¿¡Pero qué estás haciendo?! chilló Margarita Fernández ¡Esa tierra es mía!
¡La tierra, tuya! bramó el yerno, arrancando con estrépito la plancha metálica ¡Pero la valla es mía! Yo la compré, tengo todas las facturas en el maletero. ¡Y el revestimiento también es mío! ¡Y las ventanas me las llevo!
¡Miguel! ¡Haz algo! Margarita Fernández se lanzó hacia su hijo ¡Te lo va a destrozar entero!
Margarita se sentó en la cocina con la pose de una mártir, con su nuera y su hijo delante como público para su pequeño drama.
Ya está, hijos la voz de Margarita temblaba Lo he decidido. Esta finca ya no la quiero. No tengo fuerzas ni salud para esto.
Entre el viaje en Cercanías, andar tres kilómetros por ese campo cada vez…
La otra vez me subió tanto la tensión que casi me desmayo.
Quedaros con ella. Disfrutadla, construid, haced lo que queráis.
Miguel enseguida se animó. Recordaba desde niño aquella parcela de seiscientos metros, entre zarzas de moras, la valla torcida y la casita diminuta que su abuelo levantó con lo que pudo conseguir en los ochenta.
Mamá, pero ¿qué dices? se acercó a la mesa sonriente ¡Es estupendo! ¿Lo oyes, Clara? ¡Vamos a montar un jardín precioso! Y la casa la arreglo yo, cambio la entrada…
Clara giró la cabeza despacio. Llevaba siete años en esa familia y sabía que cualquier regalo de Margarita siempre traía trampa.
Margarita, qué sorpresa respondió Clara, serena Pero mejor aclaremos una cosa desde el principio.
¿Cómo pensamos formalizar esto? ¿Va a ser una donación o lo pones ya a nombre de Miguel?
Se hizo el silencio. Miguel la miró extrañado, con cierto reproche. Su madre levantó la vista lentamente.
Clara, eres… muy práctica subrayó la última palabra Vengo con el corazón en la mano, te doy mi bendición de madre, y tú sólo hablas de papeleo, registros…
¿Soy una madre o qué? He dicho que es vuestra, y ya está. ¿Para qué tanta formalidad y gastar dinero en notarios?
Pues por esto, Margarita Clara se sentó al otro lado de la mesa Porque la finca está hecha un desastre.
La valla caída, el techo del cobertizo que gotea, el suelo de la casa podrido por debajo. Para dejar esto en condiciones, tendríamos que meterle fácil diez o doce mil euros.
Y no voy a tirar los ahorros familiares en algo que legalmente no es nuestro.
El día de mañana cambia de idea y nos quedamos con una mano delante y otra detrás.
¡Pero cómo eres capaz! la suegra se llevó las manos al pecho ¡Miguel! ¿Oyes? ¡Tu mujer piensa que quiero engañarla! ¡A tu propia madre!
Clara, ya te estás pasando masculló Miguel Mamá ya ha dicho que nos la da…
No, Miguel. Que ponga la finca a tu nombre, y mañana mismo buscamos la cuadrilla y los materiales. Si no, que las moras se sigan comiendo la parcela.
La conversación se alargó dos horas. Margarita terminó llorando, recordando al difunto abuelo, acusó a Clara de tener mentalidad capitalista y finalmente los echó de casa, asegurando que a personas tan calculadoras ni un cubo viejo les confiaba.
Dos semanas más tarde, en la cena familiar con la hermana de Miguel, Carmen, también invitada Margarita soltó su anuncio solemne:
Como a Miguel la finca no le interesa, se la he dado a mi Carmen. Su marido Javier es un manitas, ya han preparado hasta el plan de obra.
Miguel pasó la velada más oscuro que un nubarrón. Miraba fotos de casas rurales en el móvil y suspiraba ostentosamente. Clara cenaba ensalada, tranquila. Sabía que el verdadero espectáculo apenas empezaba.
***
Carmen y Javier se lanzaron al proyecto a lo grande. Todo junio el chat de la familia ardía con mensajes:
¡Ya hemos pedido la valla de aluminio!
¡Han traído tres toneladas de arena!
¡Javi ha abierto la zanja para el pozo negro él solo!
¿Ves? refunfuñaba Miguel en casa, dejando el móvil en el sofá Hay gente que hace cosas. Y nosotros, temblando por si nos timan. Carmen se ha atrevido y pronto tendrán un vergel…
Ya veremos, Miguel respondía Clara corta El tiempo dirá.
A mediados de agosto, la finca estaba irreconocible. La casa vieja revestida entera de blanco, tejado nuevo tejiendo la vista y un vallado imponente con pilares de ladrillo rodeaba todo. Javier incluso había colocado en el patio un césped en rollos y un columpio enorme tipo cabaña.
Para la inauguración oficial invitaron a todos. Margarita reinaba en una tumbona en la terraza nueva, abanicándose pomposamente.
Bueno, queridos, canturreó mientras Carmen le servía un vaso de horchata fresca ¿Habéis visto qué maravilla? Carmen, Javier, gracias. Qué alegría más grande. Mira, Clara, ¡menuda valla!
Javier, claramente agotado tras dos meses de sudor, se acercó al grupo.
Sí, mamá. Nos ha costado, pero ahora podemos venir con los niños sin miedo. Por cierto, tengo todos los papeles aquí enseñó una carpeta Las facturas de los materiales, el seguro de la caldera…
¿Quedamos el lunes y lo llevamos todo a notaría? Dijiste que al terminar lo pasabas a nombre de Carmen.
De repente Margarita se puso a mirar su pedicura con atención desmedida.
Ay, Javi, hijo, murmuró dulzona ¿pero para qué quieres correr tanto con esos asuntos? Vosotros venid cuando queráis, disfrutad. ¿Acaso os he echado?
Carmen frunció el ceño y dejó la bandeja de verduras sobre la mesa.
Mamá, ¿cómo que disfrutad? Nosotros hemos invertido casi todos nuestros ahorros aquí. Javi incluso pidió un préstamo pequeño para llegar a todo antes del otoño. Dijiste: Remontáis esto y la finca es vuestra.
Dije que la disfrutarais corrigió ella Y la estáis disfrutando. Venís cuando queráis. Pero cambiar la escritura
Hija, la vida da muchas vueltas. Hoy Javier es tu marido, ¿mañana? Quién sabe.
Y esta finca es el nido de la familia. Debe quedar conmigo. Así es más seguro.
El silencio cayó como un hacha. Ni los mirlos del bosque se atrevieron a piar.
O sea Javier se levantó despacio ¿O sea que nada de esto es nuestro? ¿La valla de quince mil euros, el pozo, el tejado?
¿Cómo que no? Margarita se escandalizó ¡Si lo usáis! Disfrutad, que podéis plantar pepinos el verano que viene si queréis.
Pero la dueña he de ser yo. Así duermo tranquila. Y si protestáis, cojo la llave y se acabó. Faltaría más.
¿¡Ah, sí, que te crees con derecho!? Carmen dio un grito seco ¡Nos dejamos la espalda aquí, estamos endeudados, y ahora resultamos sólo inquilinos!
¡No me levantes la voz! gruñó Margarita ¡Encima! ¡Os lo pongo en bandeja y protestáis!
¿¡En bandeja!? Javier vibraba ¡Si aquí estaba todo podrido! ¡Hasta el último clavo lo he puesto yo!
Se revolvió de golpe y caminó hacia el cobertizo.
¡Javi! ¿Dónde vas? gritó Carmen.
¡A por las herramientas!
Un minuto después volvió con una palanca y el taladro. Sin decir palabra se plantó delante del vallado y empezó a sacar tornillos con furia. Miguel amagó con intervenir, pero Clara puso la mano firme en su hombro.
No te metas, Miguel. Este es su asunto.
Al ver a su marido desmontar la valla, Carmen tomó una azada y se lanzó sobre el parterre de rosales, los favoritos de su madre.
¡Toma, disfruta! gritaba mientras arrancaba los arbustos de raíz.
La finca se volvió un campo de batalla. Javier, metódico, tras desmontar la valla, fue a la terraza. Planchas de policarbonato caían con estrépito.
Margarita corría de un lado a otro, ora agarrando a Javier por la camisa, ora tapando la puerta recién pintada.
¡Llamo a la policía! chillaba, móvil en mano ¡Esto es un robo! ¡A la cárcel vas a ir!
¡Llámala! Javier lanzó un panel al maletero del coche ¡Que vengan y vean a la propietaria que estafó a su familia!
A la media hora llegaron dos agentes. Uno, el teniente, contempló aquel caos: media finca sin valla, montañas de escombros y una mujer sollozando a la entrada.
¿Qué ocurre aquí? preguntó.
¡Me están robando! Margarita señaló a Javier ¡Ha destrozado la finca, me roba todo!
Javier se acercó tranquilo y le enseñó ordenadas sus facturas.
Mire, agente, aquí están los recibos de todo, a mi nombre. No hay contrato de alquiler ni de donación. Esta señora dice que no tengo derecho a nada.
Así que estoy desmontando lo que compré de mi bolsillo. No toco la casa original, sólo me llevo lo mío.
El policía revisó uno a uno los papeles. Luego miró a Margarita.
Señora, esto se resuelve en los juzgados. Si él tiene pruebas, no hay delito. Ponga una demanda si quiere.
¿¡Qué juzgado ni qué niño muerto!? aulló Margarita ¡Me lo quita todo!
Si es suyo, puede llevárselo zanjó el agente Pero cuidado no tumbe una pared.
Se fueron los policías. Javier terminó de cargar todo en el coche, fueras lo que fuera que pudo desmontar.
La parcela quedó como tras un bombardeo: ni rastro de la casita bonita, el jardín convertido en un solar con agujeros por todos lados.
Carmen se metió en el coche y pegó un portazo.
Ya está, mamá. Ahora sí que eres la dueña. Disfruta de la soledad. No volverás a vernos.
El coche rugió levantando polvo. Margarita se quedó plantada, sola, en su nido familiar.
Se volvió hacia Miguel y Clara, que miraban la escena desde lejos.
Al menos vosotros murmuró Miguelito, hijo Ayúdame. Mira lo que han hecho. Carmen está loca, Javier es un bandido Anda, trae unas tablas, ponemos aunque sea una verja
Miguel la miró con calma.
Mamá, sabes que Clara tenía razón. No querías darnos la finca. Querías tenernos atados, que fuésemos de por vida tu muleta, moviéndonos bajo tus órdenes, ¿no?
¡Pero qué dices! Margarita se abrazó el pecho ¡Si es por vosotros!
Por ti, mamá. Es por ti. Vámonos, Clara.
Cuando arrancaron el coche, Clara vio desde el retrovisor cómo Margarita se sentaba en el viejo banco de su padre y se tapaba el rostro con las manos.
Aquella noche Miguel estaba callado en la cocina mirando por la ventana. Clara preparaba la cena.
Clara murmuró él.
¿Sí?
Perdóname. De veras pensé que te rayabas. Por poco caemos en la trampa
Clara se acercó y le abrazó por los hombros.
Olvídalo. Lo importante es que ya lo sabes ver.
He estado pensando Mañana iré a la joyería. He visto una pulsera con granates, la que un día dijiste que te gustaba. Quiero regalártela. Por ver siempre más lejos.
Clara sonrió.
Eso está bien. Pero prométeme algo: en nuestra familia no habrá más regalos de tu madre. Son carísimos, Miguel.
Trato hecho la abrazó Ya he cambiado de móvil. Que se las apañe sola con su nido.
***
Margarita acabó vendiendo la finca, cuando se dio cuenta de que nadie se la arreglaría gratis.
Hoy ni el hijo ni la hija le hablan. Para los parientes, los malos son Miguel y Carmen.
Ella, por supuesto, nunca cuenta los detalles del escándalo familiar; sólo repite que sus hijos, aquellos a los que dio la vida, la abandonaron.







