veía ni magia ni misterio: los hombres, ya se sabe, comen primero con los ojos, y ahí había un menú de lujo.
Leticia era fan del healthy living y lo de comer saludable lo llevaba a rajatabla. Por eso educaba a la niña en ese rollo: ni pizca de gula, saber cuándo parar, cuidar la salud y la figura, que hay que estar mona.
Apenas estuvieron unos meses juntos cuando Leticia se quedó embarazada. Que si por hacerle la zancadilla a la futura suegra entrometida, que si por ganas de casarse o simplemente por despiste, quién sabe. El caso es que Javier se plantó: “Yo, me caso con Leticia”. 18 añitos él, 25 ella.
Javier acabó el bachillerato, se apuntó a FP, y curraba mientras estudiaba. Empezaron de alquiler, luego compraron una habitación chiquitita en una residencia de estudiantes, todo muy castizo.
La parejita, felices y comiéndose el mundo, pero la suegra nada de nada. Que si Leticia no guisa como toca, que si la camisa sin planchar, que si la niña va desabrigada. Para Leonor, defectos a montones y virtudes cero. Una matraca constante, la pobre.
Total, que Leticia cortó por lo sano el trato con la suegra. Ella misma llevaba y recogía a la niña al cole, al kárate, a ajedrez Lo único que hacía era correr de un lado a otro, curro, casa, actividades y, por supuesto, un rato para el gym, las uñas y la pelu. Vamos, que pisaba su casa menos de lo que le gustaría.
Javier, por su lado, llegaba y se encontraba solo: la cría de actividad, la mujer liada o de zafarrancho por ahí.
Una noche apareció la vecina del cuarto, Carmen, viuda de 38 años con dos hijos adolescentes. Que si el grifo del fregadero se ha puesto a hacer de las suyas y amenaza con inundar a los vecinos de abajo. Javier, que era un manitas, fue echando una mano, apañó el asunto y mientras tanto, Carmen hacía macarrones con albóndigas. Por agradecimiento le puso un plato, y Javier se lo zampó encantado. Porque Leticia ya ni hacía albóndigas ni nada de cocina casera, por falta de tiempo.
A partir de entonces, Carmen empezó a invitarle a cenar. Mientras su mujer y su hija estaban fuera, compartían cocina y cuchicheos, entre empanadas y croquetas de esas de madre. Y, de pronto, saltó la chispa. Sin darse ni cuenta, se habían hecho inseparables, necesitaban esas noches de confidencias y comida de verdad.
En una residencia se ve todo, se oye todo y chismorrear es gratis. Alguien se fue de la lengua y Leticia se enteró de que Javier visitaba a la vecina con más ánimo que para leer el Quijote en voz alta.
Tremenda trifulca, que medio edificio fue testigo. Leticia, mujer con carácter, echó a Javier de casa, cerrando el capítulo de un portazo y con la ropa volando por el pasillo.
Para casa de mamá ya era tarde, así que Javier fue directo a casa de Carmen, que le recibió con una sonrisa.
Así estaban: la niña, seis años. Javier, 25. Leticia, 32. Carmen, 39.
Leonor se creyó ganadora al enterarse de que su hijo había dejado a Leticia, aunque el júbilo le duró poco. Cuando supo que su criatura se había ido a vivir con otra, mayor que Leticia y con dos hijos a cuestas de pronto, silencio de radio.
Para mí, aquello fue rarísimo. Años de quejas porque Leticia era mayor y luego, con Carmen, ni un pero. ¿Sería que se tragó el yo tenía razón con patatas?
Esto pasó hace ya cosa de quince años, el divorcio y todo el jaleo. Javier lleva todo este tiempo con su segunda esposa, Carmen; no han tenido hijos, pero viven a gusto, sin broncas ni reproches de la suegra. Ahora él tiene 40 y Carmen, 54. Leonor les abre la puerta encantada, como si fueran de la familia de toda la vida. Y yo les veo, tan tranquilos, y a Javier feliz como una perdiz.
¿Y vosotros qué pensáis, tiene la edad realmente tanta importancia para ser felices?







