¿Te has sentido herida? —Ya me he arrepentido trescientas veces de haberme lanzado a esto. No tengo fuerzas, mamá —dijo Victoria con desesperación, tratando de hacerse oír por encima del llanto de su hija—. Así estamos de la mañana a la noche. Y toda la noche, también. Ya ni recuerdo cuándo dormí bien. Ayer puse la tetera al fuego y me quedé dormida sentada en la silla… —Ay, hija, ¿qué le vamos a hacer? —suspiró doña Galina—. Todos los niños pequeños lloran. La madre no captó la indirecta, y Victoria decidió hablar claro. —Mamá… Te lo ruego: llévatela aunque sea un par de horas. O ven y quédate con ella, que yo pueda dormir aunque sea un poco. Ya no sé ni lo que hago. Todo me va en una nube. —Vicky… —el tono de la madre cambió de compasiva a condescendiente—. No te lo tomes a mal. ¿Para quién la tuviste? Para ti. Pues apáñate. Cuando crezca un poco, ya será más fácil. Yo a ti te crié sin pañales ni esas ollas eléctricas vuestras, y aquí estamos. Además, con este tiempo, mi tensión no deja de subirme. Encima me vas a querer a mí por ahí desplomada a tu lado. Victoria alzó las cejas, desconcertada. No esperaba esa respuesta y ni siquiera supo qué decir. —Bueno, vale, voy a lo mío… —murmuró y colgó. Sintió un frío en el pecho. Desapareció aquella sensación infantil de seguridad, esa certeza de que mamá vendrá y lo arreglará todo si la llamas. Y aún así, Victoria ni podía protestar. ¿O sí? …Victoria renunciaba a menudo a sus propios planes para contentar a su madre. Todos los fines de año, por ejemplo. Primero, cuando la invitaban sus amigos. Luego, cuando solo quería pasar una velada tranquila con su marido. —Ya, ya lo veo… —suspiraba la madre cuando Victoria le contaba sus planes para las fiestas—. Pues nada, que lo pases bien ahí. Yo estaré aquí sola, sola —remarcaba doña Galina—. Una se pasa la vida criándoos, y luego los días señalados los pasa uno en soledad… —Mamá… No es para tanto, si el uno nada más levantarme voy para allá. —Bueno, yo no digo nada… Esperaré. Ni voy a celebrar nada —contestaba con otro suspiro—. ¿Para qué? No tengo con quién. Me acuesto a las nueve, me levanto por la mañana y ya está, se acabó el Año Nuevo. Y cada vez Victoria cedía y se iba a casa de su madre. ¿Cómo iba a dejarla sola? Que los amigos se diviertan, que canten, que enciendan bengalas. El romanticismo puede esperar, ya habrá momento. Lo importante era que mamá no se sintiera triste. Y eso no era el único problema. A doña Galina le encantaba tener a su hija siempre pendiente de su salud. Si algo no iba bien, no iba al médico, pero armaba el drama con Victoria. —Tengo la tensión por las nubes, hija. Creo que me voy —la llamaba angustiada. —Mamá, voy para allá, pero llama al médico. No es ninguna tontería. —¿Qué médico ni qué médico? ¿Y qué me van a hacer? ¿Llevarme al hospital? ¡Si ahí no hay médicos decentes! Mejor intentamos solucionarlo nosotras. Tú me pinchas, y si veo que me pongo peor, entonces llamamos a urgencias. Doña Galina no se fiaba ni un pelo de los médicos y se irritaba si la hija sugería llamar a una ambulancia. Pero sí creía que cualquier ataque podía pasarse con un masaje en los pies, compresas con vinagre y —sobre todo— el cuidado de Victoria. Y así la hija, una vez más, suspendía sus planes, cancelaba citas, salía del trabajo corriendo. Aunque supiera que no podía hacer nada realmente y sólo se pondría de los nervios. ¿Cómo iba a dejar sola a su madre en ese estado? Le remordía la conciencia. Pero la conciencia de doña Galina sí que estaba tranquila. Y eso que ansiaba nietos casi tanto como Victoria… —¡Pues la hija de Lupe ya tiene a la nieta en primaria! —lamentaba en cada comida familiar—. ¡Y la Valeria ya está con el segundo! Yo soy la única, como una alma en pena. ¿Cuándo vais a darme un nieto? ¡Quiero disfrutar de uno antes de morirme! Y ahora… Ahora que la nieta era un ser real, con rabietas y problemas, la abuela desapareció del mapa. A Victoria le dolía. Para ti la has tenido, decías… Ya se acordará de esa frase. Los siguientes meses fueron como el día de la marmota. Victoria ya no sabía si era lunes o jueves. Todo funcionaba igual: darle de comer, lloros, tratar de dormirla, un rato de olvido, más llantos. Doña Galina permanecía en la vida de su hija pero al nivel de una antigua conocida. Una vez por semana llamaba y preguntaba: —¿Y qué tal? ¿Va creciendo? Pero en cuanto la nieta lloraba al fondo, la abuela se esfumaba. —Ay, Vicky, perdona, pero tengo dolor de cabeza. Y hay mucho jaleo por ahí… Cuídate, cariño, ser madre es duro —colgaba. Y Victoria aprendió a sobrevivir sin su madre. Su suegra, Olga, era dura pero buena. No prometía oro, pero cuando vio que su nuera parecía un panda de tanto no dormir, empezó a venir cada sábado, su día libre. —A dormir —ordenó—. Me llevo a Alicia al parque. Volveremos en tres horas. —¿Al parque? ¡Si va a llorar! —No pasa nada, no soy de azúcar. Tú duerme. Fue Olga quien aconsejó buscar una niñera de vez en cuando para un par de horas y quien, además, puso el grito en el cielo: —Llora demasiado, esto no es normal —dijo la suegra. Y ni corta ni perezosa, las llevó a un pediatra particular y pagó las pruebas. Pronto llegó el diagnóstico: —Tiene reflujo, pero es tratable. A las dos semanas, la paz llegó por fin al hogar de Victoria y Pablo. Alicia dejaba de arquearse y de llorar. Dormía tranquila. El tiempo volvió a correr. Alicia dejó de ser la caprichosa y se convirtió en esa nieta de hoyuelos y lazos que sueñan las abuelas. Llegó diciembre. Doña Galina, que sólo veía a Alicia por videollamada, notó los cambios. Ahora la nieta jugaba, reía. Y justo entonces la abuela decidió reaparecer. —Vicky, ¿qué os preparo para cenar? —preguntó con dulzura antes de Nochevieja—. ¿Venís este año, no? —¿Con Alicia? Pero si te cansas con los niños pequeños… —Bah, ¡si ya es una señorita! Y tranquila. Le he comprado una muñeca, decoraremos juntas y haré un buen cocido. Que Pablo lo adora. Antes, Victoria habría saltado de alegría, organizando con mamá el menú. Ahora, todo estaba… tranquilo. No sentía ni rabia ni pena, solo algo frío por dentro. —Mamá, no iremos. —¿Cómo? —se indignó doña Galina—. ¿Y a dónde vais? ¿O es que os quedaréis en casa? —Vamos a casa de Olga. Celebramos con ella. —¿Con Olga? —dijo asombrada—. O sea, te vas con una extraña y tu verdadera madre se queda sola en Nochevieja… —Mamá… no te ofendas, pero Olga estuvo aquí cuando Alicia lloraba sin parar. Cuando me volví loca. Nos quiso incluso cuando éramos un desastre, y tú… tú misma dijiste que la críe yo sola. Pues también elijo con quién pasa mi hija el Año Nuevo. Hubo un silencio. —¿Te has enfadado entonces? ¿Es esto venganza? —preguntó doña Galina—. ¡Qué vergüenza! Tu madre, sola, viejita… Días sin dormir por ti y ahora tú… —No es venganza, mamá. Simplemente elijo lo mejor para mí. Y, por cierto, eso lo aprendí de ti. Su madre seguía lamentándose pero Victoria colgó. No quería más discursos sobre hijas desagradecidas. Suspiró, dejó el móvil y fue al dormitorio. Allí, sobre la alfombra, su marido jugaba a construir con la niña. Alicia reía, derribando la torre. Victoria se detuvo en la puerta y sonrió. Sentía un poco de tristeza, pero era de la buena, la de cuando limpias a fondo y tiras los peluches viejos para hacer sitio a algo nuevo. Y, claro, no pensaba romper con su madre para siempre. Solo había dejado de traicionarse a sí misma. Había dejado de correr a la primera llamada de quien sólo está cuando brilla el sol, y ahora elegía a quienes sostienen el paraguas cuando el cielo truena.

¿Pero te has enfadado?

Ya me he arrepentido más de trescientas veces de haberme metido en esto, mamá le decía Jimena, con la voz impregnada de cansancio mientras intentaba hacerse oír sobre el llanto de su hija. Esto es así desde la mañana hasta la noche. Y también de noche. Ya ni recuerdo la última vez que dormí bien. Ayer puse la tetera a hervir y me quedé dormida sentada en la silla.

Ay, hija, ¿y qué le vamos a hacer? suspiró Encarna Muñoz. Todos los niños pequeños lloran.

Su madre, claramente, no captó la indirecta y Jimena decidió ser directa.

Mamá Te lo suplico: llévatela un par de horitas. O ven y quédate con ella, así yo al menos puedo dormir un poco. Es que ya estoy como en una nube, no soy persona.

Jimenita… el tono de Encarna cambió de compasiva a evasiva. No nos enfademos. ¿Para quién creías que tenías hijos? Para ti misma. Pues ahora te toca apechugar. Cuando crezca será más fácil. Yo a ti te saqué adelante sin pañales de usar y tirar ni esas ollas multicocción de ahora, fíjate. Y además, hija, el tiempo me afecta a la tensión, como para encima caerme redonda estando contigo ahí.

Jimena frunció el ceño, perpleja. No esperaba una respuesta así y ni sabía qué contestar.

Ya, bueno. Pues nada, me pongo a lo mío murmuró y colgó el teléfono.

Le invadió una sensación de frío por dentro. Se desvaneció ese sentimiento infantil de seguridad, esa certidumbre de que en cualquier momento mamá vendrá a arreglarlo todo, con sólo llamarla. Y ni siquiera podía reprochárselo ¿O sí?

Jimena muchas veces había renunciado a sus propios deseos por su madre. Cada Nochevieja, por ejemplo. Primero, cuando los amigos la invitaban. Después, simplemente por querer pasar la noche a solas con su marido.

Ya veo suspiraba su madre cada vez que Jimena le contaba sus planes. Bueno, que te diviertas mucho, hija. Yo aquí sola, celebrando los días señalados en soledad Crías, crías, para luego acabar festejando sola

Mamá Si en cuanto me despierte el día uno voy directa a tu casa.

Yo no digo nada resoplaba Encarna Muñoz. Te espero. Ni pienso celebrar nada, ¿pa qué? ¿Con quién? Me acuesto a las nueve, me levanto por la mañana y ya está el año nuevo.

Y Jimena siempre cedía y se iba donde su madre. ¿Cómo iba a dejarla sola? Que los amigos se las apañen, que canten villancicos y enciendan bengalas ellos. La noche romántica, se puede aplazar. Lo importante era que su madre no se sintiese triste.

Y esto no era lo único que sucedía. Encarna Muñoz era experta en tener a su hija pendiente con el chequeo constante de su estado de salud. Si se sentía mal, no iba al médico; en cambio, alertaba a Jimena.

Tengo la tensión por las nubes. Creo que me voy, hija ¡Ven ya, Jimenita! gritaba en pánico.

Mamá, voy, pero llama al médico. ¡Esto es serio!

Pero, hija, ¿qué me van a hacer? ¿Llevarme al hospital? Allí los médicos ni te miran bien. Mejor intentamos primero en casa. Me pones la inyección y si no, entonces ya veremos.

Encarna no confiaba nada en los médicos y se molestaba si su hija insistía en llamar a urgencias. En cambio, sí creía que cualquier achaque se podía solucionar con un masaje de pies, compresas de vinagre y la atención de Jimena. Esta, mientras, temblaba de preocupación y asumía toda la responsabilidad, incluso con miedo de que, por la cabezonería de su madre, no pudiera ayudarle realmente. Solo quedaba esperar y rezar.

Y Jimena siempre encontraba tiempo, retrasando reuniones, posponiendo planes, saliendo corriendo del trabajo. Sabiendo incluso que, probablemente, no cambiaría nada, pero no podía dejar a su madre sola en ese estado. Su conciencia no se lo permitía.

La conciencia de Encarna, en cambio, parecía dormir. Y eso que también ella deseaba tener nietos, casi más que la propia Jimena.

¡Mira que la hija de Maruja ya lleva la niña al colegio! decía la madre en cada comida familiar. Y la de Carmen ya tiene el segundo en brazos. Y yo aquí, más sola que la una. ¿A ver cuándo me dais la alegría? ¡Quiero poder cuidar a mis nietos, que el tiempo se me escapa!

Pero ahora ahora que el bebé no era una foto bonita sino un ser con berrinches y problemas, Encarna Muñoz desapareció.

A Jimena le dolía. Lo de tuviste hijos para ti no se le olvidaría. Los siguientes seis meses pasaron como un día interminable: dar el pecho, llantos, acunar, dormitar un instante, más llantos.

Encarna se mantuvo en su vida como si fuera una vieja conocida: llamaba una vez por semana.

¿Qué tal estáis? ¿Vais creciendo?

Pero si su nieta lloraba de fondo, la abuela se evaporaba.

Uy, Jimenita, perdona, me duele mucho la cabeza y ahí tenéis un jaleo Cuídate, cariño, la maternidad es dura y colgaba.

A Jimena no le quedó más remedio que aprender a sobrevivir sin su madre.

Por suerte, su suegra, Rosario Valiente, era una mujer estricta pero de buen corazón. No prometía el oro y el moro ni se deshacía en halagos, pero cuando notó que Jimena parecía un oso panda de tantas ojeras, empezó a venir cada sábado, su día libre.

Vete a la cama ordenaba con voz firme. Nos vamos con Lucía al parque. Volveremos en tres horas.

¿Al parque? Si va a llorar constantemente

No es de azúcar, no pasa nada. Y tú tienes que descansar.

Fue Rosario quien le sugirió a Jimena que, al menos a veces, contratara una canguro un par de horas para poder dormir algo, aunque fuese en la habitación de al lado. También fue ella quien, preocupada, dio la voz de alarma:

Esta niña llora demasiado dijo la suegra. Dejad de hacer caso a esos médicos del centro de salud, siempre dicen que todo son los dientes o los cólicos. Esto no es normal.

Rosario pidió cita con un pediatra conocido y, sin decir nada a su hijo, pagó todos los análisis y pruebas sin un reproche. El médico localizó el problema rápido.

Vamos a ver: tiene reflujo después de cada comida. Pero tranquilos, se puede arreglar explicó.

A las dos semanas, en la casa de Jimena y Samuel por fin reinó la paz. Ya no era ese silencio tenso y agotado, sino verdadero sosiego. Lucía dejó de arquearse de dolor y de gritar. Durmió tranquila.

Para Jimena, el mundo volvió a tener colores. El tiempo ya no se arrastraba, sino que pasaba volando. Lucía dejó de ser una niña que sólo lloraba y se convirtió en esa nieta adorable de la que presumen todas las abuelas, con hoyuelos en las mejillas y lazos enormes en el pelo.

Sin darse cuenta llegó diciembre. Encarna Muñoz, que sólo veía a Lucía por videollamada, no tardó en observar los cambios: la niña jugaba tranquila con los bloques o reía tirando de las muñecas.

Y, claro, la abuela quiso retomar la relación.

Jimenita, ¿qué os preparo? preguntó cariñosa una semana antes de Nochevieja. ¿Vendréis a casa a celebrarlo, verdad?

Pero si vamos con Lucía. Y te cuesta estar con niños tan pequeños.

¡Qué va! Ahora es una niña grande, está tranquilita, es el momento perfecto. Le he comprado una muñeca enorme de regalo. Nos sentamos juntos, adornamos el árbol, haré un poco de caldo. A Samuel le encanta.

Antes, Jimena se habría alegrado. Se habría lanzado a preparar el menú con su madre, feliz de que volvía a quererlas. Ahora, sin embargo, sentía algo distinto, frío y pegajoso. No rabia ni dolor, solo nada.

Mamá, este año no vamos a ir.

¿Cómo? saltó Encarna. ¿Y a dónde pensáis ir? ¿O sea que os quedáis en casa?

Vamos con Rosario Valiente. Lo celebramos allí.

¿Con Rosario? su madre se quedó de piedra. ¿O sea, te vas con una que no es de la familia y dejas a tu madre sola en Nochevieja?

Mamá No quiero que te sientas mal, pero Rosario estuvo con nosotros cuando Lucía no paraba de llorar. Cuando yo ya no podía más. A ella la quería igual cuando la niña lloraba sin parar. Y tú Tú misma dijiste que los hijos son para uno Así que yo decido dónde pasa mi hija el fin de año.

En el teléfono reinó el silencio unos segundos solo.

¿Pero qué, te has ofendido? ¿Así te vengas de tu madre? ¡No tienes vergüenza! Yo, vieja y enferma noches sin dormir criando hijos ¿y tú ahora me haces esto?

No, mamá, no me vengo. Simplemente elijo lo que me viene bien. Y eso, por cierto, lo he aprendido de ti.

Su madre siguió lamentándose, pero Jimena cortó la conversación asegurando que tenía que irse. No quería soportar más lecciones sobre la ingratitud filial.

Jimena suspiró, dejó el móvil y fue al dormitorio. Allí, sobre la alfombra, entre piezas de construcción tiradas, su marido jugaba animado con Lucía. La niña estalló en carcajadas derribando una torre con la mano. Jimena se detuvo en la puerta y sonrió.

Sentía una leve nostalgia, pero de las buenas. Como cuando haces limpieza y tiras los viejos peluches, para dejar sitio a algo nuevo.

Por supuesto, Jimena no quería cortar la relación con su madre. Simplemente había dejado de traicionarse a sí misma. Había decidido no correr cada vez que la llamaba alguien que solo aparece con el cielo despejado, y empezar a estar cerca de quienes sí están a su lado cuando más llueve.

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¿Te has sentido herida? —Ya me he arrepentido trescientas veces de haberme lanzado a esto. No tengo fuerzas, mamá —dijo Victoria con desesperación, tratando de hacerse oír por encima del llanto de su hija—. Así estamos de la mañana a la noche. Y toda la noche, también. Ya ni recuerdo cuándo dormí bien. Ayer puse la tetera al fuego y me quedé dormida sentada en la silla… —Ay, hija, ¿qué le vamos a hacer? —suspiró doña Galina—. Todos los niños pequeños lloran. La madre no captó la indirecta, y Victoria decidió hablar claro. —Mamá… Te lo ruego: llévatela aunque sea un par de horas. O ven y quédate con ella, que yo pueda dormir aunque sea un poco. Ya no sé ni lo que hago. Todo me va en una nube. —Vicky… —el tono de la madre cambió de compasiva a condescendiente—. No te lo tomes a mal. ¿Para quién la tuviste? Para ti. Pues apáñate. Cuando crezca un poco, ya será más fácil. Yo a ti te crié sin pañales ni esas ollas eléctricas vuestras, y aquí estamos. Además, con este tiempo, mi tensión no deja de subirme. Encima me vas a querer a mí por ahí desplomada a tu lado. Victoria alzó las cejas, desconcertada. No esperaba esa respuesta y ni siquiera supo qué decir. —Bueno, vale, voy a lo mío… —murmuró y colgó. Sintió un frío en el pecho. Desapareció aquella sensación infantil de seguridad, esa certeza de que mamá vendrá y lo arreglará todo si la llamas. Y aún así, Victoria ni podía protestar. ¿O sí? …Victoria renunciaba a menudo a sus propios planes para contentar a su madre. Todos los fines de año, por ejemplo. Primero, cuando la invitaban sus amigos. Luego, cuando solo quería pasar una velada tranquila con su marido. —Ya, ya lo veo… —suspiraba la madre cuando Victoria le contaba sus planes para las fiestas—. Pues nada, que lo pases bien ahí. Yo estaré aquí sola, sola —remarcaba doña Galina—. Una se pasa la vida criándoos, y luego los días señalados los pasa uno en soledad… —Mamá… No es para tanto, si el uno nada más levantarme voy para allá. —Bueno, yo no digo nada… Esperaré. Ni voy a celebrar nada —contestaba con otro suspiro—. ¿Para qué? No tengo con quién. Me acuesto a las nueve, me levanto por la mañana y ya está, se acabó el Año Nuevo. Y cada vez Victoria cedía y se iba a casa de su madre. ¿Cómo iba a dejarla sola? Que los amigos se diviertan, que canten, que enciendan bengalas. El romanticismo puede esperar, ya habrá momento. Lo importante era que mamá no se sintiera triste. Y eso no era el único problema. A doña Galina le encantaba tener a su hija siempre pendiente de su salud. Si algo no iba bien, no iba al médico, pero armaba el drama con Victoria. —Tengo la tensión por las nubes, hija. Creo que me voy —la llamaba angustiada. —Mamá, voy para allá, pero llama al médico. No es ninguna tontería. —¿Qué médico ni qué médico? ¿Y qué me van a hacer? ¿Llevarme al hospital? ¡Si ahí no hay médicos decentes! Mejor intentamos solucionarlo nosotras. Tú me pinchas, y si veo que me pongo peor, entonces llamamos a urgencias. Doña Galina no se fiaba ni un pelo de los médicos y se irritaba si la hija sugería llamar a una ambulancia. Pero sí creía que cualquier ataque podía pasarse con un masaje en los pies, compresas con vinagre y —sobre todo— el cuidado de Victoria. Y así la hija, una vez más, suspendía sus planes, cancelaba citas, salía del trabajo corriendo. Aunque supiera que no podía hacer nada realmente y sólo se pondría de los nervios. ¿Cómo iba a dejar sola a su madre en ese estado? Le remordía la conciencia. Pero la conciencia de doña Galina sí que estaba tranquila. Y eso que ansiaba nietos casi tanto como Victoria… —¡Pues la hija de Lupe ya tiene a la nieta en primaria! —lamentaba en cada comida familiar—. ¡Y la Valeria ya está con el segundo! Yo soy la única, como una alma en pena. ¿Cuándo vais a darme un nieto? ¡Quiero disfrutar de uno antes de morirme! Y ahora… Ahora que la nieta era un ser real, con rabietas y problemas, la abuela desapareció del mapa. A Victoria le dolía. Para ti la has tenido, decías… Ya se acordará de esa frase. Los siguientes meses fueron como el día de la marmota. Victoria ya no sabía si era lunes o jueves. Todo funcionaba igual: darle de comer, lloros, tratar de dormirla, un rato de olvido, más llantos. Doña Galina permanecía en la vida de su hija pero al nivel de una antigua conocida. Una vez por semana llamaba y preguntaba: —¿Y qué tal? ¿Va creciendo? Pero en cuanto la nieta lloraba al fondo, la abuela se esfumaba. —Ay, Vicky, perdona, pero tengo dolor de cabeza. Y hay mucho jaleo por ahí… Cuídate, cariño, ser madre es duro —colgaba. Y Victoria aprendió a sobrevivir sin su madre. Su suegra, Olga, era dura pero buena. No prometía oro, pero cuando vio que su nuera parecía un panda de tanto no dormir, empezó a venir cada sábado, su día libre. —A dormir —ordenó—. Me llevo a Alicia al parque. Volveremos en tres horas. —¿Al parque? ¡Si va a llorar! —No pasa nada, no soy de azúcar. Tú duerme. Fue Olga quien aconsejó buscar una niñera de vez en cuando para un par de horas y quien, además, puso el grito en el cielo: —Llora demasiado, esto no es normal —dijo la suegra. Y ni corta ni perezosa, las llevó a un pediatra particular y pagó las pruebas. Pronto llegó el diagnóstico: —Tiene reflujo, pero es tratable. A las dos semanas, la paz llegó por fin al hogar de Victoria y Pablo. Alicia dejaba de arquearse y de llorar. Dormía tranquila. El tiempo volvió a correr. Alicia dejó de ser la caprichosa y se convirtió en esa nieta de hoyuelos y lazos que sueñan las abuelas. Llegó diciembre. Doña Galina, que sólo veía a Alicia por videollamada, notó los cambios. Ahora la nieta jugaba, reía. Y justo entonces la abuela decidió reaparecer. —Vicky, ¿qué os preparo para cenar? —preguntó con dulzura antes de Nochevieja—. ¿Venís este año, no? —¿Con Alicia? Pero si te cansas con los niños pequeños… —Bah, ¡si ya es una señorita! Y tranquila. Le he comprado una muñeca, decoraremos juntas y haré un buen cocido. Que Pablo lo adora. Antes, Victoria habría saltado de alegría, organizando con mamá el menú. Ahora, todo estaba… tranquilo. No sentía ni rabia ni pena, solo algo frío por dentro. —Mamá, no iremos. —¿Cómo? —se indignó doña Galina—. ¿Y a dónde vais? ¿O es que os quedaréis en casa? —Vamos a casa de Olga. Celebramos con ella. —¿Con Olga? —dijo asombrada—. O sea, te vas con una extraña y tu verdadera madre se queda sola en Nochevieja… —Mamá… no te ofendas, pero Olga estuvo aquí cuando Alicia lloraba sin parar. Cuando me volví loca. Nos quiso incluso cuando éramos un desastre, y tú… tú misma dijiste que la críe yo sola. Pues también elijo con quién pasa mi hija el Año Nuevo. Hubo un silencio. —¿Te has enfadado entonces? ¿Es esto venganza? —preguntó doña Galina—. ¡Qué vergüenza! Tu madre, sola, viejita… Días sin dormir por ti y ahora tú… —No es venganza, mamá. Simplemente elijo lo mejor para mí. Y, por cierto, eso lo aprendí de ti. Su madre seguía lamentándose pero Victoria colgó. No quería más discursos sobre hijas desagradecidas. Suspiró, dejó el móvil y fue al dormitorio. Allí, sobre la alfombra, su marido jugaba a construir con la niña. Alicia reía, derribando la torre. Victoria se detuvo en la puerta y sonrió. Sentía un poco de tristeza, pero era de la buena, la de cuando limpias a fondo y tiras los peluches viejos para hacer sitio a algo nuevo. Y, claro, no pensaba romper con su madre para siempre. Solo había dejado de traicionarse a sí misma. Había dejado de correr a la primera llamada de quien sólo está cuando brilla el sol, y ahora elegía a quienes sostienen el paraguas cuando el cielo truena.
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