¡Llevaos a papá! ¡Ya es hora! nos dice Clara.
No entiendo lo que está pasando aquí. Tu hermana quiere quedarse con la casa, pero nosotros tenemos que ocuparnos de tu padre. ¿Es que va a vivir con nosotros? ¿O quizá estoy entendiendo mal? le pregunto a mi marido, mirándole extrañada.
Por casualidad, he escuchado toda la conversación entre mi marido y su hermana Clara.
Durante años me he guiado por el consejo que me dio mi madre antes de casarme: no meterme en los asuntos de mi marido con sus padres. Claro que ella no pensó que mi padre, al contrario que el suyo, siempre tuvo una buena familia.
¿Qué hacemos? Clara tiene tres niños pequeños. ¡No podría cuidar de su padre!
¿Y por qué no puede cuidar ella de su padre si vive en la misma casa que él?
Esta situación viene de lejos. Mi suegro lleva tiempo necesitando apoyo. Mi esposo y yo vamos constantemente a ayudar, porque él ya no puede valerse solo. Ni siquiera puede ir a comprar; así que lo hacemos nosotros. Clara y sus hijos viven en la casa de mi suegro.
¡Ella tiene niños! ¿Acaso nosotros no los tenemos? le digo a mi esposo.
El problema es que Clara se desentiende completamente, finge que no tiene nada que ver con el asunto. Pero últimamente el estado de mi suegro ha empeorado; necesita cuidados verdaderos. Como no vivimos juntos, no siempre podemos estar ahí para él. Por eso, su hermana ha dicho:
¡Llevaos a papá! ¡Ya es suficiente! ¡No es justo que siempre esté conmigo! ¡Ahora os toca!
Yo me quedo atónita ante tal descaro. Siempre hemos ayudado, y además, no es que el padre viva con Clara, sino que Clara vive en la casa de él.
Lo que más me molesta es que mi marido acepte la idea sin protestar.
A Clara le fastidia que, según la escritura, el piso sigue siendo del padre. Sabe que cuando fallezca, la vivienda tendrá que dividirse con el hermano, así que exige que su hermano se lleve al padre y que éste le deje la casa entera a ella.
Tenemos hijos, pero también tengo mi propio piso. Clara no tiene nada.
¿Y qué?
Tu padre es una buena persona. No me importa que viva con nosotros, tenemos sitio de sobra. Lo que pasa es que tú y yo llevamos años ahorrando y pagando la hipoteca para tener nuestro hogar. ¿Qué ha hecho Clara para tener una casa propia? Nada. Ahora quiere que le regalen toda la vivienda, cuando lo normal sería dividirla entre los dos.
Pero a veces un hijo se queda con toda la casa.
A veces, sí, si hay otra herencia ¿Qué propones? Por supuesto que nos llevamos al padre. Pero la casa ha de ser de los dos. Nosotros también tenemos hijos, ¡y el dinero nunca sobra! insisto.
Mi marido habla con Clara.
Pero yo no puedo comprarme otro piso con la mitad del dinero protesta Clara.
¡Pues cómprate uno más pequeño!
¿Y si no quiero uno pequeño? ¿Acaso piensas en mi comodidad?
¿Y tú has pensado alguna vez en la nuestra? Llevamos años pagando la hipoteca, y tú quieres la casa sin haber hecho nada. ¡Eso no se va a hacer así! responde mi marido sin dudar.
Finalmente, nos llevamos al suegro a nuestra casa. No es difícil de cuidar, se vale en muchas cosas por sí mismo; aunque también necesita ayuda. Clara llama cada semana con nuevas exigencias: que le falta dinero, que necesita que la llevemos en coche
Medio año después, mi suegro nos dice que quiere hacer testamento y dejar la casa para nosotros.
No confío en mi hija. Me ha decepcionado muchísimo confiesa con una sonrisa amarga.







