Al llegar a la dirección indicada, el hombre abrió la puerta y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. En lugar de dinero, sacó una navaja y, amenazando, ordenó que le entregara todo el dinero y que saliera del coche…
Carmen, junto a su pequeño hijo Mateo, acompañaban a Fernando en su marcha hacia tierras lejanas. Su marido partía a Francia, con la esperanza de cambiar hacia mejor el destino de la familia.
Antes de embarcar, Fernando abrazó con fuerza a su esposa y al niño, y, acostumbrado ya a calmar los llantos, les decía:
Carmen, ¿por qué te despides como si fuera para siempre? Un año pasará volando, ni nos daremos cuenta. Te llamaré cada día, ¡no tendrás tiempo ni de echarme de menos! Y no olvides a mi madre, reuniros, salid a pasear todas juntas. Cuidaos mucho, y no os olvidéis de vacunar a nuestros centinelas de cuatro patas. Bien ves lo guardianes que son y acarició afectuosamente las orejas de sus dos perros, inquietos ante la inminente separación.
El avión, brillando bajo el sol de primavera, se elevó en el cielo de Barajas y, tras ganar altura, desapareció en dirección al Atlántico, llevándose lejos al padre, allá, a otro continente.
Alta, Carmen quedó en la pista, junto a su hijo y a los dos perros, mirando en silencio cómo el aparato plateado se perdía en los cielos. Les aguardaba un año entero de espera…
Fernando había luchado nueve largos años para llegar a ese momento. Como científico microbiólogo, se sentía afortunado. Por fin había firmado contrato con una importante empresa francesa, y hasta le pusieron un billete en primera, una muestra de respeto hacia el nuevo empleado. Francia le esperaba.
Faltaban diez horas para que pisara el aeropuerto Charles de Gaulle, pero en su mente ya caminaba por las calles de París, a las puertas de una nueva vida, mientras su hogar, madre, Carmen, Mateo, amigos y los perros quedaban casi como en otra vida.
Carmen, arropada en una manta, sintió de repente el vacío que quedaba en la casa tras la marcha de su marido.
Hasta los perros lo notaron: don Alfonso, perro de tres años, y Chispa, el pequeño que Carmen había recogido un día de la calle, se echaron junto a sus pies. Don Alfonso, solemne, la miraba a los ojos; Chispa se apegaba a su costado, como intentando consolarla. Mateo se había encerrado en su cuarto, digiriendo en silencio su tristeza.
Carmen pensó: Cuando lleguen las vacaciones, cogeré unos días y nos iremos con la abuela al pueblo
Doña Elena, su suegra, vivía en otro barrio de Madrid, pero los fines de semana venía a quedarse, ayudando y haciendo compañía a Carmen.
Juntas paseaban a los perros, llevaban a Mateo al teatro, hacían planes, revisaban documentos y fotos antiguas.
En verano todos se instalaron en la casa de campo de Doña Elena, dedicados a la huerta, a caminar por el bosque, a bañarse en el río. Los perros adoraban el campo y apenas se separaban de sus personas.
Carmen volvió al trabajo, y Fernando llamaba cada vez más a menudo, contándoles cuánto les echaba de menos, maravillado con Francia y convencido de que el futuro familiar sería brillante.
Ya en otoño anunció que había encontrado casa, hizo un primer pago y pidió a Carmen vender el piso y transferirle el dinero. Carmen no quiso vender el coche. Fernando insistió en que su madre también vendiera la casa de campo, pues todo lo recaudado era necesario para pagar el nuevo hogar sin necesidad de préstamos.
El piso de Carmen se vendió en días, junto con muebles y el piano. El mismo comprador adquirió la casa rural de doña Elena y el dinero, según contrato, voló a la cuenta francesa de Fernando.
La noche antes de la mudanza, los perros recorrían nerviosos la casa y temblaban junto a las maletas, gimiendo bajito y mirando a Carmen. Por primera vez ella sintió una preocupación, una inquietud que no la abandonaría en mucho tiempo.
Tras instalarse, Fernando comenzó a llamar cada vez menos: asuntos, mucho trabajo. Y en pleno invierno ocurrió lo peor: hubo recortes en el CSIC; Carmen fue despedida. El país, sumido en crisis, los sueldos y las pensiones sufrían retrasos, y encontrar trabajo resultaba casi imposible.
Don Alfonso empezó a adelgazar: faltaba comida. Doña Elena propuso fregar platos en una cafetería y traer sobras para los perros, pero Carmen se mantuvo firme; ya lo arreglaré yo. Al pasar el tiempo, la situación mejoró: don Alfonso recuperó peso y salud, y cada anochecer la recibía en el portal, ayudando con las bolsas.
Pero Carmen, transportando la caldera del bar, acabó rompiéndose un brazo. Doña Elena, de repente, empezó a sentirse mal: el corazón flaqueaba. Mateo necesitaba un abrigo nuevo. Carmen llamó a Fernando.
Él, seco, respondía que tras comprar la casa, apenas le quedaba nada, pero que trataría de mandar algo.
Carmen lloró en silencio, y Doña Elena la consoló como pudo, acariciándole el hombro y susurrando:
No te preocupes, hija mía. De peores hemos salido.
Hasta los perros se acercaron, pegándose a ella, como si comprendieran.
A los pocos días, llegaron doscientos euros. Se esfumaron en medicinas, comida y el abrigo de Mateo.
Carmen recogió su abrigo de visón, las alhajas y fue al monte de piedad, sabiendo bien que nunca volverían a sus manos. Volvió en el coche con sacos de pienso y comida.
No quedó más dinero.
Me pondré a hacer de taxista anunció a su suegra.
Doña Elena gritó, cayendo asustada, pero Carmen fue inflexible. Don Alfonso saltó al asiento trasero, se tumbó en silencio; entendía que ahora debía protegerlas.
El trabajo nocturno resultó inesperadamente rentable: Carmen ganó en una noche más que en un mes de salario.
La siguiente noche volvió a la faena. Allí se cruzó con un hombre elegante; ¡era su antiguo jefe! Él, impresionado por su situación, le contó que había estado buscándola una semana: iba a abrir una nueva ONG y quería contar con ella, su mejor especialista. Le ofreció el puesto y le dejó la tarjeta.
Carmen regresó a casa casi feliz. Al oír su alegre voz, don Alfonso meneaba el rabo con fuerza.
De vuelta, vio a un hombre solo junto a una farola. “No es lejos”, dijo. Carmen aceptó, esperando buena ganancia.
Al llegar al destino, el pasajero abrió la puerta, rebuscó en la chaqueta… y sacó una navaja.
Un segundo después, un grito desgarrador rompió la calma: don Alfonso, rugiendo, se lanzó sobre el atacante y se le colgó de la espalda, mordiéndole a muerte. El hombre, desesperado, blandía la navaja, incapaz de quitarse de encima al bravo perro.
En el ajetreo, don Alfonso atrapó la mano armada, aunque el filo le cortó el hocico. Viendo la sangre en su fiel amigo, Carmen, olvidando su brazo roto, asestó un golpe con la escayola en la cara del asaltante.
El hombre y el perro rodaron fuera; a duras penas, Carmen logró separar a don Alfonso y huyó, temblando.
Chispa esa noche ni tocó el cuenco; nervioso, esperaba junto a la puerta. Carmen, sin hacer ruido para no inquietar a los suyos, curó la herida de don Alfonso, le dio de cenar, y, agotada, cayó dormida en el sofá, abrazada a su valiente protector de cuatro patas. Chispa se tumbó cerca, y puso la cabecita sobre sus piernas.
Desde entonces, nunca volvieron a contar las monedas. Al poco, ascendieron a Carmen en el trabajo y pudo comprarse un coche nuevo.
Fernando se hacía cada vez menos presente; sólo llamaba en fechas señaladas, inventando siempre nuevas excusas. Al cabo de cinco años, doña Elena falleció, vencida por el corazón. Su único hijo no acudió al entierro ni ofreció ayuda. Antes de morir, dejó el piso en herencia a Carmen.
Unos meses después sonó el timbre con insistencia. Los perros se pusieron en guardia y corrieron hacia la puerta. Mateo abrió: vio a un hombre elegante, con maletín caro y sonrisa falsa, brazos abiertos para un abrazo.
¡Vamos, hijo, recibe a tu padre! pronunció teatrero, como actor en el teatro.
Para mí mi padre no eres, no quiero ver traidores en esta casa sentenció el adolescente. ¡Llama a mamá!
Acudió Carmen. Detrás, como guardianes, estaban don Alfonso y Chispa.
¿Qué es lo que buscas ahora? Espera… abrió el bolso, sacó dos billetes de cien euros y se los lanzó desdeñosamente. Toma. Nosotros sí sabemos cómo se devuelve lo debido. ¡Traidor!
Este piso era de mi madre. ¡Es mi herencia! ¡Fuera de aquí! gritó Fernando, olvidando toda compostura mientras alzaba el maletín como para golpear.
Don Alfonso de un salto lo derribó, arrancándole una manga del abrigo de marca y chasqueando los dientes junto a su cara como si fuera a morderle la nariz. Chispa, no queriendo quedarse atrás, se agarró al otro brazo y le marcó bien los dientes, gruñendo enfadado.
¡Don Alfonso! ¡Alfonsito! ¿No me reconoces, hombre? balbuceaba Fernando, buscando salvarse con la voz.
Don Alfonso directamente le desgarró la segunda manga.
Carmen, sin decir nada, apartó a sus perros y cerró la puerta para siempre.
P.D. Fernando Nuñez jamás leería estas líneas. En agosto de 1998, un infarto acabó súbitamente con su vida, sin conocer siquiera el nacimiento de su hijo en Francia. Fue enterrado en el cementerio católico de Père Lachaise, en París. Nadie de España viajó para despedirlo.






