La ex amiga —¿Hablas en serio? ¿Piensas venir a una boda donde el cubierto cuesta ochomil euros por cabeza sin regalar nada porque te has comprado un vestido? ¡Pero si el vestido te lo quedas tú! Te lo podrás poner para ir a cenar, al teatro… —No llevo turquesa, Eugenia. Te lo he dicho tres veces. —Mira, así son las cosas —sentenció la novia—. O respetas el dress code y te comportas como una amiga normal, o… no sé. El cristal de la mesa de centro vibraba apenas con las notificaciones del chat común. Sonia evitaba mirar la pantalla, pero el número rojo —ciento cuarenta y ocho mensajes en una hora— le presionaba los nervios. El grupo se llamaba «Cuento turquesa de Eugenia». Como avatar, la amiga con velo. Al final Sonia se rindió y desbloqueó el móvil. “Chicas, ¡he encontrado a la profesional! —escribía Eugenia—. La manicura debe ser estrictamente en el tono ‘Mar azul’, esmalte número trescientos doce. Nada de nude, ni de lacas transparentes. Solo ese color. ¡Y la pedicura igual! El maquillaje también lo he cerrado: delineado turquesa y sombras con brillo. Cita el viernes por la mañana para el maquillaje, y el jueves por la tarde la manicura. Paso la dirección. Cada una paga lo suyo, he negociado un descuento, sale todo por siete mil el pack.” Sonia dejó el móvil muy despacio. Siete mil por maquillaje y uñas, que borrará en dos días. Más doce mil por el vestido de satén color alga que Eugenia eligió para las siete damas. Un vestido que Sonia jamás volverá a ponerse porque el turquesa la hace parecer una ahogada. Total: diecinueve mil solo por el ‘look’ para la fiesta de otra. En el monedero a Sonia, después de pagar dos préstamos y el último recorte de sueldo, le quedaban justo quince mil hasta fin de mes. Y faltaba el transporte, el regalo, los zapatos para el vestido… —Eu, —llamó Sonia a su amiga diez minutos después—. Tenemos que hablar. Sobre el sábado y la manicura. —Sonia, por favor no empieces —suspiró Eugenia—. Está todo pensado. El fotógrafo ha dicho que con mi vestido blanco y vuestro turquesa vais a quedar maravillosas. —Eu, todo esto suma diecinueve mil, Eugenia. No tengo ese dinero. Bueno, los tengo, pero son mis últimos ahorros. No me hago manicuras de colores, lo sabes. Solo la básica, siempre. Y el vestido… me queda fatal. Déjame ir con mi azul marino. Es elegante, caro, solo me lo he puesto una vez. —¿Azul? ¿Me tomas el pelo, Sonia? ¡Las mesas llevan manteles y servilletas turquesa! ¿Quieres estropearlo todo? —Solo quiero ser invitada, Eugenia. Tu amiga, no atrezzo decorativo. Si insistes en ese vestuario, hagamos trato: me lo compro, hago el maquillaje, pero ESO será mi regalo. No podré darte otro sobre con dinero, todo se va en tus caprichos. —¿En serio? ¿Vas a venir a una boda de ocho mil el cubierto y sin regalo solo porque te has comprado un vestido? Ese vestido ¡te lo quedas! Lo puedes llevar al teatro, a un restaurante… —No uso turquesa, Eugenia. Te lo he repetido tres veces. —Muy bien —zanjó la novia—. O cumples el dress code como una amiga civilizada o… no sé. A lo mejor ni deberías venir, si por el día más importante de mi vida te pones así de roñosa. —Pues igual no debería —respondió Sonia en voz baja—. Perdona. Colgó y salió del chat del grupo. Le dolió en el pecho, pero a la vez sintió una extraña sensación de libertad. Sus diecinueve mil seguían ahí. Y sus nervios, también. *** Una semana después, el día de la boda, Sonia estaba en casa leyendo. No entró en redes para no remover la herida. Pero por la tarde sonó el móvil. En la pantalla apareció el nombre de Catalina: otra amiga que cedió a todas las exigencias de Eugenia. —Sonia, hola —la voz de Catalinatemblaba. Sonia se alarmó: —¿Qué pasa? ¿Cómo ha ido la boda? —Ha sido un circo —Catalina sorbió la nariz—. ¡Un horror! Me fui antes de tiempo, estoy en el taxi. Un desas…tre. —Cuenta —ordenó Sonia. —Empezó por la mañana. Fuimos a maquillarnos y Eugenia montó una escena en el salón. Elisa, el día antes, se cayó de la bici y llevaba el brazo en escayola. Una simple escayola blanca. Eugenia la vio y gritó por la calle: “¡¿Por qué ibas en bici?! ¡¡Sabías que era mi boda!! ¡¡Ahora lo has fastidiado todo! Esa escayola va a arruinar todas las fotos!” —¿En serio? —Sonia se sorprendió—. ¿Y Elisa? —Lloraba. Y Eugenia llamó al fotógrafo y le ordenó: “A la inútil con escayola ni la saques. Y si no, recorta la foto para que no se vea el brazo. Nada de ponerla a mi lado. ¿Entendido?” Elisa se pasó media fiesta en el baño. Pero eso no es lo peor. Después llegó la bisabuela del novio. Ancianita, 85 años, casi sin andar. Entró con su mejor vestido, uno gris con encaje. Se veía que era el mejor que tenía. Eugenia saltó delante de todos: “¡Abuela, le dijimos! ¿Por qué de gris? ¡El gris es de luto!” La abuela se quedó perpleja, balbuceando que no tenía otro. Y Eugenia la prohibió entrar en la zona de fotos. La suegra casi se desmaya. Se levantó y le dijo delante de todos: “¿Pero qué haces? ¡Tiene 85 años y ha cruzado media España por ti y la echas por el color del vestido?” Se pusieron a discutir. El novio rojo como un tomate, sin saber dónde meterse. Sonia no podía creer que esa fuese la misma Eugenia de los helados en el banco del parque. —Luego, peor —siguió Catalina—. A Marina le salió un herpes en el labio. Pasa, por estrés, catarro… Eugenia fue y en su cara: “¿No podías tapártelo? O mejor, haberte quedado en casa. ¡En mis fotos de primer plano se te va a ver la boca!” Y a Oxana le cayó bronca por las uñas. Oxana se hizo la manicura turquesa, como pidieron, pero se le rompió una uña y tuvo que pintarlas todas de rojo, no tenía laca turquesa en casa. Eugenia vio esas uñas al darle una copa, y casi se la tiró a la cabeza. Gritó que lo hizo para llamar la atención y estropearle la foto. —¿Le ha dado un aire? —se asombró Sonia. —Parece que sí. Toda la boda con cara de furia. Ni una sonrisa auténtica. Nos recolocaba los vestidos, tirando de los hombros, susurrando que no nos encorváramos. Y el final, para rematar. ¿Sabes cómo lanzó el ramo? —¿Cómo? —Intentó tanto que el fotógrafo pillara “el momento” que lanzó el ramo con tal fuerza que aterrizó en la mesa de control del DJ. Todo el equipo, cables, y el ramo con sus ramas feas, ¡todo voló! La música se cortó. El DJ, en shock. Eugenia se giró a las chicas que esperaban el ramo y gritó: “¿Por qué no lo habéis cogido? ¡Sois unas inútiles! ¡Me habéis fastidiado el momento más importante! ¡Sois unas muertas de hambre!” —¿Muertas de hambre? —repitió Sonia. —Tal cual. Y que solo servimos para comer y no somos capaces de salir bien en una foto. Mira, Sonia, ahí sentada con el vestido que me apretaba, viendo mis manos azules, pensaba: “¿Qué hago aquí?” Siete mil en maquillaje, doce mil en vestido, diez mil en el sobre… Treinta mil para que me llamen muerta de hambre e inútil. Sonia colgó, dejó el móvil y se miró al espejo. Llevaba una simple camiseta. La piel limpia, las uñas cortas y cuidadas, el pelo en coleta. En el recibidor, el sobre con el dinero guardado. Mañana amortizaría parte del portátil. ¿Había perdido algo? Dos días después Eugenia subió a redes una “carrusel” de diez fotos perfectas. Las amigas de turquesa, la novia, blanco radiante. Bonito, espectacular incluso. El pie también iba a juego: “Mi día perfecto. Gracias a quienes compartieron este cuento. Lástima que algunas ‘amigas’ sean tan enanas de espíritu que no entiendan la magnitud del evento. Pero la vida pondrá todo en su sitio. Que Dios las juzgue, ¡yo perdono!” Sonia lo leyó y soltó una risita. Perdona, dice. Entró en el perfil de Eugenia, pulsó los tres puntos y le dio a “Bloquear”. No quería saber más de la vida de la que fue su amiga. Que viva como quiera. *** Un mes después, Catalina fue a casa de Sonia. Estaban en la cocina, tomando té. —¿Sabes las últimas? —dijo Catalina de repente—. Nuestra reina acaba de montar otra… Sonia se encogió de hombros. —No la sigo. ¿Qué ha pasado? —El fotógrafo ha denunciado a Eugenia. No le quiere pagar el resto. Según ella, en el cuarenta por ciento de las fotos, las damas no llevan “el mismo tono de turquesa” por culpa de su luz. ¿Te imaginas? Trabajó doce horas y ella va y le reclama “el espectro equivocado”. Solo le pagó el treinta por ciento; el setenta, se lo quedó. —Tan de su estilo —rió Sonia—. ¿Y el marido? ¿Vadim? Catalina se rió. —Vadim ha pedido el divorcio hace una semana. Ni llegaron a la luna de miel ni a Turquía. Dicen que al segundo día Eugenia le montó un escándalo a su madre. Le exigía que le pagase el banquete porque la abuela “arruinó el vídeo de boda con su presencia”. Vadim intentó calmarla y ella le llamó “calzonazos, incapaz de defender la familia”. Así que Vadim hizo la maleta y dijo que no viviría con semejante bruja. Sonia miró por la ventana. —¿Sabes, Cata? —le dijo—. Lo pasé fatal. Pensaba que era mala amiga por no buscar diecinueve mil y encajar en la foto. Ahora escucho todo esto y pienso que hice bien. Catalina asintió. —Vendí el vestido —admitió—. Por tres mil. Con eso me compré una tarta enorme y me la comí entera. Fue la mejor tarta de mi vida. Se echaron a reír. Y luego quedaron para ir al cine y distraerse. No había nada que lamentar: ellas estaban bien. Y ahora que cargue la ex amiga con sus propios dramas.

Querido diario,

No puedo dejar de pensar en lo surrealista que fue todo este asunto con Elena. Mira que llevábamos años siendo amigas, pero lo de su boda… ha sido el colmo. Todo empezó con ese mensaje suyo:

¿De verdad, Lucía? ¿De verdad quieres venir a una boda con banquete de ciento veinte euros por cabeza y no piensas hacer un regalo, solo porque te has comprado tú el vestido? ¡El vestido te queda! Lo podrás usar para ir a cenar, al teatro…

No uso ese color turquesa, Elena. Te lo he dicho ya mil veces.

Pues mira, zanjó la novia . O cumples el dress code y actúas como una amiga normal, o… no sé.

Encima, el grupito de WhatsApp no paraba de sonar el cristal de la mesa temblaba con las notificaciones. El grupo se llamaba “Cuento Turquesa de Elena”, y la foto era suya con el velo. Ciento cuarenta y ocho mensajes en una hora. Me estaba saturando.

Al final, desbloqueé el móvil. Leí: Chicas, ¡he encontrado una esteticista! La manicura tiene que ser exactamente el tono Ola Marina, esmalte número trescientos doce. Nada de colores naturales, ni lacas transparentes. Solo ese color. Y el pedicura también. El maquillaje lo tengo decidido: eyeliner turquesa y sombra brillante. Reserva para el viernes por la mañana el maquillaje, y las uñas el jueves por la tarde. Paso la dirección. Cada una paga lo suyo, pero he conseguido descuento, solo será setenta euros el lote.

Dejé el móvil en la mesa. Setenta euros por maquillaje y uñas que se van en dos días. Y luego ciento veinte euros por el vestido de satén color alga que ha elegido para nosotras, las siete amigas. Un vestido que jamás me volveré a poner: el turquesa me sienta como una muerta. En total, ciento noventa euros solo por el modelito para la boda ajena.

En mi cartera, después de pagar la hipoteca y tras el último recorte del sueldo, me quedan ciento cincuenta euros justos para todo el mes. Transporte, regalo, los zapatos para el vestido…

Elena, la llamé al cabo de diez minutos . Tenemos que hablar. Sobre el sábado y la manicura.

Lucía, no empieces se quejó Elena. Lo he pensado todo. El fotógrafo dice que el contraste con mi vestido blanco quedará divino en las fotos.

Elena, todo esto cuesta ciento noventa euros. No los tengo. Bueno, sí los tengo, pero son mis últimos ahorros. Yo nunca hago la manicura de color, lo sabes. Solo higiene. Y el vestido… me queda fatal. ¿Puedo ir con el azul marino? Es elegante y caro, solo me lo he puesto una vez.

¿Azul? ¿Estás de coña? Las mesas irán con manteles y servilletas turquesas. ¿Quieres arruinarlo todo?

Solo quiero ser tu amiga y disfrutar, no un adorno más.

Si de verdad tengo que hacer todo eso, lo haré. Pero será mi regalo. No te daré nada más, no puedo.

¿De verdad quieres venir a una boda con banquete de ciento veinte euros y sin regalo porque te has comprado el vestido? Lo podrás usar después…

No uso turquesa, Elena. Te lo repetí tres veces.

Pues si no sigues las normas, mejor no vengas. No sé, igual ni te interesa venir si eres tan tacaña justo en el día más importante de mi vida.

Quizá sea mejor así, respondí, bajito. Colgué y salí del chat del grupo. Me dolía un poco, pero también sentí alivio. Me quedaba con los ciento noventa euros y la salud mental.

***

El día de la boda, una semana después, estuve en casa leyendo. Ni siquiera abrí las redes sociales para no hacerme daño. Por la noche, me llamó Marta, una que sí aceptó todas las exigencias de Elena.

¿Lucía? Marta sonaba rarísima.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha ido?

Circo total, me fui antes y voy en taxi. Un desastre…

Me contó que a Natalia, la otra amiga, le pusieron un yeso blanco porque cayó de la bici. Y Elena, nada más verla en el salón de belleza, montó una escena gritando: ¡¿Por qué ibas en bici justo ahora?! ¡Vas a estropear todas las fotos! ¡Ese yeso es un horror! Llamó al fotógrafo para decir: Que a la del yeso ni me la saques en las fotos. O recorta, lo que quieras, pero que no salga su brazo. La pobre Natalia lloraba y pasó la mitad de la boda encerrada en el baño.

Pero eso no fue lo peor. La bisabuela del novio, de ochenta y pico años, llegó con su mejor vestido, un gris precioso con encaje. Elena, nada más verla, atacó: ¡Te lo dije, no vengas de gris! ¡Eso es de luto! La abuela no tenía otro, y encima la querían dejar fuera de la sesión. La madre del novio casi se desmaya y le gritó a Elena delante de todo el mundo. Tudieron una discusión eterna. El novio estaba rojo.

Después, Paula apareció con fiebre y herpes en el labio, pero aun así fue por compromiso. Elena la reprendió a la cara: ¿No podías haberlo disimulado? ¿O quedarte en casa? Se te va a ver en todos los primeros planos.

A Silvia la regañó por las uñas. Había hecho la manicura turquesa, pero una uña se le rompió y lo arregló con esmalte rojo, el único que tenía. Elena casi le tira la copa en la cabeza al verla. ¡Lo has hecho adrede, para destacar! ¡Arruinas la foto!

¿Está mal de la cabeza? pregunté, indignada.

Completamente. No nos soltaba, nos corregía los vestidos, los hombros, nos susurraba que no pusiéramos mala cara. Al final, al lanzar el ramo para la foto… lo tiró con tanta fuerza para que el fotógrafo pillara el momento, que le dio al DJ y lo tiró todo: mesa, cables, el ramo entero colapsó el sistema y paró la música. Elena nos gritó: ¡¿Por qué nadie lo cogió?! ¡Sois unas estatuas! ¡Me habeis fastidiado el momento! ¡Avariciosas inútiles!

¿Avariciosas? ¿Dijo eso?

Sí, nos llamó de todo. Que solo sabemos comer gratis y que no servimos ni para una foto decente.

Y yo ahí, con el vestido apretándome, las uñas turquesa, pensando: ¿Para esto me he gastado setenta euros en maquillaje, ciento veinte en vestido, además del regalo?”. Trescientos euros para nada.

Colgué y me miré al espejo. Mis vaqueros cómodos, uñas limpias y pelo recogido. Sobre la estantería, el sobre con mis ahorros. Al día siguiente could pagar una buena parte del portátil. No perdí nada.

A los dos días, vi el post de Elena en Instagram: una galería de fotos, todas perfectas. Las amigas de turquesa, ella de blanco radiante, lujo total. Y su frase: Mi día perfecto. Gracias a las que lo entendisteis. Lástima que algunas amigas fueran tan pequeñas de mente. Que Dios ponga a todos en su sitio, yo perdono.

Sonreí. A su perfil, tres puntos, Bloquear. Nada más quiero saber de su vida.

***

Un mes después, Marta vino a casa. Té, charla, miradas cómplices.

¿Has oído lo último? Marta reía. Nuestra reina se ha cubierto de gloria.

No sigo su vida. ¿Qué ha pasado?

El fotógrafo la ha denunciado. No le paga el resto porque dice que en el cuarenta por ciento de las fotos el turquesa de las amigas no se ve igual por la luz. Doce horas curró el hombre, y ella le suelta eso. Solo le pagó el treinta por ciento. El resto se lo quedó.

Muy de Elena respondí.

Y lo mejor: Javier, su marido, le pidió el divorcio a la semana. Ni viaje de novios han hecho. Dicen que ella montó una pelea enorme con la madre de él porque la bisabuela estropeó el video de la boda con su vestido. Javier hizo las maletas y le dijo que no piensa vivir con una mujer así.

Mirando por la ventana pensé: durante días sentí que era mala amiga por no gastar esos ciento noventa euros y no querer ser otro maniquí en su boda. Ahora veo que hice lo correcto.

Marta sonrió.

Vendí mi vestido por treinta euros, ¿sabes? Me compré una tarta gigante y me la comí yo sola. Ha sido la más deliciosa de mi vida.

Nos reímos tanto que se nos saltaban las lágrimas. Después, decidimos ir pronto al cine. La vida sigue, y yo tengo lo que importa: tranquilidad, y amigas de verdad. Lo demás, que lo resuelva cada cual.

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La ex amiga —¿Hablas en serio? ¿Piensas venir a una boda donde el cubierto cuesta ochomil euros por cabeza sin regalar nada porque te has comprado un vestido? ¡Pero si el vestido te lo quedas tú! Te lo podrás poner para ir a cenar, al teatro… —No llevo turquesa, Eugenia. Te lo he dicho tres veces. —Mira, así son las cosas —sentenció la novia—. O respetas el dress code y te comportas como una amiga normal, o… no sé. El cristal de la mesa de centro vibraba apenas con las notificaciones del chat común. Sonia evitaba mirar la pantalla, pero el número rojo —ciento cuarenta y ocho mensajes en una hora— le presionaba los nervios. El grupo se llamaba «Cuento turquesa de Eugenia». Como avatar, la amiga con velo. Al final Sonia se rindió y desbloqueó el móvil. “Chicas, ¡he encontrado a la profesional! —escribía Eugenia—. La manicura debe ser estrictamente en el tono ‘Mar azul’, esmalte número trescientos doce. Nada de nude, ni de lacas transparentes. Solo ese color. ¡Y la pedicura igual! El maquillaje también lo he cerrado: delineado turquesa y sombras con brillo. Cita el viernes por la mañana para el maquillaje, y el jueves por la tarde la manicura. Paso la dirección. Cada una paga lo suyo, he negociado un descuento, sale todo por siete mil el pack.” Sonia dejó el móvil muy despacio. Siete mil por maquillaje y uñas, que borrará en dos días. Más doce mil por el vestido de satén color alga que Eugenia eligió para las siete damas. Un vestido que Sonia jamás volverá a ponerse porque el turquesa la hace parecer una ahogada. Total: diecinueve mil solo por el ‘look’ para la fiesta de otra. En el monedero a Sonia, después de pagar dos préstamos y el último recorte de sueldo, le quedaban justo quince mil hasta fin de mes. Y faltaba el transporte, el regalo, los zapatos para el vestido… —Eu, —llamó Sonia a su amiga diez minutos después—. Tenemos que hablar. Sobre el sábado y la manicura. —Sonia, por favor no empieces —suspiró Eugenia—. Está todo pensado. El fotógrafo ha dicho que con mi vestido blanco y vuestro turquesa vais a quedar maravillosas. —Eu, todo esto suma diecinueve mil, Eugenia. No tengo ese dinero. Bueno, los tengo, pero son mis últimos ahorros. No me hago manicuras de colores, lo sabes. Solo la básica, siempre. Y el vestido… me queda fatal. Déjame ir con mi azul marino. Es elegante, caro, solo me lo he puesto una vez. —¿Azul? ¿Me tomas el pelo, Sonia? ¡Las mesas llevan manteles y servilletas turquesa! ¿Quieres estropearlo todo? —Solo quiero ser invitada, Eugenia. Tu amiga, no atrezzo decorativo. Si insistes en ese vestuario, hagamos trato: me lo compro, hago el maquillaje, pero ESO será mi regalo. No podré darte otro sobre con dinero, todo se va en tus caprichos. —¿En serio? ¿Vas a venir a una boda de ocho mil el cubierto y sin regalo solo porque te has comprado un vestido? Ese vestido ¡te lo quedas! Lo puedes llevar al teatro, a un restaurante… —No uso turquesa, Eugenia. Te lo he repetido tres veces. —Muy bien —zanjó la novia—. O cumples el dress code como una amiga civilizada o… no sé. A lo mejor ni deberías venir, si por el día más importante de mi vida te pones así de roñosa. —Pues igual no debería —respondió Sonia en voz baja—. Perdona. Colgó y salió del chat del grupo. Le dolió en el pecho, pero a la vez sintió una extraña sensación de libertad. Sus diecinueve mil seguían ahí. Y sus nervios, también. *** Una semana después, el día de la boda, Sonia estaba en casa leyendo. No entró en redes para no remover la herida. Pero por la tarde sonó el móvil. En la pantalla apareció el nombre de Catalina: otra amiga que cedió a todas las exigencias de Eugenia. —Sonia, hola —la voz de Catalinatemblaba. Sonia se alarmó: —¿Qué pasa? ¿Cómo ha ido la boda? —Ha sido un circo —Catalina sorbió la nariz—. ¡Un horror! Me fui antes de tiempo, estoy en el taxi. Un desas…tre. —Cuenta —ordenó Sonia. —Empezó por la mañana. Fuimos a maquillarnos y Eugenia montó una escena en el salón. Elisa, el día antes, se cayó de la bici y llevaba el brazo en escayola. Una simple escayola blanca. Eugenia la vio y gritó por la calle: “¡¿Por qué ibas en bici?! ¡¡Sabías que era mi boda!! ¡¡Ahora lo has fastidiado todo! Esa escayola va a arruinar todas las fotos!” —¿En serio? —Sonia se sorprendió—. ¿Y Elisa? —Lloraba. Y Eugenia llamó al fotógrafo y le ordenó: “A la inútil con escayola ni la saques. Y si no, recorta la foto para que no se vea el brazo. Nada de ponerla a mi lado. ¿Entendido?” Elisa se pasó media fiesta en el baño. Pero eso no es lo peor. Después llegó la bisabuela del novio. Ancianita, 85 años, casi sin andar. Entró con su mejor vestido, uno gris con encaje. Se veía que era el mejor que tenía. Eugenia saltó delante de todos: “¡Abuela, le dijimos! ¿Por qué de gris? ¡El gris es de luto!” La abuela se quedó perpleja, balbuceando que no tenía otro. Y Eugenia la prohibió entrar en la zona de fotos. La suegra casi se desmaya. Se levantó y le dijo delante de todos: “¿Pero qué haces? ¡Tiene 85 años y ha cruzado media España por ti y la echas por el color del vestido?” Se pusieron a discutir. El novio rojo como un tomate, sin saber dónde meterse. Sonia no podía creer que esa fuese la misma Eugenia de los helados en el banco del parque. —Luego, peor —siguió Catalina—. A Marina le salió un herpes en el labio. Pasa, por estrés, catarro… Eugenia fue y en su cara: “¿No podías tapártelo? O mejor, haberte quedado en casa. ¡En mis fotos de primer plano se te va a ver la boca!” Y a Oxana le cayó bronca por las uñas. Oxana se hizo la manicura turquesa, como pidieron, pero se le rompió una uña y tuvo que pintarlas todas de rojo, no tenía laca turquesa en casa. Eugenia vio esas uñas al darle una copa, y casi se la tiró a la cabeza. Gritó que lo hizo para llamar la atención y estropearle la foto. —¿Le ha dado un aire? —se asombró Sonia. —Parece que sí. Toda la boda con cara de furia. Ni una sonrisa auténtica. Nos recolocaba los vestidos, tirando de los hombros, susurrando que no nos encorváramos. Y el final, para rematar. ¿Sabes cómo lanzó el ramo? —¿Cómo? —Intentó tanto que el fotógrafo pillara “el momento” que lanzó el ramo con tal fuerza que aterrizó en la mesa de control del DJ. Todo el equipo, cables, y el ramo con sus ramas feas, ¡todo voló! La música se cortó. El DJ, en shock. Eugenia se giró a las chicas que esperaban el ramo y gritó: “¿Por qué no lo habéis cogido? ¡Sois unas inútiles! ¡Me habéis fastidiado el momento más importante! ¡Sois unas muertas de hambre!” —¿Muertas de hambre? —repitió Sonia. —Tal cual. Y que solo servimos para comer y no somos capaces de salir bien en una foto. Mira, Sonia, ahí sentada con el vestido que me apretaba, viendo mis manos azules, pensaba: “¿Qué hago aquí?” Siete mil en maquillaje, doce mil en vestido, diez mil en el sobre… Treinta mil para que me llamen muerta de hambre e inútil. Sonia colgó, dejó el móvil y se miró al espejo. Llevaba una simple camiseta. La piel limpia, las uñas cortas y cuidadas, el pelo en coleta. En el recibidor, el sobre con el dinero guardado. Mañana amortizaría parte del portátil. ¿Había perdido algo? Dos días después Eugenia subió a redes una “carrusel” de diez fotos perfectas. Las amigas de turquesa, la novia, blanco radiante. Bonito, espectacular incluso. El pie también iba a juego: “Mi día perfecto. Gracias a quienes compartieron este cuento. Lástima que algunas ‘amigas’ sean tan enanas de espíritu que no entiendan la magnitud del evento. Pero la vida pondrá todo en su sitio. Que Dios las juzgue, ¡yo perdono!” Sonia lo leyó y soltó una risita. Perdona, dice. Entró en el perfil de Eugenia, pulsó los tres puntos y le dio a “Bloquear”. No quería saber más de la vida de la que fue su amiga. Que viva como quiera. *** Un mes después, Catalina fue a casa de Sonia. Estaban en la cocina, tomando té. —¿Sabes las últimas? —dijo Catalina de repente—. Nuestra reina acaba de montar otra… Sonia se encogió de hombros. —No la sigo. ¿Qué ha pasado? —El fotógrafo ha denunciado a Eugenia. No le quiere pagar el resto. Según ella, en el cuarenta por ciento de las fotos, las damas no llevan “el mismo tono de turquesa” por culpa de su luz. ¿Te imaginas? Trabajó doce horas y ella va y le reclama “el espectro equivocado”. Solo le pagó el treinta por ciento; el setenta, se lo quedó. —Tan de su estilo —rió Sonia—. ¿Y el marido? ¿Vadim? Catalina se rió. —Vadim ha pedido el divorcio hace una semana. Ni llegaron a la luna de miel ni a Turquía. Dicen que al segundo día Eugenia le montó un escándalo a su madre. Le exigía que le pagase el banquete porque la abuela “arruinó el vídeo de boda con su presencia”. Vadim intentó calmarla y ella le llamó “calzonazos, incapaz de defender la familia”. Así que Vadim hizo la maleta y dijo que no viviría con semejante bruja. Sonia miró por la ventana. —¿Sabes, Cata? —le dijo—. Lo pasé fatal. Pensaba que era mala amiga por no buscar diecinueve mil y encajar en la foto. Ahora escucho todo esto y pienso que hice bien. Catalina asintió. —Vendí el vestido —admitió—. Por tres mil. Con eso me compré una tarta enorme y me la comí entera. Fue la mejor tarta de mi vida. Se echaron a reír. Y luego quedaron para ir al cine y distraerse. No había nada que lamentar: ellas estaban bien. Y ahora que cargue la ex amiga con sus propios dramas.
— “Si arreglas este motor, te doy mi puesto” — dijo el jefe, riendo.