Extraña en mi propia casa

Sobrante en mi propia casa

¡Pero, Marcos, cómo no lo entiendes! la voz de Jimena comenzó a temblar. ¡No me resulta agradable! ¡Me duele que en esos momentos ni te acuerdes de mí!

¿Quieres a tu hija? Pues díselo cuando estéis solos.

Marcos, sorprendido, miró fijamente a su esposa:

Jimena, ¿te has vuelto loca? ¿Me prohíbes decirle a mi propia hija que la quiero?

¡Ni siquiera sé cómo reaccionar! ¿Pretendes que reniegue de mi hija? ¿Eso es lo que quieres?

Lucía, la hija de diez años de Marcos, acababa de terminar el desayuno y se había ido a su habitación dejando un reguero de migas.

¡Lucía, ¿ya acabaste?! preguntó Marcos sin apartar la vista del móvil.

¡Sí, papá! respondió la niña desde el fondo del piso.

Ven aquí, mi tesoro Marcos dejó el teléfono y sonrió, de esa forma que Jimena cada vez veía menos.

Lucía corrió, se sentó en el regazo de su padre. Era una buena niña; Jimena sinceramente se esforzaba por tener buena relación con ella.

Juntas elegían la ropa, hacían galletas, hasta secretos de colegio Lucía le confiaba.

Pero

¿Te acuerdas de lo que te dije? Marcos estrechó a Lucía contra él y, mirando cuidadosamente hacia Jimena, dijo bien alto y claro: Te quiero más que a nadie en el mundo. Eres mi mayor alegría.

A Jimena se le encogió algo por dentro. Esta escenita se repetía varias veces al día.

Marcos musitó ella sin mirar, Lucía tiene que prepararse. Habíamos quedado en ir al Retiro en media hora.

Espera, Jimena, no interrumpas. Tenemos nuestro ratito de cariño Marcos le dio un beso a Lucía en la frente. Te quiero, princesa. Muchísimo.

Lucía ronroneó de gusto, y Jimena cerró los ojos.

¿A qué viene esto?

***

Después del paseo por el Retiro y de dejar a Lucía con su madre, la pareja volvió al piso vacío.

Marcos fue directo a la cocina por un vaso de agua y preguntó, como si nada:

¿Qué hay para cenar? ¿Pedimos algo? Hoy estoy agotado con tanto parque.

Jimena se sentó frente a él.

Marcos, tenemos que hablar sobre cómo actúas delante de Lucía.

Marcos se paró en seco, botella en mano, alzando las cejas.

¿Otra vez? Jimena, esto ya lo hemos hablado: es mi hija, la quiero. ¿Cuál es el problema?

No es que la quieras, eso es lógico Jimena se inclinó hacia delante. Yo también la aprecio.

El problema es cómo lo demuestras. Esos te quiero más que a nadie justo cuando estoy cerca…

Marcos, no me resulta agradable. Me siento una extraña en mi propia casa.

¿Estás celosa de una niña de diez años? se rió Marcos. Es ridículo, Jimena.

Deberías verte; te afecta que un padre le diga a su hija que la quiere.

No tiene gracia Jimena no se inmutó. Te pido una cosa simple: no se lo digas delante de mí.

Os veis en el colegio, cuando la recoges de casa de tu ex. Pasáis mucho tiempo juntos.

Díselo en el coche, por teléfono, donde quieras, pero hazlo cuando yo no esté delante.

Marcos se quedó desconcertado, tardando en reaccionar.

¿Estás oyendo tu propio argumento? ¿Que esconda mis sentimientos porque a ti te incomodan?

Lo diré cuando me apetezca. Punto.

¡Pero soy tu esposa! gritó Jimena. Soy quien le cocina, le lava la ropa, quien escucha sus quejas del colegio cuando está aquí.

Yo me esfuerzo al máximo con tu hija, aunque no tendría por qué hacerlo. Y tengo derecho a sentirme tranquila en mi casa.

Tu tranquilidad termina donde empiezan mis lazos con mi hija saltó Marcos. No entiendo qué pretendes.

¿Quieres que me distancie de Lucía?

¡No! Jimena se levantó. Si no eres capaz de callarte, busca un punto medio.

Antes, cuando Lucía venía, también eras así. Si le dices que la quieres, di en la misma frase que me quieres a mí.

Di: Mis dos chicas, os quiero a las dos. ¿Te costaría?

Así Lucía sabría que yo también soy parte de esto. Que no soy sólo una señora que pasa por aquí, sino tu pareja.

Marcos se la quedó mirando como si le pidiera cometer una barbaridad.

No respondió seco. No lo haré. Es ridículo mezclar el amor a una hija y el de una pareja sólo para satisfacerte el ego.

¡¿Y eso es ridículo y en cambio ignorar mis sentimientos durante semanas es normal?! los ojos de Jimena se llenaron de lágrimas. Sólo te pido que no me dejes en segundo plano.

Sé que la quieres. Cuéntaselo a tu madre, a tu hermano, a tus amigos del bar. Pero me hace daño escucharlo…

No estás bien Marcos se giró, dando el tema por zanjado. Egoísta y desagradable.

Creía que te llevabas bien con Lucía y sólo fingías. No tengo palabras, Jimena.

Se marchó directo al dormitorio. No pensaba seguir con una discusión sin sentido.

***

El día siguiente no cruzaron palabra. Marcos se comportaba como si Jimena no existiera: miraba la tele, pedía cena sólo para él, y cuando Lucía llamó por videollamada, él se encerró en la habitación, pero Jimena seguía oyendo su voz azucarada:

Sí, cariño, ya sabes que te quiero más que a nadie

Eso colmó el vaso. Cuando colgó, Jimena empezó a hacer la maleta.

¿Pero adónde vas? Marcos frunció el ceño viéndola en la entrada con el equipaje.

Me voy. Con una amiga, a un hostal, donde sea. No me escuchas. No puedo seguir así

Pues vete dijo encogiéndose de hombros. A ver cuánto duras. Ya volverás cuando te des cuenta de que lo que pides no tiene sentido.

Cuando Jimena salió, él ni siquiera la miró.

***

Jimena se quedó a dormir en casa de una amiga. Trabajaba, iba al cine, pero esperaba aunque fuese un mensaje de Marcos. No llamó, no escribió, no pidió perdón.

Hasta que su amiga le contó:

Mira, Jimena, ayer vi a Marcos en el centro comercial, estaba con Lucía. Se le veía agotado.

¿Y qué? intentó fingir indiferencia. Que disfrute de su paternidad.

Marina sonrió.

Lucía se puso caprichosa, pedía una muñeca carísima y Marcos intentaba calmarla. ¿Y sabes lo que le dijo? ¡Tú has dicho que me quieres más que nada, entonces tienes que comprármela!

Él rojo como un tomate; la gente miraba. Ella armando un escándalo Vaya carácter.

Jimena se encogió de hombros:

Eso es lo que él buscaba: ser el centro del mundo de su hija; pues, ahí lo lleva.

Esa misma tarde, el móvil de Jimena vibró: mensaje de Marcos.

Llegaría en una hora.

***

Marcos parecía envejecido de golpe, y al verle Jimena sintió hasta pena.

Quedaron en una cafetería:

Hola dijo él sentándose.

Hola. ¿Qué tal Lucía? preguntó Jimena con educación.

Lucía suspiró. Está en casa de su madre. Jimena, estos cuatro días han sido un infierno.

No me daba cuenta de todo lo que hacías para que la casa estuviera en paz, para que Lucía estuviera a gusto.

¿Y has venido a decirme que necesitas asistenta y niñera?

No, qué va. He estado pensando en aquello que dijiste. De las declaraciones.

Al principio pensé que sólo querías alejarme de Lucía… pero estos días…

Lucía me echó en cara mis propias palabras. Cree que si la quiero más que a nadie, le debo todo.

Los niños con diez años saben manipular muy bien, Marcos. Sobre todo si les haces creer que el mundo gira a su alrededor.

Ya Marcos se quedó en silencio. Y entendí que la culpa era mía.

Tenía miedo de que Lucía se sintiera desplazada por mi nuevo matrimonio y me pasé de la raya.

Jimena guardó silencio.

Tenías razón admitió. Eres mi esposa, la persona con la que comparto el día a día. Si no se lo muestro a Lucía, nunca te respetará.

¿Y ahora qué? Jimena arqueó una ceja.

Regresa, por favor. Hablaré con Lucía. Le diré que en esta familia tú eres igual de importante, que te quiero igual. Y prometo que no haré más espectáculos frente a ti. Le diré que la quiero cuando estemos solos.

Volvieron juntos a casa. Marcos llevó la maleta dentro y, antes de nada, abrazó a Jimena:

Te quiero. Muchísimo.

Ese fin de semana, Lucía vino de nuevo.

Jimena estaba nerviosa, temiendo lo de siempre. Pero Marcos fue distinto.

Fue cariñoso con Lucía, pero cuando la niña intentó interrumpir la conversación de él con Jimena, fue suave pero firme:

Cariño, ahora estamos hablando de nuestros planes para esta noche. Ve a jugar un ratito.

Por la noche, los tres sentados en el sofá, Lucía se acurrucó al lado de su padre. Marcos la abrazó y, con el otro brazo, acercó a Jimena.

Sois mis chicas preferidas dijo tranquilo. No sabéis cuánto agradezco que estemos juntos los tres.

Lucía miró a Jimena, luego a su padre, y sonrió con picardía, acercándose aún más a ambos.

Jimena le gustaba; con ella todo era sencillo y seguro.

La niña no quería enfrentar a su padre con su mujer. El amor de un padre nunca se divide: sólo se multiplica.

Y así, Jimena aprendió que, a veces, hay luchas que más que distanciarnos, nos ayudan a encontrar el equilibrio y el respeto en familia. Porque en una familia, el amor crece cuando se comparte, no cuando se compite.

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