El día en que mi abuela se casó con el hijo del hombre que la dejó plantada en el altar

El día en que mi abuela se casó con el hijo del hombre que la dejó plantada en el altar.

Recuerdo como si fuera ayer, aunque haya pasado mucho tiempo. Mi abuela, con sus 89 años, se convirtió de golpe en la protagonista del escándalo más grande que ha vivido este pueblo desde que el antiguo panadero robó los dineros de las fiestas patronales. Y aquí se han visto cosas; bodas canceladas, peleas en la verbena de San Juan, incluso una vez cuando se hundió la techumbre de la iglesia pero aquello, AQUELLO, superó todo lo anterior.

Todo comenzó cuando la abuela conoció a un señor mayor en la asociación de jubilados del pueblo.

Es un caballero de los de antes, hija me contó, mientras se pintaba los labios de color coral. Y todavía conduce.

Abuela, tiene 91 años. ¿Tú crees que debería estar al volante?

¡Anda ya! Por lo menos tiene coche.

La pasión fue fulminante. A las tres semanas ya había propuesta de matrimonio y anillo. Vale, era de fantasía, pero el detalle contaba.

Me caso el sábado anunció mi abuela comiendo con la familia.

Mi madre casi se atraganta con el cocido.

¿¡Este sábado!? ¡Eso es en cinco días!

Exactamente. A mi edad, no hay tiempo que perder. ¿Y si me muero el viernes?

Compramos un vestido color marfil, elegante, pero sin excesos. Reservamos el salón parroquial, encargamos la tarta. Una tía se encargó de las flores, todas hechas con papel crespón.

Llegó el gran día. Mi abuela estaba radiante, con su vestido, su collar de perlas verdaderas (herencia de su madre) y una sonrisa que no recordaba haberle visto desde hacía décadas.

El salón, repleto. Música suave. El párroco hojeando el misal. Todo parecía perfecto.

Pero el novio no llegaba.

Esperamos veinte minutos.

Luego cuarenta.

Al cabo de una hora, un primo fue a buscarle a su casa.

Regresó solo, con cara de funeral.

Dice que no puede venir.

En el salón se formó un murmullo. La abuela palideció.

¿Cómo que no puede?

Que le ha entrado miedo, que es demasiado mayor, que no quiere ser un peso. Que lo mejor es dejarlo estar.

Mi abuela se quedó sentada, con el ramo de rosas blancas entre las manos.

Entonces se abrió la puerta. Entró un hombre de unos sesenta y tantos, bien vestido, pelo cano pero abundante y una expresión de furia contenida.

¿Dónde está la novia?

¿Y usted quién es? preguntó un pariente, poniéndose en pie.

Soy el hijo del hombre que acaba de arruinarle el día a esta señora.

Todos enmudecimos.

El hombre se acercó a la abuela y se quitó la boina.

He venido a pedirle disculpas de parte de mi familia. Es imperdonable.

La abuela le miró fijamente a los ojos.

¿Cuántos años tiene, buen hombre?

Sesenta y siete.

¿Casado?

Viudo. Desde hace cuatro años.

¿Hijos?

Tres. Todos mayores y con su vida hecha.

¿Trabaja todavía?

Jubilado. Tengo mi pensión y una casita en el pueblo.

La abuela meditó un momento, luego se levantó con su bastón y dio unos pasos hacia él.

Dígame una cosa, ¿le asusta a usted comprometerse, como a su padre?

No. Estuve casado treinta y cinco años. Han sido los mejores de mi vida.

¿Y qué opina sobre el matrimonio?

Que es lo más hermoso que le puede pasar a una persona. Y que mi padre ha cometido un error enorme dejando pasar esta oportunidad.

La abuela lo escaneó de arriba abajo y se giró hacia nosotros.

El salón está pagado. La comida también. El cura ha venido. El pastel me ha costado un dineral

Abuela, tú no estarás pensando empecé a decir.

¿Me haría usted el honor?

El salón estalló. Gritos, risas, caía alguna copa, un primo grabando con el móvil sin entender lo que pasaba.

Pero yo usted

Usted ha venido a defender mi honor. Además, ya estoy vestida. Este traje no lo volveré a poner. Así que, ¿sí o no?

Él soltó una carcajada, de esas profundas y sinceras.

Mi mujer siempre decía que algún día haría una locura. Creo que ese día ha llegado. Vamos allá.

Y se casaron.

Allí mismo.

El cura tuvo que sentarse un momento para sobreponerse. Una de las tías lloró tanto que se le corrió el rímel. Mi madre no sabía si reír, llorar o quedarse petrificada.

Pero se casaron.

En el convite, mientras comíamos la tarta, que aún tenía el nombre del primer novio tapado con cinta adhesiva y el nuevo escrito con rotulador, le pregunté:

Abuela, ¿de verdad te has casado con un hombre al que conoces desde hace dos horas?

Estaba radiante.

A los 89 años ya no estoy para noviazgos eternos. Tiene buena pensión, buenas maneras y, lo más importante, todavía tiene vesícula. ¿Te parece que voy a dejar pasar una ocasión así?

¡Pero si es veintidós años más joven que tú!

Mejor. Así me sobrevivirá. Alguien tendrá que cuidar de mis gatos.

Han pasado tres semanas. El que la dejó en el altar intentó llamarla para disculparse. Su nuevo marido contestó y le colgó.

Resultó que él cocina mejor que la abuela (cosa que ella nunca admitirá), baila de maravilla y la acompaña a cada revisión médica con su viejo pero impecable SEAT 600.

Ayer los vi en el parque. Él empujaba su silla de ruedas y ella, mandando como siempre:

¡Más despacio! Que esto no es una carrera.

Como ordenes, mi reina.

El exnovio les mandó una batidora como regalo de bodas. Mi abuela dijo que mejor para otro y la sorteó en la tómbola del centro de mayores.

Contadme vosotros: ¿qué clase de abuela se casa con el hijo de 67 años del hombre que la dejó plantada en el altar y qué clase de hijo acepta casarse con una mujer que, cinco minutos antes, debía ser su madrastra?

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Mi segundo marido resultó ser un hombre maravilloso: no escatima en gastos para mimar tanto a mí como a mi hijo