Gracias, mamá – dijo Román, levantándose de la mesa y estirándose –. Voy a salir un rato a dar una vuelta. No te preocupes, iré con cuidado; además, a estas horas ya casi no circulan coches. —Desde que te compraste el coche pasas todo el día con él. ¡Ya va siendo hora de que te cases! —Mamá, no empieces —Román se acercó a su madre y la abrazó—. Ya sabes lo mucho que soñaba con tener mi propio coche. Ahora que por fin lo tengo, quiero disfrutarlo un poco, luego ya pensaré en formar una familia. Te lo prometo. —En fin. Tienes casi treinta y sigues jugando con tus cochecitos —la madre le acarició el pelo—. Anda, vete ya. Román salió del portal, se acercó a su coche y limpió los copos de nieve del parabrisas. El carné lo sacó hace tiempo, y su padre le dejaba conducir el viejo coche familiar, así que experiencia al volante no le faltaba. Pero a Román todavía le faltaba esa satisfacción tan especial de disfrutar de la sensación de poseer su propio coche. Había ahorrado durante mucho tiempo, y luego tardó en decidirse. Y ahora cada noche recorría la ciudad, a veces salía a la carretera. Si alguien hacía autostop, siempre le acercaba, y nunca cobraba ni un euro. Se sentó al volante, giró la llave del contacto y disfrutó del rugido del motor. Subió el volumen de la radio y salió despacio del patio. Bajo la luz de los faros las motas de nieve chispeaban. Este año el invierno había llegado de repente, y en pocos días había cuajado una buena nevada. Román conducía sin rumbo fijo. En una de las calles vio a una mujer y un niño. Bajó el volumen de la radio, se detuvo y bajó la ventanilla del asiento del copiloto. —¿Podrías llevarnos hasta la calle de los Albañiles? —preguntó la mujer asomándose a la ventanilla. Era joven y guapa. —Subid, —señaló Román el asiento de al lado. —¿Y cuánto sería? Está lejos —preguntó ella, aún inclinada hacia la ventanilla. —No te preocupes. A las chicas bonitas no les cobro nada. Al ver que ella retrocedía asustada, Román se apresuró a tranquilizarla. —¿Te parecerían bien cincuenta euros? Anda, subid —rió él. La joven abrió la puerta trasera y dejó pasar primero a su hijo, de unos cinco años, y después se sentó junto a Román. Este tomó la carretera principal. —¿Cuántos caballos tiene tu coche? —preguntó el niño desde el asiento trasero. —¿Caballos? —respondió Román—. Pues la verdad, no lo sé… —¿Cómo que no lo sabes? —insistió el pequeño pasajero. —Cuando compré el coche, elegí uno que me gustase por fuera y que resultase cómodo. La potencia del motor no me importaba mucho. Pero veo que tú entiendes del tema —dijo Román con toda seriedad. —Sí, sé bastante —respondió el niño, muy serio. —¿Y cómo te llamas, experto en coches? —rió Román. —Santi. ¿Y tú? —Vaya, qué curioso. Yo soy Román. Perdona, colega, no puedo darte la mano ahora —Román se divertía con la conversación. —¡Basta ya, Santi! No distraigas al señor —le reprendió su madre. —Déjale, que hable —respondió Román mirando al retrovisor, y se cruzó con la mirada de la joven. Sintió de repente un calor alegre en el pecho. Las luces de los escaparates y las farolas iluminaban la ciudad nocturna. Faltaba un mes para Navidad, pero ya se sentía el espíritu festivo. —Deja justo aquí, por favor —pidió la mujer desde atrás. —¿Te llevo hasta el portal? —Román volvió a mirar al retrovisor, pero ella desviaba la vista. Detuvo el coche frente al largo bloque de nueve plantas. La mujer salió sujetando la puerta, mientras esperaba a su hijo. —Santi, venga, date prisa —le apremió. —¿Mañana vendrás a por mí? —preguntó el niño con voz casi llorosa. —El domingo iré a buscarte. No llores, venga, que tengo prisa. Sal ya —dijo su madre. Santi cruzó despacio el asiento hasta la puerta. Román salió también del coche. —Toma —la mujer le ofreció cincuenta euros. Román cogió el dinero, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. —Me lo guardaré como un amuleto —dijo seriamente y tendió la mano a Santi, que finalmente salió del coche—. Hasta luego. —Hasta luego —el pequeño puso su mano en la grande y cálida de Román. —Venga, vamos, la abuela nos espera —la mujer tiró suavemente del niño. A los pocos pasos Santi se volvió, y Román le saludó con la mano. Vio a un hombre salir al encuentro de la madre y el hijo desde uno de los coches aparcados. Besó a la mujer y le ofreció la mano a Santi, pero el niño giró bruscamente la cabeza, apartándose. «La mamá tiene novio, y el niño está celoso. No tiene buena relación con él», pensó Román, y eso de alguna forma le reconfortó. Román volvió al coche, subió el volumen de la música. El aroma de un perfume femenino flotaba aún en el interior del coche… De pronto, ya no le apetecía conducir. La música le empezó a cansar y cambió de emisora. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la joven. ¿Qué tenía de especial una mujer sencilla y agradable? …Unos años atrás se había enamorado de una mujer mayor, que ya tenía una hija adolescente. Román le pidió matrimonio y la llevó a casa para presentarla a su madre. —Es mayor que tú, tiene una hija. Eres joven, guapo, ¿de verdad no puedes encontrar a alguien más joven? No cometas ese error, hijo… —le rogaba su madre cuando Darina se marchó. Más tarde, su madre sufrió mucho por haber destrozado la felicidad de Román. Ninguna de sus relaciones posteriores funcionó. Le gustaban a las chicas, pero ninguna logró tocarle el corazón como Darina. Y Darina acabó volviendo con su marido y se casaron de nuevo. Y ahora, esa noche… Román pasó más de una vez por el edificio en el que dejó a Santi y su madre. Incluso recorría la calle por donde los recogió. Pero jamás volvió a encontrarlos… A menudo se acordaba de la pasajera y su hijo. Sabía el número del portal, podría haber preguntado por la abuela de Santi, sin duda alguien le hubiera orientado. Pero, ¿y si todo les iba bien con aquel hombre que los esperaba en la puerta? Y así, Román seguía recorriendo la ciudad, esperanzado en un feliz reencuentro… …Llegaron los días previos a Año Nuevo. Su madre, desde la mañana, se afanaba en la cocina; junto a la ventana brillaba un precioso árbol de Navidad. Román durmió a gusto, ayudó a su madre con las ensaladas y sacó la vajilla especial. Pero, cuando oscureció, una fuerza invisible le impulsó a salir. —Mamá, está nevando, parece un cuento. Salgo a dar una vuelta, antes de dormirme y perderme la cena. —¿Adónde vas ahora? —se asustó su madre—. Solo quedan tres horas… —No tardo. Tranquila —le dijo, y fue a vestirse. El coche estaba cubierto de nieve. Román encendió la calefacción y observó las calles vacías; solo algunos peatones corrían a cenar en familia. En las casas las ventanas brillaban, la gente ultimaba los preparativos para la gran noche. Junto a la carretera, un hombre alto hacía autostop bajo su abrigo entreabierto. Román paró. El hombre se acomodó resoplando en el asiento de atrás. Al salir le dio doscientos euros, aunque el trayecto fue corto. —En estas fiestas, todos se vuelven generosos. Tarifa navideña —sonrió Román, aunque aceptó el dinero. Después llevó a una pareja que no dejaba de discutir. Rechazó su pago. Felices y sorprendidos, se fueron dando las gracias y riendo. Román condujo por la calle tranquila donde subieron Santi y su madre. Miró las ventanas y pensó que tras una de ellas estarían sentados a la mesa, ella, el niño, y… el otro. Siguió su ruta hasta el edificio de la abuela de Santi. ¡Y entonces los vio! Caminaban por la acera hacia él. La reconoció por su abrigo beige y el gorro blanco de lana con pompón. A su lado, Santi parecía muy triste. El corazón de Román dio un brinco. Frenó y salió del coche. Ellos se detuvieron también, con expresión cautelosa. —No me reconocen —se dio cuenta. —Subid, os llevo a donde queráis. Hoy por ser Nochevieja, es gratis —dijo. Se acercaron al coche. Román extendió la mano al niño. —Hola, Santi. El niño miró a su madre y solo entonces le dio la mano. —¿Has olvidado los guantes? Subid rápido, hace frío. Santi y su madre se sentaron atrás. —¿No os acordáis de mí? Hace un mes os llevé aquí —comentó Román mirando a la joven por el retrovisor. Tenía los ojos enrojecidos. —¿A dónde os llevo? —preguntó. —A la estación —contestó ella. Santi guardaba silencio, apagado. —Falta menos de una hora para el nuevo año. Hoy no debéis viajar. No sé qué ha pasado, pero llorar en esta noche está prohibido, ¿verdad, Santi? —Román se dirigió al niño. —Vinimos con mamá a casa de la abuela, pero discutieron… —susurró el niño. —¡Basta, Santi! —le cortó su madre. —Eso pasa. ¿Sabéis qué? No vamos a ninguna estación. Espera, piénsalo, piensa en tu hijo. Hace frío. No le dejes sin fiesta. —¿Y a ti qué te importa mi hijo? Llévanos a la estación —insistió ella. —Mi madre ha cocinado para un regimiento. Todo está buenísimo, te lo prometo. Vamos a mi casa y celebramos juntos. ¿Qué te parece, Santi? —¡Vamos, mamá, vamos! —gritó Santi, esperanzado. —Venga, anímate. ¿A dónde vas a ir ahora? Mi madre estará feliz de tener compañía. Las lágrimas y los malos recuerdos deben quedarse en este año, y hay que entrar en el nuevo con una sonrisa. Román subió la radio. «Esto es el destino. ¿Qué otra cosa? Y encima suena la misma canción de aquel día. Y dicen que los milagros no existen…», pensó. Román detuvo el coche frente al portal. —Venga, rápido, que nos queda poco tiempo —anunció. —¡Toma ya! —gritó Santi, echando a correr. Román abrió la puerta y entró en casa. —¡Mamá! ¡Tenemos invitados! ¡Y vienen hambrientos! Desde la cocina se oyeron ruidos y risas. —Venga, quitad los abrigos, ¡solo quedan diez minutos! Poco después apareció la madre de Román. Al ver a los desconocidos se quedó sorprendida. —¿Quiénes son, hijo? —consiguió preguntar. Román miró con complicidad a la joven. —Esta es mi madre, doña Antonia, —dijo—. Mamá, él es Santi, y ella… —miró a la joven, que sin abrigo ni gorro, parecía más frágil y bonita. —Nuria —respondió ella tímida. —Mamá, invita a Santi y Nuria a la mesa —dijo alegre Román, guiando a los invitados al comedor. Cuando tomaron asiento ante la mesa festiva, Román subió el volumen del televisor. —Tenía el presentimiento y, como siempre, puse un plato de más —dijo Antonia, con lágrimas en los ojos—. Nunca me acostumbro a que tu padre ya no está… —¡Mamá, más lágrimas no! Venga, probemos tus manjares. Román descorchó el cava y se levantó. Le imitaron todos, incluso Santi, alzando su vaso de zumo. —¡Feliz Año Nuevo! —anunció Román emocionado. —¡Y por los nuevos amigos! —exclamó Santi con su aguda voz, y todos rompieron a reír… …En la Nochevieja, cuatro personas, por alguna voluntad desconocida, se encontraron reunidas a la misma mesa. Y ninguno de ellos podía imaginar que, desde ese instante, sus destinos quedarían unidos para siempre. Y cada uno consiguió justo lo que soñaba…

Gracias, mamá dije levantándome de la mesa y estirando los brazos. Voy a dar una vuelta con el coche. No te preocupes, iré con cuidado, que además a estas horas apenas hay coches en Madrid.

Desde que te compraste ese coche, siempre estás con él. ¡Y ya va siendo hora de que sientes la cabeza! me reprendió mi madre, con ese tono suyo tan castizo.

No empieces ahora, mamá me acerqué a ella y la abracé. Sabes bien cuánto soñaba yo con tener mi propio coche. Déjame disfrutarlo un poco, y ya me iré planteando lo de formar una familia, te lo prometo.

Bueno, bueno. Ya casi tienes treinta años y sigues jugando con cochecitos me acarició el pelo mientras sonreía con cariño. Anda, vete ya.

Bajé por el portal y fui directo a mi Seat León. Con la manga del abrigo limpié la fina capa de copos de nieve que cubría el parabrisas.

Había sacado el carnet hacía ya tiempo y mi padre me dejaba conducir el viejo Renault familiar, así que experiencia no me faltaba. Pero aún no había saboreado del todo el placer de ser dueño de mi propio coche.

Me costó varios años ahorrar lo suficiente, y luego aún más decidirme por el modelo. Ahora, cada anochecer, disfrutaba conduciendo por las calles de Madrid, y a veces salía de la ciudad. Si encontraba a alguien haciendo autoestop o esperando un bus nocturno, los acercaba donde quisieran sin cobrarles un euro.

Arranqué el coche y escuché el ronroneo del motor, deleitándome. Subí un poco la radio y salí despacio del aparcamiento.

Los copos chisporroteaban bajo los faros. Este año el invierno había llegado de golpe, y en cuestión de días Madrid quedó tapizado bajo un grueso manto de nieve.

Sin destino fijo, recorría la ciudad con calma. Pasando por Chamberí, vi a una mujer joven con un niño pequeño.

Bajé la música y detuve el coche junto a la acera, bajando la ventanilla del copiloto.

¿Nos llevarías hasta la calle de los Albañiles? preguntó la mujer asomándose a la ventana; era guapa y muy joven.

Suban, por favor asentí señalando el asiento delantero.

¿Te tengo que pagar? Es bastante lejos preguntó, titubeando.

Tranqui, a las chicas guapas no les cobro bromeé. Pero al ver su gesto de susto, me apresuré a tranquilizarla. Bueno, ¿qué tal si lo dejamos en cinco euros? Anda, suban me eché a reír para ponerle las cosas fáciles.

Ella abrió la puerta trasera, dejó pasar al niño, un chavalín de unos cinco años, y luego se sentó a mi lado. Salí con suavidad hacia la Gran Vía.

¿Cuántos caballos tiene tu coche? preguntó el niño desde atrás.

¿Caballos? me hizo gracia. Pues la verdad, no estoy seguro…

¿Cómo que no lo sabes? insistió el pequeño, escudriñando mi respuesta.

Mira, cuando elegí el coche, no me fijé tanto en los caballos, sino en que fuera cómodo y bonito. La potencia me daba un poco igual. Pero se ve que tú entiendes, ¿eh? le guiñé el ojo.

Sí, yo entiendo un montón contestó serio.

¿Y cómo te llamas, experto en coches? le sonreí.

Samuel. ¿Y tú?

Rafael. Encantado, amigo. Perdona que no te doy la mano, voy al volante le seguí la broma, disfrutando de la charla.

Venga ya, Samu. No molestes al señor le dijo su madre.

Déjale, si no molesta nada. Tienes un hijo genial le lancé una mirada por el retrovisor, cruzando por primera vez los ojos con ella.

Sentí, de repente, una calidez inesperada en el pecho.

Las vitrinas y farolas iluminaban la noche madrileña. Faltaba aún un mes para Navidad, pero ya se notaba el ánimo festivo en el aire.

Párate aquí, por favor pidió la madre desde atrás.

¿No prefieres que os deje en la puerta del portal? pregunté, mirando de nuevo por el retrovisor, pero ella apartó la mirada.

Paré al principio del largo edificio, de nueve plantas. La mujer bajó, sujetando la puerta, esperando al niño.

Date prisa, Samu le apremió.

¿Vas a venir a buscarme mañana? preguntó el niño, casi a punto de llorar.

El domingo te recojo, no llores, venga, sal ya le animó su madre.

Samuel, arrastrando los pies, se acercó a la puerta con desgana. Yo bajé del coche, y la joven me ofreció un billete de cinco euros.

Lo doblé y lo metí en el bolsillo de la cazadora. Lo guardaré como amuleto, de verdad. Hasta pronto, campeón le tendí la mano. Samuel la estrechó con su manita caliente.

Bueno, vámonos. La abuela ya nos espera la madre lo llevó de la mano.

Al cabo de unos pasos, Samuel se volvió, y le saludé con la mano.

Vi cómo un hombre salía de una de las furgonetas del patio y se acercaba a ellos. Besó a la madre de Samuel y luego le tendió la mano al niño, pero este le apartó la cara de mala gana.

«A la madre le ha salido cita, y el chaval tiene celos. No se llevan bien con el novio de ella», pensé, y eso me reconfortó de una manera extraña.

Entré en el coche. Un leve aroma a perfume flotaba aún por el habitáculo. Miré por el retrovisor, casi creyendo que la joven seguía sentada ahí, pero, claro, no había nadie.

Ya no me apetecía seguir conduciendo. La música me irritaba y cambié de emisora.

No podía quitarme de la cabeza la mirada de esa mujer. No era nada excepcional, simplemente simpática. ¿Por qué me había tocado tanto?

…Años atrás me enamoré de una mujer mayor que yo, Ana, que además tenía una hija adolescente. Llegué incluso a pedirle matrimonio y la llevé a casa para conocer a mi madre.

Es mayor que tú, Rafael. Tiene una niña. Con lo guapo y joven que eres, ¿de verdad no puedes encontrar a alguien más adecuado? me rogó mi madre cuando Ana ya se había ido.

Luego se pasó semanas preocupada por haber echado a perder mi felicidad. No encajaba con ninguna otra chica. Les gustaba, pero ninguna me llegaba al corazón como Ana. Ella volvió con su exmarido y se casó con él una vez más.

Y ahora, después de todo este tiempo…

Me acostumbré a pasar a menudo por el edificio donde vivía Samuel con su madre. Incluso iba por esa misma calle donde los recogí. Pero nunca volvía a verlos. Me sorprendía pensando en aquel encuentro. Sabía el número del edificio, cualquiera del patio podía haberme dicho la casa de la abuela, pero ¿para qué? ¿Y si las cosas le iban bien con ese hombre que la esperaba?

Así que seguía recorriendo Madrid, buscándola con la mirada entre la multitud, soñando con encontrarla de nuevo…

Llega la víspera de Año Nuevo. Mi madre, como buena castellana, lleva en la cocina desde el alba; el salón huele a pino por el árbol que montamos junto a la ventana.

Dormí bien esa noche, luego ayudé a mamá con las ensaladas y bajé la vajilla especial de las celebraciones. Pero al anochecer sentí una inquietud irresistible de salir a la calle.

Mamá, está nevando, la ciudad parece un cuento. Voy a dar una vuelta o me duermo antes de la cena.

¿Pero dónde te metes ahora? se asustó ella. ¡Que solo faltan tres horas!

No tardo nada, de verdad. No sufras dije antes de ponerme el abrigo.

El coche estaba cubierto por la nieve. Me monté y encendí la calefacción, esperando a notar el aire caliente. Madrid estaba en calma, las calles casi vacías salvo algún despistado que apuraba el paso entre los copos hacia su cena.

En muchos pisos ya había luces y se olía la prisa de los últimos preparativos.

En el arcén, un hombre alto pedía un taxi. Paré y le dejé subir atrás. Llevaba una bolsa que sonó al dejarla en el asiento. Al salir, me entregó un billete de veinte euros, aunque el trayecto había sido corto.

En fiestas todo el mundo se vuelve generoso. Tarifa especial de Nochevieja bromeé, pero le acepté el billete.

Después llevé a una pareja que no paró de pelearse todo el camino. No les cobré nada; se bajaron contentísimos, dándole las gracias mil veces, y se iban riendo mientras entraban juntos en el portal.

Pasé, de camino, por aquella calle donde recogí a Samuel y su madre. Miré las ventanas, preguntándome tras cuál estaría ella, ahora cenando con el niño y… el otro.

Mecánicamente, seguí el trayecto en dirección a la casa de la abuela de Samuel.

Y entonces los vi. Venían andando por la acera, hacia mí. A ella la reconocí enseguida por su abrigo beige y el gorro de lana blanco con pompón. Samuel caminaba taciturno a su lado. Sentí una felicidad extraña.

Frené y bajé del coche. Ellos se pararon, dudando.

«No me recuerdan», entendí.

Suban, que les llevo donde quieran. Hoy tengo tarifa especial de Nochevieja: gratis les invité.

Se acercaron a la puerta. Tendí la mano a Samuel.

Hola, Samuel.

El crío miró a su madre, y solo entonces puso su mano en la mía, temblorosa y helada.

¿Te has olvidado los guantes? Venga, subid rápido que hace frío.

Se sentaron atrás, juntos.

¿No os acordáis de mí? Os llevé aquí hace un mes le dije a la madre, mirándola por el retrovisor.

Sus ojos estaban enrojecidos de lágrimas.

¿Dónde queréis ir?

A Atocha dijo apenas audible.

Samuel hoy no hablaba, estaba cabizbajo.

Queda menos de una hora para que entre el nuevo año. No van a irse a ningún lado ahora. Y, además, no sé qué os habrá pasado, pero en Nochevieja no se puede llorar, ¿verdad, Samuel? le animé.

Vinimos a ver a la abuela, pero luego pelearon y… murmuró él.

¡Samuel! le cortó su madre.

Eso pasa, mujer. Pero, mirad, no vais a la estación. Por favor, quedaos. No dejéis al niño sin una noche de fiesta. Está tiritando.

¿Qué te importa mi hijo? Nos llevas a la estación repitió ella, pero sin convencimiento.

Mi madre ha cocinado como para un batallón. Todo riquísimo, de verdad. Vamos, veníos a cenar con nosotros, ¿quieres, Samuel?

¡Sí! soltó el niño, entusiasmado. Mamá, ¡anda, vamos!

Venga, anímate. ¿Dónde vais a ir a estas horas? Mi madre se alegrará de tener compañía. Los problemas y las lágrimas hay que dejarlas en el año viejo. Al empezar el nuevo, todo empieza de cero.

Subí el volumen de la radio.

Esto es una señal, seguro. Y encima está sonando la misma canción que aquel día… ¿Quién dice que no hay milagros? pensé.

Paré delante del portal y abrí la puerta.

Venga, rápido, que no queda tiempo apremié.

¡Esto sí que es una aventura! gritó Samuel y corrió el primero.

Abrí la puerta del piso con mi llave y entré en el recibidor.

¡Mamá! grité desde la entrada ¡Tenemos invitados! Y vienen muertos de hambre.

Se oyó trajín en la cocina y tintineo de platos.

Quitad los abrigos, daos prisa. ¡Solo faltan diez minutos! les animé.

Al poco salió mi madre. Al ver a la madre y el pequeño, se quedó pasmada de la sorpresa.

¿Pero quiénes son, hijo? fue lo único que logró decir.

Yo sonreí para mis adentros.

Mira, mamá, ella es Samuel, y… miré a la joven madre, sin gorro ni abrigo, menuda y preciosa.

Sofía contestó ella, cohibida.

Mamá, invita a Samuel y Sofía a la mesa le pedí alegremente y conduje a nuestros invitados al comedor.

Cuando estuvimos todos sentados, subí el volumen de la tele.

Sabía yo que tenía que poner un plato de más, como siempre. Nunca me acostumbro a que tu padre ya no esté… dijo mi madre, con los ojos brillantes.

Mamá, tú también… ¡Nada de llorar esta noche! Venga, ¡a probar tus delicias!

Abrí una botella de cava, serví las copas y me levanté de la mesa. Todos me siguieron, incluso Samuel, que levantó su vaso de zumo.

¡Por el Año Nuevo! brindé con solemnidad.

¡Y por los nuevos amigos! añadió Samuel, con vocecilla fina, y todos rompimos a reír.

Aquella Nochevieja, cuatro personas que jamás debieron encontrarse cenaban juntos en una humilde casa madrileña.

Ninguno lo sabía, pero sus destinos estaban ya entrelazados para siempre.

Y cada uno, de algún modo, había hallado lo que más deseaba.

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Gracias, mamá – dijo Román, levantándose de la mesa y estirándose –. Voy a salir un rato a dar una vuelta. No te preocupes, iré con cuidado; además, a estas horas ya casi no circulan coches. —Desde que te compraste el coche pasas todo el día con él. ¡Ya va siendo hora de que te cases! —Mamá, no empieces —Román se acercó a su madre y la abrazó—. Ya sabes lo mucho que soñaba con tener mi propio coche. Ahora que por fin lo tengo, quiero disfrutarlo un poco, luego ya pensaré en formar una familia. Te lo prometo. —En fin. Tienes casi treinta y sigues jugando con tus cochecitos —la madre le acarició el pelo—. Anda, vete ya. Román salió del portal, se acercó a su coche y limpió los copos de nieve del parabrisas. El carné lo sacó hace tiempo, y su padre le dejaba conducir el viejo coche familiar, así que experiencia al volante no le faltaba. Pero a Román todavía le faltaba esa satisfacción tan especial de disfrutar de la sensación de poseer su propio coche. Había ahorrado durante mucho tiempo, y luego tardó en decidirse. Y ahora cada noche recorría la ciudad, a veces salía a la carretera. Si alguien hacía autostop, siempre le acercaba, y nunca cobraba ni un euro. Se sentó al volante, giró la llave del contacto y disfrutó del rugido del motor. Subió el volumen de la radio y salió despacio del patio. Bajo la luz de los faros las motas de nieve chispeaban. Este año el invierno había llegado de repente, y en pocos días había cuajado una buena nevada. Román conducía sin rumbo fijo. En una de las calles vio a una mujer y un niño. Bajó el volumen de la radio, se detuvo y bajó la ventanilla del asiento del copiloto. —¿Podrías llevarnos hasta la calle de los Albañiles? —preguntó la mujer asomándose a la ventanilla. Era joven y guapa. —Subid, —señaló Román el asiento de al lado. —¿Y cuánto sería? Está lejos —preguntó ella, aún inclinada hacia la ventanilla. —No te preocupes. A las chicas bonitas no les cobro nada. Al ver que ella retrocedía asustada, Román se apresuró a tranquilizarla. —¿Te parecerían bien cincuenta euros? Anda, subid —rió él. La joven abrió la puerta trasera y dejó pasar primero a su hijo, de unos cinco años, y después se sentó junto a Román. Este tomó la carretera principal. —¿Cuántos caballos tiene tu coche? —preguntó el niño desde el asiento trasero. —¿Caballos? —respondió Román—. Pues la verdad, no lo sé… —¿Cómo que no lo sabes? —insistió el pequeño pasajero. —Cuando compré el coche, elegí uno que me gustase por fuera y que resultase cómodo. La potencia del motor no me importaba mucho. Pero veo que tú entiendes del tema —dijo Román con toda seriedad. —Sí, sé bastante —respondió el niño, muy serio. —¿Y cómo te llamas, experto en coches? —rió Román. —Santi. ¿Y tú? —Vaya, qué curioso. Yo soy Román. Perdona, colega, no puedo darte la mano ahora —Román se divertía con la conversación. —¡Basta ya, Santi! No distraigas al señor —le reprendió su madre. —Déjale, que hable —respondió Román mirando al retrovisor, y se cruzó con la mirada de la joven. Sintió de repente un calor alegre en el pecho. Las luces de los escaparates y las farolas iluminaban la ciudad nocturna. Faltaba un mes para Navidad, pero ya se sentía el espíritu festivo. —Deja justo aquí, por favor —pidió la mujer desde atrás. —¿Te llevo hasta el portal? —Román volvió a mirar al retrovisor, pero ella desviaba la vista. Detuvo el coche frente al largo bloque de nueve plantas. La mujer salió sujetando la puerta, mientras esperaba a su hijo. —Santi, venga, date prisa —le apremió. —¿Mañana vendrás a por mí? —preguntó el niño con voz casi llorosa. —El domingo iré a buscarte. No llores, venga, que tengo prisa. Sal ya —dijo su madre. Santi cruzó despacio el asiento hasta la puerta. Román salió también del coche. —Toma —la mujer le ofreció cincuenta euros. Román cogió el dinero, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. —Me lo guardaré como un amuleto —dijo seriamente y tendió la mano a Santi, que finalmente salió del coche—. Hasta luego. —Hasta luego —el pequeño puso su mano en la grande y cálida de Román. —Venga, vamos, la abuela nos espera —la mujer tiró suavemente del niño. A los pocos pasos Santi se volvió, y Román le saludó con la mano. Vio a un hombre salir al encuentro de la madre y el hijo desde uno de los coches aparcados. Besó a la mujer y le ofreció la mano a Santi, pero el niño giró bruscamente la cabeza, apartándose. «La mamá tiene novio, y el niño está celoso. No tiene buena relación con él», pensó Román, y eso de alguna forma le reconfortó. Román volvió al coche, subió el volumen de la música. El aroma de un perfume femenino flotaba aún en el interior del coche… De pronto, ya no le apetecía conducir. La música le empezó a cansar y cambió de emisora. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la joven. ¿Qué tenía de especial una mujer sencilla y agradable? …Unos años atrás se había enamorado de una mujer mayor, que ya tenía una hija adolescente. Román le pidió matrimonio y la llevó a casa para presentarla a su madre. —Es mayor que tú, tiene una hija. Eres joven, guapo, ¿de verdad no puedes encontrar a alguien más joven? No cometas ese error, hijo… —le rogaba su madre cuando Darina se marchó. Más tarde, su madre sufrió mucho por haber destrozado la felicidad de Román. Ninguna de sus relaciones posteriores funcionó. Le gustaban a las chicas, pero ninguna logró tocarle el corazón como Darina. Y Darina acabó volviendo con su marido y se casaron de nuevo. Y ahora, esa noche… Román pasó más de una vez por el edificio en el que dejó a Santi y su madre. Incluso recorría la calle por donde los recogió. Pero jamás volvió a encontrarlos… A menudo se acordaba de la pasajera y su hijo. Sabía el número del portal, podría haber preguntado por la abuela de Santi, sin duda alguien le hubiera orientado. Pero, ¿y si todo les iba bien con aquel hombre que los esperaba en la puerta? Y así, Román seguía recorriendo la ciudad, esperanzado en un feliz reencuentro… …Llegaron los días previos a Año Nuevo. Su madre, desde la mañana, se afanaba en la cocina; junto a la ventana brillaba un precioso árbol de Navidad. Román durmió a gusto, ayudó a su madre con las ensaladas y sacó la vajilla especial. Pero, cuando oscureció, una fuerza invisible le impulsó a salir. —Mamá, está nevando, parece un cuento. Salgo a dar una vuelta, antes de dormirme y perderme la cena. —¿Adónde vas ahora? —se asustó su madre—. Solo quedan tres horas… —No tardo. Tranquila —le dijo, y fue a vestirse. El coche estaba cubierto de nieve. Román encendió la calefacción y observó las calles vacías; solo algunos peatones corrían a cenar en familia. En las casas las ventanas brillaban, la gente ultimaba los preparativos para la gran noche. Junto a la carretera, un hombre alto hacía autostop bajo su abrigo entreabierto. Román paró. El hombre se acomodó resoplando en el asiento de atrás. Al salir le dio doscientos euros, aunque el trayecto fue corto. —En estas fiestas, todos se vuelven generosos. Tarifa navideña —sonrió Román, aunque aceptó el dinero. Después llevó a una pareja que no dejaba de discutir. Rechazó su pago. Felices y sorprendidos, se fueron dando las gracias y riendo. Román condujo por la calle tranquila donde subieron Santi y su madre. Miró las ventanas y pensó que tras una de ellas estarían sentados a la mesa, ella, el niño, y… el otro. Siguió su ruta hasta el edificio de la abuela de Santi. ¡Y entonces los vio! Caminaban por la acera hacia él. La reconoció por su abrigo beige y el gorro blanco de lana con pompón. A su lado, Santi parecía muy triste. El corazón de Román dio un brinco. Frenó y salió del coche. Ellos se detuvieron también, con expresión cautelosa. —No me reconocen —se dio cuenta. —Subid, os llevo a donde queráis. Hoy por ser Nochevieja, es gratis —dijo. Se acercaron al coche. Román extendió la mano al niño. —Hola, Santi. El niño miró a su madre y solo entonces le dio la mano. —¿Has olvidado los guantes? Subid rápido, hace frío. Santi y su madre se sentaron atrás. —¿No os acordáis de mí? Hace un mes os llevé aquí —comentó Román mirando a la joven por el retrovisor. Tenía los ojos enrojecidos. —¿A dónde os llevo? —preguntó. —A la estación —contestó ella. Santi guardaba silencio, apagado. —Falta menos de una hora para el nuevo año. Hoy no debéis viajar. No sé qué ha pasado, pero llorar en esta noche está prohibido, ¿verdad, Santi? —Román se dirigió al niño. —Vinimos con mamá a casa de la abuela, pero discutieron… —susurró el niño. —¡Basta, Santi! —le cortó su madre. —Eso pasa. ¿Sabéis qué? No vamos a ninguna estación. Espera, piénsalo, piensa en tu hijo. Hace frío. No le dejes sin fiesta. —¿Y a ti qué te importa mi hijo? Llévanos a la estación —insistió ella. —Mi madre ha cocinado para un regimiento. Todo está buenísimo, te lo prometo. Vamos a mi casa y celebramos juntos. ¿Qué te parece, Santi? —¡Vamos, mamá, vamos! —gritó Santi, esperanzado. —Venga, anímate. ¿A dónde vas a ir ahora? Mi madre estará feliz de tener compañía. Las lágrimas y los malos recuerdos deben quedarse en este año, y hay que entrar en el nuevo con una sonrisa. Román subió la radio. «Esto es el destino. ¿Qué otra cosa? Y encima suena la misma canción de aquel día. Y dicen que los milagros no existen…», pensó. Román detuvo el coche frente al portal. —Venga, rápido, que nos queda poco tiempo —anunció. —¡Toma ya! —gritó Santi, echando a correr. Román abrió la puerta y entró en casa. —¡Mamá! ¡Tenemos invitados! ¡Y vienen hambrientos! Desde la cocina se oyeron ruidos y risas. —Venga, quitad los abrigos, ¡solo quedan diez minutos! Poco después apareció la madre de Román. Al ver a los desconocidos se quedó sorprendida. —¿Quiénes son, hijo? —consiguió preguntar. Román miró con complicidad a la joven. —Esta es mi madre, doña Antonia, —dijo—. Mamá, él es Santi, y ella… —miró a la joven, que sin abrigo ni gorro, parecía más frágil y bonita. —Nuria —respondió ella tímida. —Mamá, invita a Santi y Nuria a la mesa —dijo alegre Román, guiando a los invitados al comedor. Cuando tomaron asiento ante la mesa festiva, Román subió el volumen del televisor. —Tenía el presentimiento y, como siempre, puse un plato de más —dijo Antonia, con lágrimas en los ojos—. Nunca me acostumbro a que tu padre ya no está… —¡Mamá, más lágrimas no! Venga, probemos tus manjares. Román descorchó el cava y se levantó. Le imitaron todos, incluso Santi, alzando su vaso de zumo. —¡Feliz Año Nuevo! —anunció Román emocionado. —¡Y por los nuevos amigos! —exclamó Santi con su aguda voz, y todos rompieron a reír… …En la Nochevieja, cuatro personas, por alguna voluntad desconocida, se encontraron reunidas a la misma mesa. Y ninguno de ellos podía imaginar que, desde ese instante, sus destinos quedarían unidos para siempre. Y cada uno consiguió justo lo que soñaba…
El día que él me dijo “sin mí no eres nadie”…