Desbordaron el piso
¡Estáis locos! exclamó Sergio sin ceder ni un paso. Habéis transformado el piso donde crecimos en un vertedero. Nos avergonzáis delante de los vecinos.
El piso está escriturado a nombre de los cuatro señaló Almudena. Tengo mi parte aquí. Y Sergio también.
Y no vamos a permitir que nuestro patrimonio se convierta en un criadero de enfermedades. O cogéis bolsas de basura ahora mismo y os ponéis a limpiar, o…
¿O qué? entrecerró los ojos Isidro. ¿Nos vais a echar de casa? ¡No tenéis derecho!
Os sacaremos por orden judicial cortó Sergio. Y os mandamos a una habitación de tres por tres. Allí os enseñarán rápido las reglas de higiene.
Almudena ya se había tapado la nariz con un pañuelo perfumado antes de llegar al rellano. El olor que se escapaba por la puerta del número cuarenta y ocho era espeso, con un tufo rancio y avinagrado perfectamente reconocible.
Sergio, su hermano, esperaba a su lado, ajustándose el cuello del abrigo con un gesto de asco. Golpeó la puerta con los nudillos: el timbre llevaba años sepultado bajo una capa viscosa de polvo y no funcionaba.
¿Crees que abrirán? murmuró Sergio.
¿Y qué remedio tienen? Almudena acomodó el bolso en su hombro. La vecina de abajo llamó tres veces ayer. Dice que de nuestra casa bajan las cucarachas por los respiraderos. En ejércitos.
La puerta se entreabrió y, en la rendija, asomó el rostro de su madre. Llevaba semanas sin ver un peine y el pelo se había pegado en mechones como carámbanos. En la bata brillaba una mancha de algo grasiento.
¿A qué venís? gruñó la madre, sin saludar. ¿Otra inspección?
Mamá, déjanos pasar Sergio empujó suavemente la puerta con el hombro, firme pero sin brusquedad. No venimos a inspeccionar. Queremos hablar.
Entraron, y Almudena casi tropezó con una montaña de periódicos viejos amontonados justo en la entrada.
Encima, a modo de adorno, reposaba una zapatilla destrozada y un brik vacío de leche.
El aparador bajo el espejo era invisible: lo cubría una capa de porquería menuda tickets, recibos, mendrugos de pan resecos y un espeso polvo gris y peludo.
Madre mía… susurró Almudena, mirando a su alrededor. Mamá, ¿dónde está papá?
En el salón, la madre se arrastró hacia la cocina, donde un Everest de platos se alzaba en el fregadero. Está viendo la tele. ¿Por qué esas caras? Como si fuera vuestra primera vez en casa.
Precisamente pasó Sergio al salón.
El padre estaba hundido en un butacón. A sus pies crecía un nido: cajas vacías de pizza congelada, envoltorios rasgados y montones de cáscaras de pipas.
La pantalla de la televisión parpadeaba reflejándose en el cristal sórdido del mueble bar, donde la vajilla languidecía entre telarañas.
Papá, hola Sergio se acercó a la ventana e intentó abrir las cortinas.
¡Déjalas! bramó el padre sin dar media vuelta. La luz molesta. Siéntate callado o vete por donde has venido.
Almudena avanzó hacia la cocina y con repugnancia levantó el extremo de un paño. Bajo él, algo pequeño y rojizo correteaba. Retiró la mano, luchando contra el mareo.
Mamá, esto ya rebasa cualquier límite dijo Almudena volviéndose. ¿Entiendes que así no se puede vivir?
Nina la del cuarenta y cinco ha dicho que pondrá una denuncia en Sanidad. ¡Os echarán sin más o a base de multas!
Sí, sí, mírala la señorita pulcritud exclamó Tomasa dando un manotazo que casi tiró una estantería pringosa. Siempre vosotros, los perfectos.
Tú y Sergio nos habéis amargado la vida. Cuando erais críos y andabais por ahí, sólo hacía limpiar vuestra porquería.
¿Te acuerdas, Almudena? Si no era papilla en el suelo, era plastilina en la alfombra. Entonces decidí: ¿para qué limpiar si mañana será igual? Me acostumbré.
¡Mamá, tenemos treinta años! gritó Almudena. ¡Nos fuimos de aquí hace quince! En nuestras casas todo brilla porque no soportamos la suciedad que hay aquí. ¿De quién es la culpa ahora? ¡Aquí no estamos!
Pero la costumbre sigue apuntó el padre desde el salón. No te justifiques. Así estamos bien. Aquí… estamos cómodos. Y tu vecina es una cotilla. Que vigile su propia casa.
Sergio salió al pasillo, entró en la cocina y puso cara de asco:
Basta. Almudena y yo hemos decidido. Mañana vais a la clínica.
La madre se quedó inmóvil con una taza negra en la mano.
¿Qué clínica? ¡Estamos bien!
No, mamá. La gente sana no duerme sobre basura. Tenéis cita con el geriatra y el psiquiatra. Quizá es depresión, o… ese síndrome de Diógenes.
Alzheimer también empieza así. Nos preocupáis ¿lo entendéis? Esperamos que sea una enfermedad que se pueda curar.
¿Nos tomáis por locos? el padre por fin se incorporó. Los pantalones caídos, la camiseta llena de agujeros. ¿A tus padres los quieres meter en el manicomio?
No es un manicomio, papá, es una revisión Almudena se aproximó a él. Papá, míralo bien. Esto es un estercolero. ¿No os da asco?
Estamos bien zanjó la madre. Si no os calláis, iremos, pero sólo para que dejéis de molestar.
Así quedó el asunto.
***
Almudena y Sergio pasaron la semana siguiente trasladando a sus padres entre los mejores médicos de Madrid.
Ojalá sea algo de depresión murmuraba Sergio dando la cabeza contra la pared. Apatía o falta de energía se tramita con terapia o medicación al menos…
Sí le daba la razón Almudena. O una alteración hormonal. Porque si simplemente son así… no sé cómo vivir con ello.
Les llamaron juntos para la revisión del psiquiatra. La doctora, una señora mayor, repasaba cuidadosamente los análisis, la resonancia, los tests. Los padres, impasibles.
Entonces, doctora… Almudena se inclinó, nerviosa. ¿Algún problema?
La doctora se quitó las gafas y las depositó suavemente sobre la mesa. Miró primero a los hijos, luego a los padres.
Veamos… he hecho todas las pruebas posibles. Revisamos el riego cerebral, descartamos demencia precoz, la tiroides está normal. No hay signos clínicos de depresión.
Sus padres orientan perfectamente en espacio y tiempo, tienen memoria excelente para su edad, lógica conservada.
¿Entonces? frunció el ceño Sergio.
La doctora suspiró.
Médicamente, están completamente sanos. No hay diagnóstico psiquiátrico.
¡Pero viven en un vertedero! gritó Almudena. ¡No se puede respirar ahí!
Verá… la doctora lanzó una mirada rápida a Tomasa. Existe lo que llamamos dejadez doméstica. Simplemente no les importa. Les resulta cómodo.
Se sienten a gusto así, y no quieren gastar energía en limpiar. Es cuestión de hábitos y elección personal, no de medicina.
El silencio se volvió afilado. La madre sonrió, triunfante.
¿Veis? señaló a sus hijos ¡Estamos sanos! La médica lo dice. ¡Y vosotros pensando que éramos tontos!
Almudena tuvo que reprimir el llanto. Ella albergaba la esperanza de una causa médica…
***
Llevaron a los padres de vuelta a casa. En una semana sin supervisión, el piso había empeorado. En la mesa de la cocina había ahora peladuras de patata sin tirar y cucarachas paseando sobre ellas.
¿Ya está la revisión? el padre se dejó caer en su nido de basura. Ahora dejadnos vivir en paz. Cerrad la puerta al salir.
No, papá respondió Sergio, la voz dura. Paz no habrá. Esperábamos una enfermedad, que necesitarais ayuda. Pero si sois unos cerdos por gusto, hablaremos de otro modo.
¡Cómo hablas con tu padre! la madre fue hacia él. ¿Te has vuelto loco?
Escuchad: o limpiáis esto, o voy a juicio. Os desahucian, reformamos el piso y lo cerramos con llave.
La madre se desató a gritar.
¡Desagradecidos!¡Os crié! ¡Me he dejado la vida en vosotros y ahora tengo que ponerme a barrer!
¡Mentira! Almudena avanzó hacia ella. Éramos unos niños normales. Siempre fuiste vaga. Siempre echando culpas: a nosotros, al trabajo, ahora a la edad. Te da igual todo. Te gusta esta podredumbre.
¡Sí! ¡Me gusta! Tomasa golpeó la mesa repleta, y una nube de polvo se elevó. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a venir cada día con la fregona? No lo harás. Tienes tu vida. Gritaréis y os iréis. Yo viviré como me dé la gana.
Cogió una corteza de pan reseca de la mesa y le pegó un mordisco exagerado.
Marchaos. No quiero veros. Doctores… ¡psiquiatras! Llamadles a vosotros.
Sergio miró a Almudena. Sus ojos eran un pozo de pena y derrota; a ella le tembló la barbilla.
Vámonos, Almu dijo muy bajo. Aquí ya no hay nadie a quien salvar. La doctora tenía razón. Esto no tiene cura.
Abandonaron el piso. Tras ellos, la voz del padre ordenaba subir el volumen de la tele, acompañada del chillido de la madre.
***
Pasaron casi dos meses sin visitar a sus padres. Un lunes, Almudena recibió un mensaje de Nina la del quinto:
«Almu, ya está. Han venido».
Almudena no pudo más y fue corriendo. En el rellano observó cómo los operarios, enfundados en monos y con mascarillas, entraban al cuarenta y ocho. Los vecinos se agolpaban.
¡No se puede aguantar más! protestaba la vecina de al lado. ¡En mi cocina no se puede ni respirar con su peste! ¡Ya era hora!
Sacaron al padre y a la madre, llevándolos entre dos, gritando.
¡Esto es una injusticia! vociferaba la madre forcejeando. ¡Estoy sana, tengo un papel! ¡No podéis tocar mis cosas!
Comenzó la limpieza. Salían bolsas y bolsas de basura hasta llenar todo el rellano.
La inspectora, dirigiéndose a Isidro, le reprendió severa:
¿Por qué ha permitido esto? ¡Es insalubre! ¡Roedores por todas partes!
La madre, al notar la presencia de Almudena, chilló:
¡Almu! ¡Almudenita! ¡Diles que no nos ayudas! ¡Diles que tú y Sergio nos abandonasteis!
Almudena ni contestó. Se giró y se marchó. Los vecinos exigían que los expulsaran para siempre, y a ella ya todo le daba lo mismo. Que hicieran lo que quisieran.
***
Pidieron refugio a los hijos. Esa tarde, Tomasa llamó a Almudena y le anunció que no tenían dónde dormir.
Nadie sabía cuánto duraría la limpieza, y tras el tratamiento químico nadie podría vivir allí días.
Almudena se negó a acogerlos. Sergio hizo lo propio. Ahora, sólo sentían aversión por sus padres.






