La mejor amiga resultó ser una traidora
Ay, no empieces suspiró la amiga, rodando los ojos . Ya estás otra vez, Lucía, ofendiéndote por nada. Ahora vivimos a ritmos distintos. Tienes que entenderlo.
Tú vas a lo tuyo, yo a lo mío. Además, estamos en niveles diferentes desde hace tiempo. Ya no puedo meter en mi casa a cualquiera.
¿A cualquiera? sintió Lucía cómo se le formaba un nudo en la garganta . ¿Y resulta que yo soy “cualquiera”?
Pilar, ¡cuando no tenías ni para comer, yo te cosía cortinas para aquella habitación con mis viejas telas! ¡Tres años recogí a tus hijos del colegio!
¿Y qué? saltó Pilar, visiblemente molesta . ¿Quieres que me arrodille por eso? ¡Vamos, no exageres!
Lucía se quedó de piedra. ¿De verdad hablaba así? Habían sido amigas casi treinta años.
Al rebuscar en el bolsillo de un viejo abrigo de entretiempo, Lucía encontró un botón plano y gris, de cuatro agujeros. Instantáneamente le vino a la memoria cómo le cosió uno exactamente igual a Pilar hacía quince años. Sus hijas correteaban por el patio y ellas charlaban sentadas en el banco del portal, mientras Pilar sollozaba porque su marido, otra vez, se había gastado el dinero oculto en vino.
Lucía, sin decir ni una palabra, sacó de su bolso una aguja y un poco de hilo, cosió el dichoso botón a la chaqueta de Pilar y además, discretamente, le metió en la mano un billete arrugado de cinco mil pesetas.
Toma le dijo entonces, para la leche de los niños. Me lo devuelves cuando puedas.
Pilar nunca devolvió nada. Ni ese año, ni al siguiente. Pero a Lucía no le importaba, por esa amiga, compañera de toda la vida, era incapaz de negarle nada.
Habían pasado juntas por todo: habían luchado codo con codo contra los piojos de las niñas después del campamento, empapelado con cuatro duros la destartalada vivienda de Pilar, cuando por fin reunió valor y echó a ese marido holgazán.
Lucía muchas veces llevaba ollas de caldo a su amiga, que dejaba el alma entre dos trabajos para poder saldar las deudas.
Luci, eres mi ángel de la guarda decía Pilar, secándose las lágrimas con un paño mugriento. Si no fuera por ti, hubiese acabado durmiendo bajo un puente.
Ya verás, me irá bien. Te lo devolveré todo y nos iremos juntas de viaje por el mundo, ¡te lo juro!
Lucía sonreía y rellenaba la taza de té de su amiga. ¿Un viaje alrededor del mundo? Ojalá pudiese llegar, siquiera, a fin de mes.
Los cambios llegaron despacio y casi sin darse cuenta. Pilar entró a trabajar en una empresa algo turbia de compraventa de terrenos.
Poco a poco su tono en el teléfono se volvió seco, sus frases cortantes. Empezó a decir: “estoy ocupada”.
¿Pilar, vendrás mañana? le preguntó Lucía una vez. Hice empanadillas de las de siempre, con repollo.
Ay, Luci, ¿a estas alturas empanadillas? le contestó por el móvil. Estoy cerrando un trato. Ya no puedo comer esas cosas, llevan todo gluten.
Y además me he apuntado al gimnasio. Lo dejamos para otra vez.
Pero ese “otra vez” nunca ocurrió.
A los seis meses, Pilar se compró un coche enorme y reluciente, que apenas cabía por el callejón de su barrio de toda la vida.
Fue a lucirlo, pero ni bajó del asiento. Bajó la ventanilla, se ajustó las gafas de sol y señaló con la cabeza los asientos de cuero.
Mira, Luci. Todo lujo. No como tu viejo cacharro.
Lucía tocó el frío metal y sonrió tristemente.
Me alegro por ti, Pilar. De verdad. ¿Vienes a tomar un café? Celebramos la compra como siempre, con zumo.
No puedo dijo Pilar mirando el reloj. Tengo hora para la manicura en el centro. Son muy estrictos.
Lucía se quedó mirando el coche marcharse. Un extraño sentimiento la invadió, no era envidia; se trataba de una sensación nueva, como si entre ellas comenzara a crecer un muro invisible.
Después, Pilar puso en marcha la construcción de una casa que llamaba “residencia”. Mandaba fotos por el móvil sin parar: los cimientos, los ventanales, las muestras de azulejos, cada uno costando casi lo mismo que dos sueldos de Lucía.
¡Ven a verlo! le escribía Pilar.
Pero, cada vez que Lucía proponía fecha, su amiga encontraba miles de excusas: “están los obreros”, “me voy a comprar materiales”, “tengo dolor de cabeza”.
El golpe final llegó justo antes del cumpleaños de Pilar. Lucía, que conservaba la costumbre de regalar algo para las casas nuevas, compró un bonito mantel de lino y, sin avisar, pasó por aquel chalet.
Sabía que Pilar estaba en casa, lo había visto en las redes sociales: “mañana tranquila en mi nuevo hogar”.
La verja era enorme; al menos tres metros, como mandan los cánones; portón de hierro forjado, videoportero. Lucía pulsó el timbre.
¿Sí? contestó la voz de Pilar.
Soy yo, Lucía. Pasaba por aquí y te he traído un regalo: un mantel, de lino como te gusta.
Se oyeron los pasos sobre la grava y la verja se abrió apenas lo justo para dejar ver a Pilar.
Iba en bata de seda, perfectamente peinada. Lucía pensó cómo haría para llegar a todo. Detrás se veía un césped impecable y la fachada reluciente.
Pilar no se apartó, no la invitó a pasar. Siguió allí, bloqueando la entrada.
Hola, Lucía saludó de forma seca. ¿Qué ocurre? ¿Querías algo?
Lucía se quedó con la bolsa en la mano. Treinta años de amistad se redujeron a una pregunta fría y distante.
No pasa nada, Pilar Solo venía a dejarte esto. Pensé que podríamos tomar algo y me enseñabas la casa, ya que tanto me la has contado y mandado fotos
Pilar ni miró el paquete.
Lucía, ahora no es buen momento. Estoy limpiando y luego vienen invitados… gente importante.
Y tú sabes, todo nuevo, el suelo, los muebles No vayas a manchar nada con esas zapatillas sucias.
¿Has venido andando? ¿Y tu coche? ¿Por fin se ha roto? Dame la bolsa, desdoblaré el mantel yo y ya te llamaré.
Alargó la mano, pero Lucía instintivamente mantuvo el regalo contra el pecho.
¿Gente importante? susurró Lucía. ¿Y yo entonces? ¿Qué soy?
¡Ya estás igual que siempre! saltó Pilar, señalando con el dedo. Vas a empezar a recordarme todo lo que me ayudaste antes, ¿verdad?
Te estoy agradecida, de veras. Pero eso fue hace mil años. Ahora todo ha cambiado. Logré todo por mí misma.
¿Por ti misma? Lucía sonrió con amargura. Claro.
¡Sí! Yo sola. Y no pienso arrastrar fantasmas del pasado. Me agotan. Bueno, ¿me das el regalo o qué? No tengo tiempo.
Lucía la observó. Ante ella había una desconocida: rostro terso, mirada fría, manos mimadas.
¿Dónde estaba la Pilar que repartía media tableta de chocolate? ¿La que juraba que serían amigas hasta la vejez?
Mira, Pilar Lucía dejó la bolsa en el suelo, a sus pies, no hace falta que me llames. El mantel haz lo que quieras con él. Hazlo trapo, limpia el polvo, o póngaselo a los “importantes” bajo los pies.
Perfecto resopló Pilar, siempre armas un drama.
La verja se cerró con estrépito. Lucía quedó ante el muro, escuchando cómo Pilar se marchaba.
Caminó hasta su viejo coche y al entrar notó lo pesadas que tenía las piernas. Miró por el retrovisor: un balón pequeño, de su nieto, rodaba en el asiento trasero.
Se enjugó unas lágrimas que no sabía de dónde venían, arrancó y volvió a casa.
***
Pasaron tres meses. Lucía volvió a sus rutinas: trabajo, casa, los sábados en la huerta.
Bloqueó el número de Pilar, no por resentimiento, sino para no caer en la tentación de comprobar si la otra daba señales de vida. Que tampoco lo hizo.
Pero el golpe sonó fuerte, a finales de otoño.
Lucía estaba sentada pelando patatas en su cocina, cuando llamaron al timbre. Se limpió las manos en el delantal, miró por la mirilla… y era Pilar. Pero no la reina de antes: esta iba desarreglada, mayor, medio deshecha, con el abrigo abierto, el rímel corrido, el pelo enmarañado y las manos temblorosas.
Lucía abrió la puerta.
Lucía… Pilar se agarró al marco. Déjame pasar Por favor.
Lucía permaneció erguida, bloqueando la entrada igual que Pilar en su verja meses antes.
¿Qué ocurre? inquirió con voz firme. ¿Qué necesitas?
A Pilar se le heló la sangre; reconocía sus mismas palabras en boca de su amiga. Se tapó la cara y rompió a llorar como una niña, igual que años atrás.
Lucía, estoy arruinada… Vendí el viejo piso para el dichoso chalet, y el terreno que compré resulta que era ilegal. Firmas falsas, investigaciones. Me han embargado todo, cuentas, coche, casa…
Hoy me han echado. Me dijeron: abandone el inmueble. Esa gente importante… han desaparecido. Nadie responde al teléfono.
No tengo dónde ir… Ni mis hijos me quieren
Lucía escuchó en silencio aquel río de lamentos. Por dentro estaba vacía. Ni rabia ni compasión: nada.
¿Qué esperas de mí, Pilar? replicó Lucía, ladeando la cabeza. Ya lo dijiste: vivimos en ritmos diferentes. Yo soy una mujer corriente, la casa es humilde, hay polvo. Eso no es para ti.
¡Perdóname! Pilar cayó de rodillas en la alfombra hecha polvo. ¡Fui una necia! Se me subió todo a la cabeza. Tú eres mi única amiga… la de verdad… ¿Recuerdas cuando les lavábamos el pelo con queroseno a las niñas?
Claro que lo recuerdo asintió Lucía. Recuerdo cuando te cosía botones, y cuando no me dejaste entrar en tu casa. Me llamaste “cualquiera”, un lastre del pasado.
No lo decía de verdad… Pilar apenas podía respirar entre sollozos. Lucía, déjame pasar. Solo esta noche, hace frío
Lucía miró por la ventana. Caía una lluvia helada y los faroles empezaban a parpadear en la calle.
No, Pilar dijo Lucía suave pero firme. Hoy no.
Cerró la puerta. Pero a los dos minutos salió de nuevo con algo en las manos.
Aquí tienes el mantel. Aunque es nuevo, lo he vuelto a lavar por si acaso. Dentro te dejo cinco mil pesetas. Es todo cuanto puedo hacer ya por ti.
Lucía… Pilar intentó acercarse.
No hace falta Lucía se retiró. Ahora no es buen momento para mí. Ya sabes, la familia. Y tú eres fuerte, ¿no? Dijiste que lograste todo sola. Pues ahora sigue tú sola. Ya sabes: nuestros “niveles” son diferentes.
Cerró la puerta. El golpe de la cerradura retumbó en toda la casa. Se apoyó en la madera, cerró los ojos.
Se podía oír a Pilar arañando la puerta, suplicando, luego lanzando insultos al no obtener respuesta.
Al cabo de diez minutos, todo quedó en silencio.
***
Se supo luego que Pilar fue a parar a casa de una pariente lejana en un pueblo de Castilla. Decían que había envejecido mucho, que trabajaba de cartera y relataba a quien quisiera escuchar cómo había tenido una vida plena y cómo su mejor amiga la traicionó: no la ayudó, no le ofreció consejo ni albergue. La dejó a su suerte.
Lucía lo sabe, pero no discute los rumores. ¿Para qué? Al final, la vida pone cada cosa en su sitio.







