¿Pero te has enfadado?
Ya me he arrepentido más de trescientas veces de haberme metido en esto, mamá le decía Jimena, con la voz impregnada de cansancio mientras intentaba hacerse oír sobre el llanto de su hija. Esto es así desde la mañana hasta la noche. Y también de noche. Ya ni recuerdo la última vez que dormí bien. Ayer puse la tetera a hervir y me quedé dormida sentada en la silla.
Ay, hija, ¿y qué le vamos a hacer? suspiró Encarna Muñoz. Todos los niños pequeños lloran.
Su madre, claramente, no captó la indirecta y Jimena decidió ser directa.
Mamá Te lo suplico: llévatela un par de horitas. O ven y quédate con ella, así yo al menos puedo dormir un poco. Es que ya estoy como en una nube, no soy persona.
Jimenita… el tono de Encarna cambió de compasiva a evasiva. No nos enfademos. ¿Para quién creías que tenías hijos? Para ti misma. Pues ahora te toca apechugar. Cuando crezca será más fácil. Yo a ti te saqué adelante sin pañales de usar y tirar ni esas ollas multicocción de ahora, fíjate. Y además, hija, el tiempo me afecta a la tensión, como para encima caerme redonda estando contigo ahí.
Jimena frunció el ceño, perpleja. No esperaba una respuesta así y ni sabía qué contestar.
Ya, bueno. Pues nada, me pongo a lo mío murmuró y colgó el teléfono.
Le invadió una sensación de frío por dentro. Se desvaneció ese sentimiento infantil de seguridad, esa certidumbre de que en cualquier momento mamá vendrá a arreglarlo todo, con sólo llamarla. Y ni siquiera podía reprochárselo ¿O sí?
Jimena muchas veces había renunciado a sus propios deseos por su madre. Cada Nochevieja, por ejemplo. Primero, cuando los amigos la invitaban. Después, simplemente por querer pasar la noche a solas con su marido.
Ya veo suspiraba su madre cada vez que Jimena le contaba sus planes. Bueno, que te diviertas mucho, hija. Yo aquí sola, celebrando los días señalados en soledad Crías, crías, para luego acabar festejando sola
Mamá Si en cuanto me despierte el día uno voy directa a tu casa.
Yo no digo nada resoplaba Encarna Muñoz. Te espero. Ni pienso celebrar nada, ¿pa qué? ¿Con quién? Me acuesto a las nueve, me levanto por la mañana y ya está el año nuevo.
Y Jimena siempre cedía y se iba donde su madre. ¿Cómo iba a dejarla sola? Que los amigos se las apañen, que canten villancicos y enciendan bengalas ellos. La noche romántica, se puede aplazar. Lo importante era que su madre no se sintiese triste.
Y esto no era lo único que sucedía. Encarna Muñoz era experta en tener a su hija pendiente con el chequeo constante de su estado de salud. Si se sentía mal, no iba al médico; en cambio, alertaba a Jimena.
Tengo la tensión por las nubes. Creo que me voy, hija ¡Ven ya, Jimenita! gritaba en pánico.
Mamá, voy, pero llama al médico. ¡Esto es serio!
Pero, hija, ¿qué me van a hacer? ¿Llevarme al hospital? Allí los médicos ni te miran bien. Mejor intentamos primero en casa. Me pones la inyección y si no, entonces ya veremos.
Encarna no confiaba nada en los médicos y se molestaba si su hija insistía en llamar a urgencias. En cambio, sí creía que cualquier achaque se podía solucionar con un masaje de pies, compresas de vinagre y la atención de Jimena. Esta, mientras, temblaba de preocupación y asumía toda la responsabilidad, incluso con miedo de que, por la cabezonería de su madre, no pudiera ayudarle realmente. Solo quedaba esperar y rezar.
Y Jimena siempre encontraba tiempo, retrasando reuniones, posponiendo planes, saliendo corriendo del trabajo. Sabiendo incluso que, probablemente, no cambiaría nada, pero no podía dejar a su madre sola en ese estado. Su conciencia no se lo permitía.
La conciencia de Encarna, en cambio, parecía dormir. Y eso que también ella deseaba tener nietos, casi más que la propia Jimena.
¡Mira que la hija de Maruja ya lleva la niña al colegio! decía la madre en cada comida familiar. Y la de Carmen ya tiene el segundo en brazos. Y yo aquí, más sola que la una. ¿A ver cuándo me dais la alegría? ¡Quiero poder cuidar a mis nietos, que el tiempo se me escapa!
Pero ahora ahora que el bebé no era una foto bonita sino un ser con berrinches y problemas, Encarna Muñoz desapareció.
A Jimena le dolía. Lo de tuviste hijos para ti no se le olvidaría. Los siguientes seis meses pasaron como un día interminable: dar el pecho, llantos, acunar, dormitar un instante, más llantos.
Encarna se mantuvo en su vida como si fuera una vieja conocida: llamaba una vez por semana.
¿Qué tal estáis? ¿Vais creciendo?
Pero si su nieta lloraba de fondo, la abuela se evaporaba.
Uy, Jimenita, perdona, me duele mucho la cabeza y ahí tenéis un jaleo Cuídate, cariño, la maternidad es dura y colgaba.
A Jimena no le quedó más remedio que aprender a sobrevivir sin su madre.
Por suerte, su suegra, Rosario Valiente, era una mujer estricta pero de buen corazón. No prometía el oro y el moro ni se deshacía en halagos, pero cuando notó que Jimena parecía un oso panda de tantas ojeras, empezó a venir cada sábado, su día libre.
Vete a la cama ordenaba con voz firme. Nos vamos con Lucía al parque. Volveremos en tres horas.
¿Al parque? Si va a llorar constantemente
No es de azúcar, no pasa nada. Y tú tienes que descansar.
Fue Rosario quien le sugirió a Jimena que, al menos a veces, contratara una canguro un par de horas para poder dormir algo, aunque fuese en la habitación de al lado. También fue ella quien, preocupada, dio la voz de alarma:
Esta niña llora demasiado dijo la suegra. Dejad de hacer caso a esos médicos del centro de salud, siempre dicen que todo son los dientes o los cólicos. Esto no es normal.
Rosario pidió cita con un pediatra conocido y, sin decir nada a su hijo, pagó todos los análisis y pruebas sin un reproche. El médico localizó el problema rápido.
Vamos a ver: tiene reflujo después de cada comida. Pero tranquilos, se puede arreglar explicó.
A las dos semanas, en la casa de Jimena y Samuel por fin reinó la paz. Ya no era ese silencio tenso y agotado, sino verdadero sosiego. Lucía dejó de arquearse de dolor y de gritar. Durmió tranquila.
Para Jimena, el mundo volvió a tener colores. El tiempo ya no se arrastraba, sino que pasaba volando. Lucía dejó de ser una niña que sólo lloraba y se convirtió en esa nieta adorable de la que presumen todas las abuelas, con hoyuelos en las mejillas y lazos enormes en el pelo.
Sin darse cuenta llegó diciembre. Encarna Muñoz, que sólo veía a Lucía por videollamada, no tardó en observar los cambios: la niña jugaba tranquila con los bloques o reía tirando de las muñecas.
Y, claro, la abuela quiso retomar la relación.
Jimenita, ¿qué os preparo? preguntó cariñosa una semana antes de Nochevieja. ¿Vendréis a casa a celebrarlo, verdad?
Pero si vamos con Lucía. Y te cuesta estar con niños tan pequeños.
¡Qué va! Ahora es una niña grande, está tranquilita, es el momento perfecto. Le he comprado una muñeca enorme de regalo. Nos sentamos juntos, adornamos el árbol, haré un poco de caldo. A Samuel le encanta.
Antes, Jimena se habría alegrado. Se habría lanzado a preparar el menú con su madre, feliz de que volvía a quererlas. Ahora, sin embargo, sentía algo distinto, frío y pegajoso. No rabia ni dolor, solo nada.
Mamá, este año no vamos a ir.
¿Cómo? saltó Encarna. ¿Y a dónde pensáis ir? ¿O sea que os quedáis en casa?
Vamos con Rosario Valiente. Lo celebramos allí.
¿Con Rosario? su madre se quedó de piedra. ¿O sea, te vas con una que no es de la familia y dejas a tu madre sola en Nochevieja?
Mamá No quiero que te sientas mal, pero Rosario estuvo con nosotros cuando Lucía no paraba de llorar. Cuando yo ya no podía más. A ella la quería igual cuando la niña lloraba sin parar. Y tú Tú misma dijiste que los hijos son para uno Así que yo decido dónde pasa mi hija el fin de año.
En el teléfono reinó el silencio unos segundos solo.
¿Pero qué, te has ofendido? ¿Así te vengas de tu madre? ¡No tienes vergüenza! Yo, vieja y enferma noches sin dormir criando hijos ¿y tú ahora me haces esto?
No, mamá, no me vengo. Simplemente elijo lo que me viene bien. Y eso, por cierto, lo he aprendido de ti.
Su madre siguió lamentándose, pero Jimena cortó la conversación asegurando que tenía que irse. No quería soportar más lecciones sobre la ingratitud filial.
Jimena suspiró, dejó el móvil y fue al dormitorio. Allí, sobre la alfombra, entre piezas de construcción tiradas, su marido jugaba animado con Lucía. La niña estalló en carcajadas derribando una torre con la mano. Jimena se detuvo en la puerta y sonrió.
Sentía una leve nostalgia, pero de las buenas. Como cuando haces limpieza y tiras los viejos peluches, para dejar sitio a algo nuevo.
Por supuesto, Jimena no quería cortar la relación con su madre. Simplemente había dejado de traicionarse a sí misma. Había decidido no correr cada vez que la llamaba alguien que solo aparece con el cielo despejado, y empezar a estar cerca de quienes sí están a su lado cuando más llueve.






