La limusina negra avanzaba silenciosa por las calles empedradas del barrio de Salamanca, con sus cristales tintados reflejando la luz dorada del atardecer castellano. Jaime Cortés acomodó su corbata de seda mientras repasaba los últimos balances de su empresa de telecomunicaciones en la tablet. Había pasado tres semanas en Madrid, logrando el acuerdo más valioso de su trayectoria, pero lo único que deseaba ahora era volver al hogar y estrechar entre sus brazos a Lucía, su hija de siete años.
Don Jaime, llegamos en cinco minutos, murmuró Ramón, el chófer de confianza que llevaba años al servicio de la familia.
Gracias, Ramón. ¿Ha habido novedad en casa mientras yo estaba en Madrid? preguntó Jaime, guardando la tablet en su elegante maletín de piel.
Ramón dudó un instante, y sus ojos se cruzaron con los de Jaime a través del espejo retrovisor.
Todo normal, señor. Doña Montserrat ha estado ocupada con sus cenas benéficas
El tono de Ramón dejó a Jaime inquieto. Pero antes de que pudiera indagar más, la limusina se detuvo ante la imponente villa de estilo renacentista en el Paseo de Recoletos. Las piedras de granito relucían bajo las luminarias del jardín, y la antigua fuente de cerámica de Talavera susurraba su agua en la tranquilidad de la noche.
Jaime cerró los ojos un instante, respirando el aroma profundo de los rosales y los naranjos que rodeaban la entrada principal.
¿Lucía estará despierta? preguntó, mirando su reloj Rolex.
Apenas son las siete, don Jaime. A esta hora, los niños
Ramón no terminó la frase. Sus ojos, al observar por la ventana, se fijaron en algo insólito en la casa colindante, hogar de los Hernández, una familia de tenderos apreciados en el vecindario.
Jaime siguió la mirada del chófer y sintió un nudo en la garganta.
Allí, en el pórtico bañado por la luz de la casa vecina, estaba Lucía. Su hija, con el cabello castaño oscuro alborotado y los ojos verdes, sentada en los escalones junto a la señora Hernández.
La escena silenció el paso de Jaime. No era la presencia de Lucía afuera lo que le petrificó, sino su aspecto.
Lucía vestía una camiseta de rayas demasiado grande, el cuerpo visiblemente más flaco de lo que él recordaba, las mejillas pálidas y hundidas.
En la cálida cocina de la amable señora Hernández, Jaime la descubrió devorando con ansia un plato de caldo gallego, como si no hubiera probado bocado en días. El hambre, la fragilidad en su rostro, la congoja en sus ojos, todo era demasiado.
No le diga a papá que vine aquí, por favor. Si Montserrat lo sabe no me dejará salir nunca más, susurró con voz temblorosa y desesperada.
Lo que Jaime averiguaría sobre la madrastra tras su regreso de Madrid, dejaría sin palabras a cualquiera, y con el alma helada.







