– No, mamá, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien: el viaje es largo, toda la noche en tren, y tú ya no eres una cría. ¿Para qué pasar por ese lío? Además, en primavera tendrás mucho trabajo en el huerto –me dice mi hijo. – Hijo, ¿cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos y quiero conocer mejor a tu mujer, como se dice, acercarme a la nuera –le contesto sinceramente. – Mira, mejor espera hasta final de mes: en Semana Santa habrá vacaciones y vendremos nosotros a verte –me tranquilizó él. La verdad, yo ya estaba preparando el viaje, pero le creí y accedí a no ir y a quedarme esperando en casa. Pero nunca vinieron. Llamé varias veces a mi hijo, cortaba la llamada. Luego me devolvió una, diciendo que estaba muy ocupado, que no le esperase. Me sentí fatal. Me había preparado para recibir a mi hijo y a la nuera. Se casó hace seis meses y aún no la conozco. A mi hijo, Alejandro, lo tuve para mí sola. Ya tenía 30 años y nunca me casé, así que decidí al menos tener un hijo. Quizá fue un pecado, pero nunca me arrepentí, aunque hubo muchas dificultades: ni dinero ni lujos, apenas sobrevivíamos. Trabajé en varias cosas siempre para que a mi hijo no le faltase nada. Creció y se fue a estudiar a Madrid. Para ayudarle al principio, hasta me fui a trabajar a Alemania, mandándole dinero para los estudios y los gastos. Mi corazón de madre rebosaba al poder ayudarle. En el tercer año ya trabajaba y se mantenía solo. Al acabar la universidad, ya se bastaba por sí mismo. Volvía a casa raramente, una vez al año como mucho. Y yo, qué vergüenza, nunca había estado en Madrid. Pensé que cuando se casara, por fin iría. Empecé a ahorrar dinero para la ocasión: sesenta mil euros. Medio año atrás me llamó para darme la noticia esperada: se casa. – Mamá, no vengas ahora, solo nos vamos a registrar, la boda será más adelante –me advirtió Alejandro. Me entristecí, pero qué remedio. Me presentó a la nuera por videollamada; parecía maja, guapa y, por lo visto, bien acomodada. Su padre, mi consuegro, es un empresario importante. Sólo podía alegrarme. Pasó el tiempo y ni vino, ni me llamó. Quería ver a la nuera y abrazar a mi hijo, así que me decidí: compré billete de tren, preparé comida casera, hasta horneé pan y cogí algunas conservas y marché. Llamé a mi hijo antes de subir al tren. – ¡Anda, mamá! ¿A qué viene esto? Estoy trabajando, ni podré recogerte. Vale, aquí tienes la dirección, vete en taxi –me dijo Alejandro. Llegué por la mañana a Madrid, llamé un taxi y me asusté de lo caro. Pero Madrid al amanecer es bonito, me consoló el paisaje. Abrió la puerta mi nuera. Ni sonrisa, ni abrazo. Me invitó seca a pasar a la cocina. Mi hijo ya no estaba, se marchó temprano a trabajar. Desempaqué: patatas, remolacha, huevos, manzanas secas, setas en vinagre, pepinillos, tomates, algún tarro de mermelada. Ella miraba todo en silencio, luego suelta: “No hacía falta que trajera todo esto, no lo comemos; además, aquí en casa no cocino”. – ¿Y qué coméis entonces? –pregunté sorprendida. – Pedimos comida a domicilio todos los días. Cocinar deja mal olor –me dice Irene. Antes de poder reaccionar, entra un niño de unos tres años. – Te presento a mi hijo, Daniel –dice Irene. – ¿Daniel? –pregunté. – No, Danel, sin ‘i’ ni ‘o’. No me gusta que cambien los nombres –corrigió tajante. – Vale, como tú digas, Irene. – Ni Irene, soy IRENE. Aquí en la ciudad nadie cambia los nombres, pero claro… usted cómo iba a saberlo… Me daban ganas de llorar. No por el niño en sí, sino porque mi hijo me lo había ocultado. Y aún faltaban sorpresas. Vi en la pared un enorme retrato de boda. – Bueno, menos mal que, aunque no hubo boda, os hicieron buenas fotos –intenté cambiar de tema. – ¿Cómo que no hubo boda? Fue con 200 invitados. Sólo tú faltaste porque Alejandro dijo que estabas enferma. Quizá fue lo mejor –me dijo, mirándome despectivamente. – ¿Quieres desayunar? – Por supuesto… Irene puso una taza de té y unos trozos de queso caro. Ese era su desayuno. Yo no, yo necesitaba un desayuno fuerte, más si venía de viaje. Decidí freír unos huevos y sacar mi pan casero. Pero Irene lo prohibió: nada de tortilla, por el olor. El pan lo rechazó y dijo que ella y Alejandro siguen dieta saludable. Ya ni ganas de comer tenía, tanta tristeza porque mi hijo no me invitó a su boda. Tanto esperar y ahorrar para esto… Bebí el té en silencio. Justo llegó el niño a abrazarse a mí. Quise abrazarlo, pero Irene se sobresaltó: “No sabemos de dónde viene usted, no es bueno para el niño”. No tenía regalos para el niño, así que le ofrecí un tarro de mi mermelada: un manjar para los crepes, le dije. Me lo arrancó de las manos: “¡Que estamos a dieta, no comemos azúcar!”. Sentí que iba a romperme a llorar. Dejé el té a medias, me puse los zapatos y me fui al pasillo. A ella ni le importó. Ni me preguntó adónde iba. Salí al portal, me senté en un banco y lloré como nunca. Dolía más que nada que haya vivido para un hijo que no me quiere. Luego vi salir a Irene con el niño, tirando todas mis conservas al contenedor. No podía creerlo. Cuando se fue, recogí las bolsas y me fui a la estación. Tuve suerte y conseguí billete para volver por la tarde. En un bar de la estación me tomé un buen cocido, un trozo de carne asada, patatas y ensalada. Ya era hora de darme un capricho. Pagué lo que costó, ¿acaso no me lo merecía? Guardé las bolsas en la consigna y salí a pasear por Madrid. Me gustó la ciudad, incluso hasta olvidé un poco la pena. En el tren no dormí, sólo lloraba. Porque mi hijo ni me llamó para preguntar dónde estaba. Nunca habría imaginado que mi único hijo, por el que tanto luché, me recibiría así y me haría sentir tan innecesaria. Ahora no sé qué hacer con el dinero que ahorré para su boda: ¿dárselo igualmente para que sepa que su madre siempre piensa en él? ¿O no darle nada porque no se lo merece?

No, venir ahora no tiene ningún sentido, mamá. Piénsalo bien: el viaje es largo, toda la noche en tren, y tú ya no eres precisamente joven. ¿Para qué te vas a complicar la vida? Además, es primavera y seguro que tendrás el huerto lleno de trabajo me dijo mi hijo.

Pero hijo, ¿cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos Y además quiero conocer mejor a tu mujer, la nuera con la que tanto hablas le respondí sinceramente.

Venga, hagamos una cosa: espera a final de mes, que tendremos varios días libres con la Semana Santa, y entonces iremos todos nosotros a verte me tranquilizó mi hijo.

Para ser sincero, yo ya estaba decidido a viajar. Pero le creí y acepté esperarlos en casa.

Sin embargo, nadie vino, ni entonces ni más tarde. Varios días llamé a mi hijo, pero él rechazaba la llamada. Luego él mismo me llamó y dijo que estaba muy ocupado y que no debía esperarlos, que ya vendrían en otra ocasión.

Me puse tremendamente triste. Y es que llevaba semanas preparando la casa para la visita de mi hijo y de mi nuera. Se casó hace medio año y todavía no he visto ni una sola vez a la chica.

A mi hijo, Javier, lo tuve, como suele decirse, por y para mí. Ya tenía treinta años cuando nació y nunca llegué a casarme. Decidí, al menos, tener un hijo.

Quizá esté mal decirlo, pero jamás me arrepentí de esa decisión. Aunque hubo épocas duras, en las que apenas teníamos dinero y vivíamos más bien sobreviviendo. Siempre trabajé en varios sitios a la vez solo para que a mi hijo no le faltara de nada.

Cuando Javier creció, se fue a estudiar a Madrid. Y, para poder ayudarle en los primeros tiempos, me fui a trabajar a Francia, donde ganaba suficiente para enviarle el dinero que necesitaba para la universidad y los gastos en la capital. Mi corazón de madre se alegraba al saber que podía echarle una mano.

Ya en tercero de carrera empezó a trabajar a media jornada y se mantenía solo. Al terminar la universidad entró en una empresa y desde entonces se sostuvo por sí mismo.

Venía a casa poco, una vez al año como mucho. Y yo, la verdad, nunca visité Madrid.

Pensaba que, al menos cuando se casara, ese viaje sí lo haría. Incluso por si acaso empecé a ahorrar un dinerillo. En total, guardé 2.000 euros.

Hace medio año, mi hijo me llamó por fin con la noticia que tanto esperaba: se casaba.

Pero mamá, no vengas aún. Solo nos vamos a casar por el juzgado, ya haremos una celebración familiar más adelante me avisó.

Me entristeció, pero no quedaba otra. Javier me presentó a su mujer, Clara, por videollamada. Una chica maja, muy guapa, la verdad. Y por lo que contaba mi consuegro, su padre, había dinero en la familia. Yo no podía más que alegrarme de que todo le fuera bien.

Pasaron los meses y mi hijo ni venía a verme ni me invitaba. Ya no podía esperar más para conocer a mi nuera y abrazar a mi hijo, así que hice la maleta sin pensármelo más, compré el billete de tren, preparé algunos platos de casa hasta pan casero horneé, unas conservas y me subí al tren. Antes de montarme, llamé a mi hijo.

¡Ay, mamá! ¿Pero por qué se te ocurre venir ahora? Estoy en el trabajo, ni siquiera voy a poder ir a por ti. Te paso la dirección, coge un taxi me dijo Javier.

Llegué a Madrid temprano, llamé a un taxi y casi me da algo del susto al ver el precio del trayecto. Pero al menos podía disfrutar las vistas de la ciudad desde la ventanilla mientras llegaba.

Me abrió la puerta Clara, mi nuera. Ni una sonrisa, ni un abrazo. Simplemente me indicó, seca, que pasase a la cocina. Mi hijo ya se había marchado temprano al trabajo.

Empecé a sacar las bolsas: patatas, remolachas, huevos, manzanas secas, setas en escabeche, pepinos y tomates en conserva, y varios tarros de mermelada. Clara miraba en silencio todo aquello hasta que soltó que para qué traía esas cosas, que ellos no comían eso y que, además, en casa no cocina.

¿Y entonces, qué coméis? pregunté asombrado.

Pedimos la comida a domicilio cada día. Cocinar no me gusta, además luego la cocina huele mal y tarda en irse el olor me dijo Clara.

No me había recuperado de sus palabras cuando entró de repente un niño pequeño, de unos tres años.

Mira, este es mi hijo, Martín dijo mi nuera.

¿Martín? repetí, por si había entendido mal.

Sí, Martín. No me gusta que la gente cambie los nombres me contestó algo molesta.

Como prefieras, Clara.

Y tampoco me llames Clarita. Nadie lo hace en Madrid. Pero claro, cómo lo ibas a saber

Se me saltaban las lágrimas. Y no precisamente porque mi hijo se hubiese casado con una mujer con un hijo, sino porque jamás me lo contó.

Pero los sorpresas continuaron. Miré a la pared y allí había una gran foto de boda.

Pues menos mal que no hubo boda, al menos os hicisteis fotos bonitas comenté, intentando cambiar de tema.

¿Cómo que no hubo boda? Sí la hubo, con doscientos invitados. Lo único, que tú no viniste. Javier dijo que estabas enferma. Y quizá mejor así me dijo, mirándome de arriba a abajo.

¿Quieres desayunar?

Clara me puso delante una taza de té y unos cuantos trozos de queso caro. Para ella, ese era el desayuno.

Yo no estoy acostumbrado a eso. Después de un viaje, necesito un desayuno de los de toda la vida. Así que fui a la cocina, dispuesto a freírme unos huevos y aprovechar el pan casero que traje. Pero mi nuera me lo prohibió, por los olores.

El pan tampoco lo quiso, porque decían que ahora seguían una dieta saludable.

Ya hasta el hambre se me pasó. Me dolía más el alma que el estómago, sabiendo que mi hijo ni siquiera quiso invitarme a su boda teniendo yo tanto tiempo esperando la ocasión y ahorrando.

Fui a beber mi té en silencio. Clara callaba también. Un silencio incómodo. El niño corrió hacia mí, abrazándome las piernas. Quise devolverle el abrazo, pero Clara movía las manos como si espantara moscas, prohibiéndomelo, que ella no sabía con qué enfermedades venía yo, y que era un niño.

No llevaba chuches para el pequeño, así que le ofrecí un tarro de mermelada de frambuesa, diciéndole que podía comerlo con tortitas.

Clara me lo arrebató directamente de las manos y dijo:

¡Cuántas veces hay que repetirlo! ¡Aquí no tomamos azúcar!

Sentí que iba a romper a llorar. Ni siquiera terminé el té. Fui al pasillo, me calcé y salí. Clara ni preguntó a dónde iba.

Fuera, en el portal, me senté en el banco y me solté a llorar. Nunca me había sentido tan herido en mi vida.

Al poco rato, vi salir a Clara con el niño y, cargando mis tarros y conservas, los tiró a la basura.

Sin palabras. Cuando se fueron, recogí mis cosas, las metí en la bolsa y fui al tren. Tuve suerte porque alguien había devuelto un billete y pude comprar plaza de vuelta para la noche.

En la estación, entré en una cafetería y me pedí un buen cocido, un trozo de carne asada y patatas con ensalada. Tenía un hambre tremenda. Gasté más de lo que suelo, pero, ¿acaso no me lo merecía?

Guardé mis bolsas en la consigna y, como aún tenía horas, me dediqué a pasear un poco por Madrid. Me gustó la ciudad. Por un rato, incluso se me olvidó la pena.

En el tren no pegué ojo solo lloré. Lo que más me dolía era que mi hijo ni siquiera me llamó para preguntar dónde estaba.

Antes hubiese apostado que nevaría en julio antes de pensar que mi único hijo me recibiría así yo que toda mi vida puse en él todas mis esperanzas, y al final supe que le resultaba, sencillamente, prescindible.

Ahora no sé qué hacer con los dos mil euros que ahorré para su boda. ¿Dárselos igual, para demostrarle que siempre pensaba en él? ¿O mejor no darle nada, porque no se lo ha merecido?

Esto me ha enseñado que a veces uno da de sí todo lo que puede, pero la vida y los hijos no siempre responden como imaginábamos. Lo importante es saber que lo dimos todo, aunque el resultado sea muy distinto al que soñamos.

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– No, mamá, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien: el viaje es largo, toda la noche en tren, y tú ya no eres una cría. ¿Para qué pasar por ese lío? Además, en primavera tendrás mucho trabajo en el huerto –me dice mi hijo. – Hijo, ¿cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos y quiero conocer mejor a tu mujer, como se dice, acercarme a la nuera –le contesto sinceramente. – Mira, mejor espera hasta final de mes: en Semana Santa habrá vacaciones y vendremos nosotros a verte –me tranquilizó él. La verdad, yo ya estaba preparando el viaje, pero le creí y accedí a no ir y a quedarme esperando en casa. Pero nunca vinieron. Llamé varias veces a mi hijo, cortaba la llamada. Luego me devolvió una, diciendo que estaba muy ocupado, que no le esperase. Me sentí fatal. Me había preparado para recibir a mi hijo y a la nuera. Se casó hace seis meses y aún no la conozco. A mi hijo, Alejandro, lo tuve para mí sola. Ya tenía 30 años y nunca me casé, así que decidí al menos tener un hijo. Quizá fue un pecado, pero nunca me arrepentí, aunque hubo muchas dificultades: ni dinero ni lujos, apenas sobrevivíamos. Trabajé en varias cosas siempre para que a mi hijo no le faltase nada. Creció y se fue a estudiar a Madrid. Para ayudarle al principio, hasta me fui a trabajar a Alemania, mandándole dinero para los estudios y los gastos. Mi corazón de madre rebosaba al poder ayudarle. En el tercer año ya trabajaba y se mantenía solo. Al acabar la universidad, ya se bastaba por sí mismo. Volvía a casa raramente, una vez al año como mucho. Y yo, qué vergüenza, nunca había estado en Madrid. Pensé que cuando se casara, por fin iría. Empecé a ahorrar dinero para la ocasión: sesenta mil euros. Medio año atrás me llamó para darme la noticia esperada: se casa. – Mamá, no vengas ahora, solo nos vamos a registrar, la boda será más adelante –me advirtió Alejandro. Me entristecí, pero qué remedio. Me presentó a la nuera por videollamada; parecía maja, guapa y, por lo visto, bien acomodada. Su padre, mi consuegro, es un empresario importante. Sólo podía alegrarme. Pasó el tiempo y ni vino, ni me llamó. Quería ver a la nuera y abrazar a mi hijo, así que me decidí: compré billete de tren, preparé comida casera, hasta horneé pan y cogí algunas conservas y marché. Llamé a mi hijo antes de subir al tren. – ¡Anda, mamá! ¿A qué viene esto? Estoy trabajando, ni podré recogerte. Vale, aquí tienes la dirección, vete en taxi –me dijo Alejandro. Llegué por la mañana a Madrid, llamé un taxi y me asusté de lo caro. Pero Madrid al amanecer es bonito, me consoló el paisaje. Abrió la puerta mi nuera. Ni sonrisa, ni abrazo. Me invitó seca a pasar a la cocina. Mi hijo ya no estaba, se marchó temprano a trabajar. Desempaqué: patatas, remolacha, huevos, manzanas secas, setas en vinagre, pepinillos, tomates, algún tarro de mermelada. Ella miraba todo en silencio, luego suelta: “No hacía falta que trajera todo esto, no lo comemos; además, aquí en casa no cocino”. – ¿Y qué coméis entonces? –pregunté sorprendida. – Pedimos comida a domicilio todos los días. Cocinar deja mal olor –me dice Irene. Antes de poder reaccionar, entra un niño de unos tres años. – Te presento a mi hijo, Daniel –dice Irene. – ¿Daniel? –pregunté. – No, Danel, sin ‘i’ ni ‘o’. No me gusta que cambien los nombres –corrigió tajante. – Vale, como tú digas, Irene. – Ni Irene, soy IRENE. Aquí en la ciudad nadie cambia los nombres, pero claro… usted cómo iba a saberlo… Me daban ganas de llorar. No por el niño en sí, sino porque mi hijo me lo había ocultado. Y aún faltaban sorpresas. Vi en la pared un enorme retrato de boda. – Bueno, menos mal que, aunque no hubo boda, os hicieron buenas fotos –intenté cambiar de tema. – ¿Cómo que no hubo boda? Fue con 200 invitados. Sólo tú faltaste porque Alejandro dijo que estabas enferma. Quizá fue lo mejor –me dijo, mirándome despectivamente. – ¿Quieres desayunar? – Por supuesto… Irene puso una taza de té y unos trozos de queso caro. Ese era su desayuno. Yo no, yo necesitaba un desayuno fuerte, más si venía de viaje. Decidí freír unos huevos y sacar mi pan casero. Pero Irene lo prohibió: nada de tortilla, por el olor. El pan lo rechazó y dijo que ella y Alejandro siguen dieta saludable. Ya ni ganas de comer tenía, tanta tristeza porque mi hijo no me invitó a su boda. Tanto esperar y ahorrar para esto… Bebí el té en silencio. Justo llegó el niño a abrazarse a mí. Quise abrazarlo, pero Irene se sobresaltó: “No sabemos de dónde viene usted, no es bueno para el niño”. No tenía regalos para el niño, así que le ofrecí un tarro de mi mermelada: un manjar para los crepes, le dije. Me lo arrancó de las manos: “¡Que estamos a dieta, no comemos azúcar!”. Sentí que iba a romperme a llorar. Dejé el té a medias, me puse los zapatos y me fui al pasillo. A ella ni le importó. Ni me preguntó adónde iba. Salí al portal, me senté en un banco y lloré como nunca. Dolía más que nada que haya vivido para un hijo que no me quiere. Luego vi salir a Irene con el niño, tirando todas mis conservas al contenedor. No podía creerlo. Cuando se fue, recogí las bolsas y me fui a la estación. Tuve suerte y conseguí billete para volver por la tarde. En un bar de la estación me tomé un buen cocido, un trozo de carne asada, patatas y ensalada. Ya era hora de darme un capricho. Pagué lo que costó, ¿acaso no me lo merecía? Guardé las bolsas en la consigna y salí a pasear por Madrid. Me gustó la ciudad, incluso hasta olvidé un poco la pena. En el tren no dormí, sólo lloraba. Porque mi hijo ni me llamó para preguntar dónde estaba. Nunca habría imaginado que mi único hijo, por el que tanto luché, me recibiría así y me haría sentir tan innecesaria. Ahora no sé qué hacer con el dinero que ahorré para su boda: ¿dárselo igualmente para que sepa que su madre siempre piensa en él? ¿O no darle nada porque no se lo merece?
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