Gracias, mamá dije levantándome de la mesa y estirando los brazos. Voy a dar una vuelta con el coche. No te preocupes, iré con cuidado, que además a estas horas apenas hay coches en Madrid.
Desde que te compraste ese coche, siempre estás con él. ¡Y ya va siendo hora de que sientes la cabeza! me reprendió mi madre, con ese tono suyo tan castizo.
No empieces ahora, mamá me acerqué a ella y la abracé. Sabes bien cuánto soñaba yo con tener mi propio coche. Déjame disfrutarlo un poco, y ya me iré planteando lo de formar una familia, te lo prometo.
Bueno, bueno. Ya casi tienes treinta años y sigues jugando con cochecitos me acarició el pelo mientras sonreía con cariño. Anda, vete ya.
Bajé por el portal y fui directo a mi Seat León. Con la manga del abrigo limpié la fina capa de copos de nieve que cubría el parabrisas.
Había sacado el carnet hacía ya tiempo y mi padre me dejaba conducir el viejo Renault familiar, así que experiencia no me faltaba. Pero aún no había saboreado del todo el placer de ser dueño de mi propio coche.
Me costó varios años ahorrar lo suficiente, y luego aún más decidirme por el modelo. Ahora, cada anochecer, disfrutaba conduciendo por las calles de Madrid, y a veces salía de la ciudad. Si encontraba a alguien haciendo autoestop o esperando un bus nocturno, los acercaba donde quisieran sin cobrarles un euro.
Arranqué el coche y escuché el ronroneo del motor, deleitándome. Subí un poco la radio y salí despacio del aparcamiento.
Los copos chisporroteaban bajo los faros. Este año el invierno había llegado de golpe, y en cuestión de días Madrid quedó tapizado bajo un grueso manto de nieve.
Sin destino fijo, recorría la ciudad con calma. Pasando por Chamberí, vi a una mujer joven con un niño pequeño.
Bajé la música y detuve el coche junto a la acera, bajando la ventanilla del copiloto.
¿Nos llevarías hasta la calle de los Albañiles? preguntó la mujer asomándose a la ventana; era guapa y muy joven.
Suban, por favor asentí señalando el asiento delantero.
¿Te tengo que pagar? Es bastante lejos preguntó, titubeando.
Tranqui, a las chicas guapas no les cobro bromeé. Pero al ver su gesto de susto, me apresuré a tranquilizarla. Bueno, ¿qué tal si lo dejamos en cinco euros? Anda, suban me eché a reír para ponerle las cosas fáciles.
Ella abrió la puerta trasera, dejó pasar al niño, un chavalín de unos cinco años, y luego se sentó a mi lado. Salí con suavidad hacia la Gran Vía.
¿Cuántos caballos tiene tu coche? preguntó el niño desde atrás.
¿Caballos? me hizo gracia. Pues la verdad, no estoy seguro…
¿Cómo que no lo sabes? insistió el pequeño, escudriñando mi respuesta.
Mira, cuando elegí el coche, no me fijé tanto en los caballos, sino en que fuera cómodo y bonito. La potencia me daba un poco igual. Pero se ve que tú entiendes, ¿eh? le guiñé el ojo.
Sí, yo entiendo un montón contestó serio.
¿Y cómo te llamas, experto en coches? le sonreí.
Samuel. ¿Y tú?
Rafael. Encantado, amigo. Perdona que no te doy la mano, voy al volante le seguí la broma, disfrutando de la charla.
Venga ya, Samu. No molestes al señor le dijo su madre.
Déjale, si no molesta nada. Tienes un hijo genial le lancé una mirada por el retrovisor, cruzando por primera vez los ojos con ella.
Sentí, de repente, una calidez inesperada en el pecho.
Las vitrinas y farolas iluminaban la noche madrileña. Faltaba aún un mes para Navidad, pero ya se notaba el ánimo festivo en el aire.
Párate aquí, por favor pidió la madre desde atrás.
¿No prefieres que os deje en la puerta del portal? pregunté, mirando de nuevo por el retrovisor, pero ella apartó la mirada.
Paré al principio del largo edificio, de nueve plantas. La mujer bajó, sujetando la puerta, esperando al niño.
Date prisa, Samu le apremió.
¿Vas a venir a buscarme mañana? preguntó el niño, casi a punto de llorar.
El domingo te recojo, no llores, venga, sal ya le animó su madre.
Samuel, arrastrando los pies, se acercó a la puerta con desgana. Yo bajé del coche, y la joven me ofreció un billete de cinco euros.
Lo doblé y lo metí en el bolsillo de la cazadora. Lo guardaré como amuleto, de verdad. Hasta pronto, campeón le tendí la mano. Samuel la estrechó con su manita caliente.
Bueno, vámonos. La abuela ya nos espera la madre lo llevó de la mano.
Al cabo de unos pasos, Samuel se volvió, y le saludé con la mano.
Vi cómo un hombre salía de una de las furgonetas del patio y se acercaba a ellos. Besó a la madre de Samuel y luego le tendió la mano al niño, pero este le apartó la cara de mala gana.
«A la madre le ha salido cita, y el chaval tiene celos. No se llevan bien con el novio de ella», pensé, y eso me reconfortó de una manera extraña.
Entré en el coche. Un leve aroma a perfume flotaba aún por el habitáculo. Miré por el retrovisor, casi creyendo que la joven seguía sentada ahí, pero, claro, no había nadie.
Ya no me apetecía seguir conduciendo. La música me irritaba y cambié de emisora.
No podía quitarme de la cabeza la mirada de esa mujer. No era nada excepcional, simplemente simpática. ¿Por qué me había tocado tanto?
…Años atrás me enamoré de una mujer mayor que yo, Ana, que además tenía una hija adolescente. Llegué incluso a pedirle matrimonio y la llevé a casa para conocer a mi madre.
Es mayor que tú, Rafael. Tiene una niña. Con lo guapo y joven que eres, ¿de verdad no puedes encontrar a alguien más adecuado? me rogó mi madre cuando Ana ya se había ido.
Luego se pasó semanas preocupada por haber echado a perder mi felicidad. No encajaba con ninguna otra chica. Les gustaba, pero ninguna me llegaba al corazón como Ana. Ella volvió con su exmarido y se casó con él una vez más.
Y ahora, después de todo este tiempo…
Me acostumbré a pasar a menudo por el edificio donde vivía Samuel con su madre. Incluso iba por esa misma calle donde los recogí. Pero nunca volvía a verlos. Me sorprendía pensando en aquel encuentro. Sabía el número del edificio, cualquiera del patio podía haberme dicho la casa de la abuela, pero ¿para qué? ¿Y si las cosas le iban bien con ese hombre que la esperaba?
Así que seguía recorriendo Madrid, buscándola con la mirada entre la multitud, soñando con encontrarla de nuevo…
Llega la víspera de Año Nuevo. Mi madre, como buena castellana, lleva en la cocina desde el alba; el salón huele a pino por el árbol que montamos junto a la ventana.
Dormí bien esa noche, luego ayudé a mamá con las ensaladas y bajé la vajilla especial de las celebraciones. Pero al anochecer sentí una inquietud irresistible de salir a la calle.
Mamá, está nevando, la ciudad parece un cuento. Voy a dar una vuelta o me duermo antes de la cena.
¿Pero dónde te metes ahora? se asustó ella. ¡Que solo faltan tres horas!
No tardo nada, de verdad. No sufras dije antes de ponerme el abrigo.
El coche estaba cubierto por la nieve. Me monté y encendí la calefacción, esperando a notar el aire caliente. Madrid estaba en calma, las calles casi vacías salvo algún despistado que apuraba el paso entre los copos hacia su cena.
En muchos pisos ya había luces y se olía la prisa de los últimos preparativos.
En el arcén, un hombre alto pedía un taxi. Paré y le dejé subir atrás. Llevaba una bolsa que sonó al dejarla en el asiento. Al salir, me entregó un billete de veinte euros, aunque el trayecto había sido corto.
En fiestas todo el mundo se vuelve generoso. Tarifa especial de Nochevieja bromeé, pero le acepté el billete.
Después llevé a una pareja que no paró de pelearse todo el camino. No les cobré nada; se bajaron contentísimos, dándole las gracias mil veces, y se iban riendo mientras entraban juntos en el portal.
Pasé, de camino, por aquella calle donde recogí a Samuel y su madre. Miré las ventanas, preguntándome tras cuál estaría ella, ahora cenando con el niño y… el otro.
Mecánicamente, seguí el trayecto en dirección a la casa de la abuela de Samuel.
Y entonces los vi. Venían andando por la acera, hacia mí. A ella la reconocí enseguida por su abrigo beige y el gorro de lana blanco con pompón. Samuel caminaba taciturno a su lado. Sentí una felicidad extraña.
Frené y bajé del coche. Ellos se pararon, dudando.
«No me recuerdan», entendí.
Suban, que les llevo donde quieran. Hoy tengo tarifa especial de Nochevieja: gratis les invité.
Se acercaron a la puerta. Tendí la mano a Samuel.
Hola, Samuel.
El crío miró a su madre, y solo entonces puso su mano en la mía, temblorosa y helada.
¿Te has olvidado los guantes? Venga, subid rápido que hace frío.
Se sentaron atrás, juntos.
¿No os acordáis de mí? Os llevé aquí hace un mes le dije a la madre, mirándola por el retrovisor.
Sus ojos estaban enrojecidos de lágrimas.
¿Dónde queréis ir?
A Atocha dijo apenas audible.
Samuel hoy no hablaba, estaba cabizbajo.
Queda menos de una hora para que entre el nuevo año. No van a irse a ningún lado ahora. Y, además, no sé qué os habrá pasado, pero en Nochevieja no se puede llorar, ¿verdad, Samuel? le animé.
Vinimos a ver a la abuela, pero luego pelearon y… murmuró él.
¡Samuel! le cortó su madre.
Eso pasa, mujer. Pero, mirad, no vais a la estación. Por favor, quedaos. No dejéis al niño sin una noche de fiesta. Está tiritando.
¿Qué te importa mi hijo? Nos llevas a la estación repitió ella, pero sin convencimiento.
Mi madre ha cocinado como para un batallón. Todo riquísimo, de verdad. Vamos, veníos a cenar con nosotros, ¿quieres, Samuel?
¡Sí! soltó el niño, entusiasmado. Mamá, ¡anda, vamos!
Venga, anímate. ¿Dónde vais a ir a estas horas? Mi madre se alegrará de tener compañía. Los problemas y las lágrimas hay que dejarlas en el año viejo. Al empezar el nuevo, todo empieza de cero.
Subí el volumen de la radio.
Esto es una señal, seguro. Y encima está sonando la misma canción que aquel día… ¿Quién dice que no hay milagros? pensé.
Paré delante del portal y abrí la puerta.
Venga, rápido, que no queda tiempo apremié.
¡Esto sí que es una aventura! gritó Samuel y corrió el primero.
Abrí la puerta del piso con mi llave y entré en el recibidor.
¡Mamá! grité desde la entrada ¡Tenemos invitados! Y vienen muertos de hambre.
Se oyó trajín en la cocina y tintineo de platos.
Quitad los abrigos, daos prisa. ¡Solo faltan diez minutos! les animé.
Al poco salió mi madre. Al ver a la madre y el pequeño, se quedó pasmada de la sorpresa.
¿Pero quiénes son, hijo? fue lo único que logró decir.
Yo sonreí para mis adentros.
Mira, mamá, ella es Samuel, y… miré a la joven madre, sin gorro ni abrigo, menuda y preciosa.
Sofía contestó ella, cohibida.
Mamá, invita a Samuel y Sofía a la mesa le pedí alegremente y conduje a nuestros invitados al comedor.
Cuando estuvimos todos sentados, subí el volumen de la tele.
Sabía yo que tenía que poner un plato de más, como siempre. Nunca me acostumbro a que tu padre ya no esté… dijo mi madre, con los ojos brillantes.
Mamá, tú también… ¡Nada de llorar esta noche! Venga, ¡a probar tus delicias!
Abrí una botella de cava, serví las copas y me levanté de la mesa. Todos me siguieron, incluso Samuel, que levantó su vaso de zumo.
¡Por el Año Nuevo! brindé con solemnidad.
¡Y por los nuevos amigos! añadió Samuel, con vocecilla fina, y todos rompimos a reír.
Aquella Nochevieja, cuatro personas que jamás debieron encontrarse cenaban juntos en una humilde casa madrileña.
Ninguno lo sabía, pero sus destinos estaban ya entrelazados para siempre.
Y cada uno, de algún modo, había hallado lo que más deseaba.







