El día que fui a divorciarme vestida de novia Cuando mi marido me dijo que quería el divorcio, abrí el armario y saqué mi vestido de boda. —¿Qué haces? —me preguntó, asustado. —Me lo voy a poner para ir al juzgado —respondí, sacudiendo el polvo del vestido. —¿Estás loca? ¡No puedes ir a divorciarte vestida de novia! —Claro que sí. Y tú te pondrás tu traje de novio. Si con ese me prometiste amor eterno, con ese mismo me jurarás el divorcio. Le vi buscando argumentos, sin encontrar ninguno válido. Veinte minutos después rebuscaba en el fondo del armario, murmurando mientras buscaba su traje. Al llegar al juzgado, el personal de seguridad se quedó paralizado. Una mujer gritó “¡Enhorabuena!”, y otra la empujó diciendo: “¡Insensata, que se están divorciando!” El juez casi se cae de la silla cuando nos vio entrar. Yo, con todo el conjunto blanco, velo y todo. Él, con esmoquin, pajarita y zapatos relucientes. —Señora —dijo el juez, conteniendo la risa—, ¿puedo preguntar por qué viene vestida de novia? —Porque, señoría —expliqué con dignidad—, este hombre me prometió “hasta que la muerte nos separe” vestido así. Como la muerte todavía no nos ha separado y él quiere acabar con el contrato, que lo haga viéndome tal como me vio cuando me prometió algo que no iba a cumplir. Mi marido me miró con lágrimas en los ojos. —Nunca te mentí. De verdad te quise aquel día. —¿Y ahora? —pregunté, con la voz a punto de quebrarse. El juez se aclaró la garganta. —¿Saben qué? Les doy media hora de receso. Salgan, paseen, hablen. Y si vuelven vestidos igual y seguros de divorciarse, continuamos. Pero algo me dice que dos personas que llegan hasta aquí aún tienen mucho de qué hablar. Salimos al pasillo. Él me arregló el velo, que se me había torcido. —Estás guapísima —me dijo—. Igual que aquél día. —Tú también estás bien —admití—. Aunque eres un cabezota. Nos quedamos allí, vestidos de boda, en mitad del juzgado, sin saber qué hacer. —¿Y si… —propuso él tímidamente—, en vez de divorciarnos, buscamos una tarta de boda y recordamos por qué nos casamos? ¿Será esto el amor verdadero: vestirse de boda hasta para el divorcio… o simplemente somos dos dramáticos que nunca aprendieron a hacer nada a medias?

El día en que fui a divorciarme vestida de novia.

Cuando mi marido me dice que quiere el divorcio, abro el armario y saco mi vestido de novia.

¿Pero qué haces?, me pregunta, con los ojos llenos de miedo.

Me lo voy a poner para ir al juzgado, le digo mientras sacudo el vestido para quitarle el polvo.

¿Te has vuelto loca? ¡No puedes ir al divorcio vestida de novia!

Claro que sí. Y tú vas a ponerte el traje con el que te casaste conmigo. Si con él me prometiste amor eterno, con él mismo te despedirás.

Veo cómo busca argumentos pero ninguno le convence. Veinte minutos después, está rebuscando entre las perchas del armario, refunfuñando mientras intenta encontrar su traje.

Cuando llegamos al Juzgado de lo Civil en Madrid, el personal de seguridad se queda petrificado. Una señora grita ¡Enhorabuena!, y otra la empuja diciendo: Tonta, que estos vienen a divorciarse.

El juez casi se cae de la silla al vernos entrar. Yo, con mi vestido largo, velo y todo; él, de esmoquin, pajarita y zapatos relucientes.

Señora, me dice el juez, intentando no soltar una carcajada, ¿puedo preguntarle por qué viene vestida de novia?

Porque, señoría, le respondo con dignidad, este hombre me prometió hasta que la muerte nos separe vestido tal cual. Como la muerte no ha llegado y él quiere acabar el contrato, mejor que lo haga mirándome igual que me miró el día que me mintió.

Mi marido me mira con lágrimas en los ojos.
Yo nunca te mentí. De verdad te quería ese día.

¿Y ahora?, pregunto, notando cómo la voz me tiembla.

El juez se aclara la garganta.
¿Saben qué? Les doy media hora de receso. Salgan, den una vuelta, hablen un rato. Y si vuelven igual de decididos y vestidos, seguimos. Pero algo me dice que dos personas que llegan así hasta aquí, todavía tienen mucho de qué hablar.

Salimos al pasillo. Él me coloca el velo, que se me había ladeado.

Estás preciosa, me dice. Igual que aquel día.

Tú tampoco estás mal, le reconozco. Aunque eres un cabeza hueca.

Nos quedamos allí, vestidos de boda, en medio del juzgado, sin tener muy claro qué hacer.

¿Y si, propone él, en voz baja, en vez de divorciarnos, nos vamos a comer una tarta de boda y recordamos por qué dijimos sí?

¿Será esto el verdadero amor, vestirse de boda incluso para el divorcio? ¿O simplemente somos dos dramáticos incapaces de hacer nada a medias?

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El día que fui a divorciarme vestida de novia Cuando mi marido me dijo que quería el divorcio, abrí el armario y saqué mi vestido de boda. —¿Qué haces? —me preguntó, asustado. —Me lo voy a poner para ir al juzgado —respondí, sacudiendo el polvo del vestido. —¿Estás loca? ¡No puedes ir a divorciarte vestida de novia! —Claro que sí. Y tú te pondrás tu traje de novio. Si con ese me prometiste amor eterno, con ese mismo me jurarás el divorcio. Le vi buscando argumentos, sin encontrar ninguno válido. Veinte minutos después rebuscaba en el fondo del armario, murmurando mientras buscaba su traje. Al llegar al juzgado, el personal de seguridad se quedó paralizado. Una mujer gritó “¡Enhorabuena!”, y otra la empujó diciendo: “¡Insensata, que se están divorciando!” El juez casi se cae de la silla cuando nos vio entrar. Yo, con todo el conjunto blanco, velo y todo. Él, con esmoquin, pajarita y zapatos relucientes. —Señora —dijo el juez, conteniendo la risa—, ¿puedo preguntar por qué viene vestida de novia? —Porque, señoría —expliqué con dignidad—, este hombre me prometió “hasta que la muerte nos separe” vestido así. Como la muerte todavía no nos ha separado y él quiere acabar con el contrato, que lo haga viéndome tal como me vio cuando me prometió algo que no iba a cumplir. Mi marido me miró con lágrimas en los ojos. —Nunca te mentí. De verdad te quise aquel día. —¿Y ahora? —pregunté, con la voz a punto de quebrarse. El juez se aclaró la garganta. —¿Saben qué? Les doy media hora de receso. Salgan, paseen, hablen. Y si vuelven vestidos igual y seguros de divorciarse, continuamos. Pero algo me dice que dos personas que llegan hasta aquí aún tienen mucho de qué hablar. Salimos al pasillo. Él me arregló el velo, que se me había torcido. —Estás guapísima —me dijo—. Igual que aquél día. —Tú también estás bien —admití—. Aunque eres un cabezota. Nos quedamos allí, vestidos de boda, en mitad del juzgado, sin saber qué hacer. —¿Y si… —propuso él tímidamente—, en vez de divorciarnos, buscamos una tarta de boda y recordamos por qué nos casamos? ¿Será esto el amor verdadero: vestirse de boda hasta para el divorcio… o simplemente somos dos dramáticos que nunca aprendieron a hacer nada a medias?
CatalinaCatalina se aventuró al corazón del bosque, guiada por el eco de una canción que solo ella podía reconocer.