Querido diario,
No puedo dejar de pensar en lo surrealista que fue todo este asunto con Elena. Mira que llevábamos años siendo amigas, pero lo de su boda… ha sido el colmo. Todo empezó con ese mensaje suyo:
¿De verdad, Lucía? ¿De verdad quieres venir a una boda con banquete de ciento veinte euros por cabeza y no piensas hacer un regalo, solo porque te has comprado tú el vestido? ¡El vestido te queda! Lo podrás usar para ir a cenar, al teatro…
No uso ese color turquesa, Elena. Te lo he dicho ya mil veces.
Pues mira, zanjó la novia . O cumples el dress code y actúas como una amiga normal, o… no sé.
Encima, el grupito de WhatsApp no paraba de sonar el cristal de la mesa temblaba con las notificaciones. El grupo se llamaba “Cuento Turquesa de Elena”, y la foto era suya con el velo. Ciento cuarenta y ocho mensajes en una hora. Me estaba saturando.
Al final, desbloqueé el móvil. Leí: Chicas, ¡he encontrado una esteticista! La manicura tiene que ser exactamente el tono Ola Marina, esmalte número trescientos doce. Nada de colores naturales, ni lacas transparentes. Solo ese color. Y el pedicura también. El maquillaje lo tengo decidido: eyeliner turquesa y sombra brillante. Reserva para el viernes por la mañana el maquillaje, y las uñas el jueves por la tarde. Paso la dirección. Cada una paga lo suyo, pero he conseguido descuento, solo será setenta euros el lote.
Dejé el móvil en la mesa. Setenta euros por maquillaje y uñas que se van en dos días. Y luego ciento veinte euros por el vestido de satén color alga que ha elegido para nosotras, las siete amigas. Un vestido que jamás me volveré a poner: el turquesa me sienta como una muerta. En total, ciento noventa euros solo por el modelito para la boda ajena.
En mi cartera, después de pagar la hipoteca y tras el último recorte del sueldo, me quedan ciento cincuenta euros justos para todo el mes. Transporte, regalo, los zapatos para el vestido…
Elena, la llamé al cabo de diez minutos . Tenemos que hablar. Sobre el sábado y la manicura.
Lucía, no empieces se quejó Elena. Lo he pensado todo. El fotógrafo dice que el contraste con mi vestido blanco quedará divino en las fotos.
Elena, todo esto cuesta ciento noventa euros. No los tengo. Bueno, sí los tengo, pero son mis últimos ahorros. Yo nunca hago la manicura de color, lo sabes. Solo higiene. Y el vestido… me queda fatal. ¿Puedo ir con el azul marino? Es elegante y caro, solo me lo he puesto una vez.
¿Azul? ¿Estás de coña? Las mesas irán con manteles y servilletas turquesas. ¿Quieres arruinarlo todo?
Solo quiero ser tu amiga y disfrutar, no un adorno más.
Si de verdad tengo que hacer todo eso, lo haré. Pero será mi regalo. No te daré nada más, no puedo.
¿De verdad quieres venir a una boda con banquete de ciento veinte euros y sin regalo porque te has comprado el vestido? Lo podrás usar después…
No uso turquesa, Elena. Te lo repetí tres veces.
Pues si no sigues las normas, mejor no vengas. No sé, igual ni te interesa venir si eres tan tacaña justo en el día más importante de mi vida.
Quizá sea mejor así, respondí, bajito. Colgué y salí del chat del grupo. Me dolía un poco, pero también sentí alivio. Me quedaba con los ciento noventa euros y la salud mental.
***
El día de la boda, una semana después, estuve en casa leyendo. Ni siquiera abrí las redes sociales para no hacerme daño. Por la noche, me llamó Marta, una que sí aceptó todas las exigencias de Elena.
¿Lucía? Marta sonaba rarísima.
¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha ido?
Circo total, me fui antes y voy en taxi. Un desastre…
Me contó que a Natalia, la otra amiga, le pusieron un yeso blanco porque cayó de la bici. Y Elena, nada más verla en el salón de belleza, montó una escena gritando: ¡¿Por qué ibas en bici justo ahora?! ¡Vas a estropear todas las fotos! ¡Ese yeso es un horror! Llamó al fotógrafo para decir: Que a la del yeso ni me la saques en las fotos. O recorta, lo que quieras, pero que no salga su brazo. La pobre Natalia lloraba y pasó la mitad de la boda encerrada en el baño.
Pero eso no fue lo peor. La bisabuela del novio, de ochenta y pico años, llegó con su mejor vestido, un gris precioso con encaje. Elena, nada más verla, atacó: ¡Te lo dije, no vengas de gris! ¡Eso es de luto! La abuela no tenía otro, y encima la querían dejar fuera de la sesión. La madre del novio casi se desmaya y le gritó a Elena delante de todo el mundo. Tudieron una discusión eterna. El novio estaba rojo.
Después, Paula apareció con fiebre y herpes en el labio, pero aun así fue por compromiso. Elena la reprendió a la cara: ¿No podías haberlo disimulado? ¿O quedarte en casa? Se te va a ver en todos los primeros planos.
A Silvia la regañó por las uñas. Había hecho la manicura turquesa, pero una uña se le rompió y lo arregló con esmalte rojo, el único que tenía. Elena casi le tira la copa en la cabeza al verla. ¡Lo has hecho adrede, para destacar! ¡Arruinas la foto!
¿Está mal de la cabeza? pregunté, indignada.
Completamente. No nos soltaba, nos corregía los vestidos, los hombros, nos susurraba que no pusiéramos mala cara. Al final, al lanzar el ramo para la foto… lo tiró con tanta fuerza para que el fotógrafo pillara el momento, que le dio al DJ y lo tiró todo: mesa, cables, el ramo entero colapsó el sistema y paró la música. Elena nos gritó: ¡¿Por qué nadie lo cogió?! ¡Sois unas estatuas! ¡Me habeis fastidiado el momento! ¡Avariciosas inútiles!
¿Avariciosas? ¿Dijo eso?
Sí, nos llamó de todo. Que solo sabemos comer gratis y que no servimos ni para una foto decente.
Y yo ahí, con el vestido apretándome, las uñas turquesa, pensando: ¿Para esto me he gastado setenta euros en maquillaje, ciento veinte en vestido, además del regalo?”. Trescientos euros para nada.
Colgué y me miré al espejo. Mis vaqueros cómodos, uñas limpias y pelo recogido. Sobre la estantería, el sobre con mis ahorros. Al día siguiente could pagar una buena parte del portátil. No perdí nada.
A los dos días, vi el post de Elena en Instagram: una galería de fotos, todas perfectas. Las amigas de turquesa, ella de blanco radiante, lujo total. Y su frase: Mi día perfecto. Gracias a las que lo entendisteis. Lástima que algunas amigas fueran tan pequeñas de mente. Que Dios ponga a todos en su sitio, yo perdono.
Sonreí. A su perfil, tres puntos, Bloquear. Nada más quiero saber de su vida.
***
Un mes después, Marta vino a casa. Té, charla, miradas cómplices.
¿Has oído lo último? Marta reía. Nuestra reina se ha cubierto de gloria.
No sigo su vida. ¿Qué ha pasado?
El fotógrafo la ha denunciado. No le paga el resto porque dice que en el cuarenta por ciento de las fotos el turquesa de las amigas no se ve igual por la luz. Doce horas curró el hombre, y ella le suelta eso. Solo le pagó el treinta por ciento. El resto se lo quedó.
Muy de Elena respondí.
Y lo mejor: Javier, su marido, le pidió el divorcio a la semana. Ni viaje de novios han hecho. Dicen que ella montó una pelea enorme con la madre de él porque la bisabuela estropeó el video de la boda con su vestido. Javier hizo las maletas y le dijo que no piensa vivir con una mujer así.
Mirando por la ventana pensé: durante días sentí que era mala amiga por no gastar esos ciento noventa euros y no querer ser otro maniquí en su boda. Ahora veo que hice lo correcto.
Marta sonrió.
Vendí mi vestido por treinta euros, ¿sabes? Me compré una tarta gigante y me la comí yo sola. Ha sido la más deliciosa de mi vida.
Nos reímos tanto que se nos saltaban las lágrimas. Después, decidimos ir pronto al cine. La vida sigue, y yo tengo lo que importa: tranquilidad, y amigas de verdad. Lo demás, que lo resuelva cada cual.







