Tengo 69 años y hace seis meses que Nacho, mi marido, se fue al otro barrio. Estuvimos juntos cuarenta y dos años. No tuvimos hijos. Éramos solo él y yo nosotros, nuestro trabajo, nuestra vida, nuestras rutinas, nuestras pequeñas alegrías de cada día.
Al principio todo parecía una cosa normal, ya sabes, ese cansancio raro, algún dolor que iba y venía, visitas al médico que no parecían urgentes Y, de pronto, pruebas, hospitales, tratamientos. Y yo a su lado, en cada paso.
Me aprendí de memoria el horario de sus pastillas, qué alimentos ya no podía tomar y hasta logré distinguir esa mirada suya, la que tenía cuando lo invadía el dolor y no pegaba ojo. En esas noches yo me quedaba despierta, simplemente sujetándole la mano, porque, a veces, eso es lo único que una puede hacer: estar.
Me levantaba antes que él para prepararle el desayuno. Le ayudaba a ducharse cuando ya las fuerzas no le acompañaban. Le hablaba, le contaba cualquier tontería para distraerle aunque hubo momentos en que él ya no respondía, no porque no quisiera, sino porque el cuerpo no le dejaba.
El día que se fue, estaba en la cama sujetando mi mano. Sin palabras grandilocuentes, sin escenas dramáticas. Simplemente dejó de estar. Un momento estaba, y al siguiente, ya no.
Llamé al 112, pero ya era tarde.
El día del velatorio fue rarísimo, de verdad. Vino gente que no veía desde hacía años. Todos me decían cosas que me sonaban tan lejanas: Era buena persona, Ahora descansa, Tienes que ser fuerte y yo solo asentía sin saber ni qué estaba diciendo.
Luego, todos se fueron. Y la casa se volvió inmensa. No porque sea grande, sino porque ya no hay vida dentro.
Las noches son lo peor. Me acuesto antes porque no soporto el silencio. Antes veíamos juntos las noticias. Él siempre tenía alguna gracia que decir, conseguía hacerme reír, y luego me preguntaba si quería un té.
Ahora dejo la tele encendida, solo para oír voces. Para que no me ahogue el vacío.
No tengo hijos a los que llamar. No tengo nietos. No tengo a quién contarle que hoy me duele la espalda, o que el médico me ha cambiado una pastilla, o que he pasado miedo porque me he mareado y no había nadie para darme un vaso de agua.
Los domingos se me vienen encima. Antes salíamos al parque, comprábamos una barra de pan y volvíamos despacito, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Él siempre andaba un poco más despacio que yo, y yo le chinchaba diciendo que era un cabezota, y él se reía.
Ahora paseo sola. La gente me mira con compasión o ni me mira. En el supermercado solo cojo lo justo; ya no tengo para quién cocinar.
Hay días en los que no hablo con nadie. Días completos. A veces, cuando algún vecino me saluda, me sorprendo del sonido de mi propia voz, como si llevara meses sin usarla.
No me arrepiento de no haber tenido hijos. Pero ahora entiendo lo que es envejecer sola.
Todo va más lento, pesa más, y el silencio se hace enorme. Nadie te espera. Nadie pregunta si has llegado bien a casa. Nadie se preocupa de si te has tomado la medicación.
Aquí sigo porque no me queda otra. Me levanto, hago lo que toca, vuelvo a la cama. No busco compasión. No quiero que nadie sienta pena por mí.
Solo necesitaba decirlo en alto:
Cuando pierdes a la persona con la que has compartido tu vida, te quedas en un sitio donde lo demás ya no tiene sentido.






