Diario de Víctor Gómez, Madrid
Cada tarde, frente al hospital Gregorio Marañón, siempre encuentro la misma estampa: bajo las ventanas de la tercera planta, un perro vigilante, con ojos atentos, aguarda sin perder la esperanza. Espera a que su dueño le salude, que la mano aparezca tras la cortina, y entonces menea la cola y se relaja. Apenas acaba la visita, toma el último tranvía de regreso. Todos en el hospital le conocen desde hace dos años; ya es parte del lugar.
Hoy, el tranvía 27 resoplaba como un viejo renegando, avanzando con su familiar traqueteo por Gran Vía mientras la ciudad iba apagando lentamente su bullicio. El Madrid vespertino se sumía en ese sopor de miles de motores y voces que acaba cediendo a los faroles y la brisa fresca.
Iba yo medio dormido tras una jornada agotadora en los platós de la productora. Trabajo con animales en rodaje, y hoy fue un caos: primero el coche averiado, luego horas lidiando con el mecánico y, en exteriores, cuando por fin parecía que remontábamos, nuestro pointer estrella Milo se dio a la fuga y anduvimos todo el equipo a la caza del perro artista.
Cerrando el día, me escapé del metro y elegí el tranvía para desconectar. Aún tenía clavado el frustrante encargo del director de casting: dos semanas buscando un perro especial para la nueva serie y nada, ninguno encajó. El tiempo apretaba, y la duda me mordía: ¿dónde encontrar al animal perfecto?
En la siguiente parada subió un pasajero singular. Sin apuro, saltó al asiento delantero y, mirando por la ventanilla con aire filosófico, se instaló un terrier de pelaje rojizo, orejas y lomo oscurosuna auténtica barba canina.
Vestía collar de cuero bueno, la postura segura; nada de chucho callejero: era perro de casa, aunque andaba algo despeinado. Se mantenía ausente salvo por unos mínimos tics en las orejas cuando anunciaban las paradas. Por curiosidad, me acerqué y me senté a su lado.
Hola, amigo, ¿qué tal si nos conocemos? le ofrecí la mano en voz baja.
El perro me regaló una mirada digna y, con cierta desgana, dejó caer su pata en la mía por unos segundos, luego volvió a perderse en la contemplación urbana.
No me resistí a averiguar más y fui hasta el conductor:
¿Sabe de quién es este perro? Llevo varias paradas viéndolo viajar solo.
Mira, lleva meses aquí contestó el conductor. Sube en el Gregorio Marañón y baja siempre al final, aunque nunca le he visto con dueño. Acompañaba antes a una señora mayor en silla de ruedas, pero ahora viene solo. Es tranquilo y no molesta, así que lo dejamos. Total, el último viaje va medio vacíoy se rió.
Me intrigó tanto que decidí bajarme con él en la última parada en Lavapiés. Cruzó firme hasta el portal de un bloque alto, miró el telefonillo y se sentó paciente. No me quitaba ojo de encima, con esa desconfianza sabia de quien sabe distinguir a los vecinos de los extraños. ¿Por qué estaba yo allí acompañándole?
No hubo que esperar mucho: un coche aparcó, y una mujer ojerosa pero amable abrió con el llavero electrónico. El terrier no dudó, cruzó la puerta de una, ignorando el ascensor, directo a las escaleras. Fui tras él hasta el quinto. Delante de una puerta metálica, el animal me clavó la mirada como tanteando mis intenciones, y tras una breve pausa, se alzó para pulsar el timbre con la pata.
¡Menudo genio eres! le aplaudí bajito.
Repitió la acción, haciéndome ver que no era casualidad.
Desde dentro, una voz cansada preguntó:
¿Lucas, eres tú?
El terrier ladró breve y firme. Sonó el cerrojo y apareció en el umbral una señora menuda y frágil apoyada en muletas, con el asombro pintado en el rostro al verme.
Buenas noches saludé.
Igualmente. ¿Ha traído usted a Lucas? Suele venir él solo… ¿Ha pasado algo? preguntó alarmada.
Me presenté y le expliqué el motivo de mi interés en el perro. Lucas se interpuso entre nosotras, atento pero sin hostilidad. Le hablé con suavidad, sin movimientos bruscos: los terriers captan todo.
Sentados en la cocina, María del Pilar (así se presentó) sirvió una infusión y empezó la historia. Lucas había llegado a casa de cachorro, después de que su marido, Don Antonio, lo hallara acurrucado bajo un coche en pleno invierno. Lo criaron con mimo, y Don Antonio, con ayuda de un adiestrador amigo, le enseñó trucos y tareas: traía las zapatillas, repartía el periódico y hasta buscaba el mando de la tele.
Pero la vida no perdona. Don Antonio enfermó y acabó en el hospital. Por más que evitaron la operación, al final tampoco sirvió de nada. María calló, rompiéndosele la voz.
Lucas no faltaba ni un solo día a la cita bajo la ventana, esperando la señal de su dueño. Iba y volvía en el último tranvía. Así lleva casi dos años.
Apenas me quedan fuerzas, si no fuera por él… Me da la vida murmuró María con los ojos encharcados.
Tomé aire y lancé la pregunta:
María, ¿le gustaría que Lucas participara en una película? ¿Se atreverían?
¿Lucas? ¿Crees que podría? ¿No se lo llevarán, verdad? preguntó ella, inquieta.
Jamás. Firmaremos lo que haga falta. Solo estaría fuera en el rodaje, cada día vuelve a casa. Además, suelen pagar bastante bien.
¿Nos pagarían? balbuceó.
Sí. Y lo suficiente para mejorar su dieta, comprar medicamentos, quizás hasta para esa operación pendiente.
María aceptó, y yo me prometí que convencería al director sí o sí. Sentía que mi trabajo ya no solo era conseguir un actor canino: era, por encima de todo, cuidar dos destinos frágiles.
La prueba de cámara fue un espectáculo. A la primera toma, el director le otorgó el papel: el de un perro abandonado convertido en mimado miembro de familia adinerada.
Lucas rodó durante un año y, diría sin exagerar, nunca vi perro más profesional. Parecía entender lo que estaba en juego.
El estreno fue un éxito rotundo. Lucas conquistó a medio país con su inteligencia y su carácter, siempre guiado por mi atención y por la confianza de Pilar.
Al poco, María consiguió recuperarse y comenzó a pasear por el Retiro con Lucas y su bastón.
Eres mi salvador susurraba, mi sustento y mi alegría.
Lucas dejó de visitar el hospital. No porque olvidara, sé que nunca lo haría. Pero comprendió que el tiempo de Don Antonio había pasado, aunque siempre guardaría su recuerdo.
Con el primer pago, María y yo encargamos una lápida de granito negro para la tumba de Don Antonio en La Almudena. La inscripción dice:
“A la memoria de un marido y de Lucas, su amigo fiel”.
Después vinieron más papeles, festivales, fotos para la prensa junto a mí. Los últimos años, Lucas vivió en la casa de campo de mis padres, rodeado de cariño, mimos y libertad.
Hoy, al mirar atrás, pienso que a veces lo que se busca con ansia aparece donde menos lo esperas… Y que nada une tanto como la fidelidad silenciosa de un perro bueno y una persona agradecida.







